viernes, 14 de noviembre de 2008

Obra de arte.

El silencio, sabes, no tiene censura, y hay circunstancias en que el silencio es subversivo…(“Will it be a likeness” John Berger and Juan Muñoz, 1996.)

(Al salir de una exposición de Juan Muñoz)


Una obra de arte no necesita del espectador.
Funciona por sí sola.

Una obra de arte perdura aún enterrada, ignorada, ajena a modas y tiempo, independiente a la fecha de su descubrimiento (incluso por un único y eventual espectador).
Es.
Indiferente a imposiciones estéticas, a cual sea la fórmula de expresión.
Está.
Por encima del soporte, pared, lienzo, papel, idioma, instrumento, medio, método, plástico, técnica, pantalla, celuloide, vinilo, hierro, voz, estilo, piedra, viento.

¿Quién define qué es una obra de arte?
Los sabios, los críticos, los poetas, un consejo de ancianos, los vendedores de obras de arte, los directores de periódicos, los intermediarios, los oportunistas, un loco, un niño. (No intenta ser una respuesta).

A falta de otras revoluciones, el uso de internet abusa de artistas, una legión de virtuosos, de creadores, de genios, de autistas pintando en la pared con el dedo, de visionarios de nubes, de fenómenos sin abuela que emborronan cuadernos que ya estaban escritos, palimpsesto sobre palimpsesto y así indefinidamente hasta el aburrimiento, el bostezo, la falsedad, hablar por no callar, lo necio, a veces (hoy se me han terminado las adulaciones).

Una obra de arte no necesita del espectador.

Nietzsche decía que los griegos levantaban blancas estatuas sobre el abismo, para ocultarlo.

Soy griego.



…cuídate de la silenciosa en el desierto
de la viajera con el vaso vacío
y de la sombra de su sombra.

Alejandra Pizarnik



jueves, 13 de noviembre de 2008

A la segunda...

Pero se van tiñendo con tu amor mis palabras.
Todo lo ocupas tú, todo lo ocupas.
Voy haciendo de todas un collar infinito
para tus blancas manos, suaves como las uvas.

(Neruda)


Julia. 45 años. Tres hijos. Su esposo la asestó quince puñaladas. El alma y el cuerpo lleno de cicatrices. Su ex esposo se ahorcó en la celda de la cárcel.
Llevábamos poco tiempo separados. Un día me abordó en el portal y me atacó con un cuchillo. La policía le atrapó ese mismo día. Nunca piensas que una cosa así pueda pasarte.”

Juan Ángel. 29 años. Separado, un hijo. Tuvo un grave accidente de tráfico; sufrió múltiples fracturas y traumatismo craneoencefálico, estuvo varios días en coma.
“Recuerdo la rueda de la moto girando mientras me metían en la ambulancia. Después nada, no recuerdo nada. Me desperté cuando todos me daban por muerto. Lo peor fue enterarme que mis piernas jamás podrían andar. Cuando me dieron el alta y salí del hospital sentado en aquella silla se me vino el mundo encima.”



Juana. 60 años, divorciada. Empresaria. Tuvo un cáncer de mama. Años después le diagnosticaron un tumor cerebral y le dieron seis meses de vida. Lo superó y pasado un tiempo sufrió un infarto. Tiene convalecencia permanente, problemas respiratorios y arritmia.
“Me miraba al espejo y no me reconocía”

Leo estos y otros casos en un periódico atrasado. Todos ellos hablan de esperanza. Han superado sus tragedias o han aprendido a convivir con ellas. Hoy es jueves y la sombra del fin de semana planea ya sobre el ajetreado atardecer. Puedo contar también mi caso, mi batalla, mi aventura, pero esta es una página literaria (¿?) y no quiero mezclar las cosas. Estoy con la música masónica de Mozart, con Radamisto, con el “Fammi combattere” del Orlando de Handel (¿lo has escuchado?). En 1584 Juan de la Cruz escribió su “Cántico espiritual” dedicado a Ana de Jesús. Hasta 30 años después de su muerte no se imprimió su obra. 130 años después se produce su canonización. Aquí, con un poco de imaginación, cuatro frases, con imágenes construidas desde el sentido de esas propias imágenes, cumplo con el post diario y ¡alehop!, publicado. Espero que no me canonicen, que alguien me lea antes. Mis saludos.



miércoles, 12 de noviembre de 2008

Medir la distancia.

Este es un momento de regreso del más allá. Estaba sentado bajo la zarza cuando, entre liebres en tropel, se me ha aparecido Joseph Beuys, con su sombrero y su gabardina. Me ha hablado en alemán y le he entendido todo menos dos.

No puedo reproducir sus palabras (1) exactas, pero en esencia me ha dicho que diga (2): Chicas, chicos, sumergido en la tentación permanente de la incoherencia me dirijo a vosotros, oh lectores, para solicitar vuestra ayuda. No es por no escribir ¿eh? que si hay que escribir, se escribe, pero sé que muchos no dicen nada por pudor, por miedo escénico, por no someterse al encanto de bajar las escaleras que conducen al foso de la controversia, de la exposición, del quitarse la ropa, prenda a prenda, de la desnudez del sentimiento, del yo la tengo más corta (3). Va por/para ellos.

Decía lo de la ayuda y digo, necesito inspiración, suspiros, un toque de generosidad, una limosna intelectual, que es mejor de pedir que de robar. Temas tengo, historias me sobran, también inspiración (4), tiempo no, ni melena rubia, ni ganas de recorrer paso a paso la línea extranjera del tú y yo, salto, Bob Beamon, record de colgarme de los hígados y salpicarlo de ternuras, experiencias, mentiras y fantasía. Lo que pasa es que Beuys y yo queremos implicaros en esta aventura de escribirnos lo cotidiano, que estamos vivos, tíos, que estamos en ebullición, en la caldera de la vida, blup, blup, blup.

Pero me centro, me someto, me distribuyo, va, buena gente, quiero, solicito, ruego, que enviéis vuestros gustos, aficiones y eso –mi canción preferida es, anécdotas, mi escritor preferido es, mi poema atroz es, historias para no dormir, mi músico era, me gusta, o, me gustaba, y, pienso en, soy, era, cuando, odio, dibujo así, pinto así, no pinto nada, odio a mi padre, amo a mi madre, doctor ¿es grave?, mi postura preferida es, soy verde, tengo pecas, me gusta mi vecino, no sé leer, mi hermana es bella, mis rosales están invadidos por mariposas azules, soy mudo, lo que se me ocurre es, imagino que me sodomiza un zulú albino, sueño con serpientes, una vez fui, una vez amé, una vez odié, una vez pasó por mi puerta la tentación y miré hacia otro lado, etc-. Puede ser anónimo, por supuesto. Insultos no están permitidos.

En principio (5) no voy a pagar nada, en dinero digo, pero contareis con todo mi agradecimiento, con mi estima, con un vale para el cobro en especias, con citas clandestinas, con vuestra fotografía photoshopeada en portada, con noches de amor y lujo en hoteles del sur de Francia. Y besos virtuales, a montones (6)

Esto es un acto experimental, un intento, una cable entre aquí y ahí, un salto al vacío, para llenarlo, un gesto entre lo inmóvil y la mueca, una sonrisa de gato de Ceshire. Joseph Beuys se desvanece en la arcilla con un coyote entre los brazos, con un avión enterrado en la nieve, con un fondo negro en el que destacan fórmulas para no saber que, etc.

No sé si me he explicado, no sé si ha quedado claro.

Sé que os espero en pedromg@gmail.com y que a partir de ahí saldrá lo que salga. (Mejor ahí que directamente a los comentarios)

Te veo ¿eh? Anda, manda algo, ya. ¿A qué esperas?
Pero algo corto ¿eh?



(1) Por mi problema en el paladar.
(2) Atentos que luego decís que no entendéis.
(3) La expresividad.
(4) Tengo una musa alquilada.
(5) Ni al final, nunca. No os hagáis ilusiones monetarias.
(6) Para los otros me faltan labios.


martes, 11 de noviembre de 2008

Lo real es lo que veo.



Dichoso aquel que alejado de los negocios,
como la primitiva raza del los mortales,
trabaja el campo paterno con sus bueyes,
libre de toda usura.

(Quinto Horacio Flavio (65-6 A. C.)

Lo real es lo que veo, lo que toco, lo de alrededor.

Es mi cuota de negocio, la cifra, los días a jornada completa, compleja, de trabajo, los empleados a mi cargo, los plazos del Audi, la reserva del campo de golf, la cena de los martes, los fines de semana tumbado en el sofá, los pagos mensuales a Carlota.

Lo real es el proyecto para los franceses que debemos entregar antes de febrero, las horas que no serán suficientes, la entrevista con el director de recursos humanos, mi cita con el abogado, la visita quincenal de Mercedes, mi hijita que se hace tan mayor.

Ahora son las nueve de la noche y el despacho se ha quedado a oscuras, la pantalla del ordenador, negra. Maldito apagón.

Ahora lo real es esta sensación de vacío, esta opresión en el pecho, el silencio en toda la oficina, en mi corazón.

Ahora no sé bien quién soy, ni qué hago aquí, si debo volver a casa en metro, en autobús o caminando. No quiero recordar donde está mi casa, no quiero volver ¿para qué? Puta vida.


lunes, 10 de noviembre de 2008

Los experimentos de la Unidad 731.

Toma mi mano.
Acaríciala con cuidado.
Está recién cortada.

(R. Gómez Jattin)


Como un arpón de músculos y olores se acerca el lunes, un miura de 495 kilos, negro entrepelado, marcado con el número 21, de nombre Islero aunque él no lo sabe, tampoco sabe que lo que ocurre aquí no ocurre, ni que USA votó una esperanza, quizás, pero cierro los ojos y huimos del otoño y de nosotros, cobarde retirada de los hielos, puerta cerrada a las tardes solitarias, nuevo atentado a militares en Afganistán, apenas un recuadro en la prensa, para Navidad alas de ceniza nos elevan, Valente reposando entre poemas rotos y en eso llega la Unidad 731 y sus científicos experimentos, disecciona hombres vivos, congela enemigos para saber cómo se muere así, con frío, por ingestión de cianuro, por veneno de serpientes, cuanto se resiste al botulismo, a la brucelosis, a la disentería, al ántrax, a la maldad de saber los límites del dolor, del miedo, bah, son solo chinos (dicen ellos) mientras emprendo una carrera de obstáculos y aprendo que no hay nada más dulce que unos labios de mujer (aventuras en la última fila del cine de verano), que el corazón se rompe sin remedio, sin cura (dolor en la rodillas del cabello), y después -hace tanto- que cuando ellas dicen “no” es para siempre (logaritmo preciso en mente ilusa), que el camino es largo y ni lo intuyo (hedor bajo la cama del ahogado), que aún no he empezado a conocerme, no consigo superar mi propio límite (corceles impetuosos ente nubes), así que, viajando, aprendí que una mujer andaluza es otra dimensión (Córdoba en rama), abrí la puerta de mi mismo (Elena me dio la llave) y entré dentro (frío saludo en el funeral) y Londres solo fue un pretexto, apenas un pueblo grande donde todo es posible (no sé si sus calles tienen falo) hasta que regresé y supe que el amor es cosa de dos (sangraba la roca en Sopelana), también que la capacidad de equivocación es infinita (esto aún lo estoy aprendiendo, voy en el capítulo 1601), atrás y adelante, eficaz máquina del tiempo con dos centavos (se inundó de luz la madrugada) y entonces recordé a María Goretti, a Fernando Quiñones, John Kennedy Toole, a Georges Perec, Borges sonríe y...

Y...

Y...

...varios años después...
descubro que soy un hombre afortunado.
Ingenuo, pero afortunado.


(En alguna parte, mientras escribo en este domingo luminoso y bello, se me ha ido el santo al cielo. Y nunca mejor dicho. Ahí sube con su corona y su sonrisa lela. No le disparen. O sí, les presto mi pistola)



domingo, 9 de noviembre de 2008

Carta de elogio a mi locura (del 1 al 6 y el 7).

Ihes ederra zilegi balitz
urra ahal baledi katea
ni ez nintzake onzti gabeko
itsasgizon ahalgea

(Xavier Lete)


Te quiero.

Continuación. O no. Esta carta me cuesta terminarla. Ofuscado en una idea, la he borrado varias veces. La primera parte, en negrita, es amplia, literaria, dolorosa, sincera, escrita lentamente, rebuscada entre sentimientos intensos, cuando la releo no puedo reconocerme. Y sin embargo. La segunda parte es fácil, tramposa, mal escrita, breve, a mi estilo, macerada en el invisible retiro de emociones, quiere manipular la verdad, la mentira, la realidad. Es un disfraz, un recurso barato, delirio de borracheras de vino blanco, peleón. Es una habitación interior con poeta dormido sobre una silla de montar colgada de un techo falso.

Aunque después de nuestra última (?) conversación telefónica, no sé si tiene sentido continuar dormido. Me despertaré en un paisaje diferente, real, lleno de zanahorias y ríos de estrellas, de espejos convexos, zorros sonrientes y personajes de dibujos animados. La luna roza los tejados y los gatos pardos viven en tu escalera, las vecinas murmuran y una tubería ha explotado llenando de gas púrpura las ramas del sauce. Operarios sombríos plantan linternas en tu jardín y los niños dibujan estructuras complejas de vigas maestras. De la plaza llega un sonido de música andaluza, de polen de estrellas y las golondrinas de Cádiz enloquecen antes de irse. Hay nuevas esquinas en las viejas esquinas y ya nadie espera a niñas de melena francesa y silencio. Los jóvenes son viejos y los niños son humo.

Soy un vagabundo de camisa amarilla debajo de un puente, con todo el equipaje al lado, mirlos que reverberan al cadencioso sol de marzo, un rayo íntimo surcando los intestinos, un banco vacío en una iglesia, arbustos cercando un cuadro del Sagrado Corazón -en vos confío-, una moral sujeta con alambres, besos en su boca ortopédica, paraíso del protésico, zancadas en el maizal y cuervos saliendo a la carrera. Hay que ver qué imágenes se le quedan a uno en el patio de atrás.
Es una obviedad que caminamos hacia un anciano con recuerdos intensos, un lento caminante que controla obras públicas y gorriones alborotadores de parques, una estructura fuera de normas, usos, vivo pero fuera, generación sepultada por generaciones, un verso dentro de un verso pasado de moda, si la hubiera, cero, nada menos nada.

Estanterías de frascos de farmacia. / Joyas vacías de brillo. / ¿Has sufrido hoy? / Superficies bruñidas. / Edificios con ventanas de hielo y caramelo. / Aún aquí, este es un proyecto literario / Tú no tienes ya cabida. / Los papeles están repartidos. / Sigue lejos.

Casas cerradas a la luz, nadie sabe que dentro se gesta un largo poema, una teoría estructurada, una historia limpia, una obviedad. Estatuas que cobran vida a las doce de la noche. Días que no terminan. Una lluvia de ojos que no ven, un torrente de ojos que vigilan, cortinas que ocultan ojos. Un solo ojo en un triángulo en el cielo.

Incierto amor bajo la higuera que seduce la mirada de los viejos, escuchando al chamariz, tanteando los sinsabores con un meñique en la cremallera que abre –o cierra- el infierno, tiempo rojo, tiempo de frambuesa ahora que sé que no sabré más de ti, que nunca, que es difícil vivir tan alejado del O, hombre obsecuente a la certeza, piedra de molino que tritura la última esperanza, la que convierte la palabra –esta- en un camino sagrado, en un muro que oculta la soledad, el dolor, la muerte. Escúchala, tócala, siéntela, es por ti.

¿Qué me dices de las sombras? Sombras caminando, sombras conversando bajo los balcones, sombras acechando. Han colgado una sotana de la antena de televisión, parece una bandera, lo es. Insectos melancólicos meriendan sobre el asfalto. Hay un incendio en ese brazo. Humo en pulmones oxidados y un amanecer en ese sobre que todavía no has abierto. Una espada bajo la cama. Un desierto sobre la almohada. Un grito que nadie escucha. Se acercan. Guardaré más botellas de vodka en mi maleta. La tormenta cerró una época, la clausuró, tenía que ser así, ¿te imaginas una tarde final, de despedida, sin rayos y truenos? ¡Qué tontería! Los finales deben ser espectaculares, con palabras que definan, que imposibiliten la vuelta, billete sin regreso, no pretendas abrir el mar, solo Moisés y un servidor de usted que acaricia la bola negra atada a su tobillo con una cadena de plata y canela, bailo sobre los recuerdos, me abrazo a esa nube de porcelana. Palabras, carta de elogio a mi locura de buscarte en lo imposible. Palabras que loan mi insistencia en los errores. Me equivoco y lo sé. Actúo mal y lo sabes. Esta maquinaria no tiene manivela de marcha atrás, ni botones con rótulos en inglés, ni tornillos oxidados, ni aquella posibilidad de punto de rocío sobre los depósitos de fueloil, donde ahora se levanta la chimenea, páramo inutilizado, almacén de errores urbanísticos, refugio de mirones y jubilados, de proxenetas, de perros que mean en las farolas.

El olor que flota sobre la hierba fresca, las alas de cera de un ángel zurdo, cada día que no te llamo es un triunfo, cada día que me duermo sin pensar en ti también, cada noche que no sueño con tu cuerpo abrazado al mío es una muesca que añado a esta pared desconchada que se mece con el viento de la ausencia y esta es una adicción igual a cualquier otra, el que bebe, consume, nieve, humo, tus amigas escondiéndote bajo los soportales de la plaza mayor, maldición de cabeza perdida en quimeras, de dedos ansiosos por tocar tus dedos, tu piel, tus glúteos duros, mi sexo que mira horizontes detrás de la niebla, como un periscopio excitado, inquieto, submarino de amores con cargas de profundidad estallando en lo más íntimo de esta sima insoportable. Cómo duele, joder, cómo duele, encerrado en una jaula junto a un tigre de tristeza que me mira, goloso, que mueve la punta de su cola y babea. Los guacamayos chillan en los nervios de mi ansiedad ramificándose por la espalda, el pecho, la raíz del miedo al sábado hundiéndose en la tierra a través de mis piernas, piel tatuada en penas, sortilegio de otros sábados, huida a través de aquella curiosa selva de besos. Tú ya no tienes labios, ni boca, se han borrado, todo en ti se borra, se difumina, se pierde ante el soplo de escaleras, metro, trabajo, metro, escaleras, ¿hay más?, ¿qué esperas?

A hombros de mis camaradas, la ciudad ardiendo detrás, huyendo por la antigua ruta del vigilante, su mirada de abismo, tú no me has visto nunca, viste al amante que acunó tu inexistente infancia, el intento del quizás, el aluminio y el ámbar, las arenas doradas de la playa que nunca pisamos juntos, el laberinto que tejimos, sin Minotauro, Ariadna traidora que quemaste el ovillo, aventaste mi Deseo después de quemar los sembrados, fuiste el tránsito, la luz que se consumía y encontró mi hambre, mi sed, mi necesidad de cielo.

Capítulo uno. Capítulo dos. Capítulo tres mil. Han vendido mi libro en una subasta. Un euro. Lo compré yo. Puedo decirte que es mentira. Lo he leído. Y me lo han dicho, muchos, alguno, alguien que sabe, que entiende, conozco a aquellos que entienden, de nada, de algo. No deben arriesgarse, señores y señoras, cuando se tiene lo que se tiene, uno no se baña vestido. Y si hace falta uno no se baña. O se baña, lo que diga el guión. ¿Quién dices que lo ha escrito? Iluso, infantil, irreverente, irresponsable, irrelevante, itinerante, ilusionándote, ígneo, impoluto, idiota, imposible, irreal, inseguro (¿seguro?), infierno, insensato, ir, insistir, iterar, impugnar, irrealizable, importante, ilógico, isla (de Izaro, claro), inquieto, impuesto por la aplastante realidad debo callarme para que mi voz se oiga. Y qué hacen estos estúpidos que tratan de atraparme, como si no supieran que corro más (+) que nadie, como si no supieran que puedo convertirme en una salamandra, en un habitante del fuego, en una voluta de humo que sale de esa chimenea y se pierde entre las rendijas del cielo azul y rojo y por qué insisten en perseguirme por los pasillos del manicomio de Mondragón. Al final me atrapan y sigo sentado en mi sillón. Cómodo, cambio de canal, me quito las gafas. No veo y resulta que todo era mentira, todavía no ha amanecido, además no hay infierno, eso, nos mintieron.

Puedes borrarlo todo excepto la primera frase, esa no la olvideS.

Si estuviera permitido huir
si fuera posible romper la cadena
no sería un navegante impotente
carente de barco

(Xavier Lete)


sábado, 8 de noviembre de 2008

Carta de elogio a mi locura. (6)

YAZGO

Chile es el nombre de mi padre
Piensa en él
¿qué ves?
¿me ves a mí?
¿te ves tú?
Piensa en tu lengua que es también mi lengua
muérdela
está llena de horrores ortográficos
está llena de precipicios y cuerpos
sagrados y heridos
anoche te oí decir que hoy seríamos un sueño
así lo oí
así será.

Héctor Hernández Montecinos

(Santiago, Chile, 1979)




El olor que flota sobre la hierba fresca, las alas de cera de un ángel zurdo, cada día que no te llamo es un triunfo, cada día que me duermo sin pensar en ti también, cada noche que no sueño con tu cuerpo abrazado al mío es una muesca que añado a esta pared desconchada que se mece con el viento de la ausencia y esta es una adicción igual a cualquier otra, el que bebe, consume, nieve, humo, tus amigas escondiéndote bajo los soportales de la plaza mayor, maldición de cabeza perdida en quimeras, de dedos ansiosos por tocar tus dedos, tu piel, tus glúteos duros, mi sexo que mira horizontes detrás de la niebla, como un periscopio excitado, inquieto, submarino de amores con cargas de profundidad estallando en lo más íntimo de esta sima insoportable. Cómo duele, joder, cómo duele, encerrado en una jaula junto a un tigre de tristeza que me mira, goloso, que mueve la punta de su cola y babea. Los guacamayos chillan en los nervios de mi ansiedad ramificándose por la espalda, el pecho, la raíz del miedo al sábado hundiéndose en la tierra a través de mis piernas, piel tatuada en penas, sortilegio de otros sábados, huida a través de aquella curiosa selva de besos. Tú ya no tienes labios, ni boca, se han borrado, todo en ti se borra, se difumina, se pierde ante el soplo de escaleras, metro, trabajo, metro, escaleras, ¿hay más?, ¿qué esperas?

A hombros de mis camaradas, la ciudad ardiendo detrás, huyendo por la antigua ruta del vigilante, su mirada de abismo, tú no me has visto nunca, viste al amante que acunó tu inexistente infancia, el intento del quizás, el aluminio y el ámbar, las arenas doradas de la playa que nunca pisamos juntos, el laberinto que tejimos, sin Minotauro, Ariadna traidora que quemaste el ovillo, aventaste mi Deseo después de quemar los sembrados, fuiste el tránsito, la luz que se consumía y encontró mi hambre, mi sed, mi necesidad de cielo.




viernes, 7 de noviembre de 2008

Carta de elogio a mi locura. (5)

Habla
Pero no separes el No del Sí.
Y da sentido a tu decir:
Dale sombras

(Paul Celan)


¿Qué me dices de las sombras? Sombras caminando, sombras conversando bajo los balcones, sombras acechando. Han colgado una sotana de la antena de televisión, parece una bandera, lo es. Insectos melancólicos meriendan sobre el asfalto. Hay un incendio en ese brazo. Humo en pulmones oxidados y un amanecer en ese sobre que todavía no has abierto. Una espada bajo la cama. Un desierto sobre la almohada. Un grito que nadie escucha. Se acercan. Guardaré más botellas de vodka en mi maleta. La tormenta cerró una época, la clausuró, tenía que ser así, ¿te imaginas una tarde final, de despedida, sin rayos y truenos? ¡Qué tontería! Los finales deben ser espectaculares, con palabras que definan, que imposibiliten la vuelta, billete sin regreso, no pretendas abrir el mar, solo Moisés y un servidor de usted que acaricia la bola negra atada a su tobillo con una cadena de plata y canela, bailo sobre los recuerdos, me abrazo a esa nube de porcelana.

Palabras, carta de elogio a mi locura de buscarte en lo imposible. Palabras que loan mi insistencia en los errores. Me equivoco y lo sé. Actúo mal y lo sabes. Esta maquinaria no tiene manivela de marcha atrás, ni botones con rótulos en inglés, ni tornillos oxidados, ni aquella posibilidad de punto de rocío sobre los depósitos de fueloil, donde ahora se levanta la chimenea, páramo inutilizado, almacén de errores urbanísticos, refugio de mirones y jubilados, de proxenetas, de perros que mean en las farolas.


jueves, 6 de noviembre de 2008

Carta de elogio a mi locura. (4)


Pero qué inútil canto
el que canta a la muerte
qué inútil canto el que previene
a los navegantes
más allá del silencio
entre barcos varados
en los mares de mármol
donde buscan su rumbo las aves sin suerte

(M. Vazquez Montalban)


Casas cerradas a la luz, nadie sabe que dentro se gesta un largo poema, una teoría estructurada, una historia limpia, una obviedad. Estatuas que cobran vida a las doce de la noche. Días que no terminan. Una lluvia de ojos que no ven, un torrente de ojos que vigilan, cortinas que ocultan ojos. Un solo ojo en un triángulo en el cielo.

Incierto amor bajo la higuera que seduce la mirada de los viejos, escuchando al chamariz, tanteando los sinsabores con un meñique en la cremallera que abre –o cierra- el infierno, tiempo rojo, tiempo de frambuesa ahora que sé que no sabré más de ti, que nunca, que es difícil vivir tan alejado del O, hombre obsecuente a la certeza, piedra de molino que tritura la última esperanza, la que convierte la palabra –esta- en un camino sagrado, en un muro que oculta la soledad, el dolor, la muerte. Escúchala, tócala, siéntela, es por ti.


miércoles, 5 de noviembre de 2008

Carta de elogio a mi locura. (3)

Por todo el mundo hay pequeñas habitaciones
Donde la gente copula, tozudamente
Contra toda razón

Ivan Malinowski
(1926-1989)

Soy un vagabundo de camisa amarilla debajo de un puente, con todo el equipaje al lado, mirlos que reverberan al cadencioso sol de noviembre, un rayo íntimo surcando los intestinos, un banco vacío en una iglesia, arbustos cercando un cuadro del Sagrado Corazón -en vos confío-, una moral sujeta con alambres, besos en su boca ortopédica, paraíso del protésico, zancadas en el maizal y cuervos saliendo a la carrera. Hay que ver qué imágenes se le quedan a uno en el patio de atrás.
Es una obviedad que caminamos hacia un anciano con recuerdos intensos, un lento caminante que controla obras públicas y gorriones alborotadores de parques, una estructura fuera de normas, usos, vivo pero fuera, generación sepultada por generaciones, un verso dentro de un verso pasado de moda, si la hubiera, cero, nada menos nada.


Estanterías de frascos de farmacia. / Joyas vacías de brillo. / ¿Has sufrido hoy? / Superficies bruñidas. / Edificios con ventanas de hielo y caramelo. / Aún aquí, este es un proyecto literario / Tú no tienes ya cabida. / Los papeles están repartidos. / Sigue lejos.

(sigue, claro)


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