Alfred Jensen

domingo, 19 de mayo de 2019

!,2,3 rayuela.



Desde hace ya era y soy un ferviente lector de un Julio Cortázar que escribía cosas así “Aunque todos los gatos sean teléfonos, todos los hombres siguen siendo unos pobres hombres”. Hoy todavía me como Rayuela para desayunar, comer y cenar y me queda espacio para la merienda. Respetaré a quién no le guste y malheriré a quién diga que ¿Qué?



sábado, 18 de mayo de 2019

No solo los de FB

John Bulmer. A woman walking down a wet, cobbled street. England. 1963



No solo los de FB, listos, que nos tienen aquí por la cara, cualquiera, tú, yo, ese de gris, nos ven, vemos,  enteros, en cuanto decimos A, un gato, socorro, ven, zlugs, algo, no importa qué, hasta los silencios están contabilizados, una radiografía, una excelsa hoja de Excel con conexiones a los que venden, a los que compran, pura mercancía, tú, yo, esa de azul, es el mercado, amigo, eso que aquí llaman amigo, ni se compra ni se vende el cariño verdadero, por lo que decimos saben lo que ignoramos, lo que necesitamos, a quién votamos, si lo hacemos, votar, comer, leer, tú y yo, esos de colores, nada, menos que 0, un pack en una casilla, lo peor es que insistimos, era, hacía, ayer compré, mañana voy a, he comido en, rubias, me gustan rubias, el sabroso sonido del alma, los miedos, la prevención, frontera, una raya amarilla que separe, no sabe usted con quién está hablando, un espía, un cocinero, un carapijo, un habitante de otro mundo, un soberbio, un seminarista, pocos artistas, venga usted mañana que le sacaremos la sangre, las ideas no importan, la cifra, si entra en la casilla de la izquierda, si está descatalogado, una bomba, en la base de, el fuego, simbólico claro, no vaya a ser que reporten esto y me detengan, ¡eh, usted, deténgase! Y me detengo.

viernes, 17 de mayo de 2019

La invasión de las liebres. Superstición.


József Fülöp


Sabíamos que llegarían las liebres.

Estábamos esperando en las estaciones de tren, en los estadios de fútbol, en los instantes anteriores al acto amoroso, en el despegue de aviones ebrios por el viento sur, apostados entre los rododendros de la autopista a Jerez.

Acumulábamos rencor contra la vida, contra los gobiernos que cambiaban mes sí, mes no, contra la resurrección de la carne, contra los tertulianos de Radio Nacional, contra nosotros mismos.

No llegaban y los guerrilleros de cascos empenachados, los barbilampiños soldados de leva, los austriacos huidos de la última revuelta, los alevines de cazadores temblaban nerviosos, sus músculos tensos, las armas a punto. Quizás Dino Buzzati les había influido en demasía.

Decidimos en solemne asamblea plantar dos cruces, un Cristo sufriente en la colina y un San Pedro cabeza abajo en el comienzo del camino. Para ello organizamos una procesión con chirimías y trompetas, tamboriles, gaitas y silbos. Invitamos al señor obispo y a varios sacristanes. Oramos con las manos entrelazadas.

Estábamos tan entretenidos que la invasión nos pilló por sorpresa. Llegaron las liebres en tropel, sus orejas enhiestas, los blancos  dientes afilados, los ojos rojos de ira, las uñas desgarrando nuestro miedo al contagio y a lo nuevo. Se apoderaron de nuestras plazas y casas, de los jardines, nos expulsaron.

Han pasado cuatro días y aún seguimos esperando su resolución, tras la valla, desterrados, los niños lloran quedo, los mayores no nos explicamos cómo pudo ocurrir, un anciano ha muerto de pena, el alcalde sigue negociando.

En un pequeño transistor que escondí entre las ropas informan que las liebres se han ido, que la ciudad está desierta, que podemos regresar.

Volveremos sí, pero derrotados.



jueves, 16 de mayo de 2019

La invasión de las liebres. Sumisión

Adrian Sandu


Curioso, aún no había amanecido en las puertas y fueron saliendo, al principio de uno en uno, con argumentos variados, incluso creíbles, en tropel después, sin compostura, sin gracia, sin adioses, sin ni siquiera un gesto con el dedo corazón.

Eso sí, dejaban las agujas y los violines.

En la primera parte del homenaje éramos amigos, quizás por los paraguas o por el refugio bajo el almácigo, todavía no sabíamos lo de las liebres.

El aviso fue en el entreacto.

En la segunda parte llegaron los bárbaros, los incapaces, los advenedizos y nada fue como era, el vergel se convirtió en páramo y estar se convirtió en un destino absurdo de tensiones y paz estrangulada, con curiosos silencios apiñados en la ventana.

No hay árboles, dicen.

Ni hierba pacífica, digo, tampoco rododendros, ni ligustros, limoneros o higueras, solo pinos y arbustos sin nombre.

Y silencio.

La verdad, lo que procede ahora es abrirse el pecho en tres pedazos y dejar fluir lo que quema y duele, vísceras y penas, orgullo caducado y miedo.

Digo todo esto para no tener que decirlo.

Ay, cuando lleguen las liebres.

miércoles, 15 de mayo de 2019

La invasión de las liebres.Sugestión.




Fue duro abandonar las palabras, dejarlas ahí, arrinconadas, envueltas en una bolsa de papel de estraza marrón con manchas de pescado y patatas fritas.

Los otros pasaban indiferentes, doblaban la esquina silbando, mirando sus relojes y su apatía. No recuerdo si llovía.

En el bolsillo interior de la chaqueta, al lado del bolígrafo Cross que me regaló Isabel guardé solo una, saudade.

Me dolían los músculos del alma, la máscara de las venas, el alma y tiempo que dediqué a tantas cartas de amor, húmedas y delicadas. Nada, no fueron las flores del desencanto la causa de la bebida, digan lo que digan esos.

Hablemos de ahora, hablemos de hoy, de las mentiras estructuradas y de los labios, del movimiento progresivo de las liebres y de la sed que excedía el cuerpo del exilio.

Y ya está, todo esto no es nada sin las palabras de alrededor.

martes, 14 de mayo de 2019

La invasión de las liebres. Sensación



Piero Fornasetti 

La pleamar llenó de uvas verdes la boca de María, sus cabellos descoloridos se enredaban entre algas y medusas que herían los brazos de los nadadores que salieron a salvarla.
Todos se ahogaron, impotentes ante la fuerza de la marea, sus cabezas aparecían y desaparecían entre la espuma de las olas.
La esperanza, no.

Encendimos una hoguera bajo la higuera al borde de la playa, rezamos y cenamos, los vagabundos no se acercaban por miedo a los perros y a nuestra mala fama. Pintamos su nombre en la fachada amarilla de la casa de siempre, donde estuvo el bar.
Nos bañamos desnudos y el frío nos mordía la barba y las nalgas.

Sabíamos del tiempo de la vendimia pero nos demoramos en funerales y ceremonias, ella era la primera y quisimos honrarla con fuego y vino, alimentamos su memoria sabedores de nuestra pronta amnesia.

Al amanecer salimos hacia la cordillera, nos perdimos entre la niebla y los pinos, nadie hablaba, el dolor del desencanto aprisionaba nuestras piernas.
Tres semanas después supimos que los bosques se habían quemado, nada supimos de las liebres.

lunes, 13 de mayo de 2019

La invasión de las liebres. Suposición.


Yumikrum


Fue aquella mañana que salimos a buscarlo. Estábamos todos menos el ángel. No había un jefe y así nos fue. La culpa fue de la niebla, también. No es cierto lo que dicen, no llevábamos armas, excepto la rabia. Pensábamos volver para la merienda pero el bosque se enemistó. Tengan en cuenta lo del jabalí y aquellos pájaros de pecho rojo. Por supuesto que Marta no debió haber venido, no por nada, todos sabíamos su aversión hacia las liebres. Construíamos la realidad aunque luego. No sé por qué me justifico, al fin y al cabo no le encontramos. Lo pagó un inocente, Marcelo, quién lo sabe, su cara indicaba lo contrario. Ahora nos buscan a nosotros. Bah, estamos aquí y allá, a refugio, que vengan. Nadie piensa en rendirse. Manden carne y keroseno.

domingo, 12 de mayo de 2019

Aviso (cinco días)

No sé si es correcto hacer propaganda de lo que hace uno.
Mientras lo adivino quiero informar que a partir de mañana colgaré aquí durante cinco días, cinco, una serie que llamé “La invasión de las liebres”.
Reencontrarla me ha producido una intensa emoción.
No recuerdo qué me inspiro escribirla pero me ha/he gustado.
Espero que a ustedes también les guste.   
Añadir que si me dan una opinión se lo agradeceré si es buena (si es mala iré a buscarles allá donde estén, se lo juro).
Ya está, esto era.
Recuerden, cinco días, “La invasión de las liebres”.
Desde mañana.


Durero


sábado, 11 de mayo de 2019

El Hudson baja turbulento.



Domingo, paseo por Brooklyn, más de dos millones y medio de habitantes, el barrio con más escritores por metro cuadrado. Me fotografío como un homeless frente a una casa donde vivió Marilyn Monroe cuando estaba casada con DiMaggio. Entro en una iglesia presbiteriana y con todo respeto rezo y pienso...

… replantearme el día a día, el pensamiento, eludir la rutina, reintentar lo cotidiano,  las relaciones con los otros y sobre todo la relación conmigo mismo...

… olvidar muchas cosas que aprendí, que me enseñaron, despojarme de lo de antes, asimilar que ahora es lo que hay y que es todo lo que cuenta , encontrar ese que soy, dar, estar con los otros, compartir aquello que hago mejor, ser mejor, ser...

… en los últimos meses he tenido al menos dos noticias buenas, omitiré las malas. Al contarlo muchas personas se han alegrado por ello, me lo han dicho, he visto una alegría sincera en sus ojos. Estas son las personas con las que quiero  compartir mis días. Otros no me han dicho nada,  su silencio era elocuente, en su mirada había indiferencia, incluso a algunos les llevaban los demonios. Estos son los que eludiré…

Estas cosas pienso mientras paseo por Brooklyn, un barrio en el que se hablan más de 90 idiomas, ¿se entenderán entre ellos?, ¿habrá alguno que hable euskera? Seguro que sí.

El Hudson baja turbulento.

viernes, 10 de mayo de 2019

Un poema para hoy



Un poema, hoy, ese que nos libere, que nos sacrifique en la piedra hostil de una mañana fría, otra más, mecánica precisión del cuerpo, monotonía de gestos, saberlo en un baile de gacelas que apenas toquen la garganta, la intención, el fondo, rondando sin entrar, con hambre ajena, abro la puerta, no viene, sediento  abra sin barcos,  el intento un vez más flota invisible en las aguas del otoño, la esperanza que se retuerce paralela a la voz, acantilado, refugio para los grandes pájaros dormidos, ni siquiera una canción, un susurro desierto, pero sí, aquí.

Quizás hoy no sea el día.

Puedo ver la doble sombra del desencanto del brazo de la esperanza herida.

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