.-Pedro M. Martínez-.


Jorinde Voigt


sábado, 30 de noviembre de 2019

No Vinicius

Fred Boissonnas


El gobernador no prohibía los carnavales y en marzo volvíamos disfrazados, no sé, de quién no éramos, de cantante resfriado o de pirómano, de Keith Moon, de pordiosero, de recaudador de impuestos, de vigilante de papeleras.
Nos dormíamos por las esquinas sin viento pero interpretábamos aquel sopor como un enigma.

 Con Vinicius queríamos que todo aquello fuera infinito mientras durase.

Llegó abril y la letra maldita se me quedó en la punta de la lengua y no, ya no las sutiles posturas de pupilas, el milagro de los cuerpos poéticos y decirlo bien, deslizar el pulgar por su humana geografía hasta detenernos en el luminoso punto en el que la vida se convertía en la vida. 

Nadie contó desde entonces los días de soledad, aquello se convirtió en hambre de rimar ladridos.

Mayo vendrá con el golpeteo de las contraventanas que ocultarán la luna y la esperanza.

A nadie le importará.

Porque entonces llegarán los generales y el subir y bajar del telón de la libertad. Se cerrarán las fronteras al tráfico y al tránsito, se prohibirán los disfraces, todos seremos quién debemos ser, pintarán el aire de gris, morirán los girasoles y en la garganta nos quedará el agrio sabor de no haber podido transformarnos en otros, ajenos al paso marcial, sin cambiar comas ni puntos aparte, encarrilados.

Lo mejor es que ha parado de llover.

viernes, 29 de noviembre de 2019

Voy

                    
Ballet Society, 🗽, 1948
© Irving Penn


 Lo que lees no es lo que he escrito, nos comunicamos en lenguajes diferentes, en planos diferentes, tú eres así y yo soy asá.
                     Algo así, sí.
                     Doy vueltas y vueltas sobre un vértice que me sale del ombligo.
                     Te miro y miro y escucho lo que escuchas.
                     A veces no sé a qué música te refieres.
 Dejo el reflejo de un espejo viejo.
                     Una sombra se cruza, se junta con otras sombras
                     En el fondo entiendo que esto no es lo que parece (ni por asomo)
Nunca lo ha sido: salimos en silencio de la reunión y esto es lo de hoy o lo de mañana (depende, de momento, de mi voluntad).
                     A nadie le importa, ni siquiera  a mí (no es cierto) .
                     Esto de hoy (lisa y llanamente) es la incorpórea superposición de un poeta de no sé qué isla, el repentino frío de noviembre, tanta lluvia  y cuatro flores de achicoria en un búcaro gentil.
                     Lo siento, alguien está tocando en el cristal, ¡voy!

jueves, 28 de noviembre de 2019

Entonces

Illustration by Robert Maguire, 1955


Tú, ¿cómo estás?

Escribo entonces y dentro está el mundo, digo  y solo en la S hay un universo, no digamos en la I,  susurro “estoy aquí” y por un oído le entra y por otro le sale, olvido de un tiempo de guerra, de ejércitos rotos, de rendiciones y espadas quebradas, de banderas quemadas, de decir lo que es y lo que no ha sido, a nadie le importa, a ella, ¿le importa?, ¿qué le importa en realidad?, ¿qué es la realidad?, no era esto, ¿qué es esto?, ¿quién somos ella y yo?, ¿aún somos?, ¿alguna vez lo fuimos?, pasan los días y los años y la vida y se mueren alrededor, los amigos, los de entonces y los de ahora, ¿cómo estás?, ¿duermes bien?, ¿sueñas?, ¿tiemblas escuchando Vincero?, ¿has olvidado besar?, ¿se estremecen tus muslos?, ¿gimes?, ¿lloras a menudo?, el amor es una planta que anida en el pecho, algo así, qué tontería, ¿amas?

Entonces…

miércoles, 27 de noviembre de 2019

Ella y yo

Max Ernst & Dorothea Tanning, New YorkDate:
March 20, 1947 © Irving Penn


 

Ella.
Y yo.

Tuerce los labios en líneas retorcidas, alrededor de sus ojos se forman caminos de alegría, se llenan los días de gorriones, ha visto llegar la primavera, ha estrenado un vestido, dos ilusiones, un proyecto de ser ella y otra y tantas y jugar a recordar la que fue y las calles que recorría y las sombras en la frente y un amanecer que compartimos y una estrecha cama otra noche perdidos en un tiempo que no quiso ser nuestro y los encuentros en esquinas imposibles, calor de agosto en calles desiertas, una playa oscura con dos perros negros, un poema sin terminar, un libro sin empezar, quince canciones en una casete rota por el uso, un adiós perdido entre las páginas de un libro.

Ella y yo.

martes, 26 de noviembre de 2019

Número 69


Juan Navarro Baldeweg


Antes de la partida, con el viento sur, el humo rojo de las chimeneas de la Fábrica alborotaba el patio. Los armarios y el teléfono estaban mudos, llovían paraguas sobre las alfombras de flores y voces. Con la prisa olvidé la brújula sobre el mantel de cuadros. Me tatué el número 69 en la frente y salí a la vida.

lunes, 25 de noviembre de 2019

Número 59


Juan Navarro Baldeweg

Fotografías en blanco y negro de los puentes rotos sobre el rumor del agua. El amor nacía en el borde de una falda, en la curva de unos hombros, en mis dedos torpes que hurgaban ciegos. Pellizcábamos los himnos, detrás de las grúas nos desafiaba la otra orilla. Todo esto allá por el número 59.

domingo, 24 de noviembre de 2019

Número 49


Juan Navarro Baldeweg

Ya no recuerdo que pasó en el número 49, excepto que siempre hacía viento y que no había un lugar donde sentarse. No habíamos nacido, la ciudad era gris y negra, serenos ebrios se apostaban en las esquinas y las calles estaban surcadas por ráfagas de estrellas. Tal cual.

sábado, 23 de noviembre de 2019

Número 39

Juan Navarro Baldeweg


Humeaban aun las casas de la ribera, los ejércitos crédulos se perdían carretera adelante, cansados, hastiados de muerte, saqueados ya el granero y la tez de las niñas llorosas en los balcones. Los días colgaban lentos, perdidos entre el hambre y plegarias. Era el número 39.


viernes, 22 de noviembre de 2019

1890


La Gran Huelga Minera de 1890. En los Orígenes del Movimiento Obrero en el País Vasco 

Ricardo Miralles 

Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea

jueves, 21 de noviembre de 2019

Equilibrista desequilibrado



Estaba aquella tarde en un ir y venir de pensamientos, todo muy loco.
Asomada a la ventana de la casa de enfrente una bella mujer me sonreía y agitaba sus manos. Me sorprendí al ver sus delicados dedos. Hablamos de balcón a balcón. Se llamaba Isabel y había venido volando desde una tierra verde de manzanas y peces, de montañas y genios escondidos entre las rocas.

Quiero lamer tus uñas –dije- y el nácar de tus dientes
Ella contestó: “ven, salta, sáltate”.

Medí la distancia, el muro del tiempo, el grosor de los cristales, la longitud de su risa, la lluvia de nostalgias que caía haciendo peligroso cualquier intento de asomar la cabeza al vacío sobre la calle que no cesaba de acumular bocas que gritaban, que llamaban, que decían cosas inconexas –cuchara, frío, oh, amarillo, crepitar, amabilidad, interferencia -. Me decidí por la cuerda, atada de ventana a ventana -¿dónde he leído esto?- con doble nudo marinero. Miré al cielo, me santigüé con la zurda y comencé el tanteo de equilibrista con los pies desnudos, la frente marchita y los ojos haciendo balancín sobre el hueco de las aceras que aplaudían el valor del miedo, el riesgo del volatinero, la audacia del inconsciente. Sudaba, sentía el salado sabor en la comisura de los labios, frío en los tobillos, advertía que a cada uno de mis pasos, Isabel y sus brazos estaba más lejos. Por eso salté, de cabeza, sin alas, girando en el aire en tirabuzones de trapecista herido, de pájaro escopeteado, de hombre lastrado por dolores de hombre.

Ahí quedé, sobre el asfalto, con los brazos en cruz, un hilo de sangre saliendo de la nariz torcida, una nube de espíritu Zweig, un hervor de meninges consumidas, la desilusión componiendo vendajes descompuestos. Caí, morí me levanté y a empezar de nuevo.

miércoles, 20 de noviembre de 2019

Hombre furtivo


(Beppe Giacobbe)


Los recuerdos se bifurcan hacia escondrijos oscuros entre lo imaginado y lo olvidado, los escojo, furtivos, con dedos trémulos, no son los mismos que antes señalaban un claro norte.

Me duelen las piernas.

Este cuerpo no es el mío, las arrugas en la frente y esa mancha oscura bajo un ojo, el ruido en los pulmones y los chasquidos cuando me levanto. No es aquel que corría en las riberas y en el monte, el que nadaba en la resaca de la pleamar, el que daba volatines en las playas del Sur. 

Este no soy yo y los días son una mezcla de vacío y aún.

¿A quién habito?

Solo me reconozco en la metamorfosis hacia lo menguante, en el descenso hacia la delicada frontera del ser.

martes, 19 de noviembre de 2019

En el Purgatorio



(En un escenario blanco, dos personas hablan)

Lo mío fue de viejo, de puro viejo, tenía 87 años y muchos achaques, fume mucho   de joven, ya sabe, después de la guerra y eso.

¿De dónde es usted?

Alemán, de Múnich.

Qué curioso, le entiendo perfectamente aunque nunca he sabido hablar en alemán.

Si, es sorprendente. Y usted ¿cómo ha llegado aquí?

Viajaba a New York por negocios y el avión se estrelló a la altura de Canadá, no hubo supervivientes.

Disculpe, aquel ángel de la túnica verde nos indica que debemos guardar la fila.

Ah, vale, la burocracia celestial.

¿Me puede decir que pone en el letrero sobre la puerta? Me deje las gafas en la mesilla de noche, con las prisas de la muerte, la luz blanca y eso las olvidé.

Purgatorio, creo, yo tampoco veo bien de lejos.

Lo sabía, tanto pecar, tanto pecar. Bueno , encantado, ya nos veremos por aquí.

Lo mismo digo, un placer.

Auf Wiedersehen.

Agur.

Y en ese momento llego un Jumbo de almas chinas y nos separamos definitivamente


lunes, 18 de noviembre de 2019

Julio Ramón Ribeyro


¡Cuántos libros, Dios mío, y qué poco tiempo y a veces qué pocas ganas de leerlos! Mi propia biblioteca, donde antes cada libro que ingresaba era previamente leído y digerido, se va plagando de libros parásitos, que llegan allí muchas veces no se sabe cómo y que por un fenómeno de imantación y de aglutinación contribuyen a cimentar la montaña de lo ilegible y, entre estos libros, perdidos, los que yo he escrito. No digo en cien años, en diez, en veinte, ¿qué quedará de todo esto? Quizás sólo los autores que vienen de muy atrás, la docena de clásicos que atraviesan los siglos, a menudo sin ser muy leídos, pero airosos y robustos, por una especie de impulso elemental o de derecho adquirido. Los libros de Camus, de Gide, que hace apenas dos decenios se leían con tanta pasión, ¿qué interés tienen ahora, a pesar de que fueron escritos con tanto amor y tanta pena? ¿Por qué dentro de cien años se seguirá leyendo a Quevedo y no a Jean-Paul Sartre? ¿Por qué a François Villon y no a Carlos Fuentes? ¿Qué cosa hay que poner en una obra para durar? Diríase que la gloria literaria es una lotería y la perduración artística un enigma. Y a pesar de ello se sigue escribiendo, publicando, leyendo, glosando. Entrar a una librería es pavoroso y paralizante para cualquier escritor, es como la antesala del olvido: en sus nichos de madera, ya los libros se aprestan a dormir su sueño definitivo, muchas veces antes de haber vivido. ¿Qué emperador chino fue el que destruyó el alfabeto y todas las huellas de la escritura? ¿No fue Eróstrato el que incendió la biblioteca de Alejandría? Quizás lo que pueda devolvernos el gusto por la lectura sería la destrucción de todo lo escrito y el hecho de partir inocente, alegremente de cero.
• Julio Ramón Ribeyro. 
Prosas apátridas.


domingo, 17 de noviembre de 2019

E=mc2 (antes de un viaje a NY)



Yo es otro, dice Rimbaud y los demonios salen volando de Arezzo, como debe ser, volar es un destino, un privilegio, ahora mismo estoy volando hacia New York la ciudad que se debe conocer media hora antes de morir si uno lo tiene escrito en los puños de una camisa blanca, en las paredes de la premonición, en el gesto del arrecife, yo es otro y sé que nadie leerá esto y nadie hará muy bien porque me voy de Bilbao, antaño una ciudad metalúrgica y oscura, herida por una Ría que se desbordaba en caudales de lluvia y barro y hoy, ya ves, una urbe luminosa acariciada por una ría cada mes más transparente y el Guggenheim apenas una sucursal del museo que visitaré mañana o el sábado con mi flamante carnet especial, pase usted señor, en correcto inglés, of course, pasemisí pasemisá, que no llevaré pañuelo de hierbas ni abanico de colores pero en Central Station tomaré un tren a Connecticut aunque omitiré la parada en Harlem y sus calles plácidas sin chispas de meteoros ni peces en los riachuelos del ritmo africano y los juncos de Juan Larrea, estudiar a los poetas, las cartas de Dylan Thomas pidiendo dinero a todo lo que se movía, dólares plácidos o libras como anémonas, escribir es una mentira adornada con nada, intentar mover las constelaciones del aburrimiento astral, astillas entre las uñas de Gary Cooper en una India de cartón y alguien tocando la trompeta del miedo, prosopopeya de la mula Francis, anagogía para entretener el vuelo, algo de Esaú y Jacob, José interpretando sueños, links y onomatopeyas en la epopeya de conocer lo del otro lado, lo del lado de allá, Cortázar dice, este trabajo es para mí mismo, le acompaño a la puerta con lirios y falsete en la voz debajo del mantel que sacudía en la habitación de Roxana en un Londres gris que se siluetea cuando añoro hoteles en penumbra, palacios carnales, contornos de cuerpos desnudos y amapolas, manzanas sobre la mesa y ella, sin nombre, burlándose de las flores y lo pomposo,  animándome a ya y déjate de retóricas que vuelo porque no vuelo y he besado a mujeres como peces, fríos labios boqueando fuera del agua, pechos que no temblaban y el sexo como hábito en los últimos cincuenta años cambiando poesía por juventud en los calendarios nublados, ornamentales en el recuerdo, reo del deseo, Claudia Cardinale en una fotografía frente, al lado, delante de un grabado antiguo, il Gatopardo, "si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie", un leopardo jaspeado, un serval, un animal que nunca veremos pero New York sí, sus avenidas largas, sus altos edificios, sus gentes amables y mezcladas, esa esquina de Tribeca donde no jugué en mi infancia bilbaína y goitibera, ese vehículo armonioso arriba y abajo por calles sin bocinas y los barcos anclados junto al ayuntamiento, especulación del futuro, estábamos muy lejos del vivir, era esto y no se han marchitado las preguntas de entonces, solo hay tres y el resto es silencio, un abrupto silencio ante el que gesticulo como un mimo que se ensaña con el espíritu de lo que no fue, de lo previsto y no dormir solo, el insomnio y el miedo a no despertar, desangrado, la muerte travestida mirando/me y el cero, fascinación y una ventana a lo que ahora es, encogido en el 14C, un gran avión con niños llorosos y madres desbordadas de maternidad, judíos ortodoxos acaparando la atención de azafatas asustadas, con reliquias en el equipaje y proverbios bajo el solideo, ceniza sobre los pájaros de Brooklyn,  nieve en la proa del ferry a Staten Island, tiendas de lino en Bryant Park que cobijan a los lectores de Borges, a los criados del caballo negro, a los que cambian níquel y novedades del aire, facebook como paradoja, hablar con desconocidos herméticos y un arenal de obsidiana detrás de los escaparates de tiendas que venden todo y tanto y esto es New York, la capital de un mundo imposible donde quiero escribir mirando el agua turbia del Hudson como un Poe de trazos infantiles, ingenuos, un engaño a la impotencia de mi decir, laberinto para no encontrarme, un grito arrimado a la pared del túnel de Artxanda cuando pase el tren y nadie escuche, Cabaret que se ha quedado antiguo,  aprender de los indefensos, de los ojos en el centro de su mano extendida, de las monedas sin valor, una mariposa en los cabellos rojos de la que amé un día, un pueblo junto al mar, los bárbaros balanceándose en el muelle antes de asolar las riberas, estudiar Alemania de cabo a rabo, desde 1935 hasta ahora mismo, Merkel incluida, violinistas judíos y  Celibidache en 1950, tan joven, dirigiendo a la Orquesta Filarmónica de Berlín en las ruinas de la antigua Philharmonie, abolición de las alondras y las viejas palabras, las que no sirvieron para impedir su huida, no puedo (dijo) y me azoté la espalda con flores de silencio como un penitente de la Sonsierra, un poeta disfrazado de analista químico, de vendedor de postales cibernéticas, señoras y señores esto era la vida y aquí estamos, volando a New York bajo estrellas de albahaca y cormoranes despistados con hielo en las alas, una Borissenko de cristal bailando entre nubes y un escarabajo de inquietud subiendo/me por la tráquea con el traqueteo del Boeing o lo que sea, picor en los pómulos, las gafas sumergidas en un frasco con agua destilada y este navío del aire rompiendo millas mientras en la pequeña pantalla sobre el asiento esa raya blanca apenas se mueve, estamos sobrevolando Canadá mientras tomamos té y pastas y el pasajero de al lado me mira y sonríe en ruso y no le entiendo nada, para no entender nada no hace falta que el otro sea ruso, en Elanchove no entendía nada me hablasen en  el idioma que me hablasen, en muchos sitios no he entendido nada, nunca, entre la sordera intelectual y las voces domesticadas, las multiplicaciones, el misterio de los números primos y mi cabeza como un almacén de emociones artificiales y ser el que eres, el dilema, llamar amor al sexo, sí lo fue, quizás un sexo enamorado, miércoles que se incendiaban en un cuarto sin cerrojo, metamorfosis  de su apariencia de sabia para la que fui solo su ghulam y calamidad de mi idolatría, de la insistencia en el error, orfidal y toda suerte de calmantes, tranquilizantes y ginebra y celebrar el milagro de haber amado después de muerto, en nuestras vidas siempre hay un momento de encrucijada, de sur o norte, de ser o no ser, de un tigre jadeando entre los muslos y un espejo fosforescente, reflejos artificiales y las venas de la Luna, adivina, llevo en la maleta los zapatos usados por mi padre, el cansancio de adivinar lo que no tiene importancia, la emoción de volver a ver el skyline, Manhattan ahí delante, la ambición de pasear por calles solitarias y no encontrarme con los hermanos Tsarnáyev  preparando un atentado en Times Square, un horror, visitaré la tienda de los judíos, comeré hamburguesas en Broome, volveré al Moma, no me tropezaré con De Niro, pasaré el puente y si no sales en las fotografías nos has estado, una fotografía siempre es un prueba, te lo juro, ese de la esquina soy yo, el que sonríe, ocurre que yo es otro y Rimbaud me deprime y me pierdo en New York, quizás regrese algún día a mi Bilbao de amigos y sirimiri, o no. Hasta entonces.

sábado, 16 de noviembre de 2019

Un diálogo real


(Real)


Luis.

Sí, el cojo.

Ese, Luis.

Uno que es cojo.

Luis el cojo.

Sí.

Que es cojo.

Luis.

Luis el cojo.

Sí.

Que es cojo.

Exacto, Luis. 


viernes, 15 de noviembre de 2019

Caminar



Caminar y caminar, cada día/ En la vida hay momentos para todo/ Descubrir nuevas formas de vivir/ Con curiosidad absoluta/ Volver a encontrar cosas (emociones, sensaciones, sentimientos, ilusiones, sueños, proyectos) que no sabías que habías olvidado. /Olvidar tantas cosas que nunca has sabido. / Puede llegar un momento en el que casi te olvidas/ Pero no/ No recuerdo quién era/ Sé (casi) quién soy/ Llegar a ser el que eres (eso me enseñó S)/En eso estamos (aún)/ Buscar la felicidad en lo mínimo/ 
Caminar y caminar cada día.

jueves, 14 de noviembre de 2019

Oehlen



 Te lo dije: escribir no es vivir.
Añado ahora que mientras escribes no vives.
Fuera, un ladrido, luego otro.

El otoño ondula con palabras aún sin traducción y entre las mañanas de cielos negros y anocheceres Oehlen busco el significado de eso que aún no he escrito.

En el intermedio, vivo; de madrugada, amo.

No hay calendario en la pared, no hay reloj, salgo a los días marcados por voluntarias y dulces rutinas a encontrar respuestas desde las últimas experiencias, la necesidad de la risa y los silencios de mi psiquiatra.

Salgo.

Mala cosa esta de hablar de escribir...y no escribir.

miércoles, 13 de noviembre de 2019

Higuera




El hombre con una cabra sobre los hombros se refresca bajo la higuera.

Sigue una ruta marcada, puro tránsito, avatar, un frágil trayecto desde la precaria libertad hasta la finitud.

Con un temblor no contenido calcula el fragmento de eternidad que corresponde a los desharrapados que acarrean los pesados fardos desde las barcazas hasta la orilla.

martes, 12 de noviembre de 2019

F. Peterson


Tomorrow, 1974 - by Franklyn Peterson, USA

Contarlo como si nada, es decir todo, es decir tanto, es  decir amor y tiempo, probar que aún, desmenuzarlo, alfabetizarlo, de la A a la Z, ¿hace falta?, ¿necesita esto?, puedo torear de salón, puedo quedarme desnudo o vestido,  que se me vea el corazón justo debajo de la camisa, puedo hacer que deje de llover o que truene, ay, mujer de  memoria frágil, ¿qué tienes?, preciosa, digo entonces y digo estoy aquí, digo sí y es un te recuerdo, paseo a su lado por un Bilbao limitado y mi sonrisa es una comprensión absoluta de su universo, de lo que es, ahora, voy a su vera, estoy sentado a su lado en francesas salas y escucho sus pensamientos, sus aciertos, sus contradicciones, sus anhelos, sus problemas y alguna alegría, los dos sabemos, uno más que otro, y viceversa, no quiero estar arriba ni abajo, quiero estar en su corazón sin tener que demostrarlo, ¿hace falta?, ¿necesita palabras y ternura?, ¿quiere ecos?, la vida va, no soy el que era, ni yo mismo me conozco, ¿cómo estás?, detrás de su silencio le informo dónde voy y donde estoy, mis alegrías, quizás alguna tristeza, me abro el pecho, un día de estos me voy de viaje, me parece importante, me llena de una ilusión infantil, no, adulta, me colma, sí, estoy aquí y le pregunto ¿necesitas algo de mí?, ¿puedo?, soy el que era (no estoy seguro) y otro, no, soy, voy, aprendo, olvido, nunca ha salido de mi corazón, con tanta distancia y montes, un mar  en medio, con nuestras familias, ella, aquí dentro, ¿necesita que le diga todo esto?, ¿otra vez?, se lo digo: te quiero. Pero hace dos horas que ella se ha ido y no me he atrevido a decirle todo esto que ahora escribo.

lunes, 11 de noviembre de 2019

Camisa negra

German Prisoner, Photo by John Morris, 1944


Los de la camisa negra. Por suerte nunca han llamado a mi puerta. Digo suerte y digo silencio, el mío, tan culpable como las voces airadas del otro lado. Digo nunca y digo ahora, desmemoria de cuando la muerte paseaba cada día por nuestras alamedas, por nuestros templos, por la mirada cómplice de los que giraban la cabeza. Digo puerta y digo candados, aburrimiento de liturgias cerradas, de códigos incomprensibles, del capricho de verdugos sin azar.

Luego se cambiaron de camisa, del negro a la roja, al verde, después blanca, no sabías con quién hablabas, que les veías desde fuera y no les conocías, que disimulaban tanto que no había tiempo para asimilar el trueque de máscaras, de casullas, de ideas caprichosas, que hoy era blanco, mañana estaba transparente y nadie veía lo que venía, tormenta o sirimiri, llovizna, calabobos que también se dice y bobos o algo peor éramos, lo somos aún en las filas de una aparente indiferencia, ajenos, con la pintura lista para mimetizarnos en cuanto se oculta el sol, cuando sale la luna.

Ay, la luna.

domingo, 10 de noviembre de 2019

Bebedores.


Old Man Main, 1959, by Fred Herzog.


No recuerdo cómo se llamaba, bebía.
Todos bebíamos.
Él se quedó en eso.

Caminaba por la calle dando tumbos, desastrado, hablando solo, mirando al suelo.
Era una pena ver así a una persona tan inteligente y tan echada a perder.
Su familia lo llevaba con resignación.
Durante mucho tiempo dejé de verle.

Aquel día estaba tomando con café con Eva en un bar del Kasko, era al principio de nuestra relación.
Aún no nos habíamos acostado, intentaba poner en juego todos mis recursos.
Hablaba de Rimbaud, de Jacques-Alain Miller, tatareaba algo de Händel, Radamisto creo, de Crumb y de Vanesa Martín por ver si por ahí.
Pero nada.

Me tocaron el hombro. Me giré. No recuerdo como se llamaba me miraba desde una cara arrasada, con ojeras, los labios trémulos, una sonrisa tonta
–Hola, Pedro, te he reconocido por la voz, ¿me recuerdas? – preguntó.
–Sí, hola, claro, tiempo sin verte –contesté, con fastidio, me estaba estropeando la actuación.
La conversación, breve, siguió por lugares comunes y terminó cuando me pidió dinero.
–¿Le conocías? – preguntó Eva
No contesté.

De esto han pasado exactamente cuatro años.
Ramón, se llamaba Ramón, lo vi en su esquela unos meses después, pobre chaval.
Y no, no me acosté con Eva.

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