Naranjas de la China 4
Ardía abril, uno a uno los poetas subieron al atril, modestos, ordenados, metódicos, vibraban sus versos, pugnaba su voz con el sonido del agua, implacable en su húmeda cantinela, el acariciante sirimiri, los surtidores de la fuente,.
Disculpen que hable otra vez de lo
mío. No conozco mucho de lo suyo y tengo que cumplir con la tarea diaria del
blog. En realidad me importa un pimiento que a usted no le importen los míos,
mis pimientos, es lo que hay. Es sorprendente la cantidad de personas que
pierden el tiempo contando sus miserias, su nada, el hueco, no habrá nada mejor
que hacer. No sé si esto es una pregunta o una afirmación. Parece que no. Lo
mío, hoy, ni siquiera es la nostalgia, evocar nombres medio olvidados, aquella
vez que, en realidad tengo pocas aventuras emocionantes, una vez estuve en
Burgos, otra vez subí al Pagasarri, a Teresa casi la abrazo. Cuando aún veía
muy lejano eso de la jubilación, en algún texto dije “mis amigos están pensando
en jubilarse”. Era otro momento, otro clima, otras circunstancias, otro
gobierno, otra forma de pensar. Hoy ha pasado el tiempo y algunos de mis
amigos, los que sobreviven, tienen dolores diversos, en el hígado, en las
articulaciones, en la planta de los pies, no oyen bien, no ven bien, no sienten
bien, no les gustan los pimientos, fritos, están hechos polvo. Seguimos
mientras podamos. Como diría Mariscal “Señora ¿Me puede coger en brazos un rato?
Por favor”.
Sin querer embozarme en el desánimo escucho los pájaros y el viento en la alameda, el camino está cortado por flores, a los lados hay estatuas de mármol en jaulas de colores. Escribo yo y no otro, gozo, temo y el cazador está apostado en el brezo. Llega una carta de Ella que me desbarata, me arma, me desarma. Estaba en un cuadrilátero insoportable de sal, de lágrimas y desde hoy he claudicado, he traspasado el límite, he pasado al otro lado y ya no entiendo nada, además sé que no se puede entender. Siempre tengo la idea que es pasajero, pero no, persiste sin que pueda hacer nada por remediarlo. La hierba se quema de lluvias y la vida es como la recordamos, su sonrisa -la de la fotografía en la pared- me mira, alegrándome. Pienso en Ella (¿o en una ella?) sabiendo que no debo hacerlo, me obstino en su sonrisa y el pecho se me llena de catedrales con las piedras ardiendo y menesterosos escondidos en la sombra de las cruces. Escribo lo que no debo y aun así me grabo el óvalo de su cara, la pienso, la describo, su cara feliz, o lo parece, o estar con ella en una esquina puede ser tan mágico que puedo equivocarme y pintar de nostalgia lo que no es sino presente pero sé que no y la niña pertenece al pasado y queda la mujer que me mira, a la que no puedo tocar sin temor a que algo ocurra, a la que hasta su olor me atrae y me evoca recuerdos de los que no tengo constancia pero están ahí, cuando en el mundo no había un nosotros y su mirada y su halo y una alimaña detrás, escondida pero ahí, esperando que desfallezcamos para devorarnos y el cristal, también ahí, separándonos irremediablemente en este territorio de ríos azules, de otoños, de nostalgias heredadas, de arbustos negros, de olas sobrepasando la escollera del ayer, pataleo sobre el ayer, mecagüen el ayer.
Emperatriz en el territorio del Sí, no podrás vengarte de las mujeres que te precedieron en mi corazón. No tendrás tiempo. No podrás reunir sus destinos aventados a los cuatro puntos cardinales. No podrás plantar alfileres de cabeza colorada en los mapas de las tierras medias. No podrás explorar las selvas de pasiones hirviendo detrás de las cortinas de las casas de pacíficas abonadas a caridades diversas, de respetables señoras de misa diaria y pucheros. Déjalo, no aprietes el botón rojo del holocausto, no quieras girar el facistol donde monjes piadosos cantan gregoriano y mambo. Déjalo, sigamos vestidos de blanco, con la frente marcada por los hierros candentes de nuestro nombre girando ardiente en aires de ida y vuelta, en brisas que nos consuelen de tanto maullido, de señores de corta estatura, vestidos de negro, avinagrados, señalando con el dedo la dirección donde empieza el vacío, donde terminan los sueños heridos por los otros, los que se fueron, los que no estuvieron en treinta años, los mismos años que se pasaron sentados en el sillón del comedor; fumaban y leían la prensa (poco más, ahora ya nadie lee, nada. Excepto tú).
Reina en este país del No, recibe ahora estos susurros que circulan entre los cráteres de la luna herida por astronautas inexpertos. Abracémonos, construiremos entre los dos un mundo de gemidos y ternura donde no lleguen olas negras ni meteoros, donde ni siquiera el canto de los gallos portugueses disturbará nuestro ensueño, lejos de diablos travestidos y gatos de porcelana. Comprueba mi pulso enérgico, saltemos de la mano al agujero no explorado de querernos, al abismo de besarnos sin medida. Amémonos con la avaricia del deshabitado, con la ternura del déspota, con la pasión de una recolectora de fresas de Huelva, con la inexperiencia del preso de sí mismo, con el hambre del ciudadano que pide justicia a la puerta de un ministerio, con la trémula ansiedad de la primera vez (la verdad, de eso ni me acuerdo, tú sígueme la corriente).
...
Esther García Llovet escribe bien, con toques literarios y un humor entre el trazo fino y el grueso. El libro, de título mejorable y siendo exigente, se queda corto en su desarrollo, me parece, adelgaza tanto la trama que termina en un sin más. Con todo se lee con agrado porque el oficio de esta escritora permite disfrutar de unos personajes reconocibles y muy importante, me he reído con ganas en varios pasajes. Como contrapunto a lecturas más serias.
Cada día me quito el séptimo velo, aliso mis plumas, me perfumo las sienes, me abrazo al firmamento, escucho el golpear de canicas en el parque perdido de la infancia, los días pasan como una brisa sutil, trepo hiriéndome las uñas, los codos, con los cristales rotos del borde del muro literario, me embriago con líquidos cantoneses en botellas con gusanos verdes, tiro por la ventana renegridos libros de poetas perdidos en el último incendio, entro en la noche y la deshojo pétalo a pétalo hasta que llega la ternura del amanecer y alguien inclina su cabeza en mi cuello, me inunda con una melena negra, pego una patada a un ciego, le robo la recaudación del día, me la gasto con mujeres malas que me dicen cosas buenas, me embozo en la capa negra. Estoy buscando la luz.
Álvaro Cunqueiro. Qué dice este. A buenas horas. Tenemos las librerías llenas de jóvenes promesas y nos vamos a fijar en este viejo al que además le quisieron quitar su nombre de una calle en Madrid. Algo haría. Pues sí, escribir, escribir tan bien que si en vez de gallego (Mondoñedo 1911) hubiese sido colombiano, un suponer, ahora los periodistas alabarían su premio Nobel. No exagero. O sí, quizás me dejo llevar por el regusto de releer su “Un hombre que se parecía a Orestes” en el que he disfrutado con su dominio del lenguaje, su capacidad para hacer real lo que no existe, su cultura, su ironía, el humor y su imaginación para la que faltan adjetivos. Lo admito, es posible que se deba conocer y querer Galicia para entender mejor su prosa, vale, viajar y leer se complementan bien. Desde esta esquina del mapa se lo cuento al oído, lea a Cunqueiro, le gustará, mucho, si no le entusiasma siempre se puede dedicar al marisco o al albariño. Un placer. De nada.
La voz, la mirada del consentimiento, la desnudez del alma, la puerta sin llave, la caricia prolongada, sin sábanas, los cuerpos tendidos, el cuerpo, el placer retenido, el tiempo eterno, los ojos cerrados, en la oscuridad lo sincero aparecía como un fantasma de luz, la esencia, una, el instante de la comunión, las lágrimas, el goce del corazón y los muslos, la simiente derramada, la calma, la nostalgia después, el desconsuelo de la partida.
Una red de miradas, la poesía
nace en los ojos del que lee, no antes, miro los labios de Teresa Salgueiro que
se mueven en un YouTube interminable y mudo, la sombra del anciano Ginger Baker
toca la batería en un Albert Hall diferente al que visité del brazo de Roxana,
cementerio de perros en Hyde Park, cuarto de hotel con ventanales a un patio
oscuro, desde allí vimos morir tres estrellas y seguimos indiferentes, ir y
venir por el carril con una inmensa maleta marrón, flores de papel que parecían
de papel, que limpiaba platos y comía, que nos amábamos con atropellada dulzura
y no tenía nada que ver con rayuelas parisinas, con grupos de amantes del jazz,
de lo oculto, paraguas abiertos en el rellano y vecinos hindúes, cartas con
sellos de colores y cuerpos revueltos en el sofá de terciopelo, fotografía
desde el techo, bruma de madrugada y policía rondando los portales, airados
taxistas negros de coches negros, que pensaba que amar era una continua
caricia, sin pausas, sin reciprocidad, unidireccional, sin recibir, la ternura
para quien la trabaja, números oscilantes, acumulación de nombres, autobuses
rojos a ninguna parte interesante, barrios desiertos, miedo en los callejones,
botellas de leche en los quicios, guitarristas en el metro, el hombre orquesta,
vendedores de alfombras y postales del ochocientos, Serpico en el cine, Rock the Boat en la tele, recuerdos de mañana y nostalgia del
futuro, movimiento circular desde la diáfana sencillez de amar su cuerpo tibio
en las madrugadas cuando volvía de su trabajo de langostas humeantes, el patio
de butacas de un antiguo teatro convertido en restaurante, ella rumbosa con su
inglés acento San Ignacio, misericordia de haber entrado en su templo como un
espía aturdido, turbado por los ruidos en las habitaciones de al lado,
provinciano de un Bilbao que no era ombligo de nada y nardos en los altares,
Lucifer sentado a la derecha y vasos sagrados con ginebra en las rocas, ay,
heridas de querer la gloria, desear el infierno y vivir en el limbo, serpientes
de lujuria y celosías ocultando clausuras, fajas ortopédicas, batalla de manos
junto a la cabina del avión y para cuando despegamos se habían ido los
pasajeros, las maletas se habían perdido y el aeropuerto estaba cerrado hasta
nuevo aviso, que me corté los dedos con las botellas rotas del borde de la
tapia, que me llené de remordimientos para los próximos años- aún me duran- y
con largas embestidas humilladas los días transcurren y nos comemos abril- tú
que lees ¿no es cierto?- sin vender una escoba que se dice, que me faltan días
para colgar historias que me invento a falta de las que viví, vivo, en el
tedio, justo desde donde no se puede contar otra cosa que el bostezo, el
hartazgo, la nada rutinaria, ya te digo, movimiento circular desde la diáfana
sencillez de amar.
Jana Schröder
Un drama, la vida como un trayecto complicado por caminos embarrados, por vericuetos y trochas, por vaya usted a saber dónde, que la lluvia de abril borrará los mapas, ahora que los refugios están cerrados y nos faltan nombres para los huracanes que vienen.
Jana Schröder
Levanto mi copa para celebrar lo que aprendí entonces sobre quién soy yo. Ese desconocido en mí que a veces sale, me habla, razona, rompe el espejo, quiere apartar de la puerta las piedras de la rutina, la abre, cauteloso asoma la cabeza, la cierra, se esconde, es.
Jana Schroder
No quiero hacer trampas en la blanca pared de cada día. Me he comido las sobras del silencio, he apurado los posos del idilio, he rebañado el plato de lo romántico. Aún está en mi boca el sabor de aquel banquete. Pero lo que fue, fue, historia, ya está todo dicho, no hay más que hablar, las cenizas están esparcidas desde los montes.
Jana Schroder-
La culpa, el sueño y yo caminamos por la misma ciudad, por diferentes calles, esclavos de la soberbia, del imposible milagro de los panes y los peces. Es lo que es.
El remordimiento como una bestia parda hocicando en las entrañas de lo establecido, de lo correcto, de la norma. Para calmar su furia ofrecemos sacrificios en el altar de la tradición, nos mortificamos con cilicios en los muslos del deseo, encadenamos el instinto en un sótano del edificio del recuerdo. Somos como no queremos ser.
Comerás flores.
Lucía Solla Sobral.
Me uno a este género de “los Lectores de Libros opinan”.
Para evitarles mayores esfuerzos lo resumiré: ¿Me ha gustado? Sí.
Y si alguien quiere lo comentamos.
Para más información sobre este libro todas estas personas lo cuentan muy bien:
Jules de Balincourt ( 1972)
Soy equilibrista, un funámbulo, se, se, se nota ¿no?
El viento de levante canta,
desordena pasadizos húmedos,
levanta exordios de libélulas.
Las mujeres comparten
risas, malaventuras,
lacerados deseos.
Jane Birkin no está.
En el mediodía roto,
en círculo, madres
hablan de madres,
absortas en el goce,
en los dolores,
hijas hablan de hijas.
Aromas que vuelan
ajenas a la mirada
del hombre que mira,
extranjero en la línea
de voces tras la
luz que palpita.
El viento de levante canta,
inventa laberintos con denuedo,
por la hierba reparte insectos
locos. El puchero borbotea
en el fogón. Nadie
piensa en comer.
Jane Birkin no está.
Photo de Sergio Del Grande Paris, Université de la Sorbonne, mai 1968
Parker no
puede recordar la nítida frase que de camino a Gernika se le apareció ardiendo
en una zarza, las palabras alineadas, el sentido, también la poesía, pájaros
ambiguos en la niebla, lo tenía tan claro.
En cuanto
llegue lo escribo (pensó).
Después
el óxido del día confundió las imágenes, las deterioró el silencio, la rabia,
el sabor del triunfo bajo la lengua como una medicina milagrosa. Era aquel
tiempo, sin destierro, sin voces ajenas creciendo desde la soledad, el color de
las uvas, la memoria decrépita, un perro negro de mirada torva escondido en el
zaguán del caserío
Esto es
un ERP, ¿ve?, no, Linux no, bajo SQL, abierto (dijo, varias veces, a varias
personas que le miraban como una vaca que ve pasar el tren)
Ese era
el momento, ese y no otro, el coche subiendo Autzagane y Carole King cantando
¿Me amarás aún mañana? que siempre le estremece, su voz como una lengua de
fuego de Pentecostés sobre su cabeza, entendía, ¿Will You Still Love Me
Tomorrow?, no lo sabe, el futuro ya no es lo que era y es bien cierto, carpe
diem, de momento Parker se va a celebrar algo, no sé, que está vivo por
ejemplo, eso mismo.
Y esto.
El sujeto. Una puerta, cerrada. Lo que es, hace, calla, acepta, la quietud de los días, lo que piensa, la realidad detenida.
La que
eras, infatuación erótica, azar que desborda el tiempo con fluidos que
envenenan la cordura del vendedor de víboras, sentimientos omitidos, tú, no.
Que
callen las sirenas.
Los
hombres están dormidos.
Los niños
aún no han nacido.
-
No sea coplero,
deje de cantar y responda.
(Demasiadas preguntas, aquello duraba demasiado, estaba cansado, me senté justo en el punto en el que cambiaba la marea de los textos, en el preciso lugar donde confluían la noche y el día, en el arrabal de casas confusas y griterío, masticando la rabia silenciosa, los nombres exangües, el laberinto derrotado, perros ajenos, lapiceros imaginarios dibujando cómo seremos cuando no seamos, bosquejos en la mitad del puente.)
-
Vale ya de
tonterías, se lo preguntaré solo una vez.
(No eran preguntas al aire, el comisario quería establecer una teoría final, en su imaginación crecía ya el musgo prematuro de no saber, hedía el fracaso de sus investigaciones anteriores, la cobarde retirada de las palabras ambiguas, antiguas, la eternidad bajo el cartel que anunciaba una próxima corrida de toros, un concierto azul de txalaparta, la suma de intenciones al azar. Entonces el comisario me apuntó con una pistola tan negra como mi alma y dijo)
(Cuando
entraron los coros, el comisario volvió la cabeza ligeramente, apenas una
fracción de segundo, un momento que aproveché para saltar por la claraboya)
(Continuará)
Hoy no se fía, mañana sí. Que no hay mucho que decir excepto que están prohibidos los bostezos. A María se le desencajó la mandíbula. A Bego (es un nombre ficticio, ya sabes, por lo de las posibles denuncias, que es un fastidio, el juzgado, ponerse corbata, pagar, faltar dos días al trabajo) se le alborotó el corazón y venga con lo de es el hombre de mi vida y el tío era un julai que solo quería lo que quería, que se le veía de lejos, menos Bego que siempre ha sido ciega para lo de escoger, que le decían amor mío y se derretía, literalmente, hambre de reconocimiento, de estima, ¿me ves fea?, antes de eso lo de aquel con la cara de viruela, que tenía que haber sido un aviso, una luz roja, pero hay epidermis que no resisten un halago aunque todos los del grupo, menos ella, sabíamos que eso se lo dirás a todas, chato, qué buena chica era, sí, pero no muy espabilada, también estaba lo de su madre, quién te va a querer a ti, lo del padre, cuando estaba, de Loli no hablo, etcétera. Así se puede pasar esta mañana de lunes soleado, escribiendo memeces, pero mejor me voy de paseo con mi nieta que por lo menos me hace caso. Un placer.