lunes, 24 de marzo de 2025

Soledad de precipicio.

 


Llevaban juntos muchos años, a veces pensaban que demasiados. 
Su hijo se había ido meses atrás. 
Era una soledad compartida, de precipicio.

Entre semana hablaban poco, llegaban demasiado cansados de sus trabajos. 
Cenaban cada uno por su lado. 
Dormían juntos, sin tocarse, en los extremos de la cama.

Algunos sábados se amaban en la postura doce, a veces en la veinte. 
Era grato a pesar de la rutina. 
Conocían sus cuerpos y el deseo.

Los domingos por la mañana salían a buscar oxígeno y silencio. 
Caminaban por caminos embarrados, entre bosques, por senderos con helechos y musgo en las piedras, por el borde de montañas no demasiado altas. 
Por las tardes veían la televisión, una en la sala, otro en la cocina.

La fiesta caía en viernes. Demasiados días juntos. Se miraron. Hablaron. Un reproche llevó a otro. Levantaron la voz. Cuando se abrió la puerta del rencor fue imposible cerrarla. Se atropellaban. En sus ojos había primero rabia, luego odio, una violencia que pugnaban por contener, agitaban los brazos, uno frente a otro. Él apretó los puños. Ella no lloró. Se dijeron cosas que habían estado calladas mucho tiempo. Quizás el silencio anterior era preferible. Se encerraron en dos cuartos diferentes, en dos mundos diferentes, en sus propia razones, los dos tenían su propia verdad.

Hoy ella no ha vuelto a casa y él está preocupado.
Han pasado dos días y ella sigue sin volver.




Esta es una historia vulgar que termina como terminan las historias vulgares.
Pero no voy a ponerle un fin, la escribo yo y la sigo o termino como quiero.
Si alguien la lee que cambie el principio o el final a su gusto. 


5 comments :

María dijo...

No es una historia vulgar, porque es tu historia y eso la hace especial , pero sí , tristemente es muy habitual , un beso !

Beauséant dijo...

No hay historias vulgares porque, en el fondo, no hay vidas vulgares. Hay rutina, hay ahogo, hay dolor... nada de eso es vulgar.

Pedro M. Martínez dijo...

María está mal que yo lo diga pero ¿tú sabes la causa? Al final te acostumbras pero alguna razón tiene que haber. Algo sencillo. Por esto. Por esto otro. Yo qué sé. La verdad es que a estas alturas ya no tiene importancia. Solo importa el disfrute de uno. Estas cosas se aprenden con el tiempo. A veces. Algunos. Somos tantos. Pase de mí este cáliz. Amén.
(Un beso)

Pedro M. Martínez dijo...

Beauséant, aprovechando tu visita y abusando de la confianza, ¿tú sabes la causa? A veces me lo pregunto, no siempre porque no me da tiempo a todo pero después de la sonrisa me digo además de, por algo debe ser. Tampoco me como demasiado la cabeza pero de vez en cuando me surge la duda, ahí, como un elefante em mitad de la habitación. Puedes contestar o no.
Por cierto, sí hay vidas vulgares, por desgracias, muchas, no sé el porcentaje pero demasiadas, hay infinitas más vidas vulgares que de las otras (las otras ¿cómo son?)
Saludos.

Pedro M. Martínez dijo...

Yo lo achaco al quid pro quo, sí, eso debe ser.

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