lunes, 24 de junio de 2013

Dos himnos.


You'll never walk alone.

When you walk through a storm,
hold your head up high,
and don't be afraid of the dark ;
at the end of the storm there is a golden sky
and the sweet silver song of the lark.
Walk on through the wind,
walk on through the rain,
tho' your dreams be tossed and blown.
Walk on, walk on with hope in your heart,
and you'll never walk alone,
you'll never walk alone.
Walk on, walk on with hope in your heart,
and you'll never walk alone,
you'll never walk alone.


Cuando camines a través de la tormenta,
Mantén la cabeza alta,
Y no temas por la oscuridad;
Al final de la tormenta encontrarás la luz del sol
Y la dulce y plateada canción de una alondra.
Sigue a través del viento,
Sigue a través de la lluvia,
Aunque tus sueños se rompan en pedazos.
Camina, camina, con esperanza en tu corazón,
Y nunca caminarás solo,
Nunca caminarás solo.
Camina, camina, con esperanza en tu corazón,
Y nunca caminarás solo,
Nunca caminarás solo.



Éramos nosotros.
No demasiados.
Al menos al principio.
You've Got To Hide Your Love Away.
Nos escondíamos en la noche de historias del west side chasqueando los dedos para ahuyentar el miedo y la distancia al viático, a las casullas moradas, a la jerarquía, a la memoria de lo que aun no habíamos vivido.
Los tríceps marcados definían un status superior, deportistas en un mundo de mus, rondas de vino riojano y juramentos.
Como contraste, para distinguirnos bebíamos ginebra en unos vasos anchos con tres hielos, no nos gustaba pero nos daba un aire insumergible de ingleses impostores con pájaros alrededor del sombrero y una embriaguez altiva.
No conocíamos himnos, quizás el you'll never walk alone que nadie nos tradujo, que nos erizaba el vello de los muslos.
Nunca caminarás solo.

Pienso esto en un paisaje antes del amanecer, camino acompasando la respiración, a veces me detengo a escuchar los pájaros, a ver la luna que se resiste a desaparecer, hace frío y todo está lejos, tomo una fotografía de esto y aquello, me gusta el sonido de mis pasos en la hierba, criss, criss, criss.
Recuerdo momentos de hace mucho.
Pero no quiero pensar más que en el ahora.  

Sigo caminando.






Olhaíl - Luz del Sur

Perico Sambeat - Flamenco Big Band 

domingo, 23 de junio de 2013

App


Camera+









Escribe una confesión.









Confiesa es un proyecto artístico y publico que invita a personas para que desde el anonimato confiesen, dejen sus secretos, anhelos, pecados, miedos  y a su vez lean las confesiones de otras personas.

Espero la tuya, anónima.

¿Te atreverás?



sábado, 22 de junio de 2013

143

Capítulo 143 de Rayuela



Por la mañana, obstinados todavía en la duermevela que el chirrido horripilante del despertador no alcanzaba a cambiarles por la filosa vigilia, se contaban fielmente los sueños de la noche. Cabeza contra cabeza, acariciándose, confundiendo las piernas y las manos, se esforzaban por traducir con palabras del mundo de fuera todo lo que habían vivido en las horas de tiniebla. A Traveler, un amigo de juventud de Oliveira, lo fascinaban los sueños de Talita, su boca crispada o sonriente según el relato, los gestos y exclamaciones con que lo acentuaba, sus ingenuas conjeturas sobre la razón y el sentido de sus sueños. Después le tocaba a él contar los suyos, y a veces a mitad de un relato sus manos empezaban a acariciarse y pasaban de los sueños al amor, se dormían de nuevo, llegaban tarde a todas partes.
Oyendo a Talita, su voz un poco pegajosa de sueño, mirando su pelo derramado en la almohada, Traveler se asombraba de que todo eso pudiera ser así. Estiraba un dedo, tocaba la sien, la frente de Talita. ("Y entonces mi hermana era mi tía Irene, pero no estoy segura"), comprobaba la barrera a tan pocos centímetros de su propia cabeza ("Y yo estaba desnudo en un pajonal y veía el río lívido que subía, una ola gigantesca..."). Habían dormido con las cabezas tocándose y ahí, en esa inmediatez física, en la coincidencia casi total de las actitudes, las posiciones, el aliento, la misma habitación, la misma almohada, la misma oscuridad, el mismo tictac, los mismos estímulos de la calle y la ciudad, las mismas radiaciones magnéticas, la misma marca de café, la misma conjunción estelar, la misma noche para los dos, ahí estrechamente abrazados, habían soñado sueños distintos, habían vivido aventuras disímiles, el uno había sonreído mientras la otra huía aterrada, el uno había vuelto a rendir un examen de álgebra mientras la otra llegaba a una ciudad de piedras blandas.
En el recuento matinal Talita ponía placer o congoja, pero Traveler se obstinaba secretamente en buscar las correspondencias. ¿Cómo era posible que la compañía diurna desembocara inevitablemente en ese divorcio, esa soledad inadmisible del soñante? A veces su imagen formaba parte de los sueños de Talita, o la imagen de Talita compartía el horror de una pesadilla de Traveler. Pero ellos no lo sabían, era necesario que el otro lo contara al despertar: "Entonces vos me agarrabas de la mano y me decías..." Y Traveler descubría que mientras en el sueño de Talita él le había agarrado la mano y le había hablado, en su propio sueño estaba acostado con la mejor amiga de Talita o hablando con el director del circo "Las Estrellas" o nadando en Mar del Plata. La presencia de su fantasma en el sueño ajeno lo rebajaba a un mero material de trabajo, sin prevalencia alguna sobre los maniquíes, las ciudades desconocidas, las estaciones de ferrocarril, las escalinatas, toda la utilería de los simulacros nocturnos. Unido a Talita, envolviéndole la cara y la cabeza con los dedos y los labios, Traveler sentía la barrera infranqueable, la distancia vertiginosa que ni el amor podía salvar. Durante mucho tiempo esperó un milagro, que el sueño que Talita iba a contarle por la mañana fuese también lo que él había soñado. Lo esperó, lo incitó, lo provocó apelando a todas las analogías posibles, buscando semejanzas que bruscamente lo llevaran a un reconocimiento. Sólo una vez, sin que Talita le diera la menor importancia, soñaron sueños análogos. Talita habló de un hotel al que iban ella y su madre y al que había que entrar llevando cada cual su silla. Traveler recordó entonces su sueño: un hotel sin baños, que lo obligaba a cruzar una estación de ferrocarril con una toalla para ir a bañarse a algún lugar impreciso. Se lo dijo: "Casi soñamos el mismo sueño, estábamos en un hotel sin sillas y sin baños." Talita se rió divertida, ya era hora de levantarse, una vergüenza ser tan haraganes.
Traveler siguió confiando y esperando cada vez menos. Los sueños volvieron, cada uno por su lado. Las cabezas dormían tocándose y en cada una se alzaba el telón sobre un escenario diferente. Traveler pensó irónicamente que parecían los cines contiguos de la calle Lavalle, y alejó del todo su esperanza. No tenía ninguna fe en que ocurriera lo que deseaba, y sabía que sin fe no ocurriría. Sabía que sin fe no ocurre nada de lo que debería ocurrir, y con fe casi siempre tampoco.


Rayuela, un resplandor

Por:  19 de junio de 2013
Hoy se pone a la venta la edición conmemorativa de Rayuela, de Julio Cortázar, que salió por primera vez el 28 de junio de 1963. Hace 50 años. Ese día Sudamericana en Buenos Aires publicó una novela decisiva de nuestro tiempo. Después de miles de días y de millones de horas y de millones de lectores, la novela sigue viva y sale otra vez de otra imprenta, la de Alfaguara en España y en América. El tópico sugiere que ya no se lee igual, que el tiempo pasó por ella; esa expresión es una maldición literaria, una estupidez y un desprecio a la inteligencia del libro, que es por dentro y por fuera un desafío, un estudio del ser humano como es y también como no quiere ser, es un dedo en el ojo de la historia para hacerla llorar. Vale la pena vivir, y entre otras cosas para seguir leyendo a Julio Cortázar. Al libro le siguen creciendo patas y miradas y manos, como si nunca dejara de crecer, es un ser y una voz y también un silencio y un niño; ahora que se puede debe leerse, también, junto a las cartas que en ese periodo escribió Cortázar, sobre todo a su amigo el editor Francisco Porrúa. Esa correspondencia equivale a otro libro y pone en su lugar una relación mítica a la que el mundo literario no puede renunciar, la figura del editor. Conmueve encontrar ahí a Cortázar, inseguro, locuaz, enfadado, curioso, siguiendo minuto a minuto la salida del libro, desde la coma más inverosímil a la cubierta, pasando por las correcciones y hasta por los títulos de crédito. Volver a Rayuela es conmoverse otra vez como cuando se escucha a los niños decir las primeras palabras largas. Una felicidad y un resplandor. Larga vida a Rayuela. 

144



Capítulo 144 de Rayuela



Los perfumes, los himnos órficos, las algalias en primera y en segunda acepción... Aquí olés a sardónica. Aquí a crisoprasio. Aquí, esperá un poco, aquí es como perejil pero apenas, un pedacito perdido en una piel de gamuza. Aquí empezás a oler a vos misma. Qué raro, verdad, que una mujer no pueda olerse como la huele el hombre. Aquí exactamente. No te muevas, dejame. Olés a jalea real, a miel en un pote de tabaco, a algas aunque sea tópico decirlo. Hay tantas algas, la Maga olía a algas frescas, arrancadas al último vaivén del mar. A la ola misma. Ciertos días el olor a alga se  mezclaba con una cadencia más espesa, entonces yo tenía que apelar a la  perversidad —pero era una perversidad palatina, entendé, un lujo de bulgaróctono, de senescal rodeado de obediencia nocturna—, para acercar los  labios a los suyos, tocar con la lengua esa ligera llama rosa que titilaba rodeada de sombra, y después, como hago ahora con vos, le iba apartando muy despacio los muslos, la tendía un poco de lado y la respiraba interminablemente, sintiendo cómo su mano, sin que yo se lo pidiera, empezaba a desgajarme de mí mismo como la llama empieza a arrancar sus topacios de un papel de diario arrugado. Entonces cesaban los perfumes, maravillosamente cesaban y todo era sabor, mordedura, jugos esenciales que corrían por la boca, la caída en esa sombra, the primeval darkness, el cubo de la rueda de los orígenes. Sí,  en el instante de la animalidad más agachada, más cerca de la excreción y sus  aparatos indescriptibles,  ahí se dibujan las figuras iniciales y finales, ahí en la caverna  viscosa de tus alivios cotidianos está temblando Aldebarán, saltan los genes y las constelaciones, todo se resume alfa y omega, coquille, cunt, concha, con, coño, milenio, Armagedón, terramicina, oh callate, no empecés allá arriba tus apariencias despreciables, tus fáciles espejos. Qué silencio tu piel, qué abismos donde ruedan dados de esmeralda, cínifes y fénices y cráteres... 


Julio Cortázar, Paris, 1969 -by Pierre Boulat



viernes, 21 de junio de 2013

Algo así como el verano.




…y mira con cuánta risa
el blanco lirio en camisa
se está burlando del hielo

(Góngora)




Ya es verano, dicen. En esta mañana gris me encuentro confundido. Dudo entre salir a pescar ballenas o dejar que me trague una de ellas, recorrer en su vientre las profundidades de los océanos, las simas abisales que aún no conozco, rastrear las incógnitas submarinas.

De golpe recuerdo que apenas sé nadar y opto por mecerme en un mar de ardentía. A lo lejos una sirena canta “porque ha perdido una perla llora una concha en el mar”. La nostalgia me atrapa como un pulpo gigantesco y el paraíso de mi infancia va y viene entre inmensas olas de caricias maternales, ternura de mis abuelas y dulzura de mis tías. Sobre esas olas, en una pequeña embarcación de recuerdos, navegan mi padre, abuelos, tíos, los hombres de mi familia con sus voces graves, los que reían a carcajadas, me llevaban de la mano y decían que los chicos no lloran.

Seguí su ejemplo durante años, cambié mi voz, me negué a llevar camiseta de tirantes y boina, reí, no lloré. Y así la vida fue pasando con una elegante y apasionada serenidad. Hasta que llegaron las muertes, la nada. Entonces no lloré, no sabía.

Un día cualquiera, no recuerdo la causa, pudo ser un amor no correspondido, una partida, un regreso, el sufrimiento de un niño, el desvarío de un anciano, la acumulación de sentimientos, no lo sé, no lo sé, pero fui otro, y yo, supe, olvidé lo que me habían enseñado, aprendí. Y lloré.

Jonás me toca el brazo y me invita a seguir remando, a dejar de soñar. El mar se encrespa y contamos gaviotas en vuelo, la costa está cerca y en la playa distingo cuerpos de león con cabezas de hombres barbudos, tumbados, alados. No sé si hemos llegado a Mesopotamia o el problema es que no sé cómo continuar. Lo dejo por hoy.



Este verano es/será un tiempo duro al que me cuesta enfrentarme –como a ti, como a ti, como a ti- pero estoy seguro que para cuando queramos darnos cuenta será diciembre y añoraremos este tiempo de cambio.


Ardentía es una reverberación luminosa que se puede ver en el mar, que se percibe, generalmente y de mejor manera, durante las noches de luna llena y que además sirve de guía a los pescadores, pues se trata de una señal de que hay peces cerca y sus jornadas dependerán del tamaño de la ardentía. Este fenómeno se produce por la concentración de microalgas llamadas plancton, cuyos colores, ayudados con la luz de la Luna, dan paso a una explosión luminosa. Como si se tratase de fuego en el mar, por los brillos y colores que ella emana, la ardentía es resplandor, pesca y poesía, que se concentran en una sola manifestación de la naturaleza




jueves, 20 de junio de 2013

El hueco es la luz

En la escultura, la forma se compone de masa y de vacío. La masa necesita del vacío para tomar forma en el espacio; a su vez el vacío necesita de masa para ser tangible y dibujar su forma en el espacio.
En la obra de Eduardo Chillida, desde sus inicios y sobre todo en las obras realizadas en alabastro, el hueco es la luz de la obra. En el dibujo tradicional la forma se componía de luz y de sombra, de blanco y de negro pero en la escultura no hay blanco ni negro, hay masa y hueco y en este tándem, el hueco es la luz.
El vacío genera luminosidad y esta cuestión que confiere a Chillida una personalidad única en la escultura del siglo XX lo desarrolla de tal forma a lo largo de su carrera artística que se puede afirmar que en Chillida, el hueco, el vacío formado dentro de su escultura, es tan importante y fundamental como la materia de la que está hecha la obra.
Chillida desarrolló este tema no sólo en las obras de alabastro, hierro y cerámica, también en las obras realizadas con papel. En las gravitaciones de Eduardo Chillida, el hueco del papel que gravita, compone y recorta la obra.





Ayer comentaba con no sé quién que hay una evolución desde la elipse hasta la espiral, desde aquí (aquí) o allí (allí), hasta el no (ni aquí ni allí). 

Por eso la relación Mt1 – p3 = no! es una visión desde el balcón, parcial, el alzado queda oculto.

Pero es la mía.

Es una percepción desde el tálamo, unilateral, misionera, el contraste no se produce –now-, pero es lo que es, lo que no es.

No recuerdo qué día es hoy, mucho menos que día fue ayer, no recuerdo quién seré mañana, de momento mantengo este homenaje al hueco, al vacío. 




miércoles, 19 de junio de 2013

Resistencia de materiales.

De tu presencia guardo, sobre todo,
las huellas que dejaron
tus primeras sonrisas
en la confusa sombra
de mi melancolía.

Jesús Munárriz.



Es cierto, hay otra forma de escribir, sin solemnidad, sin pájaros amarillos, sin esperanza de ojos escrutando la ida y la vuelta, el eco, con letras retorcidas en las que se entienda la decrepitud, la jerarquía de embriaguez de otras lecturas, la mirada de un impostor escéptico, bah, hablar por hablar.

El caso es que he caminado 800 kilómetros y no sé contarlo.

Creo que tampoco tengo el menor interés.

Según los cálculos de Chartbeat, una compañía que se dedica a observar el comportamiento de los lectores on line en tiempo real, por cada 161 personas que entran en una página, alrededor de 60 (un 38%) se larga sin leer una línea del primer párrafo.

Dejé mi piedra junto a las otras, cumplí los ritos, me emocioné, i feel fine, grité por caminos solitarios, saludé a señoras que limpiaban sus ventanas con repetido mimo, hablé con ancianos pegados a una tierra que cambiaba de olores y viento, bajo nubes de película de los sesenta, nada, que no sé contarlo.

Certifico sin rubor que aún estoy dentro de la fascinación por el camino.

Debo resistir.



martes, 18 de junio de 2013

Pájaros góticos en el embarcadero.



Quizás ha llovido en exceso durante mi ausencia, un beneficio sobre las piedras bruñidas por el sirimiri y el silencio de los estandartes empapados.

Debo decir que desde el adarve solo nos despidieron los pájaros de la madrugada, un francés airado quiso prohibirnos el ascenso y consiguió justo el efecto contrario.

Llovía y después nevó.

En el cambio del comercio del usurero al altar de señoras sin corona de espinas comenzó el estudio de la teogonía y los jazmines, caridad en el atrio y sacerdotes enredados con gruesas mujeres escondidas bajo las sotanas de diario.

En algún lugar entre un entonces de abstinencia y un ahora de vidrio y mentiras entrelazadas en la solemnidad del psicoanálisis se reclinó el afán y nada y una dama de ojos verdes da cuenta de la decrepitud de la virtud.

No hay nada que hacer.

La memoria troceada se deforma entre la belleza y lo irreal, alaba el suspiro de un cíclope dormido en su jerarquía, en la persistencia de la añoranza.

Está lo del barro pero no extenderé en ello.  



lunes, 17 de junio de 2013

Frustración.



Al fin y al cabo, eres bastante
normal: dos brazos, dos piernas
una cabeza, un cuerpo
aceptable, dedos en los pies y en las manos, a veces
excéntrico, a veces sincero
pero no demasiadas veces, demasiados
aplazamientos y excusas pero
te adaptarás a todo, cumpliendo
con los plazos y con las otras
personas, fingiendo amar
a la mujer que no debes durante algún
tiempo, escuchando a tu cerebro
encogerse, tus diarios
extendiéndose mientras te haces mayor,
haciéndote mayor, por supuesto
morirás, pero aún no, sobrevivirás
incluso a mis ideas distorsionadas sobre ti
y no quiero hacer
nada para solucionarlo
tu desdicha y tu enfermedad
no estás enfermo ni eres desdichado
sólo estás vivo condenado a estarlo.

Margaret Atwood






Al salir de Nájera me despisté.

Pregunté a una madrugadora si iba bien por esa calle.

–Sí, siga todo derecho – me dijo.

Pero no.

Llevaba unos cuatro kilómetros carretera adelante, el cielo amenazaba mucha lluvia y no  veía peregrinos por ningún lado, de hecho no veía a nadie, tampoco veía ninguna flecha amarilla.

Al de un rato, a lo lejos, un chaval venía por el arcén de la carretera. Le esperé.

–¿Me he perdido? –le pregunté.

–No, vas bien, la carretera se junta luego con el Camino –respondió.

Y empezamos un diálogo curioso sobre esto y aquello. Me dijo que tenía 17 años y que iba a trabajar a un aserradero que estaba cerca, que sus padres no tenían derecho a ponerle a trabajar tan joven, que estaba aburrido de trabajar.

–¿Llevas mucho tiempo? – pregunté.

–Sí, desde el lunes –respondió.

Eso pasó un miércoles.

Pobre chaval, no le queda nada.



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