Se lo conté
Se lo conté.
A mí no se me pone nadie chulo.
Pedro M Martínez
Se lo conté.
Bertolt Brecht
Anne
Tyler (84 años) escribe sobre la vida cotidiana, las relaciones sociales, los
recuerdos, los sentimientos con una sensibilidad, ironía, maestría, ingenio y
naturalidad que esta historia sencilla, pretendidamente menor, se lee con atención y
disfrute.
“Tres días de junio” me ha gustado mucho.
https://madrid.ebiblio.es/resources/68235b0f04d2964926898163
Hermano Lobo fue una revista española de humor fundada el 11 de mayo de 1972, con Chumy Chúmez como principal impulsor, inspirado en el semanario francés Charlie Hebdo. Constaba de 16 páginas de 29x36 cm, con dos grapas a caballete, papel de mucho gramaje y mayor mano, impresa en dos tintas, poco texto e ilustraciones de gran tamaño. Pronto se convirtió en la revista de humor de referencia del tardofranquismo, arrinconando a una envejecida La Codorniz, que empezó un acusado declive en las preferencias de los lectores.
Abi Whitlock (British, b. 1992, Surrey, England) - Lone Star,
Tú estabas en la maleza de un sábado largo y vacío, tan absurdo para ti que eres la emperatriz del continente y ahora estás ahí, en domingo, camuflada entre los árboles de un bosque quemado, amenazada por todos los felinos hambrientos en lo oscuro, tan aburridos
Pasará esta época de grandes lluvias, no pierdas la calma.
Estás, digo, vestida de verde, deshabitada de ilusión, con los caminos borrados, a oscuras, te mueves furtiva como una gacela asustada, temblorosa, tú que te sabes el abecedario, tres de las cuatro reglas y que hablas en tantos idiomas aunque con solo dos palabras logras que me asome al espacio y gire a tu alrededor, que te mire sin candiles pero encandilado, te contemple sin poner límites a mi curiosidad, me postre ante tu recuerdo y entone salmos y rezos que creí olvidados.
Me da miedo tu miedo y la rabia contenida, el brillo de tus ojos, lo exterior, lo que no te es ajeno y te muerde, esa voz que te hiere, esas palabras que ponen barreras a tu expresividad, todo aquello que te molesta o se te clava como saetas a una santa y mártir que imagino desnuda, con flechas rebotando en tu piel que admiro y acaricio en este aire que me enloquece porque te siento a mi lado mientras tecleo y te veo, me cortaría un dedo del pie izquierdo por verte (los de la mano me dijiste que no me los corte, que los necesitas).
Pues eso, estamos en que ahí llovía y aquí casi nieva, que estamos subidos a un trineo de sueños que se desliza por un calendario de casi un año, no sé ya qué ropa ponerme y la ciudad está ahí engulléndonos.
Subo hasta esta colina de escribirte, te hago señales, amor, estoy aquí, te quiero, soy tuyo, quiero aprender a quererte cada día mejor, más es imposible.
Ánimo, mi vida, estoy afilando los cuchillos.
El barrio tenía
fronteras, límites no pintados en el suelo pero conocidos. Parker y sus amigos
no se aventuraban en según qué calles sin ir en grupo y aún así. Todavía no
conocían el blues, en realidad no conocían casi nada, las sesiones dobles de
cine, ir siempre acompañados a los retretes del Actualidades, Elvis, que Carmen
destacaba entre otras chicas, que el padre de Alberto llevaba corbata. West
side story. Vieron aquella película en el cine Matiko, el portero no pedía el
carnet de identidad, además ellos ya llevaban pantalón largo, a Javi no le
dejaron entrar. Quiero vivir en América. Aquella música les fascinó, los
bailes, chasquear los dedos, un New York tan lejano, tan peligroso como su
ciudad, aunque la historia de amor era un fastidio algo les tocó dentro. Se
dejaron patillas, pintaron Jets en las paredes, caminaban inclinados, saltando,
querían ser así, rebeldes, defender lo suyo, su diferencia, secretamente
encontrar una María. West side story fue un despertar, una luz entre la
vulgaridad de alrededor, un aviso, luego llegaron los Beatles y arrasaron con
todo lo conocido. Leonard Bernstein que estarás en el cielo, gracias.
Una vez quise ser una estrella del Rock pero con eso de Plutón no hubo la debida conjunción de astros, me dediqué entonces al capítulo aficionado, escuchante no pasivo, desde aquellos inicios de tenores, zarzuelas, la verbena de la Paloma, repetir lo que cantaba mi madre (porque ha perdido una perla llora una ostra en el mar), mis tías, el señor del tercero centro, antes se cantaba mucho que abrías una ventana y ahí estaba una copla, un fandango, déjame que te cante limeña, Elvis, Chuck, después los Beatles y tampoco es cosa de hacer una lista de lo que no, en tiempos de mudanza templanza que decía un santo, paciencia de santo también se decía, la que tengo, aquí, ahora, rodeado de obras, que retumba la casa, que no me concentro, que no puedo contestar como quisiera, o no, que el tiempo es regular, cuando llegue julio todo será maravilloso, luego otra vez el invierno, muy largo, no sé si tendré jazz, conciertos, añoranza de valses sin Viena, mis amigos desmemoriados, los amigos de mis amigos no siempre son mis amigos, estar tanto tiempo lejos de donde suelo, resistiré, a la vuelta, aunque Neruda sabe que el que vuelve nunca se fue, me dedicaré a la purga, a borrar las pintadas en mis paredes, a suprimir nombres huecos, a plantearme lo que merece la pena, el sentido de la vida, que estoy, no sé, paseando por esos montes, cantando a voz en grito y me muerde el sentido de la vida, como un perro enfadado, en la nuca, joder, tanta tranquilidad no debe ser buena, incapacidad de aceptar que esto es la felicidad, no desear nada más que lo que tengo, disfrutar cada segundo, exprimirlo, comerme los días en un festín de nada y así sea, paz y paisaje, pan, luz, agua, amor en una mirada limpia para ver más allá, dentro, esto es todo lo que hay, todo lo que me voy a llevar para los recuerdos cuando no, cuando ser una estrella del Rock solo sea lo que nunca pude ser, pero sigo cantando, sigo bailando, ¡Eh¡
Laura Makabresku - The Anatomy of Melancholy
Bego dejó a la
niña con los abuelos y me invitó a tomar café, como entonces, como aquel día
perdido en los recuerdos.
Acepté aunque si
tomo café por la tarde me quita el sueño de la noche.
En el salón de su casa, nerviosos, hablábamos de muchas cosas, de nada.
Me levanté y la
besé.
No opuso
demasiada resistencia, tampoco demasiado entusiasmo, me dejo hacer.
Cuando acaricié
sus caderas me invitó a conocer la habitación de arriba.
Se quitó la
ropa sin dejar de mirarme, temblaba.
Quise aparentar
seguridad pero yo también temblaba.
Fue entonces
cuando la vi.
Una sombra pasó
por su frente y creció y creció hasta abrazar todo su cuerpo.
Después nos
amamos, los tres.
La sombra
sonreía con una mueca cruel.
Mientras me
duchaba se lo pregunté.
-¿La has visto?-
-¿Qué?-
-Una sombra.-
-Eh…no, no he
visto nada.
-Estaba aquí.-
-Solo te he
visto a ti, cariño, ¿volverás?
En nuestros
siguientes encuentros no apareció la sombra, pero siempre me sentí observado,
no estaba cómodo, no me concentraba.
Fuimos a un
hotel pero por mi parte la sensación también era de intranquilidad.
Llegué a pensar
que era un reflejo culpable de mi subconsciente.
Ella se dio
cuenta, seguro que me tomó por un maniático.
Por consejo de
mi psiquiatra dejé de visitarla.
Hoy me entero
que la sombra se ha casado con Bego.
No somos nada.
Para Anastasis Vistonitis
No sabían, los que vivían felices a orillas del Nilo, de la llegada de aquellos que los reducirían a casi escombros, ni de los que más tarde les habrían de robar tierras e ideas y saquear la belleza de las piedras en perfecto equilibrio, y noche y luz perfectas, en busca de las joyas y del oro y de un conocimiento que no les pertenecía.
No sabían, porque vivían en el centro de su tiempo, y el centro del tiempo no sabe nunca lo que irá a ser trayecto, como un río que corre no conoce su estuario, sólo las orillas, por donde pasa, que lo iluminan o ensombrecen.
Y aunque entonces a orillas del Nilo no habitaban sólo los que mucho poseían, sino también aquellos que poco tenían de sustento y techo, a todos los unía esa creencia en una paz futura, de atravesar otras orillas y encontrar la paz.
No conocían lo que venía, ni al que llegaba a su historia, como no saben nada los humanos que habitan este antiguo sol azul. Pero debieron haber presentido ese final y la alegría de los ciclos y aluviones debió acompañarse de la angustia por la llegada de los ejércitos, que les prometían más bienestar y más paz, diciéndoles que para tener paz y bienestar eran necesarias alianzas y el abandono de creencias y una historia nueva que se decía más útil. Mucho después, de ellos quedaría un recuerdo sirviendo libros y mitos, y el rumor del desierto, y las perfectas construcciones de piedra resistente, y su escritura, útil y bella, que tardaron años en descifrar.
Y mucho de esto no quedó en su tierra, a orillas del Nilo, fue robado, y viajó en navíos, por diferentes mares, hasta museos y plazas de otros colores donde ganaría otros aromas y otros sentidos. Parece que siempre sucedió así con el tiempo y la historia. Siempre así parece suceder.
A no ser que una esfinge se rebele y gane vuelo, como la esfinge de otro pueblo, no a orillas del Nilo, sino de un mar poblado de mitos y pequeñas islas.
Tampoco sabe, esa esfinge protegida en Delfos, cuál va a ser el futuro de las cosas y del tiempo, pero sabe de la llegada de los que, en nombre de un Nuevo equilibrio, dicen poder salvar los tiempos.
Tal vez le sirvan de auxilio el cuerpo del león y, erguidas, las alas. Y, el enigma, que poco importa a los dueños del equilibrio, pero que dicen es la fuente de la poesía. Y es la fuente donde la carne despierta, a orillas de lo humano.
_ Ana Luísa Amaral.
Traducción de Lauren Mendinueta
_ Paula Rego, Guerra, 2003
| — | W.H. AUDEN |