El bote de Nazario.
Era el límite de mi territorio, bajaba la ría, melancólica y oscura, entonces todavía volaban gaviotas sobre las aguas revueltas. Por poco dinero, Nazario y Txomin cruzaban en sus barcas a los pasajeros de una a otra orilla.
Pedro M Martínez
Era el límite de mi territorio, bajaba la ría, melancólica y oscura, entonces todavía volaban gaviotas sobre las aguas revueltas. Por poco dinero, Nazario y Txomin cruzaban en sus barcas a los pasajeros de una a otra orilla.
(Debo decir que desde el principio, en aquella reunión, mis pensamientos y deseos no eran obscenos, no, al contrario, la ternura me desequilibraba y ansiaba fundirme en abrazos de entonces, tanta dulzura goteando, horadando el gesto sobrio, calando hasta el punto de no retorno y enfermedades, ellas y ellos solo hablaban de enfermedades. Entonces dije la palabra mágica…sexo. Todos rieron, pasados unos segundos siguieron contando sus desgracias.)
El destino se consuma mientras florecen los almendros, los patos vuelan hacia el sur, la actriz se empolva el rostro antes de salir al inhóspito escenario, un señor rubio deshace los nudos del azar con dedos torcidos, un dios agoniza en el extrarradio, los ángeles velan las creencias de las mujeres piadosas e inmóviles rezando en la pérgola donde los perros buscan sus límites antes de la condena final. Eso es todo.
El cojo Peroche canta por soleares en una mañana de octubre, con un débil sol entrando por la claraboya que no tengo. Escribo para ti, Isabel, que estás al otro lado del mundo, bajo un tejado de pizarra y gorriones junto al mar que muerde con sal las ventanas de tu casa, las estrellas que miras sin mirar, las olas de lo que fue dejando algas embusteras en el arenal de entonces.
Descontrolado, así me has dejado.
Con solo dos palabras.
El otro.
Preservaba la ternura como un jardinero que cuida los arbustos malheridos de la memoria. Podaba con mis dientes los pliegues del pasado. Con obsesivo celo protegía los brotes del cariño, de la atracción creciendo como madreselva que se adhería a mi alma con más y más fuerza. Comíamos cerezas, tomábamos café, cortábamos jamón con afilados cuchillos, nos mirábamos a los ojos y se encendían las alarmas sin asustarnos,
Y ahora esas dos palabras vacían los aljibes, agostan los parterres, queman la hierba, rompen los esquejes, dejan la tierra oscurecida, infértil, con un viento trágico que se lleva los sueños, se incendia el monte junto al penal de no verte.
Evoco, medito, rumio, me refugio en la imposible lucidez, me escondo en el contrabando de palabras. Viajando al abrigo de las miradas inoportunas me oculto, disimulo, selecciono la voz que aparente, que disfrace, no, tiempo de tragedia, tiempo nublado en otoño del norte, voces fragmentadas, entrecortadas, no hay cobertura, obsesiva imagen de tu cuerpo reflejando la luz leve que se filtra por la persiana que protege, hondura en la aparición de caricias que atesoramos como una oración selectiva, protectora, intensidad en los besos que antes no nos dábamos…
Pero de súbito…el otro.
En la radio el Brillantina se marca unos tangos, músicas que antes no, canciones saliendo de un arcón bajo la cama sin dosel. Te escribo, Isabel, sobre las rocas del acantilado, desafiando los tambores y las certezas; te escribo en la orilla, saltando las rayas del agua, el misterio, el miedo, la sombra ciega que me ofrece tres deseos, la visita piadosa del todavía, trágico como un actor desdentado, ridículo como un cómico a caballo entre lo imposible y la pirueta, con un gorro de cascabeles, con una nariz postiza, roja, silbando, con los pulmones abiertos a la resaca de ese otro.
Pongo las cartas sobre la mesa, esta es una partida en la que nadie gana, tres envido y llevo pares, órdago al juego y ahora me sales con que no hay otro, que ni siquiera yo soy uno y nos reímos bajo la parra, fotografiamos a los cisnes entre los juncos, desafiamos las miradas de los desocupados en el muelle, de los marineros en tierra, de los que levantan plazas de toros, de los capitanes de barco en la proa de la inactividad, de los vecinos asomados al balcón, de los guardias civiles en sus torretas, de los surfistas avistando olas, de las gaviotas que se ríen, inoportunas, y graznan y nos señalan con sus picos amarillos y ahora recojo el mantel y dentro estamos tú y yo y esta historia renacida y cierta.
Me has convertido en un antropófago.
Cornel Wilde que lo mismo hacía de trapecista, espadachín, galán o explorador
de la selva perseguido por tribus salvajes, es aquí un teniente de policía que, de
forma pertinaz, quiere encarcelar a un malvado gánster, Richard Conte (que
estaba encasillado en estos papeles). En el fondo parece que el teniente está
enamorado de la novia del malo, la chica buena (Jean Wallace, su esposa en la
vida real. Sosa), aunque tiene una relación con una bailarina, la chica mala (Helene
Stanton, muy maja). Debo decir que, para mí, la mala es la buena y la buena es
la mala. Por cierto, hay una frase genial de la bailarina "Cuando ella vuelva a hacerte daño no tardes tanto en volver", genial. . En esta película participan el veterano y eficaz Brian Donlevy, unos
jóvenes Lee Van Cleef (Fante) y Earl Holliman (Mingo). Añadiré que tiene buena
fotografía y música, pero que el guion se queda corto. Para pasar la tarde vale, ahí
nos quedamos.
Dylan Thomas nació en Swansea, Gales, un 27 de octubre de 1914 y murió en Nueva York el 9 de noviembre de 1953.
AEMET alerta para esta madrugada: clima severo en el Estrecho. Esos tres están al otro lado. El levante de ahora, he barrido dos veces el porche, ya avisa movimiento. No tengo manera de avisarles porque la deslumbrante geometría de Chauen ha enmudecido al gavilán y a las palomas. Africa extiende sus carreteras como tortuosos brazos negros. Que el cielo protector de Bowles acoja a los aventureros y los traiga de regreso sanos y salvos, bastante tiene alguno ya con el lento deterioro del perfil, del tatuaje, Baiona, en el hombro izquierdo, como un bucanero, como un recolector de ceniza y pacientes detrás de las rejas. El viento, oh el viento, Aviso Amarillo por Fenómeno Costero y esos tres ahí, al otro lado.
Continuará
(Eso espero)
Solo, sin vocación de náufrago, perdido en el destierro de chozas blancas, geometría desbordada por el exceso. Sus amigos viajan hasta Nairobi para comprar marfil. Él sale a buscar provisiones entre alhelíes morados y árboles cargados de lluvia. Al regreso no encuentra su morada ni su destino. Da vueltas y vueltas, no conoce el dialecto local, no sabe orientarse, no hay estrellas. Sufre la veracidad de la distancia. Siente que los nativos le miran con desconfianza, sin bondad. Insistencia de la desventura. Animales en sus madrigueras con niebla en el hocico. El mar se come el sol y el cielo se rompe en jirones rojos que aúllan. Temor del solitario. Llama a su secretaria, quizás no vuelva el martes, que aplace las citas.