lunes, 31 de marzo de 2025

Bienvenidos.


Bienvenidos, les estaba esperando, pasen. “Il tempo cancella le intenzioni del cuore. Forse questo rimane per gente come noi” canta Ivano Fosatti en un paréntesis del desplazamiento (¿?) entre la alcoba y la carretera. Me asombro de la clarividencia. Me sorprendo en este paréntesis entre lo que es, lo que será y la elaboración de los pasos a dar, sin olvidar por ello las huellas.

Para colmo (me) lo cuento.

Este es un territorio oscuro por el que transita la fantasía de la mano de esa bella dama que cierra los ojos. Por caminos de barro y helechos, tanteando, hemos llegado hasta aquí. Se me olvido decirles que también estaba preparándome para un viaje, soy ese, escondido en el bosque. No es para menos.

domingo, 30 de marzo de 2025

El químico Paker

 

Parker sueña y despierta con la angustia de no recordar el rojo níquel, el peligroso amarillo del cianhídrico, el intangible silicio. ¿Cómo hacía aquellos análisis? Es absurdo, es tan lejano, tiene ya tan poca importancia, pero en el duermevela siente que en mitad de la repentina oscuridad de su cabeza está trazada una fina línea en la que apenas distingue su historia, su pequeña historia, los detalles. Sabe que cuando se levante de la cama y pise el suelo entrará en la realidad pero en ese momento esa es su inquietante realidad. Parker teme entrar en el club de los amigos desmemoriados, con la mirada perdida tratando de recordar qué fue de todo aquello, cómo era. ¿Cuánto queda?  

sábado, 29 de marzo de 2025

Bajo los puentes del Sena

Michael Mcilvaney

Dicen que la distancia es el olvido pero yo no concibo esa razón que  los perros que muerden la mano que les alimenta son peligrosos, quizás más que los gatos que menean la cola mirando hacia otro lado, un poco menos que un übersexual enfadado, que no sé muy bien qué es lo que es, ay de mí, pobre ignorante, que además estoy perdiendo el gusto, el tacto y el olfato, que tuve una temporada –época de mi vida, el pleistoceno- que no tenía gusto por nada, que estaba desganado, lejos del goce y las alharacas, ajeno a fiestas, saraos y guateques, un soso, ya te digo (yo), menos mal que no hay mal (perdón por la redundancia) que cien años dure ni paisano (no) (perdón por señalar) que lo aguante, que digo, o quiero decir, que lo que aquí dejo no son palabras dictadas por una paloma torcaz, ni siquiera se me ha aparecido una virgen sobre un manzano en flor o una zarza ardiente, la mayoría de las ocasiones son incoherencias que se me ocurren producto del aburrimiento, de la súbita inspiración a veces, de la ingestión de bebidas espumosas o decididamente alcohólicas, de la lenta digestión de alubias con todos los sacramentos, amén, del goce junto a personas de esas que las conoces y parece que ha empezado otra vida, algo así como un vis a vis con la eternidad, el descubrimiento de una nueva especie de ave o reptil, mamífero de los que nadan, tortuga o caminante a la altura de Triacastela que, te lo juro, es un pueblo donde dormí fuera de la iglesia, en el cementerio (leches, no se me apareció nadie esa noche, ni siquiera la hija del dueño del bar donde cené que eso sí que era una hija) y así cada madrugada a las doce (o clock) pero, de qué nos sirve todo esto si el futuro ya está aquí y estamos enamorados de la moda juvenil y acumulo escritos en el camarote de invitados que un amanecer escuché un crujido y creo que nos estamos inundando, consecuencia de vivir a la deriva y no bajo los puentes del Sena, aquí con unas amigas. Pues eso, glup.

viernes, 28 de marzo de 2025

En París.

 

Katia Berestova

Parisina, te visualizo en una celda de lujo, incomunicada con el vecino Antoine, con los vecinos en general, con los ciudadanos de París sin orejas, con cascos, de todos los colores, en bicicleta, cabeza abajo, serios y concentrados en su mismidad, eso. Sigo visualizándote y se me pone la frente escarlata fruición por todo lo que copias, conoces, contrastas, descubres, imaginas, de fuera, de dentro, una artista like you. Que eres –imagino- una fuerza imparable y envidia me da saberte por esas calles que me recuerdan a las que veía en las películas de la segunda guerra mundial, la torre Eiffel al fondo, que cuando fui a Berlín por primera vez pensaba que las casas estarían derruidas y negras, con cascotes por las calles, y no, Berlín reluce, que es lo que tiene llegar a una edad, que recuerdas mejor lo que era que lo que es, ahora, demasiadas responsabilidades, o una, que lo que quiero es olvidarme de la escritura, de la mística y estar tumbado en la playa de Langosteira,  leyendo todos libros que me faltan por leer,  escribiendo los míos,  nadando hasta el horizonte,  subiendo al Pindo para saber lo que hay al otro lado, siempre hay otro lado, otros valles, los edificios son diferentes, las personas son diferentes por fuera, por dentro somos muy parecidos, los mismos miedos, anhelos, sueños, ilusiones, ser, querer ser, o no, que también hay muchos que no saben dónde van, tú sí, parisina a la que no conozco, por esas calles llenas de nadie, de momento, hasta que traces una línea desde dónde estás hasta dónde llegarás y ese será tu camino, nadie puede andarlo por ti, como mucho a tu lado, disfrutando  tu alegría, que sé que me miras con una cara entre seria y chungona y vacilas y me llenas de risas cuando te llamo, medio en secreto, que no te conozco y sí, que puedes ser una gallina o la portera de la casa de Cortázar, una bailarina de Pigalle o una estudiante de Erasmus en prácticas de seductora de confiados redactores de páginas web, soul, blue, thing, think, cool, be, end, clock, esta es la carta que no puedo escribirte, amanuense de símbolos eróticos, corrector de estímulos, hay que ver, que te desconozco y te conozco. Más o menos.  

jueves, 27 de marzo de 2025

La fama


Jeff Fisher 

Asustado, acosado por mis fantasmas, perdido en mitad de un bosque de palabras, con ni sé cuántas páginas visitadas,  un exceso, un honor, un placer, una recompensa, muchas veces, aquí, un número redondo, bola de nieve que empezó a rodar hace tanto, goteo desde el 1 (uno), tan enriquecedor, tan compartido, tan grato, intercambio de emociones, conocimientos, sentimientos, sueños, pesadillas, crisis, traumas, recuerdos, imaginación, lo que es, lo que nunca ha sido, lo que puede que sea, cuentos, casi poemas, historias para dormir, para no dormir, para creer, para olvidarse de todo y zarpar desde un puerto entre la niebla, lluvia o sol, lágrimas, muchas risas, celos, ternura, cariño, envidia, comprensión, miradas detrás de la cortina, nombres propios, anónimos, compañeros, amistad, amor creciendo, admiración por lo descubierto en tantas páginas que han enriquecido esta, tanto arte de tantos artistas, pero, la fama, amigos, me asedian, me siguen, escudriñan mi vida íntima, quieren entrevistas, mis puntos de vista (no saben que tengo  un acusado estrabismo), me revisan la basura, el buzón, interrogan al cartero, al notario del primero, no puedo salir a la calle, siempre tengo dos fotógrafos en la puerta de casa, mis amantes se buscan otro (s), mis novias me dejan aburridas de los paparazzi, mis amigos me detestan, me huyen, dicen que la fama se me ha subido a la cabeza (donde tengo el cangrejo), que me he vuelto un creído (un ateo como yo), que no pago una ronda en los bares, que escribir así es de moñas (quizás lo soy un poco, pero por si acaso les he partido la boca a dos), que me he tenido que ir al pueblo (ese que no tengo), lejos de los focos, a escribir en calma (si aquí saben que soy poeta me tiran al río), por eso estoy aburrido, ¿entendéis?, necesito calmarme, pensar, crear, rimar, imaginar, los artistas necesitamos paz, aun así, ayer, paseando por los campos de trigo me seguía el corresponsal del País con un fotógrafo zurdo (le rompí la cámara a cantazos), pero pensando, pensando…estoy convencido, dejo la literatura y me dedico a la magia del cine.

miércoles, 26 de marzo de 2025

Parker y el caso del coche averiado

 

(Fernando Vicente)


En un tiempo sin teléfonos móviles, Parker se sentía atraído por la chica rubia.

Ella vivía al otro lado de la ciudad, lejos. Una tarde fue a visitarla. Pasearon por un parque, había vencejos en el aire, hacía frío. Hablaron de ayer, apenas de ahora, nada de mañana. Pasearon junto a un estanque, había patos, comenzó a llover, suave, sirimiri. Él dijo, mira qué cielo, viene tormenta. Ella dijo, adiós. Pero el coche no arrancaba, empezó a llover más fuerte y ella dijo, ven a casa, tomaremos café.

Lo tomaron y conversaron sobre ahora y sobre luego. Una charla hermosa con cascabeles y gatos de angora deslizándose por la voz melodiosa de la chica rubia. Él le preguntó por qué hablaba tan bajo. Ella respondió que en las paredes había orejas de habitantes de otro tiempo. Él no lo tomó en serio y quiso besarle en el cuello. Ella se sentó en un extremo del sofá y levantó un muro de no, no y no.

El agua golpeaba y golpeaba en los cristales del salón y la casa de Parker estaba más lejos de su recuerdo a cada minuto. La chica rubia se volvía más y más atractiva a cada segundo y en el aire estallaban burbujas de deseo y el silencio se interrumpía por el vuelo de golondrinas lujuriosas. No había aparatos de medición para saber quién de los dos estaba más alterado, más atraído por el otro, la situación y el tiempo.

El escarbó con una uña en el muro del no y un ladrillo cedió. Voy a darte un beso, aviso. Ella bajó los ojos y se humedeció los labios. Se besaron como en una película de los cincuenta. El primer beso fue breve. El número quince duró el tiempo suficiente para que ella cortara todas las orejas del pasillo y le invitara a su cama.

Parker y la chica rubia hicieron el amor hasta que les dolió el alma, tan dichosos y nuevos que aquel cuarto fue un paraíso, lloraron de felicidad, fuera aún llovía y cuando brillando en la oscuridad fue a buscar su coche no arrancó, claro, y ahora en el asiento de al lado del conductor del camión grúa sonríe tontamente y busca una excusa creíble para justificar su vuelta a casa tan de madrugada.

 

Togo

martes, 25 de marzo de 2025

Hotel Savoy

 


Hotel Savoy

Joseph Roth.

Es una de esas novelas que hay que leer. Una pequeña joya. Breve, intensa, con un estilo conciso, narra personas y momentos de entreguerras en una capital de un país centroeuropeo. Me ha gustado e interesado mucho.


https://leeresvivirdosveces.com/2019/03/12/resena-de-hotel-savoy-de-joseph-roth/

https://es.wikipedia.org/wiki/Hotel_Savoy_(novela)

https://jorgepozosoriano.com/2024/10/30/critica-hotel-savoy/

https://es.wikipedia.org/wiki/Joseph_Roth



Sin rutinas


Vittorio Reggianini (1858 – 1938) - Eavesdropping


La vida es hacer lo que no se debe, desaprender, sorprender (te), matar la rutina.

Soy un hombre de una edad, es decir que estoy vivo.

Escribo como forma de expresión, de comunicación, de acercamiento a los otros.

Antes componía collages, dibujaba, cantaba, corría, antes hacía muchas cosas.

Pero resulta que ahora  también es antes y luego es ahora y me estoy dedicando a la disfrutar de los días.

Sigo vivo, sin rutina, alegre, ilusionado con un proyecto, seguir así.

Antes es ahora y tú y yo estamos vivos.

lunes, 24 de marzo de 2025

Soledad de precipicio.

 


Llevaban juntos muchos años, a veces pensaban que demasiados. 
Su hijo se había ido meses atrás. 
Era una soledad compartida, de precipicio.

Entre semana hablaban poco, llegaban demasiado cansados de sus trabajos. 
Cenaban cada uno por su lado. 
Dormían juntos, sin tocarse, en los extremos de la cama.

Algunos sábados se amaban en la postura doce, a veces en la veinte. 
Era grato a pesar de la rutina. 
Conocían sus cuerpos y el deseo.

Los domingos por la mañana salían a buscar oxígeno y silencio. 
Caminaban por caminos embarrados, entre bosques, por senderos con helechos y musgo en las piedras, por el borde de montañas no demasiado altas. 
Por las tardes veían la televisión, una en la sala, otro en la cocina.

La fiesta caía en viernes. Demasiados días juntos. Se miraron. Hablaron. Un reproche llevó a otro. Levantaron la voz. Cuando se abrió la puerta del rencor fue imposible cerrarla. Se atropellaban. En sus ojos había primero rabia, luego odio, una violencia que pugnaban por contener, agitaban los brazos, uno frente a otro. Él apretó los puños. Ella no lloró. Se dijeron cosas que habían estado calladas mucho tiempo. Quizás el silencio anterior era preferible. Se encerraron en dos cuartos diferentes, en dos mundos diferentes, en sus propia razones, los dos tenían su propia verdad.

Hoy ella no ha vuelto a casa y él está preocupado.
Han pasado dos días y ella sigue sin volver.




Esta es una historia vulgar que termina como terminan las historias vulgares.
Pero no voy a ponerle un fin, la escribo yo y la sigo o termino como quiero.
Si alguien la lee que cambie el principio o el final a su gusto. 


domingo, 23 de marzo de 2025

Querer.

 


-         Tienes que ver “Querer”, te va a encantar. Además está rodada en Bilbao.

¿De qué va?

-         Es de una separación.

No, no quiero verla.

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Pero la he visto, los cuatro capítulos seguidos, toda la tarde. Adjunto opiniones de varios críticos que la definen muy bien. Me ha parecido una serie magnífica. Podría extenderme pero solo diré que conozco más de un caso similar, que he identificado algunas actitudes con personas y situaciones y que me he emocionado tanto que solo diré que me parece muy recomendable.  

 


   "Deslumbrante serie que radiografía el maltrato dentro de la pareja (...) una producción modélica que, desde ya, es uno de los milagros del año (...) Alauda Ruiz de Azúa se confirma como una de las cineastas de referencia de su generación. Monumental."

Luis Martínez: Diario El Mundo

"Son cuatro episodios apabullantes, demoledores, que transitan entre géneros -del drama familiar a la intriga judicial pasando por el ‘thriller’ psicológico"

Nando Salvá: Diario El Periódico

"Un formidable estudio del consentimiento dentro del matrimonio con una gran Nagore Aranburu (...) Sutileza sería el adjetivo que mejor describe la puesta en escena y la narración (...) una serie que busca el realismo y la austeridad a cada paso"

Pepa Blanes: Cadena SER

"Una gran serie (...) un pudoroso ejercicio de clasicismo que invisibiliza su puesta en escena, lo que magnifica la finura del trabajo de Ruiz de Azúa que nunca quiere imponerse a su narración pero que jamás pierde la oportunidad de engrandecerla (...) Puntuación: ★★★★½ (sobre 5)"

Enric Albero: El Cultural

"Excelente trabajo (...) un guion finísimo (...) una impresionante Nagore Aramburu (...) La serie evita toda épica y ser maniquea"

Javier Zurro: eldiario.es

"Es buena, incluso a veces muy buena, como en el capítulo del juicio. (...) Alauda Ruiz de Azúa posee talento, sensibilidad y credibilidad. Te hace dudar, te hace sentir, sabe cómo utilizar la cámara, dirige muy bien a los intérpretes."

Carlos Boyero: Diario El País

"Un realista y duro retrato familiar que te atravesará el alma. (...) a destacar la sobresaliente e inquietante interpretación de los cuatro protagonistas."

Berto Molina: El Confidencial


https://www.fotogramas.es/series-tv-noticias/a62638214/querer-critica-serie-movistar-plus-alauda-ruiz-de-azua/

https://www.eldiario.es/cultura/cine/alauda-ruiz-azua-aborda-violaciones-matrimonio-serie_1_11687672.html

sábado, 22 de marzo de 2025

Bicicletas oscuras

 

Noelia Towers        Skinned Knee         2025


 

Los muchachos de las bicicletas la cortejaban en los callejones.

La veía pasar frente a mi balcón cuando volvía de las plegarias en la oscuridad.
En mi interior gritaba su nombre, el que me había inventado, el viento y la sombra se llevaban mis pensamientos.
El deseo lo llenaba todo.
Seguro que ella me veía escondido entre las cortinas, un adolescente asustado, el de la casa del tejado rojo, un perfil difuso, nadie.
Nunca me atreví a hablar con ella, me fui, un cobarde, hui.
Me fui
de Bilbao
a ver
la virgen
sobre
la zarza,
después
peregrinos
alrededor
del agujero
de la bomba,
explosión,
muerte,
impiedad,
bailarines
girando
en bailes
de muerte.
Praga.
Me fui,
hui,
busqué
otras
mujeres,
vicios,
humo,
polvo,
sangre,
un maldito.
Budapest,
cenizas,
espejismos
la rutina
del ocio
vagando
por Europa
como
un mendigo
mirando
escaparates,
sótanos,
Roma,
corazones,
aprendí,
curiosidad,
nunca,
nunca,
en ningún lado
ninguna
como ella.
Berlín.
Regresé,
barbudo,
cansado,
escéptico,
otro,
con caftán,
excéntrico,
desconectado,
un joven
viejo,
la zarza
aún ardía
ante
mis ojos.
Los muchachos eran hombres y ella no estaba. Ni mis padres. Mis sueños habían muerto en París, en Viena, en Madrid. Tanto viaje para encontrarla, para encontrarme. Nada. Todo perdido. Vuelta a empezar. Quizás sea tarde. Escribo esto para saberlo, para intentar medir mi estupidez. Nunca he sabido andar en bicicleta,

viernes, 21 de marzo de 2025

Lo incierto.

 

Jan Boeckhorst

Sé que todavía estoy para traducir el olor del viento, para que el recuerdo no se adelgace en los días sin sol de esta primavera herida, vida gastada en trabajos de Sísifo, el tiempo que prepara su venganza, una larga playa, vacía, entiendo cada grano de arena, cada suspiro que sale de la pared de piedra que limita el mar, reino del sí pero no, del no pero sí, lanzo mi pena a la tercera ola, zamarreo el dolor y no es lo mismo, no cierro los ojos, no quiero dormir, danzo en la solicitud de la vida que fluye.

Permanecer insomnes, atentos, en vigilia.

No dejar que muera la zarza florecida.

Lo incierto.

jueves, 20 de marzo de 2025

Toldos alcohólicos.

 


Día del Padre.  Con lo de la disminución de los toldos en la Concha, el viaje a Vitoria  y otros avatares cotidianos no me ha quedado mas remedio que echarme a la bebida, no de cabeza que uno ya no está para excesos excesivos, apenas mojar un pie, como cuando pruebas la temperatura del agua de una piscina, al revés, es decir mojarte por dentro sin humedecerte por fuera. Si bebes no conduzcas, incluso no te subas al Metro, sus escaleras mecánicas son una trampa para elefantes sin trompa o viceversa. Por eso he vuelto a casa pian, pianito, caminando entre estructuras metálicas, todas las comunidades de vecinos bilbaínos han decidido arreglar sus fachadas a la vez, es importante tener una buena fachada. Dice Montaigne en sus Ensayos que “Amurat, en la toma del Istmo, sacrificó seiscientos jóvenes griegos, al alma de su padre, a fin de que la sangre derramada sirviese de alivio al espíritu del difunto”, esos eran dirigentes políticos no los de ahora que nos llevan al Abismo y estamos todos como si nada, cada uno a lo suyo, en su ombligo, indiferentes a Gaza, a Ucrania, al Congo. Los jóvenes, que no han hecho la mili, no están acostumbrados al rancho y a la melancolía, aquellas guardias en el cuartel donde ahora pasa una autovía, aquellos ejercicios de tiro en el Pagasarri pero ahora en vivo para dejar  bien muertos a los otros, posiblemente ni eso, Uno aprieta un botón y la Humanidad se va al carajo. Por eso es muy importante tener un toldo en la Concha, que qué sabrá Costa de mareas, el alcalde sí que sabe, cualquier alcalde sabe más que cualquier ciudadano, dónde va a parar, donde esté un alcalde sabio que se quite un ciudadano lerdo, que los hay, que se quite o lo quitamos, lo primero es el partido (he querido escribir Partido, he querido, quiero, escribir tantas cosas pero la ingesta de bebidas alcohólicas aunque sean de poca graduación limita bastante las capacidades intelectuales y no digamos nada de las físicas que con esto del lumbago anda uno torcido, dolorido, disminuido y envuelto en una funda gris ¿Dónde está el que corría por las riberas, el que nadaba hasta la boya en Elantxobe y luego apenas podía volver a puerto. Total, que beber no ayuda pero aligera el peso del tiempo, incluso su paso, que nos hemos encontrado con C. que era una belleza y no quiero pensar cómo estará uno, que no se ve, verse uno mismo es complicado porque siempre eres indulgente contigo mismo y sin espejos a mano es un lío, será otro, su padre, ese no soy yo. Y sí eres, ¡idiota! bebiendo y viviendo, que no es lo mismo, hay un punto en el que debes saber diferencial al mártir del teólogo, los dos son santos pero en la iconografía  uno lleva una parrilla y el otro un búho. Sigue este párrafo entre paréntesis y me entra sueño porque entre que me he levantado a las 5 de la madrugada, el viaje, el recuerdo de los toldos y, sobre todo, la manzanilla, se me están alborotando las teclas y las meninges). Un placer.       

 

miércoles, 19 de marzo de 2025

Édouard Levé

 "Viviría sin problemas la misma vida una segunda vez, pero no una tercera" (Édouard Levé)




Vender o no vender, esa es la cuestión. Es decir, no se trata de escribir bien, la cuestión es vender bien eso que se ha escrito. Como quién fabrica tornillos o boinas o muebles de cocina. El escritor vende su trabajo y el editor lo pinta o lo reinventa o lo cambia por un plato de lentejas. La fábrica de la literatura.

Édouard Levé escribía cosas así:

Cada vez escribo menos a boli y más a ordenador. Compraba más discos con veinte años que ahora con cuarenta. Llevo Levi’s 501 desde que tenía catorce años, la idea me la dio un tebeo de un vaquero que leí en casa de mi abuela pero tuve que esperar cuatro años para encontrar unos iguales. Me costó mucho decirle a mi madre que la quería, esperé a tener treinta y cinco años. Mi madre me dijo que me quería cuando yo tenía treinta y nueve años, o me lo dijo antes pero se me ha olvidado. Le dije a mi padre que lo quería cuando pasé por una depresión a los treinta y cinco, contemplaba el suicidio, me parecía una lástima morirme sin habérselo dicho. No le he dicho a mi hermano que lo quiero. No le dije a mi abuela que la quería. Les he dicho a cinco mujeres que las quería, cosa que era cierta en cuatro de los casos. Alguna vez he hecho el amor con una mujer pensando en otra.


Édouard Levé además de a la escritura se dedicaba a la fotografía y la pintura. Era, como poco, especial, peculiar, un tío raro, un perro verde. Si buscáis sus fotografías en google lo entenderéis mejor. "Ni embellezco ni afeo las cosas", decía. Y uno tiene la impresión de que si las cosas son así mejor empezar a cambiarlas, quemar lo que era y construir un mundo diferente. Pero le publicaban y posiblemente vendía. O no.


Su obra literaria se compone de cuatro libros: Obras, Autorretrato, Diario, y Suicidio. Como no los he leído no puedo contaros de qué van. "Ejercí la pintura de 1991 a 1996. Pinté quinientos cuadros, vendí unos sesenta, tengo cien almacenados, y el resto lo quemé", o "Un día le dije a mi psicoanalista: 'No disfruto de lo que poseo', y me eché a llorar", decía. Sé que unos días después de entregar Suicidio a su editor se suicidó. Una obra redonda.

Siempre me ha asombrado, asustado el suicidio. Hace años vi tirarse desde un quinto piso a alguien a quién conocía, un pequeño comerciante, un vendedor que no vendía. Estuvo dos o tres horas caminando por el alfeizar delante de la ventana de su casa. Debajo policía, bomberos, curiosos, dos psicólogos subidos a una grúa. Algunos gritaban "tírate". Eso hizo, se tiró, en pijama, gritando. Aún escucho el ruido de su cuerpo al golpear en una cornisa y estrellarse después contra el suelo. ¿Qué puede ocurrir dentro de una persona para decidir quitarse la vida?  No lo sé, me aterra esa  percepción de ejercer la última consecuencia de la libertad.

Pues eso, que hoy quería hablar sobre Édouard Levé. O no.


(Todas las fotografía son de)



martes, 18 de marzo de 2025

Dolor de estómago.

 


Antes Bilbao era una ciudad fría y lluviosa. Hoy repite el cliché. Hasta que construyeron el metro era una ciudad desierta. Hoy también lo es. Tomo vinos con los míos (¿?) por Indautxu. Estoy aburrido. Los bares se vacían. Quedamos los de siempre, los últimos, los que hablamos con el viento, los que buscamos lo que no hay. Aquí al menos. Que días más duros. Quizás no hay cara oculta de la luna y las nubes son un subterfugio. Una noche negra. Quizás no hay más que esto, vino y risas después de un día aciago. Seguro que de madrugada me duele el estómago.  


lunes, 17 de marzo de 2025

Relax

Jorge Gonzalez

Pues nada relájate que, sí, de tanto encogerte por frío y recuerdos malos te vas a absorber por el ombligo y te vas a dar vuelta, una madeja de mujer, un recuerdo de la chica que reía con la cara iluminada, de la señora estupenda hacia la que se volvían todas las miradas playeras, con burka o bikini, con sombrero o con el pelo al viento de no saber que estamos de paso, que la tensión se sube a la cabeza y lo mismo se te va el santo al cielo y esto es un infierno imposible de salir sin guía o báculo, sin mapa o miguitas dejadas por el último caminante del bosque en que se convierten los pensamientos negros, esos que te muerden algunas noches cuando dejas en la balanza que dos horas gozosas no compensan semanas de espera de no saber qué, o quién, si ya todo está dicho, escrito y ni te imaginabas que de una llamada iban a salir tantos problemas, ese agobio de un macho en celo, que no celoso, que te requiebra y quiere prender la hoguera mientras tú aplicas extintores de sentido común y calma, mordiéndote los hígados, él lo sabe, pero tú en tu puesto, digna como abadesa de un monasterio burgalés, estoica como una santa Teresa del Niño Jesús, señora como la que más, estaríamos buenos si nos dejásemos llevar por nuestros más bajos instintos, quiá, prudencia y serenidad, cilicios y codos en el pecho del bailarín, distancia y alambres de espinos si hace falta, que no lo hará, pero por si acaso, el amor en un pedestal, la amistad en una urna, vosotros tonteando como chiquillos sin saber dónde os lleva, él con su santa y tú, ahora, dentro de un rato, a misa de siete.

domingo, 16 de marzo de 2025

La puerta del Paraíso

Aquejado por la Crisis de su equipo, por diferentes Derivas, por la Apatía  vive uno ajeno a la Realidad. Pero he aquí que de pronto se topa con “La puerta del Paraíso” de la catedral de Florencia, maravilla de maravillas. 




Revisa con reverencia y detenimiento cada uno de sus paneles hasta que las murallas de Jericó le dejan extasiado. Es un tema recurrente en sus escritos, una cita culta, cool. 



Busca información en Google, en diferentes enciclopedias, en cuadernos guardados bajo la cama y resulta que por allí anduvieron arqueólogos para ver si sí o si no, que no queda claro lo de las murallas derribándose con estrépito por  siete monjes tocando la trompeta, que los defensores de la rigurosidad histórica de la Biblia, se alborotaron y los científicos dijeron que eso es lo que hay o lo que no hay. Total, que entre una cosa y otra se me ha pasado la mañana y me da que ya no usaré esa figura para mis escritos. Lástima.  


La batalla de Jericó por Julius Schnorr von Carolsfeld, h. 1851 60.

Para más información:


https://es.wikipedia.org/wiki/Jeric%C3%B3



En busca de las murallas de Jericó

Kathleen Kenyon no encontró rastro de los muros cuyo derrumbe milagroso narra la Biblia, pero a cambio sacó a la luz la ciudad más antigua del mundo


07.03.14 - 00:00 -


Las murallas de Jericó caen al paso del Arca de la Alianza, en un grabado de Doré.
La bíblica ciudad de Jericó, situada en la actual Cisjordania, fue objeto de excavaciones arqueológicas desde mediados del siglo XX. En los años treinta, el arqueólogo John Garstang creyó identificar los muros derribados a la llegada de los israelitas liderados por Josué, tal y como se narra en el Antiguo Testamento. Con sus métodos de trabajo mucho más precisos, Kathleen Kenyon demostró que se había equivocado. Pero además descubrió que el origen de la ciudad se remontaba a la prehistoria, a una fase del neolítico en la que todavía no se había inventado la cerámica. Como ella afirmó, se trataba de la ciudad más antigua del mundo.
De Kathleen Kenyon suele decirse que estuvo destinada a practicar la arqueología porque era la hija del director del Museo Británico. Sin embargo, lo cierto es que acabó dedicándose a esta disciplina por el empeño de la directora de su 'college' en Oxford, y no por propio interés. Kathleen -o simplemente K, como la llamaban en casa- nació el 5 de enero de 1906, en Londres Su padre era Frederic G. Kenyon, un personaje notable y peculiar. Lingüista y paleógrafo de prestigio, llegó al Museo Británico en 1899 para acabar siendo su director y bibliotecario jefe en 1909, cuando K tenía apenas tres años, lo que hizo que la familia se trasladara de la casa de campo en la que vivía a la 'casa del director', adyacente al Museo. Como prácticamente vivía en el trabajo, Frederic, que era un hombre apuesto, bajaba a su despacho todas las mañanas a las 9 en batín y zapatillas. Pequeño y tímido, se empeñó en presentarse voluntario para combatir en la Gran Guerra, ocurrencia descabellada que desesperó a su esposa, Amy.
Afortunadamente, su ardor patriótico hizo que olvidara pedir permiso a los patronos del Museo, lo que facilitó que se le ordenara reincorporarse a su trabajo, eso sí, con todo reconocimiento a su actitud heroica, justo cuando los militares ya habían resuelto destinarlo a un puesto burocrático. La cordura se impuso gracias a la iniciativa de Amy, que movió todos los hilos a su alcance, incluidos los que llegaban hasta la Corona y el Arzobispo de Canterbury. Como director del Museo Británico, Frederic modernizó el centro, defendió que la entrada fuera gratis, anuló la norma que obligaba a los empleados a descubrirse a su paso e instauró las visitas guiadas, que a veces conducía él mismo, entre otras iniciativas. También puso el Museo a disposición de sus hijas, Kathleen y Nora, que lo recorrían por la noche a la luz de una linterna.
Aunque su padre no fue a la guerra, K y su hermana menor jugaron a ella en casa. Sobre todo Kathleen, una niña muy inquieta y aventurera, siempre marcada con magulladuras y arañazos, que disfrutaba trepando a los árboles, atravesando los rosales del jardín y haciendo trastadas, incapaz de estarse quieta a la hora de tomar el té con otras niñas 'bien', a las que detestaba. Fue una especie de versión femenina de Guillermo el travieso, el personaje indomable de Richmal Crompton.


Kathleen Kenyon observa unos fragmentos de cerámica en la excavación de Jericó.
K no asistió a ninguna escuela en su infancia. Sus padres eran partidarios de la educación en casa y contrataron a varias institutrices. Una de ellas, alemana, fue 'denunciada' por Kathleen ante sus padres como espía. Para la enseñanza secundaria, el matrimonio Kenyon decidió enviar a sus hijas a la prestigiosa St. Paul's Girls School, que se publicitaba como un centro dedicado a “formar madres y esposas perfectas”. Esto debía de ser algún tipo de añagaza comercial para contentar y atraer a los padres más conservadores, porque lo cierto es que el centro se había especializado en formar a sus alumnas para que pudieran acceder a las Universidades de Cambridge y Oxford, y de sus aulas salieron numerosas alumnas que acabaron siendo arquitectas, enfermeras escritoras, médicas, periodistas y figuras destacadas de otras profesiones.
Vida de estudiante
Como explica Miriam Davis en la exhaustiva biografía 'Dame Kathleen Kenyon: Digging Up The Holy Land', en contra de lo que suele decirse, la joven Kathleen no fue una estudiante brillante. De hecho, era la clase de alumna que lo dejaba todo para el último momento, que no se sentaba a preparar los exámenes hasta la víspera y que se acogió con entusiasmo a la ley del mínimo esfuerzo para alcanzar el aprobado raspado. Prefería jugar al hockey, bailar e ir de excursión con los amigos. Su vida en el Somerville College de Oxford fue una extensión de la misma dinámica. Durante la primera parte de su etapa universitaria se comportó como si fuera un personaje de 'Retorno a Brideshead': muchas fiestas, reuniones sociales en su habitación, deportes, escapadas fuera de horario permitido, números rojos en el presupuesto personal y mucho baile. De hecho, durante la primera parte de su carrera su único contacto entusiasta con la arqueología fue el que mantuvo con su pareja en la pista, el arqueólogo Christopher Hawkes, un excelente bailarín, que acabaría siendo profesor de Prehistoria europea en Oxford. En cuanto a parejas sentimentales, a K no se le conoció ninguna y permaneció soltera toda su vida.

Vista aérea de Tell-El Sultán, la antigua Jericó.
K se apuntó a la Sociedad Arqueológica de la Universidad de Oxford, pero no por un especial interés científico -estudiaba Historia Moderna-, sino porque funcionaba como un buen club social. Su discurso de ingreso versó sobre la vida cotidiana en la Edad Media y para ilustrarlo se sirvió de diapositivas que tomó prestadas del Museo Británico. La Sociedad se había empeñado en atraer mujeres, lo que facilitó que Kathleen acabara convirtiéndose en su primera presidenta. La joven acabó licenciándose, pero con notas modestas. La directora del Somerville College, Margery Fry, decidió impulsar su carrera enviándola a África como fotógrafa de la expedición arqueológica dirigida por Gertrude Caton Thompson en 1929. Este viaje, en el que además de hacer fotos acabó excavando, fue el que despertó la vocación arqueológica de Kenyon.
A su regreso a Inglaterra Kathleen aprendió a excavar con Mortimer y Tessa Wheeler entre 1930 y 1935 en Verulamium, ciudad romana situada en St Albams (Hertfordshire). Los Wheeler habían desarrollado un método de excavación que daba gran importancia a facilitar la lectura estratigráfica y el registro de los artefactos extraídos. Se trata de dividir la superficie a excavar en una retícula de referencia formada por cuadros de cinco metros de lado. Esos cuadros se excavan dejando entre ellos unos 'testigos', unas franjas de tierra sin cavar, de una anchura de un metro, suficiente para garantizar su solidez y el tránsito de los trabajadores, y que permiten realizar cuatro lecturas estratigráficas de otros tantos cortes por cada cuadro. A modo de 'examen final', los Wheeler le encargaron que dirigiera la excavación del teatro de la ciudad, labor que realizó con eficiencia. Kenyon siguió colaborando con los Wheeler en la fundación del Instituto de Arqueología del University College de Londres, donde trabajó como secretaria de administración. También excavó en Samaria, en Palestina, entonces bajo mandato británico, y más adelante dirigió, ya por su cuenta, las excavaciones de Jewry Wall, en Leicester.
Tras servir en la Cruz Roja durante la Segunda Guerra Mundial, Kenyon se convirtió en profesora de la Universidad de Londres mientras seguía excavando yacimientos romanos en Gran Bretaña. Entre 1948 y 1951 trabajó también en la ciudad romana de Sabratha, en Libia, una de las primeras expediciones arqueológicas británicas en el extranjero después de la guerra. Pero su trabajo más destacado y el que le daría fama fue la excavación de Jericó, en la actual Cisjordania, la ciudad de la Tierra de Canaán que, según el Antiguo Testamento, conquistaron los israelitas liderados por Josué y cuyas murallas se derrumbaron cuando los sacerdotes que guardaban el Arca de la Alianza tocaron los shofarim, unos cuernos ceremoniales, por orden de Yahvé.
Arqueología bíblica en Jericó
Jericó ya había recibido las visitas de varios arqueólogos, tanto británicos como alemanes. La primera excavación formal, en 1868, se debió a Charles Warren, al que siguieron Ernst Sellin y Carl Watzinger, ya a principios del siglo XX, y, sobre todo, John Garstang, que había sido director del Departamento de Antigüedades durante el mandato británico de Palestina, entre 1920 y 1926. Garstang excavó en Tell El-Sultan, separado unos pocos kilómetros de la Jericó contemporánea, entre 1930 y 1936. Se trataba de un tell de 16 metros de altura formado por las sucesivas ocupaciones del asentamiento. En los tiempos de Garstang el objetivo de la arqueología bíblica seguía siendo encontrar los rastros materiales que confirmaran los relatos bíblicos y el arqueólogo se empeñó en localizar las murallas derribadas por los siete sacerdotes que llevaban “trompetas hechas de cuernos de carneros” (Josué, 6:4). Toda ciudad antigua -y las del Oriente Próximo muy especialmente- muestra numerosos niveles de destrucción, rastros de incendios, de inundaciones y de reconstrucciones. El excavador empeñado que quisiera encontrar las huellas del diluvio, la llegada de los israelitas o cualquier otro relato bíblico tenía todo a su favor para conseguirlo. Por lo tanto Garstang 'encontró' las murallas derribadas por los israelitas, un hecho que fue admitido sin mayor discusión hasta la llegada de Kenyon.
Suele decirse que Kathleen no llegó a Jericó para confirmar ningún relato bíblico y que lo que le interesaba era investigar el origen de la domesticación en el Oriente Próximo. “En 1941 Gordon Childe acuñó el concepto de 'Revolución neolítica', un cambio cultural en el que el inicio de la producción de alimentos actuaba como factor decisivo”. Como explican Paul G. Bahn y Colin Renfrew en 'Arqueología' (editado por Akal), “en la posguerra, una serie de expediciones de campo multidisciplinares trataron de encontrar evidencias de las ideas apuntadas por Childe. Robert J. Braidwood en Irak, Frank Hole en Irán, Kathleen Kenyon en Palestina y James Mellaart en Turquía encabezaron lo que podríamos llamar la primera hola de investigadores”. Es cierto, pero también es verdad que Kenyon sí que tenía interés por la faceta bíblica de la excavación de Jericó. Era creyente y asistió a la iglesia con regularidad durante toda su vida. Creía que los relatos del Antiguo Testamento tenían una base histórica. Pero de su padre había aprendido que la Biblia no debía de tomarse a pies juntillas como una crónica histórica, y que los hechos demostrados y los datos científicos debían prevalecer siempre sobre el relato legendario.

Kenyon, durante un descanso en la excavación.
La arqueóloga trabajó en Jericó entre 1952 y 1958, a la cabeza de un equipo internacional formado por estudiantes y arqueólogos. Aplicó dos herramientas con las que Garstang no pudo contar: el método de excavación de los Wheeler, mejorado por ella, y la datación por Carbono 14, un sistema de datación absoluta que estaba revolucionando la arqueología de medio mundo. Lo primero que descubrió Kenyon es que Garstang se había equivocado de murallas. De hecho, para la época en la que pudo haber vivido Josué, hacia el siglo XIII aC, la ciudad hacía tiempo que había desaparecido. Como escriben Israel Finkelstein y Neil Asher Silberman en 'La Biblia desenterrada' (editado por Siglo XXI), “en el caso de Jericó no existían huellas de ningún tipo de poblamiento en el siglo XIII aC, y el asentamiento del Bronce Reciente, fechado en el XIV aC, era pequeño y pobre, casi insignificante, y, además, no había sido fortificado. No había tampoco señales de destrucción. Así, la famosa escena de las fuerzas israelitas marchando con el Arca de la Alianza en torno a la ciudad amurallada y provocando el derrumbamiento de los poderosos muros de Jericó al son de las trompetas de guerra era, por decirlo sencillamente, un espejismo romántico”.
Y no es que faltaran murallas en el yacimiento. Gracias a sus precisas estratigrafías, Kenyon pudo demostrar que en algunos puntos las fortificaciones se habían reparado hasta 17 veces. Al igual que Schliemann en Troya, Garstang se había pasado de largo y había profundizado demasiado. “Estas dos murallas (las excavadas por Garstang) en realidad pertenecen a la primera Edad del Bronce”, escribió Kenyon (en 'Digging up Jericho', 1957).
Una ciudad del Neolítico
La arqueóloga demostró que Garstang se había equivocado, pero a cambio descubrió algo asombroso, que Jericó era mucho más antigua de lo que se pensaba. Revisar el trabajo de su predecesor no era el único fin de su trabajo, pues entre sus objetivos estaba también fechar “el comienzo y el final de Jericó”. En cuanto a este último, demostró que el lugar había sido abandonado en el siglo XIII aC. En cuanto al principio, la ciudad era tan antigua que cuando se construyó por primera vez ni siquiera existía le cerámica. “Jericó puede presumir de ser la primera ciudad conocida de la Tierra”, resumió Kenyon, que sacó a la luz niveles y niveles de ocupación, cada vez más antiguos, hasta alcanzar una ciudad primigenia que debió de estar ocupada entre los años 8350 y 5850 aC, a lo largo de dos fases que han sido denominadas Neolítico precerámico A y Neolítico Precerámico B, separadas por un 'hueco' de varios siglos.
La primera Jericó abarcaba unos 40.000 metros cuadrados, estaba defendida por una muralla y contaba con una torre de planta circular y de unos 9 metros de altura, que el equipo de Kenyon desenterró en 1952. Todavía se discute sobre la función de este edificio y las interpretaciones van de la defensiva a la que le da una uso como observatorio astronómico. Las casas son de planta circular y están construidas con ladrillos de adobe. La cerámica no se había inventado aún y sus habitantes se servían de cuencos trabajados en piedra. Se dedicaban a la agricultura -cultivaban cebada y legumbres- y a la caza. Enterraban a sus muertos en las casas aunque los esqueletos no están completos. Los arqueólogos encontraron varios cráneos a los que se les había retirado la mandíbula y cuyos rostros habían sido reelaborados con yeso y conchas de cauri para simular los ojos. La población ha sido estimada en unos 2.000 a 3.000 habitantes. Esta primera ciudad de Jericó se levantó sobre una aldea de chozas anterior cuyo origen se remonta hasta 9600 aC, según las últimas estimaciones.
Jericó se convertiría en el eje de la carrera arqueológica de Kathleen Kenyon. Publicó textos técnicos y libros de divulgación sobre la ciudad prehistórica el resto de su vida. Además, excavó en Jerusalén entre 1961 y 1967, fue nombrada directora del St. Hugh's College de Londres. Poco antes de su retiro, en 1971, fue distinguida con el título de Dama de la Orden del Imperio Británico por la reina Isabel II. Murió el 24 de agosto de 1978, a los 72 años, dejando numerosos informes y anotaciones sin editar, muchas de ellas indescifrables a causa de su letra impenetrable. Hoy día Kathleen Kenyon, a la que llegaron a llamar “la señora Estratigrafía”, está considerada por muchos como la arqueóloga más influyente del siglo XX.

La famosa torre de Jericó se alza en el fondo de la excavación.

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