Abril 5
Pedro M Martínez
Jana Schröder
Levanto mi copa para celebrar lo que aprendí entonces sobre quién soy yo. Ese desconocido en mí que a veces sale, me habla, razona, rompe el espejo, quiere apartar de la puerta las piedras de la rutina, la abre, cauteloso asoma la cabeza, la cierra, se esconde, es.
Jana Schroder
No quiero hacer trampas en la blanca pared de cada día. Me he comido las sobras del silencio, he apurado los posos del idilio, he rebañado el plato de lo romántico. Aún está en mi boca el sabor de aquel banquete. Pero lo que fue, fue, historia, ya está todo dicho, no hay más que hablar, las cenizas están esparcidas desde los montes.
Jana Schroder-
La culpa, el sueño y yo caminamos por la misma ciudad, por diferentes calles, esclavos de la soberbia, del imposible milagro de los panes y los peces. Es lo que es.
El remordimiento como una bestia parda hocicando en las entrañas de lo establecido, de lo correcto, de la norma. Para calmar su furia ofrecemos sacrificios en el altar de la tradición, nos mortificamos con cilicios en los muslos del deseo, encadenamos el instinto en un sótano del edificio del recuerdo. Somos como no queremos ser.
Comerás flores.
Lucía Solla Sobral.
Me uno a este género de “los Lectores de Libros opinan”.
Para evitarles mayores esfuerzos lo resumiré: ¿Me ha gustado? Sí.
Y si alguien quiere lo comentamos.
Para más información sobre este libro todas estas personas lo cuentan muy bien:
Jules de Balincourt ( 1972)
Soy equilibrista, un funámbulo, se, se, se nota ¿no?
El viento de levante canta,
desordena pasadizos húmedos,
levanta exordios de libélulas.
Las mujeres comparten
risas, malaventuras,
lacerados deseos.
Jane Birkin no está.
En el mediodía roto,
en círculo, madres
hablan de madres,
absortas en el goce,
en los dolores,
hijas hablan de hijas.
Aromas que vuelan
ajenas a la mirada
del hombre que mira,
extranjero en la línea
de voces tras la
luz que palpita.
El viento de levante canta,
inventa laberintos con denuedo,
por la hierba reparte insectos
locos. El puchero borbotea
en el fogón. Nadie
piensa en comer.
Jane Birkin no está.
Photo de Sergio Del Grande Paris, Université de la Sorbonne, mai 1968
Parker no
puede recordar la nítida frase que de camino a Gernika se le apareció ardiendo
en una zarza, las palabras alineadas, el sentido, también la poesía, pájaros
ambiguos en la niebla, lo tenía tan claro.
En cuanto
llegue lo escribo (pensó).
Después
el óxido del día confundió las imágenes, las deterioró el silencio, la rabia,
el sabor del triunfo bajo la lengua como una medicina milagrosa. Era aquel
tiempo, sin destierro, sin voces ajenas creciendo desde la soledad, el color de
las uvas, la memoria decrépita, un perro negro de mirada torva escondido en el
zaguán del caserío
Esto es
un ERP, ¿ve?, no, Linux no, bajo SQL, abierto (dijo, varias veces, a varias
personas que le miraban como una vaca que ve pasar el tren)
Ese era
el momento, ese y no otro, el coche subiendo Autzagane y Carole King cantando
¿Me amarás aún mañana? que siempre le estremece, su voz como una lengua de
fuego de Pentecostés sobre su cabeza, entendía, ¿Will You Still Love Me
Tomorrow?, no lo sabe, el futuro ya no es lo que era y es bien cierto, carpe
diem, de momento Parker se va a celebrar algo, no sé, que está vivo por
ejemplo, eso mismo.
Y esto.
El sujeto. Una puerta, cerrada. Lo que es, hace, calla, acepta, la quietud de los días, lo que piensa, la realidad detenida.