San Olav
La música clásica ha sido una inspiración para el jazz. En los 60 Jacques Loussier Trío se nutrió del dios Bach y revolucionó el género. Unos años después Claude Bolling se unía a destacados solistas y popularizaba temas clásicos en unos discos de portadas ocurrentes.
En Bilbao teníamos a un gran músico olvidado hasta que un
sobrino nieto encontró en un desván muchas de las partituras que contenían su
obra y pudimos disfrutar de la grandeza creativa de Juan Crisóstomo de Arriaga.
Jacky with Adèle Chanel, Photo by Christer Strömholm, 1961
Desde aquí, salta, vamos, ocultos en los callejones oscuros, adoquinados, con un rayo en el pecho, entre las ropas, con un batalla en el corazón, feroz, sin prisioneros, pasando a cuchillo a los vencidos, estéril tragedia de tanto sentir, quimera rota en el espejo roto, ingenuas aventuras en la nieve, sus manos bendiciendo, posándose en mis labios torpes, cerrando con llave la puerta del retorno, milanos en el aire y no sé dónde esconder la furia, desarraigo a la espalda de lo único posible, vivir en el insomnio, guardar el Sueño para cuando, o antes, fundar un lunes que brille, un martes rubio, un alacrán de rabia en la mirada, simular naufragios en el llano, inventarse lo inconcluso, un horizonte, y seguir, arde la selva del alma y hay una estampida de emociones, la jauría no cesa, esta vez en la nuca destacan tatuajes de ironía, quemamos los puentes en invierno –qué frío ¿recuerdas?- y el retorno de la primavera nos sorprendió en el centro de las colecciones, fotos amarillas, ruido, pétalos entre las páginas del único libro, ladran los perros de la duda, quieren mordernos los riñones, el hígado, husmear el triste inventario, los recuerdos, nos siguen, no tan lejos, en la huida, hasta Navidad, iré–dijiste-.
Entonces nos veremos.
Fred Stein Evening, Paris 1935
No era Parker, era otro aquel que seguía a una mujer con un vestido verde por las calles de una ciudad oscura.
Raimundo de Madrazo y Garreta Confidencias 1870
Después de tantas dudas se quitaron la ropa con torpeza, con avaricia, arrinconándose en el temor al universo de las caricias, a la tentación del hambre de ser uno, caminando sobre arena, fuego, piedra, lámparas de deseo brillando en mitad de la habitación sin salida, ya no, con fragmentos de encuentros casi olvidados, las piernas enredadas, el vértigo en la nuca con un abanico de palabras dulces, los poros fueron madrigueras de ternura. Se convirtieron en fiebre, en hoguera, eran dos aventureros en las alamedas del nunca antes, melodía acompasada, rumor de algo eterno, desconocido.
La Lune, Tarot of Besançon, c. 1898
Se encontraron en una esquina de su vida hecha de trozos de rutina, allí donde nunca antes habían transitado. A ella le sorprendió la bufanda roja que Parker llevada alrededor del cuello. Él aún no sabía que detrás de aquel rostro cansado estaba la mujer más bella del mundo. La noche se llenó de ranuras, se entretuvieron en acumular monedas de soledad antigua, el resto estaba ya escrito. Abrieron los ojos a la imparable invasión y dejaron las armas celosas en el hilván de un vestido de insomnio, entraron sin miedo en sus propios túneles hasta llegar a las fronteras de la intemperie, temblaron e intentaron el goce.
Voy a visitar a mi tía a la residencia.
Señora mía, tú y yo sabemos que todo esto que te escribo es mentira pero a nadie más que a nosotros le importa. Además esas botas altas y el pantalón de cuero negro no me excitan, al contrario, la risa me impide centrarme en tus urgencias. No es mi edad, no lo creo, pero convendrás conmigo que el espejo nos devuelve una delatora imagen de pervertidos pasados de moda, de buscadores de placer trasnochados por calendarios apilados en la esquina de esta habitación llena de frío, viento y soledad acompañada. (Creo que hemos empezado demasiado tarde).
Medir el amor es una tarea compleja, tanto como intentar definirlo. Esto nuestro ¿fue amor? Cuando atraviesas al otro lado del puente ya nada tiene sentido, al menos no aquel sentido, la ría baja lenta, algo ha muerto, algo flota en el agua, se desliza en la corriente, bajamar, se ve el fondo, en las piedras del puente hay un marca, hasta aquí llegó el agua en 199X.
Este miércoles, donde siempre.
«Nada sirve tan bien al arte como un pensamiento negativo. Sus procedimientos oscuros y humillados son tan necesarios para entender una gran obra como el negro lo es para el blanco. Trabajar y crear para nada, modelar el barro, saber que la propia creación carece de futuro, ver esa obra destruida en un día siendo consciente de que, en el fondo, eso no tiene más importancia que construir para los siglos, es la sabiduría difícil que autoriza el pensamiento absurdo. Desarrollar al mismo tiempo ambas tareas, negar por un lado y ensalzar por el otro, es el camino que se abre ante el creador absurdo. Debe dar al vacío sus colores.
Esto conduce a una concepción particular de la obra de arte. Con demasiada frecuencia se cree que la obra de un creador es una serie de testimonios aislados. Un pensamiento profundo está en continuo devenir, se amolda a la experiencia de una vida y le da forma. De la misma manera la creación única de un hombre se fortalece en sus rostros sucesivos y múltiples que son las obras. Las unas completan a las otras, las corrigen o las recuperan, y también las contradicen. Si hay algo que remata la creación, no es el grito victorioso e ilusorio del artista cegado: «Lo he dicho todo», sino la muerte del creador que cierra su experiencia y el libro de su genio.
Ese esfuerzo, esa conciencia sobrehumana no aparecen forzosamente ante el lector. No hay misterio en la creación humana. La voluntad hace ese milagro. Pero, por lo menos, no hay verdadera creación sin secreto. Sin duda una serie de obras puede no ser sino una serie de aproximaciones del mismo pensamiento. Pero cabe concebir otra especie de creadores que procedieran por yuxtaposición. Sus obras acaso parezcan sin relación entre sí. En cierta medida son contradictorias. Pero, situadas en su conjunto, recuperan su ordenación. Reciben, pues, su sentido definitivo de la muerte. Aceptan lo más claro de su luz de la vida misma de su autor. En ese momento, la serie de sus obras no es sino una colección de fracasos. Pero si esos fracasos conservan todos la misma resonancia, el creador ha sabido repetir la imagen de su propia condición, hacer que resuene el secreto estéril que posee.
El esfuerzo de dominación es aquí considerable. Pero la inteligencia humana basta para mucho más. Se limitará a demostrar el aspecto voluntario de la creación. En otro lugar he señalado que la voluntad humana no tenía otro fin que mantener la conciencia. Pero eso no se podría hacer sin disciplina. De todas las escuelas de paciencia y lucidez, la creación es la más eficaz. Es también el perturbador testimonio de la única dignidad del hombre: la rebelión tenaz contra su condición, la perseverancia en un esfuerzo considerado estéril. Exige un esfuerzo cotidiano, dominio de sí, apreciación exacta de los límites de lo verdadero, mesura y fuerza. Constituye una ascesis. Todo eso para nada, para repetir y atascarse. Mas acaso la gran obra de arte tiene menos importancia en sí que en la prueba que exige de un hombre y la ocasión que le brinda de superar sus fantasmas y acercarse un poco más a su realidad desnuda.
El mito de Sísifo (1942), Albert Camus
Dejar esparcidos en lo blanco excesos verbales que llenen las miradas, vana empresa de tapiar el olvido, ir, volver, envolver, revolver, leer, ver, saber, entender, creer, tener, ser, romper, resolver, retener, creer, hacer, entretener, haber, aparecer, desaparecer, mantener, permanecer, encender, ascender, descender, meter, querer, resolver, poder, que nos vamos pero volvemos, por suerte, que sigue la rutina de no querer ser rutinarios, de permanecer en el verso, menor pero verso, estrofa a estrofa, aún con sonido de trompetas y tambores, el himno nacional de su nación, músicas entre lo militar y lo religioso, curiosa mezcla de ejércitos mundanos y divinos, generales y obispos, mezclados, monaguillos y sargentos de gesto altivo, uniformes y capirotes, la guardia civil desfilando, pobres ateos míos de otros tiempos, acurrucados en sus temores a ser descubiertos por los que acusan con dedos implacables, costaleros exhibiendo el sudor de su fe, saetas en la madrugá, vírgenes que lloran puñales, vírgenes que ríen después de la resurrección, respeto a las creencias ajenas, vírgenes que están aburridas de serlo, un demonio colorado pinta los púlpitos con el color del miedo, otro demonio los eleva por encima de las espadañas, los necios aplauden, “al cielo con ella” grita el mayordomo y el paso se eleva, majestuoso, a un cielo con luna llena, qué momento, qué algarabía, qué cantidad de hombres comiendo pipas de girasol con gesto ausente, grito para no estar callado por encima de lo obvio, aunque las palabras se nieguen a decir lo que dicen, aunque se acumulen en tropel de emociones difíciles de transmitir, aunque mi acento siga un discurso mimético, no soporto a los poderosos, a los que ensucian el límpido rumor de un arroyo, infracciones como auroras que disfruté solo, reptiles rozándome los muslos, cansancio de no saber ver más allá de mis narices (me han dicho que detrás del azogue hay un mundo por descubrir), puentes sobre el Guadalquivir, cofrades turbios, procesiones en la noche de los tiempos, inquisidores detrás de la celosía, la muerte hecha vida, la palabra en rebeldía, diciendo algo, no sé, una bandera de socorro, una señal, una petición de ayuda, un estremecimiento a veces por esa caricia en la herida, herida de muchos, soledad, ese momento en el que uno se enfrenta a sí mismo, ¿Dónde voy?, ¿Quién soy?, que me fui, vuelvo y nada ha cambiado, o todo, calles de Córdoba, el designio clavado en un pared, cicatrices de cuando el mundo era redondo, no sé si recuerdo lo que ocurrió o lo que recuerdo, aquella noche que el deseo fue el preámbulo del veneno, ¿Dónde estará aquella amante sumisa a quién tanto amé?, ángeles ciegos señalando aquí y allá con una espada de fuego, disfrutar de las hogueras de la nostalgia, energía de un beso en el callejón del pañuelo, soy un pecador obstinado en pecar, una y otra vez, coches de caballos con turistas impasibles, ingleses con la cara roja, japoneses fotografiando el agua, mujeres tan bellas que los minutos se entretienen en las rejas de los balcones, aromas de azahar, ¿cómo no enamorarse con ese aroma?, la suerte cercándonos, si sale pares te quiero, si sale nones me corto los dedos de la mano izquierda, naranjos en flor, Cristo de los Faroles, cuesta del Bailio, taberna Juramento, barrio San Basilio, ¿a quién le importa?, el AVE te lleva a Sevilla en 40 minutos y, si quieres, te trae de vuelta, ir, volver, ya te digo, Semana Santa, celebración religiosa, ya te dije, no se lo creen ni ellos, ellos no son nosotros, por fortuna, nosotros es un concepto, no sé quién soy yo como para saber quiénes somos nosotros, pero sé que después de un viaje de contrastes, vuelves y añoras, cosa curiosa porque ni siquiera sé a quién añoro, no sé quién eres tú, no sé qué hago aquí, pero algo de esto entiendes, si es que has llegado hasta aquí, un abrazo.
Te lo juro, escribir con Pages a 55.000 pies de altura (pie arriba, pie abajo) es complicado, sobre todo si la mitad del avión está ocupado por familias de jóvenes judíos ortodoxos con muchos niños pequeños llorando a la vez, desconsolados. Casi la otra mitad de los pasajeros son parejas de recién casados, hay algún viajero solitario, una dama con un impecable traje chaqueta, gris, y un caballero que en 1967 era un atractivo galán. No sé cómo se acentúa en esta pantalla que brilla y atrae, es igual, tampoco sé escribir. Pero lo intento, intento aprender, me he comprado un diccionario, ya se utilizar palabras como "vicisitud" o "enigma" (este es un guiño a Gay Talese) y en breve escribiré de corrido "circunstancia" o "genuflexión". Estoy lanzado.
No tuvieron miramientos. Intentamos escapar por la puerta de la cocina, la que daba al patio, pero habían acordonado la casa. A empujones nos juntaron en el comedor. La niña lloraba, su madre intentaba calmarla. Nosotros disimulábamos nuestro miedo. No sabíamos quién podía habernos delatado.
(Mónica Garwood)
La poesía es eso que te atrapa algo, el hígado, un pulmón, el bazo, no sé, algo ahí dentro y te lo retuerce de belleza, de dolor, de estupor o de lo indefinible. Sobre todo cuando la edad no te deja saber, hay un momento en el que te puede ocurrir, es un fogonazo, una revelación, si no lo has sentido entonces estás perdido, serás siempre como no debías ser. Digo pronto, antes que el cinismo, los rencores, el miedo no te dejen ver más allá de los agravios de la vida.
(Mónica Garwood)
Ardía abril, uno a uno los poetas subieron al atril, modestos, ordenados, metódicos, vibraban sus versos, pugnaba su voz con el sonido del agua, implacable en su húmeda cantinela, el acariciante sirimiri, los surtidores de la fuente,.
Disculpen que hable otra vez de lo
mío. No conozco mucho de lo suyo y tengo que cumplir con la tarea diaria del
blog. En realidad me importa un pimiento que a usted no le importen los míos,
mis pimientos, es lo que hay. Es sorprendente la cantidad de personas que
pierden el tiempo contando sus miserias, su nada, el hueco, no habrá nada mejor
que hacer. No sé si esto es una pregunta o una afirmación. Parece que no. Lo
mío, hoy, ni siquiera es la nostalgia, evocar nombres medio olvidados, aquella
vez que, en realidad tengo pocas aventuras emocionantes, una vez estuve en
Burgos, otra vez subí al Pagasarri, a Teresa casi la abrazo. Cuando aún veía
muy lejano eso de la jubilación, en algún texto dije “mis amigos están pensando
en jubilarse”. Era otro momento, otro clima, otras circunstancias, otro
gobierno, otra forma de pensar. Hoy ha pasado el tiempo y algunos de mis
amigos, los que sobreviven, tienen dolores diversos, en el hígado, en las
articulaciones, en la planta de los pies, no oyen bien, no ven bien, no sienten
bien, no les gustan los pimientos, fritos, están hechos polvo. Seguimos
mientras podamos. Como diría Mariscal “Señora ¿Me puede coger en brazos un rato?
Por favor”.
Sin querer embozarme en el desánimo escucho los pájaros y el viento en la alameda, el camino está cortado por flores, a los lados hay estatuas de mármol en jaulas de colores. Escribo yo y no otro, gozo, temo y el cazador está apostado en el brezo. Llega una carta de Ella que me desbarata, me arma, me desarma. Estaba en un cuadrilátero insoportable de sal, de lágrimas y desde hoy he claudicado, he traspasado el límite, he pasado al otro lado y ya no entiendo nada, además sé que no se puede entender. Siempre tengo la idea que es pasajero, pero no, persiste sin que pueda hacer nada por remediarlo. La hierba se quema de lluvias y la vida es como la recordamos, su sonrisa -la de la fotografía en la pared- me mira, alegrándome. Pienso en Ella (¿o en una ella?) sabiendo que no debo hacerlo, me obstino en su sonrisa y el pecho se me llena de catedrales con las piedras ardiendo y menesterosos escondidos en la sombra de las cruces. Escribo lo que no debo y aun así me grabo el óvalo de su cara, la pienso, la describo, su cara feliz, o lo parece, o estar con ella en una esquina puede ser tan mágico que puedo equivocarme y pintar de nostalgia lo que no es sino presente pero sé que no y la niña pertenece al pasado y queda la mujer que me mira, a la que no puedo tocar sin temor a que algo ocurra, a la que hasta su olor me atrae y me evoca recuerdos de los que no tengo constancia pero están ahí, cuando en el mundo no había un nosotros y su mirada y su halo y una alimaña detrás, escondida pero ahí, esperando que desfallezcamos para devorarnos y el cristal, también ahí, separándonos irremediablemente en este territorio de ríos azules, de otoños, de nostalgias heredadas, de arbustos negros, de olas sobrepasando la escollera del ayer, pataleo sobre el ayer, mecagüen el ayer.
Emperatriz en el territorio del Sí, no podrás vengarte de las mujeres que te precedieron en mi corazón. No tendrás tiempo. No podrás reunir sus destinos aventados a los cuatro puntos cardinales. No podrás plantar alfileres de cabeza colorada en los mapas de las tierras medias. No podrás explorar las selvas de pasiones hirviendo detrás de las cortinas de las casas de pacíficas abonadas a caridades diversas, de respetables señoras de misa diaria y pucheros. Déjalo, no aprietes el botón rojo del holocausto, no quieras girar el facistol donde monjes piadosos cantan gregoriano y mambo. Déjalo, sigamos vestidos de blanco, con la frente marcada por los hierros candentes de nuestro nombre girando ardiente en aires de ida y vuelta, en brisas que nos consuelen de tanto maullido, de señores de corta estatura, vestidos de negro, avinagrados, señalando con el dedo la dirección donde empieza el vacío, donde terminan los sueños heridos por los otros, los que se fueron, los que no estuvieron en treinta años, los mismos años que se pasaron sentados en el sillón del comedor; fumaban y leían la prensa (poco más, ahora ya nadie lee, nada. Excepto tú).
Reina en este país del No, recibe ahora estos susurros que circulan entre los cráteres de la luna herida por astronautas inexpertos. Abracémonos, construiremos entre los dos un mundo de gemidos y ternura donde no lleguen olas negras ni meteoros, donde ni siquiera el canto de los gallos portugueses disturbará nuestro ensueño, lejos de diablos travestidos y gatos de porcelana. Comprueba mi pulso enérgico, saltemos de la mano al agujero no explorado de querernos, al abismo de besarnos sin medida. Amémonos con la avaricia del deshabitado, con la ternura del déspota, con la pasión de una recolectora de fresas de Huelva, con la inexperiencia del preso de sí mismo, con el hambre del ciudadano que pide justicia a la puerta de un ministerio, con la trémula ansiedad de la primera vez (la verdad, de eso ni me acuerdo, tú sígueme la corriente).
...
Esther García Llovet escribe bien, con toques literarios y un humor entre el trazo fino y el grueso. El libro, de título mejorable y siendo exigente, se queda corto en su desarrollo, me parece, adelgaza tanto la trama que termina en un sin más. Con todo se lee con agrado porque el oficio de esta escritora permite disfrutar de unos personajes reconocibles y muy importante, me he reído con ganas en varios pasajes. Como contrapunto a lecturas más serias.
Cada día me quito el séptimo velo, aliso mis plumas, me perfumo las sienes, me abrazo al firmamento, escucho el golpear de canicas en el parque perdido de la infancia, los días pasan como una brisa sutil, trepo hiriéndome las uñas, los codos, con los cristales rotos del borde del muro literario, me embriago con líquidos cantoneses en botellas con gusanos verdes, tiro por la ventana renegridos libros de poetas perdidos en el último incendio, entro en la noche y la deshojo pétalo a pétalo hasta que llega la ternura del amanecer y alguien inclina su cabeza en mi cuello, me inunda con una melena negra, pego una patada a un ciego, le robo la recaudación del día, me la gasto con mujeres malas que me dicen cosas buenas, me embozo en la capa negra. Estoy buscando la luz.
Álvaro Cunqueiro. Qué dice este. A buenas horas. Tenemos las librerías llenas de jóvenes promesas y nos vamos a fijar en este viejo al que además le quisieron quitar su nombre de una calle en Madrid. Algo haría. Pues sí, escribir, escribir tan bien que si en vez de gallego (Mondoñedo 1911) hubiese sido colombiano, un suponer, ahora los periodistas alabarían su premio Nobel. No exagero. O sí, quizás me dejo llevar por el regusto de releer su “Un hombre que se parecía a Orestes” en el que he disfrutado con su dominio del lenguaje, su capacidad para hacer real lo que no existe, su cultura, su ironía, el humor y su imaginación para la que faltan adjetivos. Lo admito, es posible que se deba conocer y querer Galicia para entender mejor su prosa, vale, viajar y leer se complementan bien. Desde esta esquina del mapa se lo cuento al oído, lea a Cunqueiro, le gustará, mucho, si no le entusiasma siempre se puede dedicar al marisco o al albariño. Un placer. De nada.