«Nada sirve tan bien al arte como
un pensamiento negativo. Sus procedimientos oscuros y humillados son tan
necesarios para entender una gran obra como el negro lo es para el blanco.
Trabajar y crear para nada, modelar el barro, saber que la propia creación
carece de futuro, ver esa obra destruida en un día siendo consciente de que, en
el fondo, eso no tiene más importancia que construir para los siglos, es la
sabiduría difícil que autoriza el pensamiento absurdo. Desarrollar al mismo
tiempo ambas tareas, negar por un lado y ensalzar por el otro, es el camino que
se abre ante el creador absurdo. Debe dar al vacío sus colores.
Esto conduce a una concepción
particular de la obra de arte. Con demasiada frecuencia se cree que la obra de
un creador es una serie de testimonios aislados. Un pensamiento profundo está
en continuo devenir, se amolda a la experiencia de una vida y le da forma. De
la misma manera la creación única de un hombre se fortalece en sus rostros
sucesivos y múltiples que son las obras. Las unas completan a las otras, las
corrigen o las recuperan, y también las contradicen. Si hay algo que remata la
creación, no es el grito victorioso e ilusorio del artista cegado: «Lo he dicho
todo», sino la muerte del creador que cierra su experiencia y el libro de su
genio.
Ese esfuerzo, esa conciencia
sobrehumana no aparecen forzosamente ante el lector. No hay misterio en la
creación humana. La voluntad hace ese milagro. Pero, por lo menos, no hay
verdadera creación sin secreto. Sin duda una serie de obras puede no ser sino
una serie de aproximaciones del mismo pensamiento. Pero cabe concebir otra
especie de creadores que procedieran por yuxtaposición. Sus obras acaso
parezcan sin relación entre sí. En cierta medida son contradictorias. Pero,
situadas en su conjunto, recuperan su ordenación. Reciben, pues, su sentido
definitivo de la muerte. Aceptan lo más claro de su luz de la vida misma de su
autor. En ese momento, la serie de sus obras no es sino una colección de
fracasos. Pero si esos fracasos conservan todos la misma resonancia, el creador
ha sabido repetir la imagen de su propia condición, hacer que resuene el
secreto estéril que posee.
El esfuerzo de dominación es aquí
considerable. Pero la inteligencia humana basta para mucho más. Se limitará a
demostrar el aspecto voluntario de la creación. En otro lugar he señalado que
la voluntad humana no tenía otro fin que mantener la conciencia. Pero eso no se
podría hacer sin disciplina. De todas las escuelas de paciencia y lucidez, la
creación es la más eficaz. Es también el perturbador testimonio de la única
dignidad del hombre: la rebelión tenaz contra su condición, la perseverancia en
un esfuerzo considerado estéril. Exige un esfuerzo cotidiano, dominio de sí,
apreciación exacta de los límites de lo verdadero, mesura y fuerza. Constituye
una ascesis. Todo eso para nada, para repetir y atascarse. Mas acaso la gran
obra de arte tiene menos importancia en sí que en la prueba que exige de un
hombre y la ocasión que le brinda de superar sus fantasmas y acercarse un poco
más a su realidad desnuda.
El mito de Sísifo (1942), Albert Camus