En
vano, viene su risa confundida con mis interjecciones y ya no sé si duermo o
esto es un programa de software en el que nada es cierto excepto el dolor de un
nombre tatuado entre los muslos.
Quizás
cuente hasta cien y ella no aparezca, me canso de esperar en las esquinas
colmadas de susurros y promesas.
Bailan
los ciegos, son felices, la oscuridad hace que imaginen eso que no veo,
servidumbre del delirio que no sé vivir y que ahora canto, me demoro en la
puerta, sin salir.
La tarde que no abría la puerta y después salió con el pelo suelto. La conversación por teléfono en voz baja. Un sobre entre las páginas de un libro. Cuando no quería pasear por ciertas calles. Aquella flor.
Desde la puerta, con delicadeza, deja la maleta sobre la alfombra, gira la cabeza ¿sonríe? me mira y sale.
Repentina soledad. Ni un reproche de cristales rotos. Acuclillado sobre la alfombra, sin saber cuando fue, desconsolado, odiando esa última mirada, las noches vacías, sin abrazo, sin equilibrio. Hechizo de la memoria decepcionada. Niebla en la habitación que da al patio trasero. Reloj. Silencio. Destino. Ceguera.. Tanteando el oeste de la nostalgia. Miedo al eclipse, al futuro roto. Temazepan, Zoplicone, poéticos somníferos, la tristeza cosida en el insomnio. Bucear en recuerdos. Absurda sed de diciembre. Quién lo hubiera dicho. Sábana, una sábana blanca cubriéndolo todo, cama, cuarto, piso, casa, barrio, pueblo, ese punto verde en el centro del mapa que el viento acaba de arrebatarme de las manos por la ventanilla del coche que me trae del juzgado, los trámites, el notario, en fin.
Este Blog/yo/voy/ojo/hoy/yo/bloG
me evoca un imaginado troj donde guardar los frutos del contar, de la cháchara,
confidencia, desahogo, ahogo de emociones, desbordada jarra de efervescentes
aguas que sacian la sed, que nos la dan, pasajeros de un avión que no aterriza,
que elude el polvo del volcán palmero, hospedaje entre el cielo y el infierno
con una columna en la mitad de ningún sitio, página en blanco y sin embargo en
negro, al aire, hospital de palabras heridas, morada de firmamentos, hueco con
números pintados en amarillo, el siete, el trece, calandrias cantarinas,
Guillermo (Tell) atravesando la cabeza de su hijo debajo de una manzana roja
(la saeta le entró por el ojo derecho, la historia no lo cuenta), mezzosopranos
orondas compitiendo por representar el papel de Alceste, tenores barbudos
luchando por ser Admeto, mujeres bellas intentando ser ellas mismas (no se
reconocen y se pierden en las calles oscuras de principios de diciembre),
hombres morenos con espejos en los ojos y cascabeles en el bajo vientre (no se
mueven por no agitar la superficie de la tranquilidad, el silencio, por no
hablar, más), el diez, reos condenados por el delito de soledad son absueltos y
liberados en islas desiertas ¿puede una isla vivir dentro de una isla?, Paris
como alegoría de ciudad del miedo, la ciudad, itinerarios desde un placita al
borde del Sena hasta las alturas de un clochard borracho que canta bajo el
árbol de la inmortalidad, escritores en buhardillas de hielo y el signo de la
oscuridad pintado en la frente, ya nadie distingue a los escogidos, a las
vestales, a los pastores de almas, a los vigilantes de la moralidad, a la misma
moralidad, yo no distingo ya entre escribir para contar o no tener nada más que
aburrimiento, palabras huecas y bostezos. Lo de hoy.
Terminarlo puede ser un gozo,
un alivio o un a por el siguiente.
“Isabelle por la tarde”
prometía mucho, demasiado, las primeras páginas me abrieron puertas a…bueno, yo
qué sé, me ilusioné. Después se vuelve un “otro más” y lo he terminado por pura
disciplina (la que no tengo en cuenta para mucho otros libros a los que no le
doy la más mínima oportunidad).
La cuestión es que no está mal,
solo que mis expectativas no eran que me cuente toda la vida del protagonista.
Queman los días que no han pasado, la muerte disimula
detrás del abanico. Se ahoga en sus propias cenizas de rencor. Vive en el puro
insomnio, en el misterio de una cama desierta, abandonado bajo el rosal muerto,
desbrozando un jardín sin ruidos ni musgo, con hombrecillos barbudos que aparecen
y desaparecen gimiendo “aún no es tarde, aún no es tarde”.
Todo iba bien hasta que aparecieron los hombrecillos.
Me
duelen los poemas, me duele escribir siguiendo con el dedo el vuelo de una
bandada de chorlitejos patinegros. Invento lo que debo decir, repito largas
frases con albahaca en la garganta, busco el eclipse de una luna roja. Aliso
las sábanas con la mano y desaparece el olor de las cigarras, la silueta de lo
que no estuvo, la sangre de las cerezas, el cuchillo mohoso que partió la noche
en dos mitades. Vuelven las anguilas a desovar en un río que ya no existe,
suben por la piel de mujeres dormidas, se confunden con sus dedos, se enroscan
en tazas de té y sal. Seguimos en el filo Maugham.
El txikiteo es una costumbre típica vasca de relación cívica, una forma de garantizar la pervivencia de la solidaridad y la cohesión social, un acto voluntario que comporta variados beneficios tanto para la persona como para la colectividad. Es un rito que consiste básicamente en recorrer en cuadrilla, en grupo, los bares de la localidad mientras se saborean los ricos caldos riojanos, se comparten conversaciones, experiencias, emociones dentro de un caluroso clima de amistad y compañerismo.
En clara contraposición a un determinado modelo de sociedad individualista que desde fuera se nos pretende imponer, que nos intenta atemorizar con imaginarios (o reales) peligros y catástrofes, que nos anima a quedarnos en nuestra casa frente a una pantalla, ya sea del televisor o del ordenador, el txikiteo contrapone los beneficios personales, psicológicos, emocionales y sociales que comporta la costumbre de salir a la calle para tomar unos vinos con los amigos, para hacer nuevas amistades, en definitiva para compartir nuestra vida con otras personas, con los Otros.
Los txikiteros de antes estaban uniformados, gabardina larga y boina en invierno, camisa blanca, pantalón de mil rayas y boina en verano. Una buena cuadrilla de txikiteros era respetuosa con las damas, tanto que era imposible que una mujer se integrase en una de ellas. Las mujeres en general eran las madres, las hermanas, la propia y las hijas. La propia tenía una paciencia digna del santo Job. Las madres cuidaban a sus hijos solteros hasta avanzadas edades (frisando los 60 o 70 años de los niños), siempre tenían las camisas planchadas y una cazuela de bacalao al pil pil lista para comer. El resto del mundo femenino no existía, como mucho la panadera, la señorita de la ventanilla de la caja de ahorros, la vecina del segundo que en otros tiempos fue al mismo colegio y no más.
A pesar de mi integración en la sociedad bilbaína siempre me he sentido ajeno a este mundo del txikiteo. Aun respetando las tradiciones, me parecía alienante, antiguo, de otro tiempo. Sobre todo porque mi afición al vino era nula y mi afición a relacionarme con damas, intensa. Con el tiempo me doy cuenta que posiblemente, como en tantas otras cuestiones, estaba equivocado.
Pues bien, quiero anunciar en este foro de comunicación varias cosas:
Entonces
también los veía, de dos patas y con corbata. Ahora los veo verdes, raros, con
apariencia de dragón, al menos como se representan los dragones en un libro que
compré en una librería oscura en Portobelo. Reptan por las habitaciones, por el
techo del pasillo, entre los zócalos, atraviesan las paredes, se reclinan en
mis almohadas y asustan a las visitas.
Y ya
no fumo. Desde que vi en Berlín el cuadro de “Marte y Venus o los horrores de
la guerra” tampoco bebo. Ni inspiro ni aspiro, apenas deseo otra cosa que no
sea pasear con calma por los alrededores del parque, leer el periódico bajo los
tilos, unter den linden.
Pero
aquí están, los bichos, agresivos y crueles, me acosan, me acercan sus fauces
envueltas en fuego, me amenazan con garras, creo que en mi infancia vi
demasiadas películas de Disney.
De
momento he recortado los cañones de mi escopeta de cazar palomas.
Iris Scott, Studio View (Spencer St. and Myrtle Ave.), 2017,
Aquí las sorpresas se esconden en las esquinas, aunque
alguna vez asomen las orejas como conejos alborotados que se meten entre las piernas de los
paseantes despistados, ausentes de sí mismos, caminando la ciudad de acá para
allá hasta que llegan a esa esquina, precisamente a esa, donde está el milagro
o el bostezo, donde la pared siguiente está pintada de amarillo y conserva aún
los carteles del circo, la última función, después se hace de noche y las sorpresas se
van a dormir, son muy suyas las sorpresas. Y muy caseras.
Se me va el tiempo en platicar, en mirar la luna y en buscar peces en la marea baja de Gorliz.
Desde el amanecer estoy intentando escribir lo de mañana (sin saberlo, uno siempre está escribiendo lo de mañana). He comenzado no menos de cinco cuentos. No me convencía ninguno. He pensado borrarlos y volver a empezar.
A eso de las doce se me ha ocurrido juntarlos y escribir una novela.
No sé si intentar que el protagonista del cuento uno mate al malo del dos, casar al del tres con la chica del cinco, soltar las golondrinas al aire el cuatro, borrar las descripciones del camuflaje de las nubes de algunos o encerrar a todos los secundarios en una cárcel de máxima seguridad.
Algo se me ocurrirá.
Ahora, a media tarde, llevo escritas más de quinientas páginas a doble cara.
Seguiré hasta la noche, o no, ya veré, reconozco que me falta inspiración.