Orden, please (2)
Desde niño he sido un maniático del orden.
Con la nostalgia huida o en barbecho, la mujer está tumbada bajo la urdimbre de palabras tentadoras que se balancean en un árbol poblado de estorninos insomnes.
Yo tenía dieciseis años...
en el corazón, pero no tenía
ni un solo lugar dónde colocar
el sentimiento de mi inocencia.
(Genet)
Lástima de tiempo perdido. Pienso
en entonces y es ahora, una plaza dónde cabía el mundo y no cabían los coches,
que no había, ni los viejos paseantes, ni el otoño, sólo tu silueta, ni
siquiera tú, que no eras, nunca fuiste sino el espejismo, la que nunca, no un
deseo, no una idea, algo más hondo, intenso, primigenio, lo que no se entiende,
pero duele, lo que sujeta el alma y la domina, la que ilumina la vida y la
disturba, la vuelve del revés, la que da sentido, principio, colorea la espera
en las esquinas, el ansia, premonición, error, acierto, voluntad clavada a un
nombre, el tuyo, repetido, soñándote en mil noches, obsesivo, mordiéndome los
puños al no verte, rota la lengua cuando no te hablaba, era ayer –recuerdo- y
es ahora, curioso tiempo circular que vuelve y somos, ay, amigos, tal vez, nos conocemos,
cambiamos confidencias, sin apuro, bella entrega de historias medio ocultas, de
pasado, de emociones, tus padres, los míos, otras parejas, amores, el tiempo
–otra vez- que va corriendo y nos deja más cerca del invierno que del brotar de
flores, más lejos de aquella plaza dónde cabía el mundo y sin embargo no nos
abrazamos una tarde que llovía, no buscamos la oscuridad para besarnos, no
vimos que esto no es un juego y que la vida –oh, paradoja- estaba escrita desde
antes, desde un principio impreciso, remoto, desde siempre. Lástima de tiempo
perdido.
Aún no amanece. Las calles están oscuras. No
lo comentes, esta ciudad está llena de mentira y suciedad. El resto, la luz, es
propaganda del gobierno. No hay pobres –nos dicen-, claro, no los hay, se
mueren de falta de vino, de ausencia de arco iris, de incendios en los restos
de rebajas en los grandes almacenes del viento.
Vamos
a Cádiz, mi niña, que aquí no hay playa, que aquí nos miran desde detrás de las
cortinas, que dicen que el año próximo se nos quemará hasta la boina de
prosperidad, aunque todavía están colgadas, polvorientas, las bombillas de las
últimas fiestas de agosto.
Quería ser torero, que toreo muy bien a la furgoneta del Paco cuando trae el pescado por las mañanas, al Isocarro del panadero, al perro gris de la señora Carmen. Quería ser boxeador, que hago la sombra como nadie, salto a la cuerda, busco el mentón con ahínco, lanzo ganchos de izquierda y derecha, doy golpes bajos como ninguno, me fajo en las esquinas con vocación de Legrá. Pero solo soy paseante y escribo en las paredes d´este blog, en muros desorientados.
El día nace por fin y miro y callo, colecciono música en una oreja –Radamisto, Haendel, ópera-, música en la otra – Dennis Wilson, el batería de los Beach Boys)- fotos para mi página, historias para contaros, hace demasiado frío, el cielo está negro, llueve y llueve, sin parar, añoro el cielo de Conil, único, espectacular, un atardecer casi me desmayo de tanta belleza, me bebo el martes, el viernes, quién coño me entiende, hoy escribo así, de lejos, intento sacar lo mejor de las horas, intento comprender qué diablos pasa, no, no entiendo (casi) nada, el mundo se está volviendo loco, poco a poco, no sé qué he intentado contar, stop, mi texto para hoy.
Se besan sin saber dónde empieza el cielo, dónde acaba
el infierno. Se besan de pie, con los ojos cerrados, con las manos cerradas. Se
besan y a lo lejos se escuchan las murallas centenarias, derrumbándose,
poblando el aire con un estruendo de argamasa y ciclones. Se tocan la piel y de
los poros les brotan pequeñísimos animales dulces que miman cada rincón de
brazos, caderas, muslos, un lento deambular de almíbar. Se tocan el alma y se
mecen en pétalos de flores nuevas, gigantescas corolas, pistilos con
embriagadores zumbidos de abejas. Se hacen uno y justamente entonces, a pesar
de los coros de querubines que cantan con los ojos cerrados, del ritmo de cien
palmeros presentidos al otro lado de la puerta, del calor de tres infiernos,
del murmullo de un arroyo del Paraíso Terrenal, del Vesubio y del Etna, de
Manhatan, ignoran que traquetean en el pescante de un tren sin regreso,
viajeros a ninguna parte, refugiados en el trayecto de la soledad, habitantes
de un mundo prohibido.
No
pueden culpar a las serpientes.
Hablan recostados a uno y a otro lado del muro de las lamentaciones.
Aquí están, los infractores, nadie les mira al pasar
pero mantienen la cabeza baja, caminan por el centro de la calle, esquivan los
jardines y los jazmines, el sonido de los semáforos y el run run del tráfico,
los ciegos recostados en las esquinas y los prejuicios como una roca negra y
lisa imposible de escalar. Caminan y el mundo es un paisaje nuevo con
personajes mezcla de pájaros y funcionarios con manguitos.
Abrir
las ventanas al caliente viento del desierto.
O ahogarse en un remolino del oasis descubierto apenas ayer.
Por eso, para traducir el olor del viento,
para que el recuerdo no se adelgace en los días sin sol de la primavera herida,
vida gastada en trabajos de Sísifo, una larga playa, vacía, entiendo cada grano
de arena, cada suspiro que sale de la pared de piedra que limita el mar, reino
del sí pero no, del no pero sí, lanzo mi pena a la tercera ola, zamarreo el
dolor y no es lo mismo, no cierro los ojos, no quiero dormir.
Permanecer
insomnes, atentos, en vigilia.
O dejar que muera la zarza florecida.