Pánico en NY (1)
No encuentro mis bragas –dijo ella, y desde la cama vi las blancas nalgas que contrastaban con el resto de su bronceado cuerpo, de rodillas, palpando la alfombra bajo la mesa del salón, a oscuras.
Pedro M Martínez
No encuentro mis bragas –dijo ella, y desde la cama vi las blancas nalgas que contrastaban con el resto de su bronceado cuerpo, de rodillas, palpando la alfombra bajo la mesa del salón, a oscuras.
No tienen prisa las palabras en decir. La urgencia tiene voz atragantada. La prisa alborota los sonidos y se acaba por decir todo lo contrario. La rapidez siempre es extranjera. El barullo es un jeroglífico que no descifraremos nunca. Escribir, entonces, mirándote a los ojos. Deseando tu dictado.
***Toda memoria es respiración agitada. Cada olvido es un modo desordenado de decir adiós.
***
Se besan sin saber dónde empieza el cielo, dónde acaba el infierno. Se besan de pie, con los ojos cerrados, con las manos cerradas. Se besan y a lo lejos se escuchan las murallas centenarias, derrumbándose, poblando el aire con un estruendo de argamasa y ciclones. Se tocan la piel y de los poros les brotan pequeñísimos animales dulces que miman cada rincón de brazos, caderas, muslos, un lento deambular de almíbar. Se tocan el alma y se mecen en pétalos de flores nuevas, gigantescas corolas, pistilos con embriagadores zumbidos de abejas. Se hacen uno y justamente entonces, a pesar de los coros de querubines que cantan con los ojos cerrados, del ritmo de cien palmeros presentidos al otro lado de la puerta, del calor de tres infiernos, del murmullo de un arroyo del Paraíso Terrenal, del Vesubio y del Etna, de Manhatan, ignoran que traquetean en el pescante de un tren sin regreso, viajeros a ninguna parte, refugiados en el trayecto de la soledad, habitantes de un mundo prohibido.
Me regalo el disco la mujer que entonces amaba. No sé si todavía la amo, no sé siquiera si es la misma mujer. La canción sí, me sigue gustando. Menudo plantel de músicos lleva.
Ahora que estoy con lo de Eve Babitz (ya os contaré), me entero que Michael Frank, con esa voz de chico bueno pero sosito, compuso esta canción después de acostarse con ella
«Estábamos en la cama —dijo Eve— Se me enfriaron los pies. Le dije que tenía los dedos helados. De eso proviene el título de la canción.
[«Popsicle Toes», apareció en el disco de Franks de 1976, The Art of Tea ]).
Hay historias curiosas detrás de algunas canciones, de algunos poemas, novelas, peliculas, obras de teatro, cuadros, suspiros a deshoras, etc.
Eso sí, lo juro, si en aquel tiempo me hubiese acostado con Eve mi canción, con o sin estos músicos sonaría de otra manera.
Produced by Tommy LiPuma Keyboards: Joe Sample Guitars: Larry Carlton Bass: Wilton Felder Drums & Percussion: John Guer Vibes: Larry Bunker Congas: Jerry Steinholtz String Arrangements: Nick De Caro Mixing Engineer: Al Schmitt Recording Engineers: Lee Herschberg & Bruce Botnick
La cuestión es que uno viene aquí (también) donde se juntan (convergen) números, letras y soledades, para compartir lo que escribe y después de chocar contra la pared (no se traspasa, no es cierto) debe dedicarse al viejo truco de esparcir poesía y fotografías (de otros) por los campos como un san Isidro sin bueyes ni arado ni mucho menos vocación ni ángeles que le sustituyan en sus fines de semana, que no es lo mismo predicar que sembrar trigo o algo así que estas mañanas en calma (ahí fuera el mar en calma, el cielo en calma, al otro lado la calle en calma, ¡qué aburrimiento!) te dejan con ganas de salir a quemar conventos o meterte en un bosque a fisgar pájaros o, que se yo, llamar a las antiguas amantes y decirles que estas vivo, que respiras, que el sol ha salido y las riberas están llenas de cangrejos (ahora no puedo llamar porque en las residencias de ancianos están aún sirviendo los desayunos) y esta llegando el momento de soltar la jauría, restregar los hocicos de los mastines con el olor del fracaso, con el hedor del miedo, gritar en los caminos y correr sin descanso hasta llegar a ningún sitio, ¿dónde estoy?, que los árboles me hablan y la música es esta nota repetida en fa, puro jazz, improvisación de domingo sin iglesias ni mantos morados, comunión de cuerpos desnudos en esta playa, ahí al lado, hay bajamar, las conchas cantan con el leve movimiento del agua verde/azul, fría, hay resaca de alcohol nocturno y bandas con himnos de revolución mientras todos beben y ríen y Gaza, ay, Crimea, tantos lugares, Ceuta, la realidad está tan lejos, las tragedias están lejos, vacaciones y puedo escribir versos, dar besos al aire, olvidarme o recordar, levantar la esquina del misterio o enterrar las voces que por las noches me susurran que la vida es ahora y pasar de puntillas por los hospitales y el miedo, no se vayan a despertar los agoreros y tengamos la fiesta en paz, agosto va, vamos con él (este trasto no me acentúa, a veces si), "dame la mano y vamos a sentarnos bajo cualquier estatua" (Pablo Guerrero) eso, primero escojamos la estatua, rápido que, sin coche, estoy buscando la forma de volver a casa, ahí va mi abrazo y mi sonrisa, que tengáis un buen día.
Llevo muchos años viniendo a Galicia y estoy enamorado primero de su gente, después de su cultura, de su historia, del paisaje, en fin de lo que representa Galicia.
Hoy leyendo sobre Federico García Lorca descubro con sorpresa estos “Seis poemas Galegos”.
Los comparto.
Romance de Nuestra Señora de la Barca
¡Ay, fiesta, fiesta, fiesta
de la Virgen pequeña
y de su barca!
La Virgen era pequeña
y su corona de plata.
Cuatro bueyes amarillos
en su carro la llevaban.
Palomas de vidrio alzaron
aguacero en la montaña.
Muertos y muertos de niebla
por mil veredas llegaban.
¡Virgen tu carita deja
en dulces ojos de vacas
y lleva sobre tu manto
los pliegues de amortajada!
Por la frente de Galicia
ya viene asomando el alba.
La Virgen mira hacia al mar
en las puertas de su casa.
¡Ay, fiesta, fiesta, fiesta
de la Virgen pequeña
y de su barca!
Romaxe de Nosa Señora da Barca
¡Ay ruada, ruada, ruada
da Virxen pequena
e a súa barca!
A Virxen era pequena
e a súa coroa de prata.
Marelos os catro bois
que no seu carro a levaban.
Pombas de vidro traguían
a choiva pol-a montana.
Mortos e mortos de néboa
pol-as congostras chegaban.
¡Virxen, deixa a túa cariña
nos doces ollos das vacas
e leva sobr’o teu manto
as froles da amortallada!
Pol-a testa de Galicia
xa ven salaiando a i-alba.
A Virxen mira pra o mar
dend’a porta da súa casa.
¡Ay ruada, ruada, ruada
da Virxen pequena
e a súa barca!
(El resto de poemas aquí)
https://circulodepoesia.com/2016/08/federico-garcia-lorca-seis-poemas-galegos/
https://lapequenaespanaparis.org/2025/06/03/federico-garcia-lorca-6-poemas-gallegos/
Panorama ciego de Nueva York
Si no son los pájaros
cubiertos de ceniza,
si no son los gemidos que golpean las ventanas de la boda,
serán las delicadas criaturas del aire
que manan la sangre nueva por la oscuridad inextinguible.
Pero no, no son los pájaros,
porque los pájaros están a punto de ser bueyes;
pueden ser rocas blancas con la ayuda de la luna
y son siempre muchachos heridos
antes de que los jueces levanten la tela.
Todos comprenden el dolor que se relaciona con la muerte,
pero el verdadero dolor no está presente en el espíritu.
No está en el aire ni en nuestra vida,
ni en estas terrazas llenas de humo.
El verdadero dolor que mantiene despiertas las cosas
es una pequeña quemadura infinita
en los ojos inocentes de los otros sistemas.
Un traje abandonado pesa tanto en los hombros
que muchas veces el cielo los agrupa en ásperas manadas.
Y las que mueren de parto saben en la última hora
que todo rumor será piedra y toda huella latido.
Nosotros ignoramos que el pensamiento tiene arrabales
donde el filósofo es devorado por los chinos y las orugas.
Y algunos niños idiotas han encontrado por las cocinas
pequeñas golondrinas con muletas
que sabían pronunciar la palabra amor.
No, no son los pájaros.
No es un pájaro el que expresa la turbia fiebre de laguna,
ni el ansia de asesinato que nos oprime cada momento,
ni el metálico rumor de suicidio que nos anima cada madrugada,
Es una cápsula de aire donde nos duele todo el mundo,
es un pequeño espacio vivo al loco unisón de la luz,
es una escala indefinible donde las nubes y rosas olvidan
el griterío chino que bulle por el desembarcadero de la sangre.
Yo muchas veces me he perdido
para buscar la quemadura que mantiene despiertas las cosas
y sólo he encontrado marineros echados sobre las barandillas
y pequeñas criaturas del cielo enterradas bajo la nieve.
Pero el verdadero dolor estaba en otras plazas
donde los peces cristalizados agonizaban dentro de los troncos;
plazas del cielo extraño para las antiguas estatuas ilesas
y para la tierna intimidad de los volcanes.
No hay dolor en la voz. Sólo existen los dientes,
pero dientes que callarán aislados por el raso negro.
No hay dolor en la voz. Aquí sólo existe la Tierra.
La Tierra con sus puertas de siempre
que llevan al rubor de los frutos.
Por todo esto que dije tantas veces, para traducir el olor del viento, para que el recuerdo no se adelgace en los días con demasiado sol, este verano herido, mi coche siniestrado, vida gastada en trabajos de Sísifo, una larga playa casi vacía, insólito, entiendo cada grano de arena, cada suspiro que sale de la pared de piedra que limita el mar, reino del sí pero no, del no pero sí, lanzo mi pena a la tercera ola, zamarreo el dolor y no es lo mismo, no cierro los ojos, no quiero dormir.
Permanezco insomne, atento, en vigilia.
No dejaré que muera la zarza florecida.