Dylan Thomas
'Muertes y entradas'
Casi en la incendiaria víspera
de varias muertes cercanas,
cuando lo menos uno de tus más amados
y conocidos de siempre tenga que abandonar
los leones y las llamas de su aliento aéreo,
de tus amigos inmortales
quién levantará los órganos del escrutado polvo
para emitir y cantar tu alabanza,
aquel que llamó de lo más hondo guardará silencio,
uno que no puede ahogar o interrumpir
eternamente ante su herida
en el enajenante dolor de tantos casados de Londres.
Casi en la incendiaria víspera
cuando ante tus labios y tus teclas,
que se cierran, que se abren, se tambaleen las extrañas víctimas,
aquella que es la más desconocida,
tu vecina estrella polar, sol de otra calle,
caerá en picado hasta las lágrimas.
Lavará su sangre derramada en el mar viril
que holló por tus muertos
y tejerá su globo con tu hilo de agua
y llenará la garganta de los proyectiles
con todos los gritos desde que la luz
por primera vez destellara en sus ojos tronantes.
Casi en la incendiaria víspera
de muertes y de entradas,
cuando cercanas y extrañas víctimas en las oleadas de Londres
hayan buscado tu tumba solitaria,
un enemigo, de muchos, que bien sabe
que tu corazón es luminoso
en la vigilada oscuridad, temblando en cerraduras y cuevas,
atraerá los relámpagos
para apagar el sol, caer, montar tus teclas oscurecidas
y alejar solamente a los jinetes chamuscados,
hasta que ese al que menos amaste
aceche al último Sansón de tu zodiaco.
(trad. Andrés Catalán)
'Vemos levantarse el viento secreto tras el cerebro,'
Vemos levantarse el viento secreto tras el cerebro,
la esfinge de luz posarse en los ojos,
el código de los astros traducirse en el cielo.
Una noche secreta desciende entre
el cráneo, las células, las plegables orejas
sosteniendo eternamente la luna muerta.
Un grito sube al cielo como un cohete,
calamidad del populacho de los ciegos
decoradores de la frente de la ciudad,
doradores de calles, las manos del populacho
aplauden a la atareada hermandad
de la vara y la rueda que resucita a los muertos.
Una deidad urbana, movida por turbinas, esculpida de acero,
relumbra en las calles eléctricas;
un salvador urbano, en el huerto
de farolas y frutas de altos voltios,
pronuncia un evangelio de acero a los desgraciados
que hacen girar las ruedas y fijan los tornillos.
Oímos levantarse el viento secreto tras el cerebro,
la voz secreta nos grita en los oídos,
el evangelio urbano clama al cielo.
Sobre la deidad eléctrica crece
un Dios, más poderoso que el sol.
Las ciudades no nos robaron los ojos.
(Trad. de Andrés Catalán)









