El futuro.
Pedro M Martínez
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Esther García Llovet escribe bien, con toques literarios y un humor entre el trazo fino y el grueso. El libro, de título mejorable y siendo exigente, se queda corto en su desarrollo, me parece, adelgaza tanto la trama que termina en un sin más. Con todo se lee con agrado porque el oficio de esta escritora permite disfrutar de unos personajes reconocibles y muy importante, me he reído con ganas en varios pasajes. Como contrapunto a lecturas más serias.
Cada día me quito el séptimo velo, aliso mis plumas, me perfumo las sienes, me abrazo al firmamento, escucho el golpear de canicas en el parque perdido de la infancia, los días pasan como una brisa sutil, trepo hiriéndome las uñas, los codos, con los cristales rotos del borde del muro literario, me embriago con líquidos cantoneses en botellas con gusanos verdes, tiro por la ventana renegridos libros de poetas perdidos en el último incendio, entro en la noche y la deshojo pétalo a pétalo hasta que llega la ternura del amanecer y alguien inclina su cabeza en mi cuello, me inunda con una melena negra, pego una patada a un ciego, le robo la recaudación del día, me la gasto con mujeres malas que me dicen cosas buenas, me embozo en la capa negra. Estoy buscando la luz.
Álvaro Cunqueiro. Qué dice este. A buenas horas. Tenemos las librerías llenas de jóvenes promesas y nos vamos a fijar en este viejo al que además le quisieron quitar su nombre de una calle en Madrid. Algo haría. Pues sí, escribir, escribir tan bien que si en vez de gallego (Mondoñedo 1911) hubiese sido colombiano, un suponer, ahora los periodistas alabarían su premio Nobel. No exagero. O sí, quizás me dejo llevar por el regusto de releer su “Un hombre que se parecía a Orestes” en el que he disfrutado con su dominio del lenguaje, su capacidad para hacer real lo que no existe, su cultura, su ironía, el humor y su imaginación para la que faltan adjetivos. Lo admito, es posible que se deba conocer y querer Galicia para entender mejor su prosa, vale, viajar y leer se complementan bien. Desde esta esquina del mapa se lo cuento al oído, lea a Cunqueiro, le gustará, mucho, si no le entusiasma siempre se puede dedicar al marisco o al albariño. Un placer. De nada.
La voz, la mirada del consentimiento, la desnudez del alma, la puerta sin llave, la caricia prolongada, sin sábanas, los cuerpos tendidos, el cuerpo, el placer retenido, el tiempo eterno, los ojos cerrados, en la oscuridad lo sincero aparecía como un fantasma de luz, la esencia, una, el instante de la comunión, las lágrimas, el goce del corazón y los muslos, la simiente derramada, la calma, la nostalgia después, el desconsuelo de la partida.
Una red de miradas, la poesía
nace en los ojos del que lee, no antes, miro los labios de Teresa Salgueiro que
se mueven en un YouTube interminable y mudo, la sombra del anciano Ginger Baker
toca la batería en un Albert Hall diferente al que visité del brazo de Roxana,
cementerio de perros en Hyde Park, cuarto de hotel con ventanales a un patio
oscuro, desde allí vimos morir tres estrellas y seguimos indiferentes, ir y
venir por el carril con una inmensa maleta marrón, flores de papel que parecían
de papel, que limpiaba platos y comía, que nos amábamos con atropellada dulzura
y no tenía nada que ver con rayuelas parisinas, con grupos de amantes del jazz,
de lo oculto, paraguas abiertos en el rellano y vecinos hindúes, cartas con
sellos de colores y cuerpos revueltos en el sofá de terciopelo, fotografía
desde el techo, bruma de madrugada y policía rondando los portales, airados
taxistas negros de coches negros, que pensaba que amar era una continua
caricia, sin pausas, sin reciprocidad, unidireccional, sin recibir, la ternura
para quien la trabaja, números oscilantes, acumulación de nombres, autobuses
rojos a ninguna parte interesante, barrios desiertos, miedo en los callejones,
botellas de leche en los quicios, guitarristas en el metro, el hombre orquesta,
vendedores de alfombras y postales del ochocientos, Serpico en el cine, Rock the Boat en la tele, recuerdos de mañana y nostalgia del
futuro, movimiento circular desde la diáfana sencillez de amar su cuerpo tibio
en las madrugadas cuando volvía de su trabajo de langostas humeantes, el patio
de butacas de un antiguo teatro convertido en restaurante, ella rumbosa con su
inglés acento San Ignacio, misericordia de haber entrado en su templo como un
espía aturdido, turbado por los ruidos en las habitaciones de al lado,
provinciano de un Bilbao que no era ombligo de nada y nardos en los altares,
Lucifer sentado a la derecha y vasos sagrados con ginebra en las rocas, ay,
heridas de querer la gloria, desear el infierno y vivir en el limbo, serpientes
de lujuria y celosías ocultando clausuras, fajas ortopédicas, batalla de manos
junto a la cabina del avión y para cuando despegamos se habían ido los
pasajeros, las maletas se habían perdido y el aeropuerto estaba cerrado hasta
nuevo aviso, que me corté los dedos con las botellas rotas del borde de la
tapia, que me llené de remordimientos para los próximos años- aún me duran- y
con largas embestidas humilladas los días transcurren y nos comemos abril- tú
que lees ¿no es cierto?- sin vender una escoba que se dice, que me faltan días
para colgar historias que me invento a falta de las que viví, vivo, en el
tedio, justo desde donde no se puede contar otra cosa que el bostezo, el
hartazgo, la nada rutinaria, ya te digo, movimiento circular desde la diáfana
sencillez de amar.
Jana Schröder
Un drama, la vida como un trayecto complicado por caminos embarrados, por vericuetos y trochas, por vaya usted a saber dónde, que la lluvia de abril borrará los mapas, ahora que los refugios están cerrados y nos faltan nombres para los huracanes que vienen.
Jana Schröder
Levanto mi copa para celebrar lo que aprendí entonces sobre quién soy yo. Ese desconocido en mí que a veces sale, me habla, razona, rompe el espejo, quiere apartar de la puerta las piedras de la rutina, la abre, cauteloso asoma la cabeza, la cierra, se esconde, es.