Giovanni Battista Doni
REsonare fibris
MIra gestorum
FAmuli tuorum
SOLve polluti
LAbii reatum
Sancte Ioannes
Historia freak de la Música
Joaquín Barañao
Pedro M Martínez
Death of Ellenai (1906-07) - Jacek Malczewski (1854–1929)
Hoy me han llamado. El cuerpo inmóvil bajo las blancas sábanas. Un tubo entra por su nariz y conduce una substancia parda. Los brazos asaetados por vías que le mantienen sedada, alimentada, con vida, aún. Duerme, su cara indica sufrimiento, es la de una anciana. El páncreas se ha roto, algo así he entendido a su hijo. ¿Qué sabíamos entonces de vísceras, del hígado, de los riñones, del estómago? Éramos habitantes de la epidermis. No puedo hablar, no me sale la voz. Los días han corrido, atropellándonos, fue fugaz el tiempo de alegría. Me miro al espejo, soy ese que no entiende nada, que teme, que embarduna el ayer en esta habitación de hospital mientras un demonio apaga el último rescoldo de la esperanza.
Parker pasa de la periferia al núcleo en un tris tras, ni se
lo piensa. En los últimos tiempos cuatro veces (al menos de las que hay
constancia escrita). Y es que en el esto, en eso, se le nubla la vista y
embiste, ciego, primario, elemental (como Watson). Son malos tiempos para el
esto pero Parker lleva la experiencia del entonces, la intuición del ya, ese
saber hacer del chuloputa (pero Pedro ¿Qué dices/escribes?), el oficio del
monosabio, del puntillero, del caballo con peto, del primate que te mira detrás
de los barrotes de la jaula del zoo y sabes que sabe (qué jodido gorila). Aquí
cada uno/una pone sus peros, sus perros, sus músicas, sus cuadros cuadrados,
sus traumas, su soledad, su bajo vientre, los espejos. Hablando de eso, Parker
trae hoy una bola de discoteca, una con espejos (no redundo) una de esas con
cristales (los diminutivos infantilizan lo que digo y no) que reflejan y
emboban, es decir su periferia con volantes. Parker está en ese borde que das
un paso y estás en Cuenca, das otro y te vas barranco abajo con las cabras, los
conejos y el Zorro (tengo las pruebas), por eso se queda quieto, mira p’allá y
a otro perro con ese hueso, que se muevan ellos, es decir vosotros, tú,
qu’estoy hasta aquí (y señalo el punto de mi anatomía que prefieras, el núcleo
mismo ) de reguetón. Es lunes ¿No?, Semana Santa, que poco queda de esto y eso.
Mujer con mi
cabeza expuesta en una ensaladera, la
sangre coagulada de mi invierno, canto de sierpes amenazantes, bergantín de
plata en las riberas, tesoros enterrados de recuerdos, descaro de ademanes, tu
cuerpo delgado, desnudo, sobre el mío, que me lamías los dedos inquietos, que
tu lengua me encontraba la inocencia, que cegabas mis ojos con pañuelos de
seda, me aprisionabas, me hacías tuyo, juguete entre tus muslos, me arrollaba tu
sed, tu grupa airada, el hambre que dejaron en tu espalda los amantes
inexpertos, nombres que odiaba, escribo para inventarme los fantasmas, para que
coma el mío, que no se vaya, principio del placer que nos cegaba.
El signo del miedo
Está lo de los gustos, las modas, está lo de quedar bien y
pertenecer al club, no destacar, camuflar la opinión con un like, un corazón
como mucho. Todo eso es perfecto pero a mí no me gusta Paul Auster, al menos
no demasiado.
Recuerdo que leí uno de sus libros hace mucho, algo sobre
alguien que ponía bombas, no recuerdo su título, no me emocionó en absoluto.
Anoche, una señorita rubia que promocionaba un licor en un bar debajo de mi
casa al que voy algunas noches, ante mi negativa a probarlo me dijo “se ve que
usted es de gustos fijos”. “Se ve que usted no asistió a los cursillos de
ventas”, le contesté. Mis gustos no son fijos y por eso me puse a leer “La
trilogía de Nueva York”. Los elogios de los críticos auguraban una obra de
arte. En realidad son tres relatos cortos. El primero y el segundo me parecieron
aburridos, prescindibles, no me decían nada. El tercer me pareció mejor pero he
guardado los cohetes para mejor ocasión.
El siguiente libro que lea no será de Paul Auster pero esta
noche, en el bar de abajo, me tomaré un combinado con ese licor amarillo que todavía promociona la señorita rubia.
Artist Mårten Andersson
Mårten Andersson - Kaffedrickarna (Coffee Drinkers) 1959
De vagar por sus piernas en el después, del somnoliento paseo desde los omóplatos a los tobillos, exploración lenta de su sexo en la penumbra, bostezos y ronroneos, palabras dulces como rosquillas de anís, ni siquiera sabíamos nuestros nombres, éramos un tú y yo, onomatopeyas, gruñidos, ay, anónimos amantes, egoísta intercambio de líquidos y caricias, se daba, le entregaba, nos exigíamos sin otro contrato que desearnos, ven, ahora, me gusta, así no, sí, otra vez. De ahí, digo, alumbró un sentimiento mutuo que fue creciendo, lento al principio para después apresurarse, arrebatarnos y brillar.
Esta es una página vegetal que se nutre de recuerdos en cuarentena, de amargas sombras de catecismo y escaramuzas contra la tapia de la ermita, de la sospecha de que ya nunca volverá aquella balada que escuchábamos de madrugada, mis manos recorriendo su espalda como una selva, abriendo la puerta de sus muslos a las sombras, a los besos, el leve chasquido de los labios excitados, el ay, el sigue, el así, sudor y versos, susurros, se inclinaba y entrábamos en el cielo abrazados en deseo, querubines y leopardos, mordía sus hombros y el cuello me tentaba como un cordero perdido en la niebla, cazador de sugerencias y latidos, blasfemias y llanto, risas, luchando como bestias en el orgasmo, inútil y desvencijado tiempo sin cabida para el sentimiento, maquinaria sexual, animal atracción, primaria, de azúcar e imposibles, la sangre en rebelión, monumento insensible, mercaderes violentos, los relojes rotos, alguien esperando nuestro regreso, no había cama, solo la pasión ardía como en San Juan, enmudecieron los violonchelos, Haendel, Quignard, estaba cerca el tiempo de la locura.