Luis Berraquero (10)
El verano avanzaba y la
borraxeira se volvía más persistente. Los paseos en la playa se hacían menos
frecuentes, pero las conversaciones en el pequeño bar frente al mar se
prolongaban hasta bien entrada la noche. Luis Berraquero tiene una memoria
prodigiosa y una vida nada común. Sigue su relato.
“Desde hace mucho tiempo la selva
se parcela, Brasil vendía a multinacionales grandes extensiones a Japón, EEUU,
Francia, etc. Estas grandes empresas introducen maquinaria pesada que la
arrasa, dejan el terreno limpio dedicándolo a plantaciones o para el
ganado.
Por otra parte, los nativos bajan
del calor de Ecuador y en un claro de la selva fabrican una choza, plantan
mandioca, tienen unas gallinas, algún cerdito, por supuesto sin ninguna
propiedad sobre el terreno.
Los facendeiros por las mañanas
se presentan a los indios que viven en esos claros y les invitan a desaparecer
de sus casas. A los dos días si no se han ido, de forma expeditiva, cruel, dan
un tiro en la nuca del padre, la madre, los hijos, disparan a las gallinas y
cerdos, hacen una fosa común y los entierran. En unos días la selva los cubre
de vegetación. Por supuesto toda esta información la recogíamos de los indios
sobrevivientes que nos informaban con la ayuda de los colaboradores de Pedro
Casardaliga.
El Gobierno fue informado y antes
del regreso a España pernoctamos en Brasilia para recuperarnos de los duros
días en la selva. Dejamos en consigna del aeropuerto los trescientos kilos de
material de trabajo y con o imprescindible nos fuimos a un gran hotel. Por la
mañana, tras el desayuno, partíamos del país.
Estábamos los cuatro compañeros
en el hall del hotel esperando los taxis que nos llevasen al aeropuerto. Bajé
al servicio en la planta inferior. Junto a mí se puso una persona de raza
negra. Nunca olvidaré que tenía los ojos verdes. Al terminar, empecé a subir
las escaleras y este señor me puso una pistola en los riñones, en perfecto
brasileño, muy fácil portugués, me dijo que levantara las manos. Al llegar al
hall aparecieron tres policías con armas largas y nos pusieron con los brazos
en alto contra la pared. Nos incautaron las pocas bolsas de viaje que
llevábamos y esposados nos metieron a los cuatro en sendos coches policiales.
En ese momento el gobierno
brasileño lo formaban una Junta Militar. Nos trasladaron a la sede de la
Policía Político Social. Cada control que caía pensaba si en algún momento los
dejaría atrás. Tras tres días de interrogatorios en celdas separadas sin saber
lo que mis compañeros decían, pedí al policía que me interrogaba que quería
hablar con un superior. A las dos horas apareció y le pedí que me trajeran mi
documentación, una cartera de piel con la bandera de España, con las
acreditaciones de pertenecer a RTVE y varios carnets de prensa internacional.
Le hice saber que los cuatro éramos miembros y funcionarios del Gobierno
Español y pertenecientes a la única televisión de España en aquel momento, que
sin nos pasaba algo a mí o a mis compañeros sería un serio problema de estado
y, lo que más pesó, que en los próximos campeonatos de fútbol que se iban a
celebrar en España tendrían serios problemas con nuestro Gobierno (siendo el
fútbol un tema tan sensible para ellos).














