Glup 2.0

15.8.20

Campanario.






Pues sí, que me voy quitando la ropa mientras subo por las estrechas escaleras hasta el campanario y me asomo ahí, desnudo. Abajo en la plaza se junta el pueblo entero. Grito ¡que me tiro, que me tiro! pero ni lo pienso, que son cosas mías para que me hagan caso y amago con una pierna, ¡uy!,  corean mis vecinos. El cabo de la guardia civil está que no sabe qué hacer y el cura, piénsalo, y la Conchi, embobada, que ya le dije que si no me la tiro, me tiro.

Y aquí estoy.

Total, que para lo que hay y visto lo visto pues no sé, ¡que no intente subir nadie que me lanzo al vacío! y se quedan todos quietos, haciendo visera con la mano sobre la frente porque el sol pega fuerte y algo tendré que hacer que vuelan bajos los vencejos y la cigüeña no vuelve y el autobús de las cinco está al llegar y ya que he subido pues eso, que ya puestos.

Detente, Paco- grita Conchi- , no lo hagas, no seas loco.

Pero ya no es loco o no loco, ya es una cosa de principios, ya es que si he subido hasta aquí ha sido por algo, no recuerdo por qué, que se me pone la cabeza por dentro en blanco y negro, que me están entrando sudores y lo mismo se entera mi madre o se lo cuentan o no lo entiende, yo qué sé.

Y me tiro.

Qué bruto.

14.8.20

Silencio



Escribano en la alberca del sentir,
el silencio es óxido que en mi se posa,
que me acusa de no saber morir.

Sentí el alminar que rompe la niebla.

Anegar esa tierra seca es dejar los ojos
sobre la repisa que la dulce muchacha recorre
con dedos untados en melancolía y cangrejos.

Vi girar la doble hélice del ADN.

El pájaro que atraviesa el silencioso agosto
emboza la magnitud de ser, la amnesia de aquel
que dulcemente llora en la espesura de si mismo.

Entré, por fin, en el sosiego de los mansos días.

13.8.20

El cielo según Google.

 


El cielo según Google de Marta Carnicero.

 

Es su primera novela, bien escrita, íntima, honesta, te hace sentir y pensar, que no es poca cosa

 

Escogí este libro por el título, imaginando algo relacionado con la red. Nada que ver, Google no entra en el corazón de las personas, Marta Carnicero sí, con sensibilidad y pericia, con elegancia, con buen hacer. Se lee de una vez. Recomendable.

12.8.20

Palabras escondidas


Pat Steir USA, b. 1940  GREEN MADRID, 1993 


Las palabras que se esconden detrás de las palabras dejan un gusto húmedo, un sabor de luz, un afán de estirar la curiosidad desde la rendija de la puerta hasta la ventana que se abre a un patio donde ronda el otoño en la ropa tendida, en los jilgueros enjaulados, en los ancianos que miran más allá de sus recuerdos rotos...

 

Detrás mis palabras hay palabras escondidas.

 

Nadie las encuentra.

11.8.20

Floating fish


by Kikuji Kawada / 川田喜久治 Floating Fish and a Photographer Los Caprichos, 1975



José Lezama Lima decía que no esperaba a nadie y sin embargo insistía que alguien por fin iba a llegar. Si llegó o no es algo que no importa, importa la poesía, el poema, ahí, contagiando, sin antifaz ni disimulo, desnudo, como un amante tembloroso de deseo que no teme la desaprobación de aquella a quién ama, que presenta su pecho hundido, la mandíbula impaciente, el gesto insomne del que solo puede velar la alegría, circunvalar los límites del destino, preservar el secreto de su sonrisa. Pero no llega.

10.8.20

Una fotografía sobre la mesa



Encuentro una fotografía sobre la mesa.
Una mujer, bella, a su lado un hombre serio, barbado, alto, que la protege o preserva con su brazo, que la defiende o la aísla en ese posesivo acto, en esa distinción, una advertencia. Ella también está seria y mira a la cámara con ojos de espuma, al borde de la lágrima, incapaz de rebeldías ni distancias, ajena. Pero está ahí y eso deja el mañana abierto.
Quién lo iba a decir.
Sin embargo el tiempo difumina los colores, los instantes detenidos, ella saliendo de su ayer y entrando en mi hoy, sentada a mi lado en el autobús, cada día, azar o designio, suerte o desgracia, conversaciones en la mañana desganada, en el regreso de cincuenta kilómetros, tiempo suficiente para las confidencias y los anhelos, los sueños guardados en una caja de madera junto a cartas en papeles amarillos, un anillo, una tarjeta con una dirección que ya no existe, con un nombre que sí.
Ni en su casa ni en la mía, escogimos la habitación de un hotel discreto, cuando nevó, cuando se cortó la carretera, pretexto y garantía, discreta disculpa, subterfugio, aval y defensa, barrera a la suspicacia. Ese fue el principio.
Estaba escrito.
Su acento francés, sus modales suaves, su cuerpo encogido, sin hábito de besos, de caricias, con un feo color morado en el muslo. No hablamos de ello, no tuvimos tiempo, nos precipitamos en un río de esperanza, de manos y piernas, de labios, de suspiros, de un sueño fabricado después de los días de trabajo monótono. Y pensar que no me gustaba, que me pareció un fastidio su primer buenos días, la interrupción de mi lectura, mis pensamientos ensimismados. Fueron once meses.
Otra fotografía, tomada con el móvil, el último encuentro. Volvió a París. El trabajo, otro traslado, inesperado. Los dos reímos, sin ganas, quizás el sueño estaba agotado y era lo mejor. De sexo pasó al amor, del amor a la costumbre, de esta volvió al sexo y de ahí al bostezo. Se nos acabaron las disculpas, la rutina cegó las ansias del principio. Fue lo mejor, que se fuera, con su hombre barbado y su necesidad de ternura, con sus silencios prolongados y su mirada a un horizonte en el que yo apenas era una sombra bajo un árbol.
Ahora viajo solo, nadie se sienta a mi lado.

9.8.20

¿Are you kidding me?




Pisoteo los lirios y los jazmines, doy patadas a los pedestales, escupo en la sopa de un menesteroso que canturrea entre sus greñas ¿Are you kidding me? ¿Are you looking for a fight?, empiezo a golpes y parezco un molino, esta es la batalla de Cascina y Miguel Ángel sabía lo que pintaba. Lo que no quiero es ser John Olmes (solo una parte, esa). Lo que quiero es que se asome al balcón la princesa de los cuentos del siglo pasado, ya encontraré la escala, ya subiré por sus trenzas sin cortar, treparé, volaré, morderé sus labios con mi boca llena hoy de espuma rabiosa, recitaré con Mark Strand que “la puesta de sol. Los prados ardiendo./ El día perdido, perdida la luz. / ¿Por qué amo lo que huye?” y al final se casan y son infelices por siempre hasta que la muerte (del amor) los separe y se refugien en paraísos que son selvas, aquí, donde digo luz y es casi negro, digo alcaraván y se me echa a volar la imaginación hasta unas nubes pintadas y temo que todo esto sea un juego de play station (2) y este avión lo pilota un enajenado con los ojos vendados, no hay paracaídas para todos y desde el confín del universo un ángel rojo sentado en un agujero negro agita su tridente y ríe. Acojona ¿a que sí? pues verás cuando llegue el juicio final y los abogados estén en huelga, las togas sin planchar, paguen pecadores por justos y tengo el seguro caducado, sin cobrar el último recibo de la iglesia de los fieles infieles y he olvidado el salmo número diez, el que se canta cuando no queda esperanza, cuando el texto de hoy ya está y os beso a todos los que me leéis, una por una, uno por uno, en la frente, agradeciéndoos con ceniza en vuestra cabeza este esfuerzo de llegar hasta aquí, subir la cuesta de la palabrería y evitar que se destiña la tinta que sudo y un comentario en no sé dónde decía que en la mayoría de los blogs y muros se escribe para que les quieran, hoop, yo escribo porque os quiero, hermosos. Hala, vale por hoy, mañana más. Volver, revolver, envolver, entender. O no, al gusto, al vuestro.

 

8.8.20

Cebollas

Emmy Lou Packard Wood & Linocut ‘California Morning’ ca.1950s.



Mientras aquí jugamos  con palabras de autoengaño no hay lugar para tormentas de incomprensión y conflictos, no cabe desesperanza, ni insatisfacción no hay espacio para otra cosa que no sea mecerse en las respuestas mullidas, en la espera absurda de otro agosto como aquel agosto,  en los secretos que ella me desveló como una cebolla incesante. Sigamos jugando.

7.8.20

Desde aquí hasta aquí

Ron Francis (1954-) Australia


Esto (es decir esto) tiene un límite, llega desde aquí hasta aquí  (y hace el gesto con las manos).

 

A partir de ese punto empieza el hastío, sin vuelta atrás, sin remedio, sin otra solución que continuar como si nada hubiera pasado (o cerrar la puerta y volver al principio, o buscar nuevos horizontes, o dar fuego a la barraca y aquí paz y después gloria).

 

 

 

6.8.20

Schneiders

Toni Schneiders


Jorja Smith canta, Yma Sumac cantaba, Panero habla y deja poemas como insultos a la inteligencia de los inteligentes y yo no entiendo, por eso es estimulante el diálogo aunque sea entre biombos, aunque las mascarillas, aunque las distancias, aunque los antifaces y las mentiras empiecen a ahogarnos y nadar bajo el agua tiene el límite de la capacidad pulmonar del que se desliza entre ondas y peces, entre algas que ocultan y arrecifes que desgarran el confiado casco de cargueros surcando mares transparentes pero, desafiando olas y espumas, monstruos marinos, cachalotes y orcas agresivas, salvavidas atrofiados que miran sin ver desde su altura en playas en las que ya no caben los que no saben nadar, los desplazados, los apátridas, los diferentes, los que no se enamoran ni de sí mismos, los últimos en llegar sin haber salido y hay días que no está uno para nada aunque la lluvia siga sin traducción y la geografía de la gloria siga dentro de una incógnita de exploradores impotentes, de olas en la piscina mínima de un jardín japonés que no sabe usted con quién está hablando y ni con un zumo mañanero de orquídeas rojas se dilatan las pupilas de los dormidos voluntariamente, hay que ver, que entre un insomne feo y la bella durmiente no sé con quién quedarme y aunque no estuve en Pompeya a veces me siento sepultado bajo montañas de lava aburrida, de materia gris incapaz de traducir alfabetos turbios, que los pájaros cantan siempre la misma canción, que estamos aburridos de pájaros, de los mismo pájaros, de la misma jaula, del bosque donde nos perdimos hace años, entre lobos y sacamantecas, en la oscuridad, en el silencio, en el peligro de incendios, destrucción del maná, frutos, raíces, recuerdos bajo la corteza, amo a Carmen grabado en el tronco, añoranza del deseo, de aquel deseo poderoso bajando de cumbres en las que apenas se podía respirar, repetición del miedo, vuelta de tuerca al no ser, a la inconsciencia, al punto cero, hay mañanas que divago, como esta, de cielos azules y nubes dentro del pecho, de dolor sin saber la causa, de una desesperanza tal que meto la cabeza bajo una piedra y si se cae el mundo que me pille dormido. Lástima de insomnio crónico.

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