Otro país, otro paisaje, otra ciudad. Un lugar desconocido y un cuerpo desconocido, tu propio cuerpo, extraño camino que conduce directamente al miedo. El cuerpo como otro, y otro paisaje, otra ciudad; atardecer ante las piedras más dulcemente hermosas que has visto, piedras de miel como luz.
Fluir en la corriente sagrada de los versos de una noche a otra noche y ser atropellada, ser mordida por la negra belleza que estalla en las palabras.
Y qué saturación sentir el aire de otros mundos, la hoja que temblaba en la lluvia con sol, los astros asomados a la leve escritura, un aroma olvidado de la infancia o un placer sumergido en las aguas más hondas de la vida:
carne que se entreviese -erórico fulgor rosado y denso- bajo el encaje oscuro del poema.
De "Problemas de doblaje" 1982
Aurora Luque.
(La lectura -por 2ª vez- de este libro me ha entusiasmado)
(Ese "Escozor" del principio les llevará a mi ayer)
El 24 de octubre de 1907, su Majestad el Kaiser de Alemania, las princesas y los príncipes visitaron el impresionante edificio del Hotel Adlon de Berlín.
A partir de ese día en la historia del Hotel Adlon comenzó la leyenda de un hotel que fue construido con el apoyo del Kaiser Guillermo II y que se convertiría en su centenario en uno de los hoteles más bellos y lujosos del mundo.
El fundador del hotel, Lorenz Adlon, fue hijo de un zapatero de la ciudad de Mainz. Sin embargo su carrera profesional no comenzó en la hostelería.
En 1872 terminó su primer aprendizaje como carpintero. Su maestro fue el conocido fabricante Bembé, que más tarde hizo el interior del Hotel Adlon.
Durante su aprendizaje como carpintero Lorenz Adlon ya había comenzado a trabajar en la hostelería. Tuvo su primera experiencia en la restauración en 1876, pero pasarían 12 años hasta que alcanzó su fama, ya que fue puesto a cargo de la restauración de la Feria de Amsterdam de 1888. Por primera vez, el nombre de “Adlon” había obtenido el reconocimiento internacional.
Después Lorenz Adlon se trasladó a Berlín donde adquirió el famoso restaurante “Hiller”. En 1889 Adlon compró su primer hotel, el “Mille Colonnes” en Amsterdam y unos meses más tarde el hotel “Continental” en Berlín.
La segunda parte de su negocio, era su comercio de vinos. Más de un millón de botellas de vino fueron almacenadas en los sótanos de Berlín.
Lorenz Adlon cuidadosamente invirtió los beneficios que había hecho en diversas empresas y finalmente pudo cumplir su sueño de toda la vida, la construcción de su propio hotel.
Tomó a los arquitectos Carl Gause y Robert Laibnitz sólo dos años para completar el nuevo “Hotel Adlon”, situado en la 1 avenida Unter den Linden, junto a la Puerta de Brandenburgo. Las familias de la nobleza vendieron sus residencias de invierno en Berlín, para vivir en las suites del Hotel Adlon. El Kaiser Guillermo II huyo de sus habitaciones de Palacio a la calidez del Hotel Adlon. El Ministerio de Relaciones Exteriores también le gustaba usar el hotel como su casa de huéspedes no oficial, ya que no disponía de una casa de huéspedes de su propia casa para los invitados extranjeros.
Por el Hotel Adlon pasaron infinidad de personajes famosos, como; Edison, Ford, Einstein, Rockefeller, Strauss, Charlie Chaplin, Marlene Dietrich, Hitler, etc.,
Afortunadamente, el hotel logró sobrevivir a la II Guerra Mundial sin ningún tipo de daño extremo. En 1945 las habitaciones del hotel ya no se llenaban de lujo, ya que estaban llenas de quejidos de las victimas de la guerra.
En la noche del 2 de mayo de 1945 un incendio trágico, demolió partes del edificio lleno de glamour. En 1964 el edificio fue renovado y la fachada fue reformada. Sin embargo una decisión de la década de 1970 cerró las puertas del Hotel Adlon original de siempre. El hotel más lujoso de Berlín en aquella época se había convertido en una casa de alojamiento. En 1984, incluso el edificio fue derribado para una nueva construcción.
Con la reunificación de Alemania, el mundo pudo presenciar el renacimiento del gran Hotel Adlon. El 23 de agosto de 1997, el presidente de la República Federal de Alemania, inauguró el nuevo Hotel Adlon Kempinski, reconstruido en el mismo lugar que el hotel original, justo enfrente de la Puerta de Brandenburgo, con la reactivación de los altos estándares de lujo y servicio que ha hecho famoso a este gran hotel.
En el año 2007 el Hotel Adlon Kempinski ha celebrado su 100 cumpleaños y, al mismo tiempo, su 10 aniversario desde su reapertura.
El famoso punto de encuentro en el centro de Berlín y mundialmente conocido, ha sido siempre la Puerta de Brandenburgo, coronado con la famosa Quadriga. La atenta mirada de la estatua de Prusia, por el famoso escultor Gottfried Schadow, ha supervisado 100 años en la historia del hotel.
Sabes tú morir sin el permiso del nadador si respondes sí tú eres el hombre anunciado por la ley el hombre audaz de labios de elefante el mentiroso puesto a prueba por el hierro y el fuego el sabio demoníaco que convertirá el mundo en hilos de sangre el infierno de pez en donde caerán los seres milagrosos que encuentras cada tarde al salir del teatro minas de sal avenida decorada con flores silvestres tormenta sexual para disuadir a los conquistadores de la Gran Rueda
Me parece que vivo que estoy entre los ruidos que miro las paredes, que estas manos son mías, pero quizás me engañe y paredes y manos sólo sean recuerdos de una vida pasada. He dicho "me parece" yo no aseguro nada.
A un día monótono otro monótono, invariable sigue: Pasarán las mismas cosas, volverán a pasar - los mismos instantes nos hallan y nos dejan. Un mes pasa y trae otro mes. Lo que viene uno fácilmente lo adivina: son aquellas mismas cosas fastidiosas de ayer. Y llega el mañana ya a no parecer mañana.
Espero una llegada, una reciprocidad, un signo prometido. Puede ser fútil o enormemente patético. Todo es solemne: no tengo sentido de las proporciones.
Hay una escenografía de la espera: la organizo, la manipulo, destaco un trozo de tiempo en que voy a imitar la pérdida del objeto amado y provocar todos los afectos de un pequeño duelo, lo cual se representa, por lo tanto, como una pieza del teatro.
La espera es un encantamiento: recibí la orden de no moverme. La espera de una llamada telefónica se teje así de interdicciones minúsculas, al infinito, hasta lo inconfesable: me privo de salir de la pieza, de ir al lavabo, de hablar por teléfono incluso; sufro si me telefonean; me enloquece pensar que a tal hora cercana será necesario que yo salga, arriesgándome así a perder el llamado. Todas estas diversiones que me solicitan serían momentos perdidos para la espera, impurezas de la angustia. Puesto que la angustia de la espera, en su pureza, quiere que yo me quede sentado en un sillón al alcance del teléfono, sin hacer nada.
El ser que espero no es real. El otro viene allí donde yo lo espero, allí donde yo lo he creado ya. Y si no viene lo alucino: la espera es un delirio.
Il est vrai que ce monde où nous respirons mal N'inspire plus en nous qu'un dégoût manifeste, Une envie de s'enfuir sans demander son reste, Et nous ne lisons plus les titres du journal.
Nous voulons retourner dans l'ancienne demeure Où nos pères ont vécu sous l'aile d'un archange, Nous voulons retrouver cette morale étrange Qui sanctifiait la vie jusqu'à la dernière heure.
Nous voulons quelque chose comme une fidélité, Comme un enlacement de douces dépendances, Quelque chose qui dépasse et contienne l'existence ; Nous ne pouvons plus vivre loin de l'éternité.
Es cierto
Es cierto que este mundo en que nos falta el aire Sólo inspira en nosotros un asco manifiesto, Un deseo de huir sin esperar ya nada, Y no leemos más los títulos del diario.
Queremos regresar a la antigua morada Donde el ala de un ángel cubría a nuestros padres, Queremos recobrar esa moral extraña Que hasta el postrer instante santifica la vida.
Queremos algo como una fidelidad, Como una imbricación de dulces dependencias, Algo que sobrepase la vida y la contenga; No podemos vivir ya sin la eternidad.
Todos necesitamos ser mirados. Con el paso de los años, la persona no necesita la protección de un niño, pero sí la mirada del otro, esa que confirma nuestra presencia.
El ansia de ser mirado, reconocido, entronca con la ambición de que nuestra existencia cobre una calidad que pudiéramos llamar sólida. Necesitamos ese otro que nos diga: existes.
Un apoyo que no precisan los montes ni los mares, ni tan siquiera parecen necesitarlo esos seres a los que llamamos inferiores.
Algunos comentan que el combustible del creador es la vocación y el puro reconocimiento. Bourdieu nos dice que “aunque los campos del arte y la ciencia tienen características diferentes, ambos se caracterizan por un lógica según la cual la competencia por cierta forma de capital simbólico (prestigio artístico o científico) prima sobre la búsqueda de beneficios económicos o privilegios políticos”.
El prestigio, esa necesidad de reconocimiento, puede parecernos un deseo bastardo, y no por ser innoble, sino por simbolizar una calidad inferior a otros valores morales.
El campo de comunicación del escritor, del pensador, del creador en general, podría reducirse al círculo de sus allegados, pero no es ese su fin: la inmediatez le desazona (como fruto que cae del árbol, no quiere que sus obras se pudran).
Porque el creador autónomo –como el árbol que da frutos– pide el reconocimiento de sus obras, y no tanto una mirada dirigida a él mismo, a sus ramas o a su tronco. Pero si, una vez conseguido el reconocimiento, su obra se expande por canales comerciales, sus pretensiones a menudo se corrompen, y puede embargarle la sensación de que la persona es la reconocida –y pagada–, y no sus productos simbólicos.
Mientras que si el profundo deseo del creador autónomo es lograr comunicarse a través de sus ideas, de sus palabras, imágenes o notas, no le importarán los beneficios sociales ni económicos, ni el éxito personal. Sólo le mantendrá en pie su deseo de poder hablar a otros, lograr ser escuchado por otros sin perder una distancia que le protege.
Un deseo que se superpone a esa su íntima necesidad de poner en palabras u obras sus hallazgos, emociones o ideas.