Donde siempre.
Este miércoles, donde siempre.
Pedro M Martínez
Este miércoles, donde siempre.
«Nada sirve tan bien al arte como un pensamiento negativo. Sus procedimientos oscuros y humillados son tan necesarios para entender una gran obra como el negro lo es para el blanco. Trabajar y crear para nada, modelar el barro, saber que la propia creación carece de futuro, ver esa obra destruida en un día siendo consciente de que, en el fondo, eso no tiene más importancia que construir para los siglos, es la sabiduría difícil que autoriza el pensamiento absurdo. Desarrollar al mismo tiempo ambas tareas, negar por un lado y ensalzar por el otro, es el camino que se abre ante el creador absurdo. Debe dar al vacío sus colores.
Esto conduce a una concepción particular de la obra de arte. Con demasiada frecuencia se cree que la obra de un creador es una serie de testimonios aislados. Un pensamiento profundo está en continuo devenir, se amolda a la experiencia de una vida y le da forma. De la misma manera la creación única de un hombre se fortalece en sus rostros sucesivos y múltiples que son las obras. Las unas completan a las otras, las corrigen o las recuperan, y también las contradicen. Si hay algo que remata la creación, no es el grito victorioso e ilusorio del artista cegado: «Lo he dicho todo», sino la muerte del creador que cierra su experiencia y el libro de su genio.
Ese esfuerzo, esa conciencia sobrehumana no aparecen forzosamente ante el lector. No hay misterio en la creación humana. La voluntad hace ese milagro. Pero, por lo menos, no hay verdadera creación sin secreto. Sin duda una serie de obras puede no ser sino una serie de aproximaciones del mismo pensamiento. Pero cabe concebir otra especie de creadores que procedieran por yuxtaposición. Sus obras acaso parezcan sin relación entre sí. En cierta medida son contradictorias. Pero, situadas en su conjunto, recuperan su ordenación. Reciben, pues, su sentido definitivo de la muerte. Aceptan lo más claro de su luz de la vida misma de su autor. En ese momento, la serie de sus obras no es sino una colección de fracasos. Pero si esos fracasos conservan todos la misma resonancia, el creador ha sabido repetir la imagen de su propia condición, hacer que resuene el secreto estéril que posee.
El esfuerzo de dominación es aquí considerable. Pero la inteligencia humana basta para mucho más. Se limitará a demostrar el aspecto voluntario de la creación. En otro lugar he señalado que la voluntad humana no tenía otro fin que mantener la conciencia. Pero eso no se podría hacer sin disciplina. De todas las escuelas de paciencia y lucidez, la creación es la más eficaz. Es también el perturbador testimonio de la única dignidad del hombre: la rebelión tenaz contra su condición, la perseverancia en un esfuerzo considerado estéril. Exige un esfuerzo cotidiano, dominio de sí, apreciación exacta de los límites de lo verdadero, mesura y fuerza. Constituye una ascesis. Todo eso para nada, para repetir y atascarse. Mas acaso la gran obra de arte tiene menos importancia en sí que en la prueba que exige de un hombre y la ocasión que le brinda de superar sus fantasmas y acercarse un poco más a su realidad desnuda.
El mito de Sísifo (1942), Albert Camus
Dejar esparcidos en lo blanco excesos verbales que llenen las miradas, vana empresa de tapiar el olvido, ir, volver, envolver, revolver, leer, ver, saber, entender, creer, tener, ser, romper, resolver, retener, creer, hacer, entretener, haber, aparecer, desaparecer, mantener, permanecer, encender, ascender, descender, meter, querer, resolver, poder, que nos vamos pero volvemos, por suerte, que sigue la rutina de no querer ser rutinarios, de permanecer en el verso, menor pero verso, estrofa a estrofa, aún con sonido de trompetas y tambores, el himno nacional de su nación, músicas entre lo militar y lo religioso, curiosa mezcla de ejércitos mundanos y divinos, generales y obispos, mezclados, monaguillos y sargentos de gesto altivo, uniformes y capirotes, la guardia civil desfilando, pobres ateos míos de otros tiempos, acurrucados en sus temores a ser descubiertos por los que acusan con dedos implacables, costaleros exhibiendo el sudor de su fe, saetas en la madrugá, vírgenes que lloran puñales, vírgenes que ríen después de la resurrección, respeto a las creencias ajenas, vírgenes que están aburridas de serlo, un demonio colorado pinta los púlpitos con el color del miedo, otro demonio los eleva por encima de las espadañas, los necios aplauden, “al cielo con ella” grita el mayordomo y el paso se eleva, majestuoso, a un cielo con luna llena, qué momento, qué algarabía, qué cantidad de hombres comiendo pipas de girasol con gesto ausente, grito para no estar callado por encima de lo obvio, aunque las palabras se nieguen a decir lo que dicen, aunque se acumulen en tropel de emociones difíciles de transmitir, aunque mi acento siga un discurso mimético, no soporto a los poderosos, a los que ensucian el límpido rumor de un arroyo, infracciones como auroras que disfruté solo, reptiles rozándome los muslos, cansancio de no saber ver más allá de mis narices (me han dicho que detrás del azogue hay un mundo por descubrir), puentes sobre el Guadalquivir, cofrades turbios, procesiones en la noche de los tiempos, inquisidores detrás de la celosía, la muerte hecha vida, la palabra en rebeldía, diciendo algo, no sé, una bandera de socorro, una señal, una petición de ayuda, un estremecimiento a veces por esa caricia en la herida, herida de muchos, soledad, ese momento en el que uno se enfrenta a sí mismo, ¿Dónde voy?, ¿Quién soy?, que me fui, vuelvo y nada ha cambiado, o todo, calles de Córdoba, el designio clavado en un pared, cicatrices de cuando el mundo era redondo, no sé si recuerdo lo que ocurrió o lo que recuerdo, aquella noche que el deseo fue el preámbulo del veneno, ¿Dónde estará aquella amante sumisa a quién tanto amé?, ángeles ciegos señalando aquí y allá con una espada de fuego, disfrutar de las hogueras de la nostalgia, energía de un beso en el callejón del pañuelo, soy un pecador obstinado en pecar, una y otra vez, coches de caballos con turistas impasibles, ingleses con la cara roja, japoneses fotografiando el agua, mujeres tan bellas que los minutos se entretienen en las rejas de los balcones, aromas de azahar, ¿cómo no enamorarse con ese aroma?, la suerte cercándonos, si sale pares te quiero, si sale nones me corto los dedos de la mano izquierda, naranjos en flor, Cristo de los Faroles, cuesta del Bailio, taberna Juramento, barrio San Basilio, ¿a quién le importa?, el AVE te lleva a Sevilla en 40 minutos y, si quieres, te trae de vuelta, ir, volver, ya te digo, Semana Santa, celebración religiosa, ya te dije, no se lo creen ni ellos, ellos no son nosotros, por fortuna, nosotros es un concepto, no sé quién soy yo como para saber quiénes somos nosotros, pero sé que después de un viaje de contrastes, vuelves y añoras, cosa curiosa porque ni siquiera sé a quién añoro, no sé quién eres tú, no sé qué hago aquí, pero algo de esto entiendes, si es que has llegado hasta aquí, un abrazo.
Te lo juro, escribir con Pages a 55.000 pies de altura (pie arriba, pie abajo) es complicado, sobre todo si la mitad del avión está ocupado por familias de jóvenes judíos ortodoxos con muchos niños pequeños llorando a la vez, desconsolados. Casi la otra mitad de los pasajeros son parejas de recién casados, hay algún viajero solitario, una dama con un impecable traje chaqueta, gris, y un caballero que en 1967 era un atractivo galán. No sé cómo se acentúa en esta pantalla que brilla y atrae, es igual, tampoco sé escribir. Pero lo intento, intento aprender, me he comprado un diccionario, ya se utilizar palabras como "vicisitud" o "enigma" (este es un guiño a Gay Talese) y en breve escribiré de corrido "circunstancia" o "genuflexión". Estoy lanzado.
No tuvieron miramientos. Intentamos escapar por la puerta de la cocina, la que daba al patio, pero habían acordonado la casa. A empujones nos juntaron en el comedor. La niña lloraba, su madre intentaba calmarla. Nosotros disimulábamos nuestro miedo. No sabíamos quién podía habernos delatado.
(Mónica Garwood)