Viktor Zaretsky - August (1975)

martes, 19 de mayo de 2020

Indolencia


Minneapolis Fire. 1962 by Irwin B. Klein


Qué contraste, tanta actividad para las madrigueras y los ciervos y tanta indolencia para afrontar la verdad del sol entrando en  los bosques, el saludo de los peregrinos, el casi olvidado aroma de su espalda. Impuntualidad en la misa de doce, el amante intranquilo detrás del armario, las manos atadas con una cinta de terciopelo rojo, pequeñas maldades para excitar el escalofrío. Ella se negaba el orgasmo. Nadie lo sabía hasta que lo contó el bajito, son los peores, hay estudios sobre ello, no sé si están firmados. La cuestión es que una vez que se supo ella me acusó, me quitó la llave, borró los poemas y está lo del eczema, no sabes cómo se me puso la cara, que con esto de la pandemia los médicos están a lo que están y nada. Pues eso, que así no salgo de casa, qué horror,  ni siquiera en mi franja horaria de ancianos. Se me están quedando las piernas…

       


lunes, 18 de mayo de 2020

Café


Todo empezó tomando café, con ella, como si la cafeína aflojase los vínculos, como si el agua hervida dando vueltas por un serpentín arrastrase la promesa de fidelidad, de felicidad, como si todos los caminos terminasen ahí, un silogismo, un espejismo, dos terrones de azúcar en la taza, el deseo como peces dando vueltas en mi estómago, la piedra de la locura en mi frente, un tornillo de preguntas asomando en la sien, los dedos como raíces penetrando en el musgo donde se esconden las lagartijas de la mentira, con los músculos de la cara tensos, acartonados, no sabían plegarse a un sí instantáneo, todavía, después aprendieron, sí, el cartílago y la sangre, sexo a las 9,15, la vuelta al trabajo, al otro trabajo, al bronce y el titanio, echar tierra al amor perdido, enterrarlo, caminar por el lado oscuro de la calle evitando el sol y la verdad, que nunca me ha gustado el café, que me quita el sueño, luego no puedo dormir. Quizás sea el remordimiento.


domingo, 17 de mayo de 2020

Doríforos eufóricos.

Hace ya, bastante al norte de Moscú, busqué por las vastas estepas un animal moribundo. Trataba de comprobar la antigua creencia que dice que respirando el estertor de un ciervo macho, su fuerza, su vitalidad, su espíritu pasa al cuerpo de quién lo recibe.


Como ahora, era noviembre y nevaba, después de caminar durante kilómetros y kilómetros me topé con un impresionante ejemplar de ciervo malherido que se apoyaba en un tronco seco. La magnífica bestia con la cabeza erguida me miró desde más allá de una muerte presentida. Como si me hubiera estado esperando, se levantó y comenzó a caminar, vacilante, cojeando pero sin perder la defensa, con su cornamenta enhiesta. Seguirla me llevó entre matorrales, lejos de los caminos, con el cansancio enredándome las piernas entumecidas por el frío. Varias horas después dobló las patas delanteras y reclinó la imponente testuz. Acostado, a su lado, prevenido, esperé su final sin perder de vista su hocico tembloroso. La agonía se prolongaba. El frío era muy intenso. El animal intentó un último bramido desde su garganta rota. El esfuerzo venció su resistencia. Conmovido, acerqué mi nariz a su boca y respiré justo el último aliento que salía de aquel cuerpo poderoso.

El regreso al punto de partida fue lento y duro, caminé sin energía, ausente. Aquella respiración final me había transmitido algo más que la fuerza, que la potencia. En aquel momento, con el cansancio, no supe determinar que había sido. En los bancos de madera de una estación de tren perdida entre la niebla tampoco pude hacer otra cosa que racionar mi tristeza. Volví a casa envuelto en melancolía.

Hoy, tiempo después, no logro sacudirme la patética sensación de …



Las siete y media, no vas a llegar.
Voy.
No se te olvide que mañana Andrea tiene dentista.
Vale.
Y tienes que ir a buscar a Diego a la estación.
Si, ya.
Por cierto, ¿quién es ese ciervo que está desayunando en la cocina? 



sábado, 16 de mayo de 2020

Eremitas con Wi Fi



EREMITAS CON WIFI
escrito por Constantino Molina Monteagudo
11.10. 2018
Desde que existe el wifi se han multiplicado los escritores eremitas. Lo vemos día a día en las redes sociales. Allí —en Facebook y en Instagram— el escritor eremita comparte los dones de la soledad, del vivir alejado de la gran masa y de las conversaciones en sordina con la naturaleza. También hay algunos —los más aislados, que viven entre cabras y riscos— que echan mano del Tinder. Pero de Tinder y literatura no hablaré ahora, porque ese binomio da para un capítulo aparte.
Los eremitas con wifi comparten a diario sus paseos por el bosque, sus panorámicas desde la colina, sus barbechos helados, sus versos escritos en las hojas de las bungavillas, sus cabras subiendo el risco y la cueva desde la que se enfrentan —cargados de silencio— a la voz de la marabunta. Los eremitas con wifi nos muestran cómo amar la vida desde su escabeche de esencialismo, distanciamiento y su toque picantón de complacencia. También hay eremitas urbanos que viven en sótanos o en áticos —el eremita es un ser extremo y nunca vivirá en un primer, segundo o tercer piso— y desde allí nos muestran sus casas sin televisión, cargadas de libros y cachivaches del Rastro desde las que leen a Schopenhauer en las tardes de Barça-Madrid.
A mí me gusta ver sus fotos y leer sus reflexiones. Por lo general, los eremitas, son gente que sabe de la vida, que se entiende con ella y que mantiene cierta serenidad, excepto cuando el router de la cueva comienza a dar problemas, y la serenidad siempre es digna de apreciar. También me gusta pensar y darle a la imaginación. Y a veces me pongo a pensar e imaginar qué hubiera sido de Simón el Estilita,  Catalina de Cardona o de Emily Dickinson si hubieran conocido el wifi. Puede que Simón y Catalina, con sendas estrellas en el half of fame de los eremitas, hubiesen prescindido de sus ondas electrocomunicantes. Pero estoy seguro de que Emily se hubiera enganchado al Facebook y al Instragram. Simón y Catalina no escribían, no eran escritores, pero Emily no hacia otra cosa. Ella escribía y escribía, y los escritores son seres sociales por naturaleza. El escritor necesita de la gente, necesita ser leído para existir, busca el contacto, mendiga la comunicación, es un animal contra la intemperie.
Hoy la ciencia ha posibilitado que convertirse en un escritor eremita no sea ya una actividad de riesgo. Ahora el eremita puede despreciar a la masa mientras la busca desde una red social, puede encerrarse en su cueva mientras abre su escaparate virtual y se sabe observado, en contacto y comunicación, por un público. Con el wifi llegó la comunión entre lo huraño y lo social que la literatura ascética necesitaba. Ahora sí, en las pantallas de nuestros móviles y ordenadores, los vemos serenos y en paz, retribuidos con el aplauso unánime de los que valoramos su valentía eclesiástica frente a la soledad de los bosques.

Gordito

 


Lo peor fue la inseguridad, el darse cuenta que ya no, el inicio del miedo mordiendo los bordes del estómago.
Hasta aquella noche nunca le había ocurrido, o no lo recordaba.
Y cuando ella le llamó gordito fue definitivo.

Se mira al espejo una y otra vez, hace flexiones, junta las manos y marca pectorales, quizás haya engordado un poco, pero apenas se nota.
Solo quiso ser amable, ni siquiera le gustaba, no era su tipo, estaba allí, en una esquina, todas sus amigas hablando con hombres apuestos y ella sola, por eso se acercó. Después del tercer trago le empezó a parecer atractiva y la invitó a su casa. No le gustó que ella aceptase a la primera, prefería un regateo, que sí, que no, pero ella dijo sí, sin dudar.

El apartamento estaba desordenado, como siempre, sobre la alfombra el elefante que regaló a Oscar cuando cumplió cinco años, su tigre preferido, los juguetes de su hijo. Ella ni siquiera miró alrededor, preguntó por el cuarto de baño y entró apresuradamente mientras él colocaba un libro en su sitio, limpiaba los ceniceros, recogía varios periódicos del suelo.

Salió desnuda. ¿La cama? preguntó. Él señaló el cuarto y allí se fue con sus nalgas breves, sus pechos breves, sus piernas delgadas. Ven, quítate la ropa, susurró ella. Y torpemente se quitó la camisa y los pantalones, se quedó con aquellos calcetines negros casi hasta las rodillas, se sintió ridículo, se los bajó con dificultad y supo que había bebido más de lo que acostumbraba.
Sobre las sábanas era ágil, activa, le besaba el cuello, bromeaba, le acariciaba el escroto, él estaba desbordado. Quiso besarla y eludió el beso, riendo. Quiso lamer sus pezones y ella se giró, fóllame, dijo autoritaria. Él lo intentó una vez, dos, se dio cuenta que no era su noche, que aquella vez no, que el ron le paralizaba, que estaba haciendo el ridículo. Además no era su tipo, demasiado delgada. Entonces ella dijo aquello de no puedes ¿no? venga, otra vez será, se levanto, volvió al cuarto de baño a vestirse y desde la puerta sin mirarle siquiera se despidió con un chao, gordito. Eso le dolió.

Mañana de domingo, el mes que viene cumplirá cuarenta años, cambio de número, el cuatro ya, sin Marta, un hijo al que ve cada quince días y con una resaca de mil demonios.

Bah, estaba muy delgada la estúpida esa, seguro que era una feminista de esas, o una lesbiana de mierda y sigue haciendo flexiones, resoplando, se levanta y el espejo le devuelve un señor serio, con ojeras, con mala cara, con pectorales de nadador retirado. No me había ocurrido nunca, bueno, dos veces, quizás tres. Se vuelve a mirar y sí, quizás esté engordando un poco, vale, bastante. Se sienta en el sofá y llora.

viernes, 15 de mayo de 2020

Carmen Echevarría (3)



Mientras escribía estos breves cuentos no terminaba de encontrarles sentido. No me parecía, interesante, la narración no tiene ritmo, el argumento es mínimo, no se entiende porqué esta mujer se tira al agua obstinadamente, en vez de afrontar las situaciones. Los guardé en un cajón.

Ahora los vuelvo a leer y me sorprendo de los escenarios que escogí. Rebuscando en mis recuerdos, coloqué a la protagonista en los mismos lugares en los que el día que Javier me confesó su infidelidad, me lancé al agua y fui nadando en busca de mi horizonte.

Y está lo de Manuel, sé que jamás dejará a su esposa. No me lo dice pero lo noto en un alejamiento progresivo, en sus llamadas con voz desganada, en las visitas cada vez más espaciadas. Esta noche hemos quedado para ir a caminar desde el puerto viejo hasta el faro. No puedo soportar su abandono, si no es mío, de nadie. Le empujaré por el rompeolas, será él quien caiga al agua, no sabe nadar, no saldrá. Adiós problema.

jueves, 14 de mayo de 2020

Carmen Echevarría (2)



La vida siguió – es curioso que la vida sigue, tan rápida, indiferente a estas cosas, - y pasaron más de veinte años hasta la segunda vez que Carmen Echevarría se lanzó al mar.

Era invierno, al anochecer se dirigía al faro del brazo de Manuel, buscaban lugares apartados para pasear. La temperatura era baja, caminaban rápido, no se cruzaron con nadie. Manuel le hablaba de su trabajo, de sus hijos adolescentes, de su coche nuevo. Ella sabía que algo quería decirle y que no se atrevía. -Vas a dejarme ¿no?- preguntó, secamente. Sin mirarle a los ojos él contestó que sí. Esta vez Carmen se desvistió rápido, saltó entre los bloques de cemento del rompeolas y se perdió entre las frías y negras aguas. Manuel corría asustado, gritando su nombre,  no sabía nadar, pidió ayuda pero nadie acudió. Veía la cabeza de su amante entrando y saliendo en la revuelta corriente de la dársena, luego la perdió de vista y volvió a su casa acobardado, hundido, con el remordimiento mordiéndole las piernas y el alma.

Carmen, aterida, regresó justo al punto desde donde había saltado. Tiritando se puso la ropa y mientras regresaba a su presentida soledad recordaba todos y cada uno de los días que había compartido con Manuel. Se juró que nunca más.

miércoles, 13 de mayo de 2020

Carmen Echevarría (1)




En agosto, en vacaciones, Carmen Echevarría se tiró al mar por primera vez.
Mientras tomaba el sol sobre las piedras del muelle recibió la visita de su amigo Javier.  Ella le consideraba más que un buen amigo.

Las gaviotas chillaban detrás de los arrastreros que volvían de alta mar. Meciéndose sobre los botes, pacientes, los jubilados intentaban pescar calamares en la bocana del puerto. Sentados cerca de unas mujeres que remendaban redes, Javier le dijo que la noche anterior se había acostado con Cristina, que se lo había pedido como un favor, que ella no soportaba el fastidio de ser virgen pero no quería hacerlo por primera vez con un desconocido y le escogió a él.

Sin querer escuchar más, Carmen, despacio, se quitó la ropa y de un salto se lanzó al agua. Al alejarse entre las olas, junto al acantilado, la corriente de Ogoño golpeaba su costado izquierdo, presentimientos submarinos rozaban sus muslos desnudos. Siguió nadando hasta dejar atrás la isla de Izaro y brazada a brazada disolvió en los bordes de la espuma todos los momentos que había compartido con Javier, todos los recuerdos. Incluso olvidó aquella noche en la que se abrazaron sobre la arena oscura de la playa de Ereaga. Mientras él intentaba bajarle la falda y ella le susurraba que ahí no, dos grandes perros negros les asustaron, les dejaron sin ganas de otra cosa que no fuera buscar un lugar seguro y con luz.

La noche estaba avanzada cuando regresó a otra costa, cansada pero serena; ya no recordaba quién era Javier, pero sabía muy bien quién era ella.

martes, 12 de mayo de 2020

Amor en el puerto (2)



Días de mala fortuna, las gaviotas vuelan bajo, con esta mar no podemos salir a pescar, las aguas están revueltas, frías, el barco amarrado, las cuerdas tensas, bordas resbaladizas, el perro arriba y abajo por el puente, las redes recogidas, el muelle vacío, la tempestad a la altura de los caladeros, cervezas en el bar del puerto, partidas de mus, blasfemias, ella allá arriba, en la casa grande, sé que está mirando, sé que me desea tanto como yo a ella en aquellas tardes por la puerta de atrás, cuando llegaba la noche y empezaba la luz de nuestros cuerpos en la habitación del fondo, gorriones dormidos en la palmera, pocas palabras, jadeos, piernas enlazadas, ella entregada y solícita, ella que nunca me había saludado, ni mirado, la señorita de la casa grande, yo un hijo del pueblo, un pescador, ella que abrazaba mi cabeza contra su pecho y me besaba, me susurraba , me pedía, me decía espera y otra vez y ven mañana hasta aquel día, justo hace dos años, duro recuerdo, salí a la noche de su cuerpo con los rastros del amor entre los dedos, en cada parte de mi ser, me embarqué de madrugada, evocándola, en la travesía, distraído, caí al agua, miedo en la soledad del mar, entre altas olas, miedo a la muerte, soy buen nadador, pude resistir hasta que me encontraron, un aviso, un presagio, hice una promesa, luego fue la costera de la anchoa, después el bonito, luego Azores, mucho trabajo, mi mujer quedó embarazada por segunda vez, el hijo mayor empezó la ikastola, no volví, ella no me llamó, han pasado dos años, justo dos años, sé que me está mirando desde ahí arriba, ojalá deje pronto de llover, puta promesa.

lunes, 11 de mayo de 2020

Amor en el puerto (1)



Llueve, mucho, las barcas cabecean en el muelle, ella cabecea en un recuerdo en equilibrio sobre el retumbar de tambores imitando una cofradía de semana santa. Humea el café sobre la mesa. Humea el rescoldo difuso del ritual de aquellas manos rudas sobre su cuerpo. Estos días de aniversario son los peores, vuelve con más fuerza su aliento en los oídos, el dulce surco en los muslos, el cauce húmedo de los labios por su espalda. Corre las cortinas, no quiere ver el mar ahí abajo, los barcos, el oleaje contra la escollera. No puede dejar de escuchar su cuerpo que pide ternura, que pide pasión, que pide huir de los papeles sobre la mesa, del trabajo, que grita que quiere ser amada. A pesar de todo espera.

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