lunes, 1 de abril de 2019

54


Ismo Hölttö  Man selling balloon, Finland, 1960′s



Con indeleble
trazo deshojo
54 crepúsculos,
sutil lamento
de galgos blancos
                                         ladrando al cielo.                                    

54 cálices que
reciben el
aliento profano
del vivo anhelo,
sueño quebrado,
azul deseo.

54 barcos rotos,
proa hundida ,
sumergido coral,
instinto abisal,
sima insumisa,
gruta infinita.

Diosa viva
oculta en cárcel
transparente,
digo viva y
digo muerta.
54 fríos huecos.

Hondo refugio,
voz ingrávida,
resucitar en 54
espacios sigilosos,
aluzar lo invisible,
ver de nuevo.

Volverse diosa,
sí, 54 dije,
digo cientos,
lenguas de oro
que lamen aún
el recuerdo.

Fúlgida voz,
herida luz,
opaca memoria,
54 ánforas que
guardan la ceniza 
del consuelo.

54 sagrarios
profanados
por el tiempo,
-negro eco-
rescoldo
de silencio.

domingo, 24 de marzo de 2019

Parker y las cosas sencillas

Jacek Malczewski


Parker parece un viejito cándido con la camisa arrugada flotando por encima del pantalón. Usted lo ve desde fuera y es un abuelo tierno, alguien que no tiene quién le aconseje cómo vestirse. Nadie sospecharía de él como un ladrón de ostras en Arcachón, vagabundo en los trenes de Renfe, ingenuo buscador de oro en las Médulas, corresponsal de un periódico de provincias (en Burgos concretamente). Además de lo que alguno sabe.

Para Parker escribir es más importante que vivir, piensa que somos más lo que escribimos que lo que somos, en eso está de acuerdo con Enrique Symns, aún cree en la palabra, en su carácter transformador, su potencia de invención, conjuro, exorcismo. Vete. No. Quizás. Podemos ser amigos. Mierda. 

Ahora toca lo de volver a publicar ciertos textos, ciertos nombres, ciertas músicas, poner en circulación ideas que pueden ser fecundas aunque  este no parece ser el mejor momento lector. Para equilibrar comparte fotografías, colores básicos, elementos propios del principio, imagina que todo empieza de cero. A. Todo. Él. "Solo hay yo". Yo.

Marcuse dice que la cultura es “aquello que debe ser afirmado indudablemente”. Parker dice que la cultura es sí y que el arte es no, negar precisamente lo que se sabe, buscar en lo oscuro. No encontrarlo. Arte. No la industria de la Cultura, no a su ministerio. Arte. Cuando se vende es mercancía. Parker no vende solo porque nadie le compra. Lo sabe. Arte.

Ahí va, mientras avanza más problemas descubre para describir cosas sencillas.

Un día, esperando para comprar el pan suena el teléfono y Parker ni se inmuta. “Te llamé y no contestaste”. “No sabía si era el mío”. En resumen, la vida está llena de teléfonos que suenan sin que nadie conteste. Arte. Todo. Solo hay yo. Mierda. Yo. Parker.


sábado, 23 de marzo de 2019

Parker mirando por la ventana




Parker mira por la ventana y ve la espuma, a veces náufragos, veleros casi hundidos, cormoranes volando bajo y unos ojos que le miran desde el espejo. Llega a una certeza, Marie no es el centro del mundo,  los planetas de la salvación no pasan  por sus órbitas. Entonces las estrellas de la alegría brillan sobre su cabeza y sonríe porque recibe cartas de amigos de la infancia, como si dijera, que le escriben bajo la lluvia de otros países, que le mandan mensajes dentro de imaginarias botellas,  que no esperan los suyos sentados en  islas sin palmeras, con señores vestidos de negro que llenan sus sueños nocturnos con extraños circunloquios, con subconscientes culpables y realidades que no son, cosas de los sueños, ganas de dar vueltas a la noria justo antes de ver a Marie que  baja de su coche y camina hacia él con paso decidido y se le alborota la mente con dibujos animados que corren y despliegan pancartas con corazones derretidos y sabe que es el preso número nueve y ya está.

viernes, 22 de marzo de 2019

Parker y la sequía



No llueve, no llueve desde hace semanas, pero Parker  busca a Marie bajo una cornisa de comprensión, under the  boardwalk, ahí, al lado del paseo, junto al mar, escucharlo siempre le reconforta, aunque no haya nubes y a él le gusten las tormentas y esa resaca que se come hasta a las gaviotas del atardecer, cuando están desprevenidas y

son días de celebraciones, de vuelta a casa, quién la tenga, también quizás, de pensar eso de quién es, dónde va, de dónde viene, Parker duda que haya más preguntas mientras por delante  se presente un camino de días monótonos o alegres, carpe diem, porque cuando

excepto cuando Marie pone su voz del otro lado, de su zona oscura, cuando con ese tono seductor le alborota entero, le disturba, le conturba, le sube la temperatura, le deja hipnotizado por su belleza, le atrae como a un animalillo deslumbrado en mitad de una carretera oscura, mirando los faros de ese coche (ella) que, sin duda, le va a atropellar, sin remedio
  
los dos saben que no se convienen (cuantas veces se han dicho eso), pero se hacen la vida más vivible, más emocionante, más dulce, más digna de ser vivida. De forma absolutamente insospechada, cuántas cosas han compartido, sentido, gozado, conocido, descubierto dentro de ellos, cuantas emociones, sentimientos, cuantos misterios, milagros, capacidades, posibilidades, potenciales.  Marie no sabía que era un orgasmo, ni que podía quitarse la ropa tan rápido delante de un hombre y no morir en el intento, que amar es bello y que el deseo  puede borrar versículos enteros de su cabeza (esos que tenía tan grabados y que reaparecen cada poco) y que

entonces fue lo del terremoto emocional y tantos daños en personas, tantos daños materiales

es que los hombres y mujeres proponen y la Madre Naturaleza dispone hasta que

jueves, 21 de marzo de 2019

Parker y los elefantes.



Cuando Parker encontró a Marie después de tantos años, la comparó con una tienda de objetos preciosos con escaparates atestados de cristal de Bohemia y delicadas piezas de arte, un establecimiento de lujo con música de Mozart y Bach.

Por el contrario, se vio a sí mismo como un elefante alocado y solitario, un elefante de circo acostumbrado a la pista y a las piruetas, sin domador ni presentador, barritando sus historias en tantas selvas de cartón, bajo tantas carpas.

Y pensó que debía tener cuidado con esa mujer, contenerse, limitarse, ser delicado y atento, incluso mudo, pensar cada palabra antes de dejarla ante sus ojos. Así lo hizo.

Pero el tiempo pasa y todo se transforma, la imaginaria tienda siguió brillando y estando expuesta a que la diferencia de temperaturas hiciera añicos las cuberterías, a que el do  de un tenor quebrase las copas de champán y a que las puertas giratorias dejasen paso a las torpes patas de otro proboscídeo, de otra manada o de otro circo.

Y ya, sin símiles ni ejemplos vanos, Parker se encuentra frente al escaparate de los ojos de Marie, temeroso de los vientos del mar, del insólito bochorno de marzo, de no querer hacer nada que pueda deslizarse por su sensibilidad, de provocar su rechazo y su adiós.

Parker, elefante o no, quiere entrar en esa tienda, pero es pobre y, para colmo, nunca hacen rebajas, se teme que seguirá columpiándose en el parque de la soledad.

Qué cosas pasan. 

miércoles, 20 de marzo de 2019

(Risas)




Amada mía,  por tantas cosas que tú sabes o no sabes, quiero recuperar todos los otoños, buscar por las esquinas de la memoria aquello que te evoque, gritar por los desiertos hasta tropezarme con lo imprevisible, renacer.

En lo más profundo de esta gruta sin imágenes, sin lenguaje, levantaré un monasterio, seré un tonsurado monje ferviente, orando hasta que regrese mi voluntad de volver. Aún debo saber dónde.

Mientras tanto escarbo en los paisajes oscuros, en el musgo,  en la sombra de las estrellas, busco algo que me devore de impaciencia y deseo, espero aquello que ignoro, quizás el sexo, quizás una palabra, ven.

No te olvido pero está terminando el tiempo de la vendimia y esta absurda música del destino incierto me aburre, tanto.

Te cuento que todo esto ya me da risa.

Te cuento que ha vuelto a llover y que el amor no tiene piedad ni paciencia, quiere consumarse mientras brilla y arde, el amor es la rebelión de lo lógico.

Te cuento que eres la huella y el pasado, mi artimaña para seguir aquí, que eres un tren que circula de noche, sin paradas en esta estación.

Y aun así.

(Risas, de ella)

martes, 19 de marzo de 2019

Pañuelo verde

La última vez que vi a Elisa llevaba un pañuelo verde alrededor del cuello -ese que una vez besé-.

Nos tumbamos en el borde de la escarcha, allí donde hibernan animales de hielo, donde el vaho es un lenguaje, un signo, un escozor de campanas a lo lejos.

Aquella madrugada cambiamos suspiros, contamos historias de nieve.

La verdad, no nos dijimos mucho, confidencias sin enjundia, con hueco tono de voz, quizás con miedo al roce de piel, de alma.

Luego ella se durmió bajo el manzano, la cubrí con mi jersey azul, su cabeza en mi brazo –qué ironía-.

Sentía su lenta respiración acompasada –acércate, ven-.

También me dormí, a su lado soñé que un endriago nos miraba.

Cantó el gallo, alboreaba., despertamos, se hizo de día, luego... nada.





(Y en el fondo, allí, mirándome, el remordimiento, el saber que hice mal, el error. No me perdono.)

lunes, 18 de marzo de 2019

Cada día


Male and Female” 1942–43, by Jackson Pollock


Memoria. Esperaba a Begoña en una esquina de su barrio. Las vecinas me saludaban al pasar. ─Hoy tarda ¿eh? Era casi un niño. No recuerdo en qué pensaba. Canturreaba. Miraba la raya del pantalón largo, me atusaba el pelo. ─Ama, ¿voy bien peinado? Hablo de antes de todo, de un lugar preciso en un tiempo preciso. Ella bajaba tarde, ni me miraba y seguía caminando. Me ponía a su lado, o siguiéndola, sin hablar. Mi amor no necesitaba palabras, tampoco sabía las que debía utilizar. Era verano o invierno, siempre estaba ahí, en aquella esquina, esperándola.

Paseábamos junto a las vías del tren, de la mano. Nos besábamos en los cines, junto al depósito de agua, detrás de las zarzas, en lo oscuro. Descubrimos la buhardilla mucho más tarde.

La anciana nos cobraba una miseria. Cuando llegábamos se iba, con su gato. El cuarto era humilde, escueto, limpio. Del patio llegaba el soniquete del rosario en una radio.  

Nos acariciábamos en silencio.

Mi amor era invisible, mi deseo un acantilado, mi cuerpo arrinconaba al espíritu extasiado que pugnaba por la pureza de una voz de tronos y dominaciones. Ella defendía su primera vez. ─No estoy preparada ─ decía ─.    

Las manos, mis  manos, aunque inexpertas en botones y presillas, eran atrevidas y rápidas, audaces en encontrar suspiros y jadeos, en perderse bajo los límites de su falda, de su boca entreabierta, en humedades y rocío. Hablábamos poco. Mirábamos nuestros cuerpos desnudos como dos estudiosos de anatomía. Nos tocábamos despacio, ella no tenía prisa.

Quizás fui torpe, ansioso, no supe, quizás estaba demasiado preparado, me precipité.

Se enfadó.

No volvimos a la buhardilla.

No volví a esperarla en aquella esquina.

Jackson Pollock Circle c. 1938-41


─Te has cortado el pelo. ─le dijo la anciana ─

─No señora, no me ha visto nunca antes, me llamo Carmen, ¿cómo está usted?

Se fue y nos dedicamos a lo nuestro. Con ahínco. Los dos teníamos prisa.

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