martes, 11 de octubre de 2016

Accutufare

 Accutufare { Recibir palos.
                            Apartarse de la sociedad.



Accutufare, que dicen en Sicilia,  no sé con qué acepción quedarme. 

A mi espalda alguien hace muecas, él no lo sabe pero le veo desde el espejo. 

Servidumbre de la rutina. 

Intolerancia en la fronda de canela, exorcizar recuerdos con un prisma entre los dedos que refleje, que refracte, que descomponga los colores y tú –que lees- veas con el ojo del silencio esta estructura de equilibrio entre el vacío, algo así como la peste bubónica, un río de anguilas, un pie que pisa el agua y la habitación vacía.

Nadie salió a despedirle cuando dejó su casa. Algunos me preguntan, sí. Iremos a verle –dicen-. Pero sé que es mentira y los días pasarán lentos, interminables, con las pautas mínimas de dormir, comer, recordar, ni eso, estar vivo, sin más, vegetar.

Tiempo de silencio.

Accutufare, que dicen en Sicilia.
Cuando la desgracia entra en una casa los disgustos vienen seguidos.

lunes, 10 de octubre de 2016

Mariposas amarillas.



Aquella tarde de agosto llegaron cientos de mariposas amarillas. Se posaron en los olivos y en la hierba, sobre las flores de acónito y en los tejados.

Es una plaga- dijeron unos.
Es el preludio de noticias - dije yo.

Cientos de mariposas amarillas de volar torpe, con trazos de continente, entrando por las ventanas, regocijando a los niños, sorprendiendo a los ancianos, rompiendo la monotonía, proponiendo barruntos y conjeturas, acariciando mi mirada distante.

Coincidió con la llamada telefónica de mi hija.
Papá, vuelve a casa- dijo, escueta.

Pensativo, salí al balcón y desde ahí vi acercarse las nubes negras, el chaparrón que descargó gruesas y ruidosas gotas sobre las grietas de la tierra, las horas vacías, las amarillas alas de las mariposas, sobre mi remordimiento azul.

Es un alivio-dijeron unos.
Es un castigo–dije yo.

La lluvia se comió la tarde y la noche trajo los recuerdos, la añoranza insuperable, el silencio. Después el sueño levantó miedos ocultos, el temor del regreso, la culpa.

Pasaron los días y se fueron las mariposas amarillas.
Mi hija no volvió a llamar.
Tampoco su madre.

Ahora, en octubre, no me puedo mirar en el espejo.

domingo, 9 de octubre de 2016

Carta del amante que lee poemas.



Leo a Caballero Bonald, un poeta extraordinario, un grande, también un ejemplo de lo que quería explicarte esta mañana entre el presentido viento a tu lado, la absoluta falta de prisa en el mío, tú no, mi sí, 495 kilómetros y todos los etcéteras que quieras añadir, vidas paralelas, secantes, tangentes, 3,1416, círculos concéntricos, teorías de Pitágoras, trigonometría y otras artes aunque el amor, ay, el amor, que a una edad no hay demasiado tiempo para el luego, que el luego a veces es nunca, que nunca es demasiado tarde, que solo Somos El Tiempo Que Nos Queda. 

En cualquier caso, mi dulce amiga, somos como somos y sería un atrevimiento por mi parte querer cambiar tus principios, tu convencimiento, tu tozuda equiparación de una cosa con otra. Sí, tú me decías (tan niña, tan pura, tan cielo), “me besas ¿me quieres?” Yo, tan machito, tan estúpido, tan provinciano, pensaba “¿qué dice esta cría? Han tenido que pasar seis años y tres meses para saber qué querías decir tú y por qué no lo entendía yo.  

Contesto ahora tu última carta.

No conoces tus límites, puedes ser todo lo que quieras.

Entiendo perfectamente que ahora eres como quieres ser, estás disfrutando de la libertad. 

Ya me gustaría disfrutar de la mía.

Aquí no hay ningún juego individual, mucho menos se hace nada cuando solo uno de los dos quiere. Y puede, añado.

Verás, aquí hay un problema, aquí hay una relación (epistolar, sí, pero relación) de dos personas que se querían mucho hace exactamente seis años (quizás sin saberlo ni ellos mismos, separados por miedo, por orgullos absurdos, por yo qué sé), que se han reencontrado en un momento de sus vidas muy especial, que se han redescubierto, que se han visto diferentes en el espejo del otro, mejores, más dignos, más auténticos, que se han asustado por el torrente de sensaciones, emociones, placer, abismo, tentación y todo lo que quieras poner de más y que en un caso lo enfoca con sabia prudencia femenina y en otro con alocada explosión de palabras, hechos, deseos, es decir, como siempre.

Te propongo lo siguiente. Me quedan unos cuatro meses de condena, salgo el 14 de febrero. 

Ven a esperarme y empezamos de nuevo.

Gracias por los libros que me has enviado, me ayudan mucho en este aburrimiento.

Te quiero.


sábado, 8 de octubre de 2016

Parker y el límite hard



Parker está en  un momento extraño, un punto zass, encanallado, que está toda una vida diciendo que ella es 7.8 y de repente, algo, una aparente nimiedad, un susurro, un suspiro, un rasguño, algo que le dicen, sugieren, una intimidad que le confiesan –J me hizo esto y esto y esto- una cosa que no estaba prevista le dice que ella es diferente, 9.3,  terciopelo,  noche negra o lirios.

Se asusta, vaya si se asusta, le da miedo sentir así, desear así, perder el sentido, mejor dicho, sentirlo, querer sentirlo todo. Sin rechazar la ternura, la dulzura, lo correcto, quiere ser incorrecto, dominador o sumiso, olvidar el misionero y probar la postura 56, ser brusco, o dulce, dejar de mojar los oídos con bellas palabras y descubrir otras, duras, sucias, rotundas. Agita la cabeza y lo rechaza pero ya es tarde, ha bajado los escalones a un sótano oscuro, húmedo, solo quiere seguir por ese pasillo para saber a qué lugar de sí mismo llega.

Le asombra estar ahí, él que siempre has sido educado, correcto, un lila. Está con ojeras y mirada lúbrica, con un gesto encogido, como un gato a punto de saltar con el cuerpo tenso, ágil. Se estremece. Sabe que conocía su raya soft pero son todo lo que le ha pasado últimamente sabe que no conocía nada, que no se conocía, que nunca se había dejado llevar así, tan lejos, tan al límite hard.

La verdad,  volver de ahí es verdaderamente difícil y Parker se queda, no tiene ganas de lamentaciones y sí de disfrutarse.

viernes, 7 de octubre de 2016

Parker y la intransigencia.



Cesa la lluvia y Parker huele la hierba mojada, observa el caminar de los caracoles, mira al cielo intentando adivinar lo que vendrá. Llega a las escaleras de la ría. El barquero, con la pericia de los años de oficio, le ayuda a cruzar a la otra ribera, después extiende la mano exigiendo su precio. Atrás queda el largo puente en el que estaba la felicidad. No era eso y saberlo después se convierte apenas en un sarcasmo. La línea del tiempo está desbordada. La libertad está más allá del desierto. Se eclipsa la posibilidad del refugio en la casa del lago. Hace una señal en el tronco de un olmo y el viernes es apenas el preludio de la nada. Parker sabe que detrás de la puerta están los paisajes, los otros, la ciudad, los amigos, Marie, todas las Marie del mundo. Rebusca en el archipiélago de sí mismo, en su insomnio, en el fluir de sus pensamientos, quiere describirlos pero no sabe si el camino empieza en el norte o en el este, quiere volver al punto de partida, quiere aprender a escribir en prosa, en verso, novelas, reportajes, poemas, sus memorias pero no tiene memoria, no recuerda, sabe que estuvo fulminado, huido, que fue, que está de espaldas a la ventana, que mira el papel blanco como un desafío, hoy, mañana, cada día. Sabe que tiene pendiente el harakiri, su propio incendio, quemarse para resurgir, la revolución para que todo sea igual pero diferente, no sabe si puede usar la guillotina consigo mismo, se encoge de hombros y sale a buscar un retablo en una iglesia en un pueblo que no existe. 

Mañana, empezará mañana.

jueves, 6 de octubre de 2016

Parker, la austeridad y Gombrowicz.

"Me puse a escribir este diario, no quiero que la soledad yerre en mí sin sentido, necesito a los hombres, un lector... No para comunicarme con él. Sólo para emitir señales de vida. Ya hoy consiento en las mentiras, los convencionalismos, las estilizaciones en este diario con tal de pasar de contrabando, aunque sea como un eco lejano, un tenue sabor de mi yo aprisionado.
(…)
Ya soy. Witold Gombrowicz, estas dos palabras que llevaba sobre mí, ya realizadas. Soy. Soy en exceso. Y aunque podría acometer todavía algo que me resultara imprevisible a mí mismo, ya no tengo deseos... Nada puedo querer por el hecho de ser en exceso. En medio de esta indefinición, versatilidad, fluidez, bajo un cielo inasible soy, ya hecho, terminado, definido... soy y soy tanto que ese ser me expulsa del marco de la naturaleza. "

Diario argentino (fragmento) Witold Gombrowicz 


Beau brummels (1920) - Jessie Arms Botke
  

 Le mira y muy serio dice –Gombrowicz-.

A partir de ahí, ¿qué hace Parker?, ¿es un insulto?, ¿le parte la cara?, ¿quién o qué es Gombrowicz? Decide que no me importa lo más mínimo y le contesta que quiere ser artista.

Artista ¿eh?, como Gombrowicz, ¿no? –dice el otro-

Está terminando el “Berlín. La caída, 1945” de Beevor y ya las tropas rusas han tomado la ciudad, está aturdido de tanta violencia, locura homicida, sangre, dolor, tanta muerte, destrucción, horror, salvajismo, violaciones, tragedia de un tiempo no tan lejano, calles que ha recorrido no hace tanto, se queda dormido y se le juntan otras calles, otros países, ciudades del mundo que ha visitado, pueblos perdidos, gentes diversas, sensaciones en otros idiomas, emociones en paisajes lejanos, habla con viajeros que encuentra en aeropuertos flotando en el duermevela, viajeros arrogantes de rostros inteligentes, viajeros con gorras altivas que utilizan frases enrevesadas, personajes extraños que miran de través, que hacen fotografías de monumentos, de gatos, de emociones enmarcadas en sagrarios con terciopelo, de peinados isabelinos, de la ternura goteando desde un techo que oculta el cielo, cielo, se planta y dice al desconocido –perdona, bonito, Gombrowicz lo serás vos- y sigue con su monólogo, pensándose, imaginándose, manteniendo la farsa de ser sin ser, de no exponer, de divagar, de contar lo que no para no dejar sobre la mesa que el sí es un bostezo prolongado que le va a desencajar las mandíbulas, que Pedro es una burda mentira, que dice esto un jueves víspera de una fiesta inventada en el que el personal está en sus cosas, que no leen, ¿alguien lee?, sí, tira del sedal y encuentra bibliotecas enteras de autores desconocidos pero interesantes, interesados en expresar lo que pasa, lo que les pasa, aventuras en países de vacas y cirujanos, de represores y de gentes bien educadas, de hilos dorados desde su mente a las nuestras, ahí, ¿viste?, ahí está el engaño, el hilo debe ir de corazón a corazón (en su lejana infancia había un programa radiofónico que se llamaba así, recogía dinero de los generosos para distribuirlos entre los menesterosos). "Artista lo soy por mi madre", le decía Gombrowicz a Dominique de Roux, como mínimo hay una madre para cada hijo, a veces hay dos madres, Salomón lo sabe, hay veces no hay un padre (o sí, pero esa es otra historia), un padre que corteja a cocineras y doncellas, a señoritas de buen ver incluso a oscuras, inconstantes padres sin vocación, inmaduros padres solo por su afición al ayuntamiento carnal, deja al lector/lectora la interpretación sobre la conducta de esos padres, también su denominación (véase sección comentarios) mientras pasea ahora por avenidas con eucaliptos en los bordes del camino, bueyes mugiendo, caballos estoicos, mudos, pensar demasiado está prohibido, leer demasiado fatiga, Parker lo sabe y cierra el capítulo del jueves, mañana, mañana festivo en Euskadi sí que tirará de la manta, compruébalo

miércoles, 5 de octubre de 2016

Soledad en México






Publicado en la revista Cosas Insignificantes.


(Click)




Vale, si, cierto, tuve pánico, lo reconozco, estaba sólo, el miedo a lo desconocido, la noche, lo jure, que iba a México, a buscarla, cierto, ¿qué quieren?, ¿nunca se han sentido así?, me duro un día, es verdad, pero ya no, ya todo va bien, créanme, o no, quizás el santo no se enteró, tantos jurarán cada noche, prometo que esto, prometo que lo otro, los santos no pueden estar a tantas promesas, la mía la hice de corazón, es así, pero ahora no me veo con fuerzas para no, además cuando la encuentre, si la encuentro, no creo que Ella me permita volver, Ella es mucho Ella, la carne es débil y no necesito insistir en que los milagros no se pueden desperdiciar, que no es bueno que el hombre esté solo, etcétera, quizás sí, quizás deba convencer a usted y al santo que hay trenes que pasan sólo una vez y si uno está en la estación equivocada no llegara a ningún sitio, al menos a ningún sitio interesante, ese concepto es como mínimo discutible pero, ya ven, no quiero discutir, tuve pánico, jure, hubiera dado mi vida por liberarme de ese agobio en el pecho, aquello que me ahogaba, que no podía más, que si tal, que si cual, pero Ella, al final esa Ella desnuda, a mi lado, sobré, bajo, contra, con, en la cama, en el delicioso pecado mortal que me llevara al infierno.

Juré que si me dejaba me iba a México, a buscarla.
Me dejó.
Allí les espero.

Tampoco voy a contar el viaje. O sí. Ustedes saben lo que es eso. Madrugar. Traslado al aeropuerto. Tengo una prótesis en la rodilla y al pasar el control todas las alarmas se disparan, entonces los guardias me cachean, me miran raro. Vuelo de 2 horas a Frankfurt. Espera de 4 horas en un aeropuerto gigante. Aquí también suenan las alarmas del control y me desnudan, me descalzan, me revisan la mochila. Plácido vuelo de 12 horas en un avión muy grande. Llegada a la Ciudad de México en un anochecer de tonos naranjas que me reconcilia un poco con el mundo hasta que una tormenta furiosa me vuelve a enemistar. Paso por alto el proceso de los trámites de inmigración, es peor en NY. Omito el sentimiento de frustración al saber que en otra ventanilla era más beneficioso el cambio de euros por pesos. No voy a contar lo del taxi, había tanto personal en la cola de espera oficial que salí a una calle oscura, el tráfico era de no poder describirlo, aunque es peor en NY. Después de luchar con otros pasajeros que esperaban sin orden ni concierto tomé un taxi.

—Tenga cuidado con los taxistas —me dijeron algunos bienintencionados.

El coche sorteaba el descomunal tráfico por su carril, luego por otros, hasta que da un giro y se mete por calles de un barrio en el cual no caminaría de día ni con una patrulla de agentes especiales a mi lado. Pensé, «ya, aquí me raptan», pero no, muy amable, me dejó en la misma puerta de la comunidad que me había acogido y me cobró unos 6 euros, al cambio. Para estar/vivir/dormir me asignan una habitación minúscula, un palomar pequeño, pequeño, con un colchón en el suelo, una cortina defiende un diminuto retrete sin lavabo; en la pared está pintado Carlos Gardel. No hay sillas pero sí mosquitos, el techo es de pizarra con lo que por el día el calor será de no poder contarlo. Me junto con los de la comunidad, gente del cine, fotógrafos, artistas entre los 30 y los 40 años, catalanes, colombianas, un peruano, un chileno, indefinidos, dos chicas mexicanas, todos son simpáticos, sonríen, me miran, creo, con una mezcla de curiosidad, compasión por mi edad, me invitan a beber cerveza y mezcal; uno prepara fajitas a su estilo, deliciosas. La música suena con un rock que no conozco pero que me gusta, Burocracia Cósmica. La conversación es amable, todos son amables, me invitan a salir a una cantina cercana pero 24 horas sin dormir son demasiadas y me despido, subo al palomar, no me puedo creer que este aquí, apenas puedo abrir la maleta y me duermo, agotado, desnudo. No puedo dormir demasiado tiempo, el jet lag, me despierto, todo en silencio, ¿dónde estoy? En plena noche canta un gallo ronco al que retorcería el pescuezo, suenan cohetes que parecen tiros, cerca, muchas veces, seis, siete. Ahora son las 4 de la madrugada y escribo esto para no olvidarlo. No creo que me duerma otra vez. Mañana será otro día, quizás busque un hotel, quizás siga aprendiendo que vivir es diverso, seguro que esta será una experiencia que me enriquecerá, seguro que la encontraré, a Ella. Sólo tengo un número de teléfono.

Esta ha sido mi primera noche en México.
Empiezan a cantar los pájaros.

Es mejor ir por partes, desgranar las secuencias, no adelantarse, no empezar ya a decir que si la Ciudad de México esto o lo otro, qué sé yo, llevo aquí dos días, apenas he visto cuatro calles y unos cinco millones de personas, a Ella no, debo esperar. Ayer, mientras tomaba una cerveza en una terraza, los Concheros bailaban sin descanso, girando y girando mientras los tambores no dejaban de sonar y a pocas calles, en una pantalla gigante frente a Bellas Artes, Poveda y Serrat cantaban sus "pequeñas cosas" y luego Poveda se arrancó con "mi novia se llama Estrella y tengo un firmamento sólito para ella" y las parejas se besaban sin disimulo en los parques, en los portales, en mitad de la calle y que le voy a hacer si estoy perdido entre tanta, tanta gente.

Lo bueno es que les entiendo.
Lo mejor es que poco a poco me voy entendiendo.
¿Qué hago aquí?, ¿a qué he venido?, ¿dónde estará Ella?

Me siento muy solo, en esto de vivir digo, muchos días pero apenas me he visto los bordes, para cuando entre a lo de dentro, al meollo, quizás me haya aburrido y me vuelva a lo mío que es justamente lo que no sé lo que es, qué sé yo, debo esperar. Llamo una y otra vez al número de teléfono, la única pista que me puede conducir a Ella, nada. Camino por las calles. Dos ciegos cantan.

Como en una novela de Rafael Bernal en la calle de Dolores una mujer de rasgos orientales me para en una esquina oscura, me mira a los ojos y susurra:

—Oaxaca.
—Eh, espera, ¿quién eres? ¿Ella está allí?
(Silencio).

Tomar un camión nocturno y llegar a Oaxaca, sus pirámides, sus ruinas de Monte Albán. Hierve el agua, el árbol más grueso del mundo, las fábricas de mezcal, las cooperativas de artesanos. Tuve que correr en una manifestación de normalistas, disfrute de su comida y de la alegría de sus gentes. Solo. Es extraño y duro estar solo entre tanta gente, preguntar por Ella y recibir una mirada compasiva.

Ni siquiera sé su nombre.

Frente a la Catedral de Nuestra Señora de la Asunción un cómico realiza su función en plena calle. Todos se ríen. Es agudo y tiene una broma para cada paseante, algunas de dudoso gusto.

Me mira entre las cabezas de los espectadores, se acerca, me señala con un dedo y muy serio dice “ella está en Chiapas, ve”. ¿Cómo supo?

Uno escucha Chiapas, que le digo, y se le viene a la cabeza, no sé, una vaga mezcla de lejanía y peligro, algo irreal, un lugar lejano al que no iría ni atado, vamos, que absurdo, Chiapas, ni en sueños, que miedo, con las cosas que se oyen y leen de ahí, hay muertos, es un lugar pobre, ¿qué no? Ella no puede estar allí.

En el hotel pienso “estás loco, México es muy peligroso, dónde vas tu solo, te puede pasar cualquier cosa”.

Claro, me tenía que pasar una cosa, tenía que buscarla, a ella, en Chiapas.

Es muy sencillo, usted se sube a un camión de línea, se hace 700 kilómetros de noche y llega, supongamos, a San Cristóbal de las Casas. Usted se baja del autobús y sabe que está en otra dimensión de su vida, que lo que conocía ya no le vale, que ha pasado una puerta. Usted es un hombre de mundo que ha viajado ya acá y allá pero nunca había estado aquí y sabe que debe aprender a caminar, a ver, a escuchar, a sentir, a renunciar a entender y a dejarse llevar por lo que traiga cada instante.

No exagero.

Chiapas es muy grande, tiene tanto por ver, Palenque, selvas, San Juan de Chamula, montañas gigantes, Aguas Azules, las cascadas, sus gentes tan acogedoras, me dejó mucho, es una tierra de tantos contrastes, tan mágica que no sé describirla, estoy dentro del embrujo, anonadado, inmerso en su fuerza.
Paseo por el mercado de Artesanías, quiero comprar un recuerdo, la señora del puesto me toma las manos y dice “ella está en Boca del Cielo”.

No entiendo nada, sólo que Ella no está, que me siento solo entre tanta gente, que nadie me habla y que cuando alguien me habla es para decirme dónde tengo que ir.

Me dio una mezcla de pereza y miedo. Casi cinco horas para llegar a Tonalá, tomar un taxi comunal, llegar al pasaje, contratar un barquero, buscar la palapa de Blas, solo esa.

Una premonición, un sueño, que quieren, la vida del hombre la mecen los sueños. Y lo hice, me vine, cumplí los trámites, seguro que Ella está aquí.

Boca del Cielo es una isla. En la proa de la barcaza, sujetando bien mi mochila, apenas podía creer que había llegado a un lugar tan bello, tan lejos de mi casa.

Resulta que Blas era/es una especie de gurú de la zona, un luchador por los derechos de los desprotegidos, un líder contra los abusos de las empresas eléctricas, también un jubilado de los menesteres de las cabañas. Ahora lo atiende un larguirucho de larga melena en coleta, Tico, de voz suave, italiano, viste, no mexicano. Le ayuda un tal Michael, siniestro, francés, como un secundario de una película de bribones. Me alquiló una cabaña en la playa a escasos cincuenta metros de la rompiente atronadora del Pacífico.

—Tenga cuidado si se baña, ayer se ahogó uno, no pase de la barra.

Me enseñan la cabaña y es mínima, una cama con mosquitero, una mesa y una silla. Pregunto por las duchas. Cubos. Se ríen. Los servicios. Ahí, cubos. Se ríen. Pero resulta que en el entramado de cabañas hay una biblioteca bien surtida, música, una nevera con chelas y refrescos bien fríos y, nada más, no hay ni un lujo, sólo lo indispensable pero ay, está la naturaleza, el paraíso dije antes, no, otra cosa, lo anterior, un mar tan bravo que parece que va a romper la playa, esa playa de kilómetros y kilómetros, pájaros de todo tipo, palmeras, perros vagabundos rondando, cangrejos que corren veloces, una brisa dulce, nadie a la vista, soledad, ese mundo idílico aunque Ella no esté.

Entonces se puso el sol y entendí que la vida, mi vida, estaba cambiando, que no poder compartir tanta, tanta belleza es una tragedia.

Estar solo.

La primera noche apenas pegue ojo, el fragor del mar que parece estar en la almohada, ruidos de todo tipo, el calor sofocante, luces furtivas entre las tablas de la cabaña, insectos llamándose, ¿qué demonios hago aquí? Me desperté varias veces.

Amaneció y seguí entendiendo.

En una nota leí que Tico y Michael se iban a comprar provisiones, que volverían por la tarde.

Sólo, estaría sólo todo el día.

Sol, el mar, la playa, una cama en la cabaña, comida, el lujo de una chela bien fría, libros, tiempo, salud, baños en la parte suave.

Anochecer.
Amanecer.
Anochecer.
Amanecer.

Escribo todo esto a la sombra, frente al mar, me acaricia la brisa, Fernando del Paso a mi lado, Noticias del Imperio, canta un pájaro raro, de vez en cuando pasa una barca a lo lejos, un perro viejo tumbado, dormido, bosteza o sueña, hay unas olas gigantes, ocho o nueve aves marinas, grandes, las sortean en formación, buscando peces.

Ella tampoco está aquí.
Quizás no existió jamás y me la inventé.
Necesitaba tanto una Ella.

Volví a D.F.

Aunque me ocurrieron algunos percances no merece la pena contar mi viaje de regreso, otra vez será.

Merece la pena contar que, imagínenme en el centro de la plaza del Zócalo, sí, bajo la bandera gigante. ¡Viva México!, solo, sin haberla encontrado, a Ella.

Es mediodía, todo está desierto bajo el calor. Llega una persona, se sienta cerca, no me habla, me siente extranjero, luego otra persona, otra, otra, cientos, miles, familias enteras que pasean, muchos ríen, nadie se dirige a mí, ¿qué hago aquí? He viajado por tantos lugares extraordinarios para encontrar a una mujer y he encontrado la soledad en los otros.

Como en Google Earth mi vista sube y sube, desde arriba voy viendo cada vez más pequeña una nación de 127 millones habitantes. Ahí, en el centro, estoy, solo.

Es hora de volver a casa.

Esta es una promesa cumplida.

Los santos estarán satisfechos.

Vuelvo lleno de paisajes, incluido el mío interior, vuelvo mucho más rico.

Sin Ella.

Conmigo.

Sé quién soy, un hombre en soledad, un hombre en paz.

lunes, 3 de octubre de 2016

Oración de final del domingo.



En este principio de semana quiero escribirte así, como al descuido, fingiendo que no es a ti, que no te veo, que me escribo sin querer, que me contemplo, que tú eres un pretexto, nada más, nada menos, que acumulo palabras sin sentido y la emoción ha huido tras las sombras de otras voces como arena, de otras personas, con otros rostros, con otros recuerdos que también me duelen, que tú no estás ahí y que todo esto es mentira, me lo invento para pasar las tardes del domingo, para llenar de frases el vacío de no verte o por eso.

Aun así te escribo, exponiéndome a esa cara de loco que se te pone cuando estás enfadado.

Si me pusieran delante el mapa de tu cuerpo, no sabría buscarte el corazón con el dedo, no sabría. Si pusieras tu sonrisa frente a mí, no podría medirla, ni abarcarla, ni hablarte, tal vez, ni comprenderte. O quizás sí, pero no hay tiempo, ni espacio, ni medida. Sólo puedo hablarte así, en la distancia, esparciendo oraciones al viento como una monja ciega sobre el acantilado del invierno.

También puede ser que trate de engañarme en mi confusión, en los sentimientos tan intensos que me inspiras.
A pesar de todo.
Y este “todo” es eso, todo.

Prisionera ahora, ya, escribo para matar otros ecos, otra realidad más cercana, que me agobia, que me muerde por dentro y me lastima.
Una vida demasiado corta.
Un mundo tan grande.
Un tiempo tan escaso.
Quiero ir.
Y volver.

Están los límites y...y...el día se murió, él solo,  nos dejó esto que acaba ahora y a ti todavía te queda la diferencia y pensar que luego y te dejo este juguete que se me rompió hoy porque no puedo verte, ni intuirte, ni saber cómo hueles, o como ríes, o si tu piel es así, o si la curva de tus labios se pierde entre la barba, etc. Pero –ay- tu recuerdo me acaricia el corazón como esta lluvia que agita nuestro Bilbao de noche de domingo.

Aunque no era esto lo que quería decirte, o no sólo esto. Pero temo arriesgarme a tus iras de macho -jamás imagine que tuvieras tan mal genio-...
Es igual, quería que sepas que no sé, pero que siento... que...
Buenas noches, amor.

domingo, 2 de octubre de 2016

Txomin.



Nos encontramos por azar en una calle, en lo viejo. Txomin me dice que aún conserva las cartas que le mandé a Esmara, los dibujos de peces, grecas retorcidas, amistad en versos de ánimo, papeles amarillos pero vivos. Me confiesa que vendió los sellos en la Plaza Nueva un domingo de julio, cuando veía bichos, arañas, después de la caída, en la cárcel del alcohol, delirium tremens, en un año envejeció cuatro. Reincidente, abrazados en el vino recordamos, otro siglo, hace ya, nos contábamos el ansia y los amores, los compartíamos, la nostalgia nos envuelve, su enfermedad, su primera mujer, la segunda, la que ahora ama, los hijos que no ve, aún no es abuelo, no lo sabe, se tornan desabridos los recuerdos y brindamos por los niños que descubrían el mundo desde un campanario en Córdoba. 

sábado, 1 de octubre de 2016

Marie en un aeropuerto.



Marie, durante largos días solo me llega tu silencio. Quizás estés de viaje, o retenida en algún aeropuerto perdido por huelgas salvajes de profesionales de la nada. Quizás hayas encontrado por fin el amor, el que mereces. Ya, sé que no tienes ninguna obligación de informarme, lo nuestro es apenas una relación epistolar, íntima pero lejana, tanto, de país a país, de continente a continente. Sin embargo nos hemos contado, nos hemos dicho, nos hemos jurado, la verdad no puedo estar sin saber que estás bien. No sé si te das cuenta de que si a ti o a mí nos ocurriera alguna desgracia jamás sabríamos qué ha pasado, que nos ha ocurrido, lo achacaríamos a un enfado, un cambio de humor, tú no te atreverías a llamar a mi hija, yo no osaría preguntar a tu esposo. Termina el viernes y aún no me has escrito, no me atrevo a llamarte por teléfono por si estás con él. Dime algo, dime que estás aburrida de mis promesas incumplidas, dime que no soportas más esta distancia, te juro que la próxima primavera iré a conocerte, créeme. Escríbeme, no lo soporta más, tu silencio.

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