Txalaparta (1965) Remigio Mendiburu


jueves, 28 de diciembre de 2023

Pilarin



Se cogen puntos a las medias. 

Estaba escrito en un pequeño trozo de cartón sujeto al ventanuco de un hueco bajo la escalera del 12, al lado de la carbonería.

Dentro, una señora con gafas de gruesos cristales sentada en una  banqueta alta se afanaba sobre una labor en una media de nylon embutida en una especie de vaso invertido. A su espalda un calendario con un san Pancracio sonriente era junto a la banqueta y un mínimo tablero de madera donde estaba apoyada, el único mobiliario del exiguo habitáculo.

Cuando pasaba por delante del 12 me llamaba la atención su minucioso trabajo, sus manos moviéndose a gran velocidad en contraste con el cuerpo rígido.

Todo iba bien hasta que la descubrió Patxi.

Patxi era el hijo de un camionero del barrio de arriba. Un chaval delgado, nervioso, imprevisible, con una inusual capacidad para romper cristales, martirizar a gatos, pellizcar a las niñas y estar en todas las barrabasadas imaginables.

Alguna vez venía por nuestra calle, se arrimaba a la incipiente cuadrilla y nos llenaba la vida de riesgo, de carreras ante los municipales, de peligros dentro de una inocencia que perdíamos día a día.

Se cogen puntos a las medias, el petardo explotó justo debajo del cartel, el primero. El segundo lanzó al san Pancracio contra el techo. Patxi abrió la puerta y lanzó un cubo de agua sobre la cabeza de la señora al borde de un colapso por el susto. Todos corrimos.

Nadie había visto nada. Durante una semana estuvo cerrado el negocio de las medias, las señoras estuvieron con los puntos alborotados. Nosotros temblábamos cuando sonaba el timbre de casa temiendo que los guardias vinieran a buscarnos. Nuestras madres se sorprendían de vernos tanto tiempo en casa. Luego la vida siguió.

Patxi encauzó sus energías de diferentes maneras. Entró como bajista en un grupo que imitaba a los Beatles. Siguió rompiendo cristales. Se casó con su primera novia que tenía 16 años. Él tenía 18. Fue padre tres veces. Heredó el camión de su padre. Trabajó duro. Se compró un camión nuevo. Ahora ha engordado, tiene una flota de doce camiones y su nieto también rompe cristales.

La señora de las medias murió hace ya muchos años.

Yo soy un pan sin sal que cuenta cosas que pasaron en un tiempo en el que aún no había nacido



6 comments :

Tatiana Aguilera dijo...

Me gusta que describas historias antiguas verdaderas o fruto de tu imaginación. Aquel oficio de remendar medias quedó atrás. Hoy todo es consumir y lanzar a la basura el resto.

Abrazos Pedro

Pedro M. Martínez dijo...

Tatiana Aguilera, pues esta historia es verdadera en el 95% y ese 5% casi me lo salto porque algo hay que inventar. Y no es tan antigua (o quizás sí, quizás soy de otra época) Un fuerte abrazo.

Francesc Puigcarbó dijo...

De pequeño, había un Taller de cosedoras de medias cerca de casa, eran unas diez o doce muchachas, muy simpáticas y amables, me quedaba con ellas a escuchar Ama Rosa.

Saludos

nadie dijo...

Felicidades por la historia, verdadera o semiverdadera, qué más da. Lo que cuenta es tener la capacidad de devolver al lector a un tiempo que, incluso vivido o experimentado, pertenece ya más al olvido que a la memoria. Un cordial saludo, Pedro.

Pedro M. Martínez dijo...

Francesc Puigcarbó, Ama Rosa con Doroteo Marí, un tiempo en blanco y negro, es importante tener memoria. Feliz 2024.

Pedro M. Martínez dijo...

nadie, casiverdadera, fui amigo de la hermana pequeña de la señora de las medias, Creo que estos cuentos me los cuento a mí mismo para no perder la memoria. Feliz 2024

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