La Pasión según San Mateo BWV 244 de Bach
Pedro M Martínez
Ardía abril, uno a uno los poetas subieron al atril, modestos, ordenados, metódicos, vibraban sus versos, pugnaba su voz con el sonido del agua, implacable en su húmeda cantinela, el acariciante sirimiri, los surtidores de la fuente,.
Disculpen que hable otra vez de lo
mío. No conozco mucho de lo suyo y tengo que cumplir con la tarea diaria del
blog. En realidad me importa un pimiento que a usted no le importen los míos,
mis pimientos, es lo que hay. Es sorprendente la cantidad de personas que
pierden el tiempo contando sus miserias, su nada, el hueco, no habrá nada mejor
que hacer. No sé si esto es una pregunta o una afirmación. Parece que no. Lo
mío, hoy, ni siquiera es la nostalgia, evocar nombres medio olvidados, aquella
vez que, en realidad tengo pocas aventuras emocionantes, una vez estuve en
Burgos, otra vez subí al Pagasarri, a Teresa casi la abrazo. Cuando aún veía
muy lejano eso de la jubilación, en algún texto dije “mis amigos están pensando
en jubilarse”. Era otro momento, otro clima, otras circunstancias, otro
gobierno, otra forma de pensar. Hoy ha pasado el tiempo y algunos de mis
amigos, los que sobreviven, tienen dolores diversos, en el hígado, en las
articulaciones, en la planta de los pies, no oyen bien, no ven bien, no sienten
bien, no les gustan los pimientos, fritos, están hechos polvo. Seguimos
mientras podamos. Como diría Mariscal “Señora ¿Me puede coger en brazos un rato?
Por favor”.
Sin querer embozarme en el desánimo escucho los pájaros y el viento en la alameda, el camino está cortado por flores, a los lados hay estatuas de mármol en jaulas de colores. Escribo yo y no otro, gozo, temo y el cazador está apostado en el brezo. Llega una carta de Ella que me desbarata, me arma, me desarma. Estaba en un cuadrilátero insoportable de sal, de lágrimas y desde hoy he claudicado, he traspasado el límite, he pasado al otro lado y ya no entiendo nada, además sé que no se puede entender. Siempre tengo la idea que es pasajero, pero no, persiste sin que pueda hacer nada por remediarlo. La hierba se quema de lluvias y la vida es como la recordamos, su sonrisa -la de la fotografía en la pared- me mira, alegrándome. Pienso en Ella (¿o en una ella?) sabiendo que no debo hacerlo, me obstino en su sonrisa y el pecho se me llena de catedrales con las piedras ardiendo y menesterosos escondidos en la sombra de las cruces. Escribo lo que no debo y aun así me grabo el óvalo de su cara, la pienso, la describo, su cara feliz, o lo parece, o estar con ella en una esquina puede ser tan mágico que puedo equivocarme y pintar de nostalgia lo que no es sino presente pero sé que no y la niña pertenece al pasado y queda la mujer que me mira, a la que no puedo tocar sin temor a que algo ocurra, a la que hasta su olor me atrae y me evoca recuerdos de los que no tengo constancia pero están ahí, cuando en el mundo no había un nosotros y su mirada y su halo y una alimaña detrás, escondida pero ahí, esperando que desfallezcamos para devorarnos y el cristal, también ahí, separándonos irremediablemente en este territorio de ríos azules, de otoños, de nostalgias heredadas, de arbustos negros, de olas sobrepasando la escollera del ayer, pataleo sobre el ayer, mecagüen el ayer.
Emperatriz en el territorio del Sí, no podrás vengarte de las mujeres que te precedieron en mi corazón. No tendrás tiempo. No podrás reunir sus destinos aventados a los cuatro puntos cardinales. No podrás plantar alfileres de cabeza colorada en los mapas de las tierras medias. No podrás explorar las selvas de pasiones hirviendo detrás de las cortinas de las casas de pacíficas abonadas a caridades diversas, de respetables señoras de misa diaria y pucheros. Déjalo, no aprietes el botón rojo del holocausto, no quieras girar el facistol donde monjes piadosos cantan gregoriano y mambo. Déjalo, sigamos vestidos de blanco, con la frente marcada por los hierros candentes de nuestro nombre girando ardiente en aires de ida y vuelta, en brisas que nos consuelen de tanto maullido, de señores de corta estatura, vestidos de negro, avinagrados, señalando con el dedo la dirección donde empieza el vacío, donde terminan los sueños heridos por los otros, los que se fueron, los que no estuvieron en treinta años, los mismos años que se pasaron sentados en el sillón del comedor; fumaban y leían la prensa (poco más, ahora ya nadie lee, nada. Excepto tú).