.-Pedro M. Martínez-.



martes, 31 de diciembre de 2019

Feliz 2020




Termina un año y empieza otro, nada nuevo, llevamos así 2020 años y los de antes. 
Os deseo toda la felicidad que podáis abarcar.


En referencia a este espacio en el que llevo tanto tiempo y para cambiarlo he decidido no cambiar nada, no hacer nada, no modificar nada, estar atento al día y día y disfrutarlo. 


(Philippe Halsman  photographer Edward Steichen, 1959)

lunes, 30 de diciembre de 2019

Hey!



Al amanecer los monos aúllan en los manglares, quiero ser Presidente de los Estados Unidos de América.

Quiero que Bukowski revivido me vote, y Jean Louis Trintignant, nacionalizado, las buenas gentes de Ohio, de Missouri, de Carolina del Norte, nihilismo y emancipación, el viaje hasta la Casa Blanca como determinación, como se acaricia un sueño, una venganza, peregrino, transeúnte, poner mis zapatos sobre el borde de la mesa de nogal del despacho oval.

Sonidos de cucharillas de plata en platos de porcelana, tarta de arándanos, me corresponde aprender por correspondencia un inglés perfecto, decir yes mientras miento, asiento, sonrío, siento la ontología regional de la liquidez, un Presidente con un búho sobre el hombro del hombre más poderoso del Universo, con un teléfono rojo para, envuelto en barras y estrellas, hablar con Putin de lo nuestro.

Café, tostadas con mantequilla de cacahuete y mermelada de frambuesa, esa, en la juventud del día, mientras decido qué he de firmar, guerras expandiéndose de oriente a occidente, nubes de oro sobre la sangre ajena, diarios con salpicaduras de ojén, extractos de esferas de calor y los congresistas aplaudiéndome mientas viajo en tranvía, bajo una sábana luminosa quiero que Marilyn me susurre míster Presiden.

Envejecer el lienzo sobre el que sueño, obtener pigmentos, disolver tinta china sobre tinta vieja, someter al horno la tela donde dibujo este proyecto, pegar pelos de castor canadiense de pinceles ajenos, manipular, elaborar mi candidatura, con un pájaro en la boca quiero ser Presidente (de los Estados Unidos de América), quiero una Lewinsky que saque lo mejor de mí.

Van Meegeren consiguiendo craquelados peculiares de cuadros de turbios anocheceres del siglo XVIII, ser el primero en la cola que hacen los valientes cuando mueren un dictador (Sanguinetti said), orgullo en las arterias, espejos inmóviles, escaleras de piedra y mimbre, balcones amarillos, votantes enajenados, damas de mediana edad con angustia vital, vitalicia, tener la facultad de pulsar un botón negro y mandar el mundo a picar billetes,  quiero ser Presidente de los Estados Unidos de América.



domingo, 29 de diciembre de 2019

Perspectiva.




Claro, sí, es curioso que Parker advierta ahora que no puedo hacer responsable de todo aquel dolor antiguo más que a él mismo, siempre uno es responsable de lo que hace o no hace -aunque me consta que en alguna parte has oído otra versión-. No hace caso, escucha tantas historias que a veces le resulta difícil distinguir A de B, si eso verde de la cloaca es un cocodrilo o musgo, si los invitados se fueron a un cuartel o a un burdel o si la orquesta del miedo a la muerte dejará de tocar alguna vez –sí, cuando te mueres-. Parker es el último en enterarse de casi todo.



sábado, 28 de diciembre de 2019

Conversaciones


–¿Nunca habías visto una mujer desnuda?
–Nunca, antes he visto mujeres sin ropa, el breve tiempo de entrar a la habitación en una penumbra absurda. Además siempre voy medio borracho. No es contemplación lo que busco.

–Te conozco, esta te ha marcado, no dejas de pensar en ella.

–No digas tonterías, vamos a tomar otra copa.

–Como quieras.

(Su piel es de marfil, de porcelana, es blanca, de la substancia de la que están hechos los dioses. Flota sobre las sabanas, sin peso, es perfecta. Ríe y me llena de luz, me abraza y el mundo se detiene.)

–Tenemos que volver al hotel, mañana salimos temprano.

–Vete tú, me tomo otra y voy.

(Me mira y siento que ve todos mis pecados, que me absuelve, con un dedo hace cruces en mi frente y olvido quién soy, qué hago en el mundo, oculta mis abismos.)

Etc, etc.

viernes, 27 de diciembre de 2019

Chica sin brazos.


Me asomé a la ventana y sentada en un alfeizar vi a una chica que no tenía brazos. 
Sonreía, ella. 
No recuerdo cuando fue, si ayer o en otro tiempo.

Pensé: “pobre niña, no podrá abrazar a quién ama”.

Los días pasaron mientras ondulaban mis manos al paso de los trenes -los que jamás paraban- mientras de los árboles del jardín caían hojas amarillas y ella, otra, aquella, no volvía.

Pensé: “pobre de mí, no puedo abrazar a quién amo”.

jueves, 26 de diciembre de 2019

Jakob Steinhardt

Jakob Steinhardt, El profeta, 1913.


Es curioso, te cuento, en esos momentos de sensación de final de tanto di tres pasos hacia atrás y todo cambió. Saqué la nariz del ombligo -de ella- y lo vi todo diferente –se refiere a lo cotidiano-. Lo del bosque y los árboles. Encontré nuevos colores, matices, formas, lo que era un perro resultó ser un caballo y lo que una musaraña una telaraña. Quizás el desnudo -del alma- no era el preferido –de ella- y el otro desnudo -del cuerpo- era mejor. Durante un tiempo cada una de sus críticas a mis escritos era –además- un intento de castración y aunque salto con agilidad no está uno para exponer así sus atributos -sean atribuibles a virtudes o carencias- a las tijeras del censor. Resulta que ahora me leo y veo lo que no veía. Leo y parece Braille, puedo tocar cada palabra, palparla, entenderla, sentirla. Ciertamente escribía – escribe- desnudo y estaba -¿estás?-muy expuesto a la herida.

miércoles, 25 de diciembre de 2019

Insectos hervidos

Photo © Daido Moriyama


El aire hierve de insectos y  ahí están, tantos, escribiendo, compartiendo, en todas las lenguas, hablando sin parar, dejando emociones, ficciones, imaginación, soledad, ingenio, rutina, intentos de llegar a los otros, aprendiendo, leyendo, encontrando, a veces, una palabra que toque el alma.

Alguno, como la pareja de un jugador de póker, espera nuestra vuelta a casa para saber que esta noche también hemos perdido.

Otro, trepa hasta la mirilla para fisgar la intimidad, sea esta la que sea, la de quién sea. Quieren saber lo que está detrás de la voz, sin remilgos, sin ocultarse. ¿Quién eres?, te leo y me lo debes.

Aquel sabe que este medio proporciona los resortes suficientes para controlar nuestra espontaneidad, la de ellos, para comprobar que ante la intemperie del crudo papel blanco nos guarecemos sin medida y el suelo se llena de libélulas muertas.

Somos muchos, sí, pero aislados en nuestra propia mismidad, enroscados en nuestro ombligo.
Hay un proceso de identificación del yo con un nosotros amplio.
Los que escriben leen, los que leen escriben.
Hay un viaje a Éfeso, sin caballo, hay un descubrimiento de la tribu a la que perteneces, de la que constituyes solo una parte, secundaria.
Es absurdo un escritor sin lectores.

Navidad es un momento para las concesiones.

lunes, 23 de diciembre de 2019

Estilo tardío.

“Tocada por la muerte, la mano del maestro libera los materiales que usó para darles forma."  (Theodor W. Adorno)






 El estilo tardío, creador, aún, no repetitivo, no senil, abierto, no recluido, no exiliado en el recuerdo de toda una vida, fecundo, aún, libre de obligaciones formales, de la propia obra anterior, contradictorio a veces, desasosegado, con esfuerzo, aún, apasionante, sin/con anacronismos, lleno/vacío de anomalías, dentro de una estructura estética, o rompiéndola, pirueta, con memoria, tachando lo anterior, o reafirmándolo, otro estilo, consciente del presente, reconciliándose con el pasado, o rompiéndolo, haciéndolo saltar por los aires, dinamitando lo que fue, dejando constancia de lo que es, aún, el estilo tardío.

Y después te mueres.



domingo, 22 de diciembre de 2019

17 años





Todos los días salgo a caminar, rápido, entre 8 a 10 kilómetros. Bilbao se me queda pequeño. La semana pasada subí a Artxanda y bajé hacía Asúa por un camino que no conocía.
El caso es que me despisté. Llevaba un tiempo carretera adelante, el cielo amenazaba lluvia y no  veía a nadie por ningún lado.
Al de un rato, a lo lejos, un chaval venía por el arcén, le esperé.

–Me he perdido –le dije.

–Depende de dónde quiera ir, esta carretera se junta a unos doscientos metros con la que sube hasta Artxanda –respondió.

Y empezamos un diálogo curioso sobre esto y aquello. Me dijo que tenía 17 años y que iba a trabajar a una fábrica que estaba cerca, que aunque no quería estudiar sus padres no tenían derecho a ponerle a trabajar tan joven, que estaba aburrido del taller.

–¿Llevas mucho tiempo? – pregunté.

–Sí, desde el lunes –respondió.

Eso pasó un miércoles.

Pobre chaval, no le queda nada.

sábado, 21 de diciembre de 2019

Rutina



No es obstinación, quiá, es ni más ni menos rutina (Conjunto de instrucciones que en un ordenador sirven para controlar una función o realizar una operación que se repite con mucha frecuencia), todo lo hace la máquina, es decir, no hay que pensar, imaginar, escribir, escoger, no, usted toca un botón (a veces dos) y la máquina se encarga de la tarea, funcional, mecánico, automático, zass, plom, crack, el puente diario construido en el ardor de la noche desapasionada, nada por aquí, nada por allá y qué me está contando, pues eso, buenos días, no se ha ido una borrasca y ya viene la siguiente, que usted lo pase bien. 

jueves, 19 de diciembre de 2019

Sobre caminar.



Uno cualquiera sale de un punto, camina, camina y llega a otro punto.
Hasta pasado un tiempo queda ese trayecto como una experiencia aún sin digerir, sin desmenuzar los pasos y los encuentros, las vivencias.

Un día uno descubre que el motivo no era llegar, que el motivo era el camino.

Añoranza de bosques y pájaros, de montañas y ríos, de soledad, del eco de las pisadas en el polvo y las piedras, de la incertidumbre del sueño y el abrigo de voces.

Quedan las emociones.  

Uno cualquiera sale de un punto, camina y camina y no sabe si es una huida o un regreso.

Queda un regusto a derrota, una llamada a estar solo, bajo la lluvia o el frío de diciembre, aterido,  encogido en la cama de un albergue, sintiendo tan, tan dentro que uno sabe que en un momento del camino se ha perdido. 

domingo, 8 de diciembre de 2019

Caminando en la niebla interior



Éramos nosotros.
No demasiados.
Al menos al principio.
You've Got To Hide Your Love Away.
Nos escondíamos en la noche de historias del West Side chasqueando los dedos para ahuyentar el miedo y la distancia al viático, a las casullas moradas, a la jerarquía, a la memoria de lo que aun no habíamos vivido.
Los tríceps marcados definían un status superior, deportistas en un mundo de mus, rondas de vino riojano y juramentos.
Como contraste, para distinguirnos bebíamos ginebra en unos vasos anchos con tres hielos, no nos gustaba pero nos daba un aire insumergible de ingleses impostores con pájaros alrededor del sombrero y una embriaguez altiva.
No conocíamos himnos, quizás el you'll never walk alone que nadie nos tradujo, que nos erizaba el vello de los muslos.
Nunca caminarás solo.

Pienso esto en un paisaje antes del amanecer, camino acompasando la respiración, a veces me detengo a escuchar los pájaros, a ver la luna que se resiste a desaparecer, hace frío y todo está lejos, tomo una fotografía de esto y aquello, me gusta el sonido de mis pasos en la hierba, criss, criss, criss.
Recuerdo momentos de hace mucho.
Pero no quiero pensar más que en el ahora.  

Sigo caminando.


sábado, 7 de diciembre de 2019

Jonás y el buzo



Faltan unos días para que empiece el invierno. En esta mañana gris me encuentro confundido. Dudo entre salir a pescar ballenas o dejar que me trague una de ellas, recorrer en su vientre las profundidades de los océanos, las simas abisales que aún no conozco, rastrear las incógnitas submarinas.

De golpe recuerdo que apenas sé nadar y opto por mecerme en un mar de ardentía. A lo lejos una sirena canta “porque ha perdido una perla llora una concha en el mar”. La nostalgia me atrapa como un pulpo gigantesco y el paraíso de mi infancia va y viene entre inmensas olas de caricias maternales, ternura de mis abuelas y dulzura de mis tías. Sobre esas olas, en una pequeña embarcación de recuerdos, navegan mi padre, abuelos, tíos, los hombres de mi familia con sus voces graves, los que reían a carcajadas, me llevaban de la mano y decían que los chicos no lloran.

Seguí su ejemplo durante años, cambié mi voz, me negué a llevar camiseta de tirantes y boina, reí, no lloré. Y así la vida fue pasando con una elegante y apasionada serenidad. Hasta que llegaron las muertes, la nada. Entonces no lloré, no sabía.

Un día cualquiera, no recuerdo la causa, pudo ser un amor no correspondido, una partida, un regreso, el sufrimiento de un niño, el desvarío de un anciano, la acumulación de sentimientos, no lo sé, no lo sé, pero fui otro, y yo, supe, olvidé lo que me habían enseñado, aprendí. Y lloré.

Jonás me toca el brazo y me invita a seguir remando, a dejar de soñar. El mar se encrespa y contamos gaviotas en vuelo, la costa está cerca y en la playa distingo cuerpos de león con cabezas de hombres barbudos, tumbados, alados. No sé si hemos llegado a Mesopotamia o el problema es que no sé cómo continuar. Lo dejo por hoy.

viernes, 6 de diciembre de 2019

Alejandro Céspedes

¿dónde estás tú? ¿qué decisión te elige?



el papel sólo puede crear iguales pero hay cosas

que ocurren más allá del envés

de estas mismas palabras crece la división

el plano se duplica con la simplicidad y la complicidad



de tus dos ojos



escenografía vida que se parece a la vida irrealidad

                             símbolo y certidumbre
se aparearán en este mismo espacio y cuando ocurran
simultáneamente será posible habitar en las palabras

en la figuración de lo real somos inconstatables
a veces lo que no es y lo que es decide confundirse
                                                   nos confunde
pero tampoco en la confusión habrá cobijo
                                                          volando
un cisne resbala sobre el hielo y en su reflejo cree estar
                                                          volando

De “Topología de una página en blanco”,

 Alejandro Céspedes




domingo, 1 de diciembre de 2019

Un beso en la mejilla


Me invitó  a su casa para revisar un artículo que le iban a publicar en una revista de Bilbao. Le di mi opinión, añadí algún dato, lo apuntó y ya.   Nos habíamos despedido, estaba a punto de abrir la puerta. Agur. Un beso en la mejilla. Se levantó la blusa, me enseñó las tetas, generosas, tentadoras. Se las miré con atención, quizás con deseo, una pizca. ¿Follamos?, le pregunté sin demasiado entusiasmo. Otro día, me respondió con un gesto que no entendí, se bajó la blusa y me fui. En el metro, de vuelta a casa, pensé en lo ocurrido, más bien en lo no ocurrido. ¿Le llamo?, ¿vuelvo?   

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