Txalaparta (1965) Remigio Mendiburu


viernes, 2 de febrero de 2024

Parker y el absurdo

 

Pedro M. Martínez

Nadie reía, estaba Parker a sus cosas, del coro al caño y del caño al coro, cuando advirtió la presencia en la habitación de un pequeño elefante, ni rastro de la Martinelli. Heterosexualidad. Alarmado por los gorjeos súbitos que, ya se sabe, se empieza con la jerga y a saber cómo termina uno, se asomó a la ventana, el   elefantito a su lado con mirada enjaulada, y se asombró de la pequeñez de los transeúntes allí abajo, como hormigas con sombrero (aunque no lo haya dicho, nótese que este fragmento transcurre en New York en el 1929. La causa no está clara con lo que tampoco vamos a agobiar al señor que escribe que ya sabemos cómo se pone si le llevan la contraria. La vanidad bien entendida empieza por uno mismo). Parker es un hombre de todo o nada y encorajinado por las ausencias decidió que dejar abierta la puerta de la habitación era la mejor opción, no solo eso sino la única (él no sabe que así es como entraron los pájaros del Sur, gorriones y un tordo). Aquel hotel cerca de Penn Station tenía selladas ventanas y puertas para evitar la moda de planear por los pasillos y lo que  pudo ser una hazaña se convirtió en un nueva frustración. Oaxaca. A partir de aquí y visto que las profundas reflexiones del señor Parker no llegan antes que la liebre nos encaramaremos a lomos de su tortuga y que salga el sol por donde quiera. Eso es el amor y este es un test para comprobar los límites de aguante del absurdo. Que se lo pregunten a  Wittgenstein. Hay cuerpos que no están cuando tienen que estar y así va la cosa.


2 comments :

Beauséant dijo...

No he visto absurdo en ningún lado del texto. Un día normal en Nueva York, ¿no?

Las habitaciones siempre están llenas de elefantes, ¿por qué nadie quiere hablar de ellos?

Pedro M. Martínez dijo...

Razón tienes, Beauséant, servidor ha tenido en New York días normales y alguno anormal. En los normales vivía en habitaciones en las que solo cabíamos mi ego y yo, revueltos, imbricados, superpuestos, torcidos, erizados, sinvergüenzas en busca de futuros de trasatlántico y morcilla de Frías (en el norte de Burgos, un pueblo delicioso con su castillo y todo). Con mi elefante de guarda he tenido conversaciones que harían enrojecer a las monjas de la Piedad, la gente no sabe que estos animales son promiscuos hasta decir basta, sus trompas son instrumentos fálicos muy poderosos y su uso ¡Basta! (Lo siento voy al futbol y tengo que plancharme la bufanda y la bandera). Saludos desde el andén.

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