Bienvenidos.
Dicen que la distancia es el olvido pero yo no concibo esa razón que los perros que muerden la mano que les alimenta son peligrosos, quizás más que los gatos que menean la cola mirando hacia otro lado, un poco menos que un übersexual enfadado, que no sé muy bien qué es lo que es, ay de mí, pobre ignorante, que además estoy perdiendo el gusto, el tacto y el olfato, que tuve una temporada –época de mi vida, el pleistoceno- que no tenía gusto por nada, que estaba desganado, lejos del goce y las alharacas, ajeno a fiestas, saraos y guateques, un soso, ya te digo (yo), menos mal que no hay mal (perdón por la redundancia) que cien años dure ni paisano (no) (perdón por señalar) que lo aguante, que digo, o quiero decir, que lo que aquí dejo no son palabras dictadas por una paloma torcaz, ni siquiera se me ha aparecido una virgen sobre un manzano en flor o una zarza ardiente, la mayoría de las ocasiones son incoherencias que se me ocurren producto del aburrimiento, de la súbita inspiración a veces, de la ingestión de bebidas espumosas o decididamente alcohólicas, de la lenta digestión de alubias con todos los sacramentos, amén, del goce junto a personas de esas que las conoces y parece que ha empezado otra vida, algo así como un vis a vis con la eternidad, el descubrimiento de una nueva especie de ave o reptil, mamífero de los que nadan, tortuga o caminante a la altura de Triacastela que, te lo juro, es un pueblo donde dormí fuera de la iglesia, en el cementerio (leches, no se me apareció nadie esa noche, ni siquiera la hija del dueño del bar donde cené que eso sí que era una hija) y así cada madrugada a las doce (o clock) pero, de qué nos sirve todo esto si el futuro ya está aquí y estamos enamorados de la moda juvenil y acumulo escritos en el camarote de invitados que un amanecer escuché un crujido y creo que nos estamos inundando, consecuencia de vivir a la deriva y no bajo los puentes del Sena, aquí con unas amigas. Pues eso, glup.
Katia Berestova
Parisina, te visualizo en una
celda de lujo, incomunicada con el vecino Antoine, con los vecinos en general,
con los ciudadanos de París sin orejas, con cascos, de todos los colores, en
bicicleta, cabeza abajo, serios y concentrados en su mismidad, eso. Sigo
visualizándote y se me pone la frente escarlata fruición por todo lo que
copias, conoces, contrastas, descubres, imaginas, de fuera, de dentro, una
artista like you. Que eres –imagino- una fuerza imparable y envidia me da
saberte por esas calles que me recuerdan a las que veía en las películas de la
segunda guerra mundial, la torre Eiffel al fondo, que cuando fui a Berlín por
primera vez pensaba que las casas estarían derruidas y negras, con cascotes por
las calles, y no, Berlín reluce, que es lo que tiene llegar a una edad, que
recuerdas mejor lo que era que lo que es, ahora, demasiadas responsabilidades,
o una, que lo que quiero es olvidarme de la escritura, de la mística y estar
tumbado en la playa de Langosteira, leyendo todos libros que me faltan
por leer, escribiendo los míos, nadando hasta el horizonte,
subiendo al Pindo para saber lo que hay al otro lado, siempre hay otro lado,
otros valles, los edificios son diferentes, las personas son diferentes por
fuera, por dentro somos muy parecidos, los mismos miedos, anhelos, sueños,
ilusiones, ser, querer ser, o no, que también hay muchos que no saben dónde
van, tú sí, parisina a la que no conozco, por esas calles llenas de nadie, de
momento, hasta que traces una línea desde dónde estás hasta dónde llegarás y
ese será tu camino, nadie puede andarlo por ti, como mucho a tu lado,
disfrutando tu alegría, que sé que me miras con una cara entre seria y
chungona y vacilas y me llenas de risas cuando te llamo, medio en secreto, que
no te conozco y sí, que puedes ser una gallina o la portera de la casa de
Cortázar, una bailarina de Pigalle o una estudiante de Erasmus en prácticas de
seductora de confiados redactores de páginas web, soul, blue, thing, think,
cool, be, end, clock, esta es la carta que no puedo escribirte, amanuense de
símbolos eróticos, corrector de estímulos, hay que ver, que te desconozco y te
conozco. Más o menos.
Asustado, acosado por mis fantasmas, perdido en mitad de un bosque de palabras, con ni sé cuántas páginas visitadas, un exceso, un honor, un placer, una recompensa, muchas veces, aquí, un número redondo, bola de nieve que empezó a rodar hace tanto, goteo desde el 1 (uno), tan enriquecedor, tan compartido, tan grato, intercambio de emociones, conocimientos, sentimientos, sueños, pesadillas, crisis, traumas, recuerdos, imaginación, lo que es, lo que nunca ha sido, lo que puede que sea, cuentos, casi poemas, historias para dormir, para no dormir, para creer, para olvidarse de todo y zarpar desde un puerto entre la niebla, lluvia o sol, lágrimas, muchas risas, celos, ternura, cariño, envidia, comprensión, miradas detrás de la cortina, nombres propios, anónimos, compañeros, amistad, amor creciendo, admiración por lo descubierto en tantas páginas que han enriquecido esta, tanto arte de tantos artistas, pero, la fama, amigos, me asedian, me siguen, escudriñan mi vida íntima, quieren entrevistas, mis puntos de vista (no saben que tengo un acusado estrabismo), me revisan la basura, el buzón, interrogan al cartero, al notario del primero, no puedo salir a la calle, siempre tengo dos fotógrafos en la puerta de casa, mis amantes se buscan otro (s), mis novias me dejan aburridas de los paparazzi, mis amigos me detestan, me huyen, dicen que la fama se me ha subido a la cabeza (donde tengo el cangrejo), que me he vuelto un creído (un ateo como yo), que no pago una ronda en los bares, que escribir así es de moñas (quizás lo soy un poco, pero por si acaso les he partido la boca a dos), que me he tenido que ir al pueblo (ese que no tengo), lejos de los focos, a escribir en calma (si aquí saben que soy poeta me tiran al río), por eso estoy aburrido, ¿entendéis?, necesito calmarme, pensar, crear, rimar, imaginar, los artistas necesitamos paz, aun así, ayer, paseando por los campos de trigo me seguía el corresponsal del País con un fotógrafo zurdo (le rompí la cámara a cantazos), pero pensando, pensando…estoy convencido, dejo la literatura y me dedico a la magia del cine.
En un tiempo sin teléfonos
móviles, Parker se sentía atraído por la chica rubia.
Ella vivía al otro lado de la ciudad, lejos. Una tarde fue a visitarla. Pasearon por un parque, había vencejos en el aire, hacía frío. Hablaron de ayer, apenas de ahora, nada de mañana. Pasearon junto a un estanque, había patos, comenzó a llover, suave, sirimiri. Él dijo, mira qué cielo, viene tormenta. Ella dijo, adiós. Pero el coche no arrancaba, empezó a llover más fuerte y ella dijo, ven a casa, tomaremos café.
Lo tomaron y conversaron sobre ahora y sobre luego. Una charla hermosa con cascabeles y gatos de angora deslizándose por la voz melodiosa de la chica rubia. Él le preguntó por qué hablaba tan bajo. Ella respondió que en las paredes había orejas de habitantes de otro tiempo. Él no lo tomó en serio y quiso besarle en el cuello. Ella se sentó en un extremo del sofá y levantó un muro de no, no y no.
El agua golpeaba y golpeaba en los cristales del salón y la casa de Parker estaba más lejos de su recuerdo a cada minuto. La chica rubia se volvía más y más atractiva a cada segundo y en el aire estallaban burbujas de deseo y el silencio se interrumpía por el vuelo de golondrinas lujuriosas. No había aparatos de medición para saber quién de los dos estaba más alterado, más atraído por el otro, la situación y el tiempo.
El escarbó con una uña en el muro del no y un ladrillo cedió. Voy a darte un beso, aviso. Ella bajó los ojos y se humedeció los labios. Se besaron como en una película de los cincuenta. El primer beso fue breve. El número quince duró el tiempo suficiente para que ella cortara todas las orejas del pasillo y le invitara a su cama.
Parker y la chica rubia hicieron el amor hasta que les dolió el alma, tan dichosos y nuevos que aquel cuarto fue un paraíso, lloraron de felicidad, fuera aún llovía y cuando brillando en la oscuridad fue a buscar su coche no arrancó, claro, y ahora en el asiento de al lado del conductor del camión grúa sonríe tontamente y busca una excusa creíble para justificar su vuelta a casa tan de madrugada.
Hotel Savoy
Joseph Roth.
Es una de esas novelas que hay
que leer. Una pequeña joya. Breve, intensa, con un estilo conciso, narra
personas y momentos de entreguerras en una capital de un país centroeuropeo. Me
ha gustado e interesado mucho.
https://leeresvivirdosveces.com/2019/03/12/resena-de-hotel-savoy-de-joseph-roth/
https://es.wikipedia.org/wiki/Hotel_Savoy_(novela)
https://jorgepozosoriano.com/2024/10/30/critica-hotel-savoy/
https://es.wikipedia.org/wiki/Joseph_Roth
La vida es hacer lo que no se debe, desaprender, sorprender (te), matar la rutina.
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Tienes que ver “Querer”, te va a encantar. Además
está rodada en Bilbao.
¿De qué va?
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Es de una separación.
No, no quiero verla.
Pero la he visto, los cuatro
capítulos seguidos, toda la tarde. Adjunto opiniones de varios críticos que la
definen muy bien. Me ha parecido una serie magnífica. Podría extenderme pero
solo diré que conozco más de un caso similar, que he identificado algunas actitudes con
personas y situaciones y que me he emocionado tanto que solo diré que me parece muy recomendable.
"Deslumbrante serie que radiografía el
maltrato dentro de la pareja (...) una producción modélica que, desde ya, es
uno de los milagros del año (...) Alauda Ruiz de Azúa se confirma como una de
las cineastas de referencia de su generación. Monumental."
Luis Martínez: Diario El Mundo
"Son cuatro episodios
apabullantes, demoledores, que transitan entre géneros -del drama familiar a la
intriga judicial pasando por el ‘thriller’ psicológico"
Nando Salvá: Diario El Periódico
"Un formidable estudio del
consentimiento dentro del matrimonio con una gran Nagore Aranburu (...)
Sutileza sería el adjetivo que mejor describe la puesta en escena y la
narración (...) una serie que busca el realismo y la austeridad a cada paso"
Pepa Blanes: Cadena SER
"Una gran serie (...) un
pudoroso ejercicio de clasicismo que invisibiliza su puesta en escena, lo que
magnifica la finura del trabajo de Ruiz de Azúa que nunca quiere imponerse a su
narración pero que jamás pierde la oportunidad de engrandecerla (...)
Puntuación: ★★★★½
(sobre 5)"
Enric Albero: El Cultural
"Excelente trabajo (...) un
guion finísimo (...) una impresionante Nagore Aramburu (...) La serie evita
toda épica y ser maniquea"
Javier Zurro: eldiario.es
"Es buena, incluso a veces
muy buena, como en el capítulo del juicio. (...) Alauda Ruiz de Azúa posee
talento, sensibilidad y credibilidad. Te hace dudar, te hace sentir, sabe cómo
utilizar la cámara, dirige muy bien a los intérpretes."
Carlos Boyero: Diario El País
"Un realista y duro retrato
familiar que te atravesará el alma. (...) a destacar la sobresaliente e
inquietante interpretación de los cuatro protagonistas."
Berto Molina: El Confidencial
Los muchachos de las bicicletas la cortejaban en los callejones.
Sé que todavía estoy para traducir el
olor del viento, para que el recuerdo no se adelgace en los días sin sol de esta primavera herida, vida gastada en trabajos de Sísifo, el tiempo que prepara su
venganza, una larga playa, vacía, entiendo cada grano de arena, cada suspiro que
sale de la pared de piedra que limita el mar, reino del sí pero no, del no pero
sí, lanzo mi pena a la tercera ola, zamarreo el dolor y no es lo mismo, no
cierro los ojos, no quiero dormir, danzo en la solicitud de la vida que fluye.
Permanecer insomnes, atentos, en
vigilia.
No dejar que muera la zarza
florecida.
Lo incierto.
Día del Padre. Con lo de la disminución de los toldos en la Concha, el viaje a Vitoria y otros avatares cotidianos no me ha quedado mas remedio que echarme a la bebida, no de cabeza que uno ya no está para excesos excesivos, apenas mojar un pie, como cuando pruebas la temperatura del agua de una piscina, al revés, es decir mojarte por dentro sin humedecerte por fuera. Si bebes no conduzcas, incluso no te subas al Metro, sus escaleras mecánicas son una trampa para elefantes sin trompa o viceversa. Por eso he vuelto a casa pian, pianito, caminando entre estructuras metálicas, todas las comunidades de vecinos bilbaínos han decidido arreglar sus fachadas a la vez, es importante tener una buena fachada. Dice Montaigne en sus Ensayos que “Amurat, en la toma del Istmo, sacrificó seiscientos jóvenes griegos, al alma de su padre, a fin de que la sangre derramada sirviese de alivio al espíritu del difunto”, esos eran dirigentes políticos no los de ahora que nos llevan al Abismo y estamos todos como si nada, cada uno a lo suyo, en su ombligo, indiferentes a Gaza, a Ucrania, al Congo. Los jóvenes, que no han hecho la mili, no están acostumbrados al rancho y a la melancolía, aquellas guardias en el cuartel donde ahora pasa una autovía, aquellos ejercicios de tiro en el Pagasarri pero ahora en vivo para dejar bien muertos a los otros, posiblemente ni eso, Uno aprieta un botón y la Humanidad se va al carajo. Por eso es muy importante tener un toldo en la Concha, que qué sabrá Costa de mareas, el alcalde sí que sabe, cualquier alcalde sabe más que cualquier ciudadano, dónde va a parar, donde esté un alcalde sabio que se quite un ciudadano lerdo, que los hay, que se quite o lo quitamos, lo primero es el partido (he querido escribir Partido, he querido, quiero, escribir tantas cosas pero la ingesta de bebidas alcohólicas aunque sean de poca graduación limita bastante las capacidades intelectuales y no digamos nada de las físicas que con esto del lumbago anda uno torcido, dolorido, disminuido y envuelto en una funda gris ¿Dónde está el que corría por las riberas, el que nadaba hasta la boya en Elantxobe y luego apenas podía volver a puerto. Total, que beber no ayuda pero aligera el peso del tiempo, incluso su paso, que nos hemos encontrado con C. que era una belleza y no quiero pensar cómo estará uno, que no se ve, verse uno mismo es complicado porque siempre eres indulgente contigo mismo y sin espejos a mano es un lío, será otro, su padre, ese no soy yo. Y sí eres, ¡idiota! bebiendo y viviendo, que no es lo mismo, hay un punto en el que debes saber diferencial al mártir del teólogo, los dos son santos pero en la iconografía uno lleva una parrilla y el otro un búho. Sigue este párrafo entre paréntesis y me entra sueño porque entre que me he levantado a las 5 de la madrugada, el viaje, el recuerdo de los toldos y, sobre todo, la manzanilla, se me están alborotando las teclas y las meninges). Un placer.
"Viviría sin problemas la misma vida una segunda vez, pero no una tercera" (Édouard Levé)
Antes Bilbao era una ciudad fría
y lluviosa. Hoy repite el cliché. Hasta que construyeron el metro era una
ciudad desierta. Hoy también lo es. Tomo vinos con los míos (¿?) por Indautxu.
Estoy aburrido. Los bares se vacían. Quedamos los de siempre, los últimos, los
que hablamos con el viento, los que buscamos lo que no hay. Aquí al menos. Que días
más duros. Quizás no hay cara oculta de la luna y las nubes son un subterfugio.
Una noche negra. Quizás no hay más que esto, vino y risas después de un día
aciago. Seguro que de madrugada me duele el estómago.
Pues nada relájate que, sí, de tanto encogerte por frío y recuerdos malos te vas a absorber por el ombligo y te vas a dar vuelta, una madeja de mujer, un recuerdo de la chica que reía con la cara iluminada, de la señora estupenda hacia la que se volvían todas las miradas playeras, con burka o bikini, con sombrero o con el pelo al viento de no saber que estamos de paso, que la tensión se sube a la cabeza y lo mismo se te va el santo al cielo y esto es un infierno imposible de salir sin guía o báculo, sin mapa o miguitas dejadas por el último caminante del bosque en que se convierten los pensamientos negros, esos que te muerden algunas noches cuando dejas en la balanza que dos horas gozosas no compensan semanas de espera de no saber qué, o quién, si ya todo está dicho, escrito y ni te imaginabas que de una llamada iban a salir tantos problemas, ese agobio de un macho en celo, que no celoso, que te requiebra y quiere prender la hoguera mientras tú aplicas extintores de sentido común y calma, mordiéndote los hígados, él lo sabe, pero tú en tu puesto, digna como abadesa de un monasterio burgalés, estoica como una santa Teresa del Niño Jesús, señora como la que más, estaríamos buenos si nos dejásemos llevar por nuestros más bajos instintos, quiá, prudencia y serenidad, cilicios y codos en el pecho del bailarín, distancia y alambres de espinos si hace falta, que no lo hará, pero por si acaso, el amor en un pedestal, la amistad en una urna, vosotros tonteando como chiquillos sin saber dónde os lleva, él con su santa y tú, ahora, dentro de un rato, a misa de siete.
Aquejado por la Crisis de su equipo, por diferentes Derivas, por la Apatía vive uno ajeno a la Realidad. Pero he aquí que de pronto se topa con “La puerta del Paraíso” de la catedral de Florencia, maravilla de maravillas.