Maggie Cheung Vogue Italia (June 2008) ph. Peter Lindbergh

domingo, 16 de diciembre de 2007

Ceguera. (Versión 2 - Autoescopia)

Cazaba las gacelas de tu cuerpo.
Sangre en celo. Sus garras y mi cama.
Hoy nada. Todo. Sólo
la luna que está llena en mi ventana.

(E.P.Zúñiga)


Se levanta la mañana, melódica y afortunada. Dos gorriones se buscan en el suelo y juegan, sus alas levantan pequeñas nubes de tierra marrón que filtran el naciente sol inclinado. La tórtola zurea incansable en el tejado. Al traspasar el umbral sabe de la mirada cotidiana que le sigue. Una mujer al otro lado de la calle reanima la ausencia inglesa. Iluso, se abraza a la inconformidad de aceptar que pasea solo. Alisa los pliegues generosos de los recuerdos y se desvela sumergido. Quisiera sacar la cabeza fuera del pozo de la nostalgia. Inútil, el cuerpo se hunde, no distingue la cabeza.

Pero no hay tiempo para la pereza y mientras, camina tal cual hasta el centro del pueblo. Un fresco viento de poniente acaricia y esparce jirones de nubes por el cielo. El día brilla y relucen las piedras. Diría que hoy le miran sorprendidas, interrogativas. Quieren. Sí, quieren. Quieren saber. Quieren saber más y más con acerada curiosidad. Si pudiera dejar de no estar. Si pudiera ser luego. Si pudiera ahogarse en la lucidez de mañana. Si no fuera siempre demasiado pronto para que llegue ahora. Si no se obligara a vivir después, para acabar quedándose siempre empapado en relojes de antes. Esta lluvia de destiempos no cesa. Hasta las respuestas que ensaya son como caballos corriendo hacia atrás. Haga lo que haga vuelve a encontrarse llegando, renovando la salida.

Cruzan con él saludos. Piensa que las calles están llenas de hombres sentados a la orilla de la vida. Entrevé su caminar con la cabeza baja. Sin llegar a pensarlo se distrae. Dibujos de tiza en la pared, nombres dentro de un corazón, caras sonrientes, flechas, insultos a la autoridad, carteles con prohibiciones. Recoger la correspondencia, notificaciones del banco, cartas con propaganda, facturas. Y la espera retorna. Espera, siempre espera el mensaje que le salve. Cree recordar que antes de que se fuera a Inglaterra los caminos no eran estos laberintos.

Volviendo a casa le asalta la inquietud ¿Cuándo, cuándo fue? ¿Cuándo aceptó esta carne muerta? No siempre fue así. Hubo un tiempo en que habitaba un cuerpo vivo. ¿Lo sabía entonces? No, cuando lo supo era demasiado tarde. Claro, sólo ahora sabe que fue demasiado tarde. Entonces se ocupaba en contemplar sus hazañas. Para demostrarse que estaba vivo y así, ocupado como estaba en ser un héroe para ella, no llegó a saber que estaba vivo. Que lo crea, que ella lo crea, aún, aún... con qué fuerza aún desea que ella lo salve de estar ya muerto.

Al doblar la esquina un vértigo inesperado se apodera de él. No precisa levantar los ojos hasta la ventana. Esa mirada constante en la que se mece hoy lo arranca del soliloquio, de arriba abajo su cuerpo se desgarra. División que no admite apelación. Así, atisba con certeza que el riesgo es otra cosa. Que no había riesgo en sus hazañas de cuando se creía vivo en la otra escena. Maldita certeza que se planta erguida marcando inequívocamente la inutilidad de los laberintos y la dirección de la real sima que es preciso saltar.

Esa noche sueña con un viejo travestido, máscara femenina, en elegante traje blanco. Con voz obscena le llama para, cuando él le mira, devolverle una mirada de odio y desprecio. Este especular escenario onírico da cuerpo a una verdad que el escenario de la realidad desdibujaba. Sale de casa sin comprender aún pero sabiendo llegado el momento de concluir. No más, no más mirarse completando los cuadros ya sabidos. Camina rápido, justo al entrar en la estación su salto toma el nombre de canal de la mancha. No advierte un autobús que se aproxima, le golpea y le arrastra por el suelo.

En el hospital, Carmela, con paciencia, le acomoda entre las almohadas, le alisa las sábanas, le ofrece agua, una revista, le arregla el pijama, le comenta lo afortunado que es a pesar de esa pierna escayolada. Le mima más desde que hace tres años un taxi negro atropelló en Londres a su hermana pequeña. Jamás pensó que la muerte de su cuñada trastornara tanto a Daniel, nunca se había llevado bien con su hermana demasiado rebelde.

Desde su accidente Daniel se ríe cada noche con un viejo travestido. Los médicos no se explican que un golpe en la pierna haya llegado a afectarle la cabeza.


(Agradezco a C su intensa colaboración en esta versión)
Si has leído las dos versiones
¿Puedes decirme cual te ha gustado más?
Muchas gracias

Aquí.


12 comments :

ybris dijo...

Ayer me pareció insuperable.
Hoy lo veo igual.
El hecho de que él se sienta acabado no quita ni una sola de sus preguntas sobre el pasado y sobre su presente.
Y en toda esta derrota le acecha su muerte travestida.
Y al final lo único real es Carmela y su propia locura.

Esta autoescopia me ha gustado más.
Que ya es decir.

Un abrazo.

Magnolio dijo...

En ambas "Cegueras" las escopias bien hendidas, sin duda.

La primera, en mi opinión, con un resultado contradictorio entre la pretendida lucidez de Daniel y la realidad interna del relato que la desmiente.

Hoy, creo, el relato es redondo, ha ganado en coherencia. Lo otro: las reflexiones y belleza del autor, estaban ya.

Nikté dijo...

Siento contradecir a Magnolio, la primera , me quedo con ella, no solo por su coherencia, si no porque da una información que es necesaria para entender el texto, cosa que en el segundo se omite y queda más al aire de ser interpretado de mil maneras.
Debo confensar que cuando he empezado a leerlo crei que estaba sufriendo mis lapsus de memoria, pensé...esto lo he leido antes.
En fin, beso de domingo, recluida en casa por culpa de la fiebre de las vacas locas, no la mía.

mirada dijo...

Estimado Pedro,
me ha gustado más la versión 2, por su narración poética.
Un beso.

Ogigia dijo...

qué buen texto...

Pedro M. Martínez dijo...

ybris, no puedo contar todo, me limito a escribir sobre lo que imagino, recuerdo, siento, intuyo, veo.
Procuro no mezclar mi vida, la real, la que sucede.
Pero sí, un día –nada que ver con mi cuentito- se me apareció la muerte trasvestida.
Y lo pasé muy mal.
Un abrazo.

Pedro M. Martínez dijo...

Gracias, Magnolio, sobre todo por lo de belleza del autor. Recuérdame que te envíe bombones. Jajajaja. ¡Guapa!
Ay, como estás.

Pedro M. Martínez dijo...

Febril Nikté, gracias por tu opción.
No contaré como están escritas las dos versiones pero para mi es importante saber cual gusta más (si es que alguna gusta, claro).
Un abrazo medicinal con beso incluido. Que te sea leve.

Pedro M. Martínez dijo...

Estimada Mirada, sirva la presente para dar testimonio de mi agradecimiento por sus opiniones que pasan a formar parte de una encuesta general cuyos resultados serán publicados aquí mismo en breves fechas.
Reciba usted mi saludo y mis mejores deseos (de estos últimos, muchos)

Un beso (pero beso, beso)

Pedro M. Martínez dijo...

Gracias por la exageración Ogigia.

gaia07 dijo...

La versión 1 me gustó más… si. He podido ser él mientras leía, sentía y vivía lo que estaba escrito.

En la versión 2, era mi mente la que deducía, entreveía el sentimiento desgranando esas frases cortas y contundentes, pero disfruté más con la primera.

Besos, los de la versión primera y los de la segunda mezclaillos.

Pedro M. Martínez dijo...

Gracias, gaia07, tu comentario me sirve de mucho.
Me lo has dejado muy claro.
Además recibo los dos besos.
Guapa.

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