martes, 9 de diciembre de 2008

Carta del anciano amante.


Entre los chopos, corriendo en zigzag, resbalando en el musgo, ha pasado tanto tiempo que he olvidado cómo escribirte, con anzuelos, con embudos, con orquídeas en los márgenes, cómo, sentado con las piernas cruzadas o colgado de la punta de un pararrayos, alpinista con los dedos apoyados en el vacío, purificándome en la dialéctica represión/ simbolización, necesito sobriedad, calmar estas ganas de inventar esdrújulas, esta manía de afilar las uñas de los gavilanes, esta necesidad, aún, de verte, ay, asomada al cuarto piso o al abismo donde paseábamos cuando llegó septiembre y conservábamos en la piel las huellas de playas lejanas, tú en el norte, yo en sur, siempre hemos estado lejos mientras crecía la hierba y no lo sabíamos, mientras llegaba la noche y pensábamos que no había amanecido, buscándonos en la plaza donde fuimos niños y llenamos los bancos de besos presentidos, de miradas entre los juegos que no lo eran y tu seriedad flotando como un trasatlántico ebrio por el océano de tantos años sin vernos, estanque de los patos, marca de un cuadro en una pared vacía, ciudad de símbolos, demasiado pequeña para juntarnos, demasiado grande para encontrarnos por azar en la Gran Vía, en un bar de las Siete Calles, en el cielo pintado de algún cabaret en el que perdía mis reservas de ilusión, el rescoldo de esperanza cuando tenía tanta sed, tanta hambre de verdades alineadas sobre la mesa que no compartimos, sudando cuando subía la cuesta, para verte, la amada de mi amigo, la niña seria que miraba desde el confín de un mundo al que no tenía acceso, demasiado asustado en una vida para la que nadie me había preparado, en la que las reglas las ponían siempre otros, ellos, crecí luchando contra ellos y luego yo fui también ellos y hay largas épocas de mi historia de las que solo recuerdo que estuve allí, cantando o escondido bajo la cama, esperando un milagro hasta que comprendí que los ángeles eran de cartón, que el demonio tenía un tridente verdadero, que las maletas estaban vacías y que la única forma de distinguir un lunes del domingo era pintarlos con lápices de colores, dónde quedó el contorsionista que saltaba las barras de los bares, el que enmascaraba los sueños perdidos con risas desencajadas y labios pretendidamente hábiles, ahora ¿lo notas? ahora es demasiado tarde para todo y este que ves y no ves es un puntilloso recolector de sueños que grita frente a tu jardín mientras Tobías ladra a la luna y las estrellas han ido cayendo en el campo de girasoles donde se refugiaban los vagabundos y Mary Taylor, los testigos perspicaces que anotan fechas y dichos, la anchura de la acera y al otro lado estás, distante y cansada, con los muslos temblorosos de olvido, con ese pañuelo que te oculta el rostro, con las pupilas como talladas por el efecto de mirar las almas al trasluz, oficio de maga, de sabia que esparce sales y azufre por los quicios del cerebro, ceremonia de paraguas, soledad de estas palabras goteando desde la última esquina de una quimera, altar con cirios encendidos y las alfombras llamándose de habitación en habitación...¡alto! esta es la carta de un anciano amante sin apenas fuerzas para sujetar la pluma, sin ideas para decir lo que quiere decir, sin otro impulso que pararme frente a ti, extender los brazos en cruz y decirte que esto es lo que de mí queda, que este rehén de tu recuerdo soy yo y esta luz que llevo en las manos es lo único que puedo ofrecerte, reina de mis sueños, bella mujer al otro extremo del mundo.



lunes, 8 de diciembre de 2008

Paréntesis hasta que la inspiración vuelva.

Quén preservará todos os contornos da conciencia.
Quén ha de revelar o meu nome descoñecido,
o meu impúdico nome que codifica e devora.
Quén pode prescribir tantos equívocos moldes
por encima desta fiestra construída polo corpo.
Quén haberá que incorpore esta razón esta memoria
cara un ciclo impertérrito de tebras e de luz?

En un lugar de un país, entre el norte y el sur, más allá de cualquier tierra conocida, apareció un hombre nuevo, otro, parecía, pero no. Venía caminando, distraído, mirando las nubes, el cielo, las gentes. No se fijó en los cocodrilos y se lo comieron.

En otro lugar nació un niño. Le visitaron pastores, tres reyes magos, los pobres trabajadores de la zona. Hasta Herodes quería conocerle. Vivió treinta y tres años. Le crucificaron. De ahí, los listos que siempre hay montaron una empresa que lleva dos siglos.

Luego se puso de moda y nacieron niños y niñas. En todos los países nacían. Ya no era original. La tierra entera estaba llena de recién nacidos. Crecieron y entonces cambió la moda, lo que estaba en la onda, lo chic, lo elegante, era morirse. Y se morían. A cientos, a miles, por enfermedades, por guerras, desastres varios, suicidios colectivos, por el mosquito, por ganas, se morían...se me fue la inspiración –adiós- he recibido un mensaje urgente y se me ha quedado la mente en blanco –y negro-.

Ay, no sé cuantos de mis textos absurdos se pueden soportar antes del bostezo.


Quién preservará todos los contornos de la conciencia.
Quién ha de revelar mi nombre desconocido,
mi impúdico nombre que codifica y devora.
Quién puede prescribir tantos equívocos moldes
por encima de este balcón construído por el cuerpo.
Quién habrá que incorpore esta razón esta memoria
para un ciclo impertérrito de tinieblas y de luz?


Yolanda Castaño (Santiago de Compostela, 1977)
(Del libro Delicia, 1998)



domingo, 7 de diciembre de 2008

Librería de Cristal.

Es otra
acaso es otra
la que va recobrando
su pelo su vestido su manera
la que ahora retoma
su vertical
su peso
y después de sesiones lujuriosas y tiernas
se sale por la puerta entera y pura
y no busca saber
no necesita
y no quiere saber
nada de nadie.
Idea Vilariño.

Fue para Irma que no sé si aún me mira.

En México D. F. había una librería magnífica -la librería de Cristal-, estaba en la Alameda. Sus paredes, incluido el techo, eran de vidrio. Vidrio y vigas de hierro. Allí compraba, o robaba, mis libros de entonces: la saga de Angélica, Emilio Salgari, Julio Verne, tantos. Luego salía a leerlos a la recargada avenida del Niño Perdido, una avenida que los mapas de hoy esconden, como si sólo hubiese existido en un recuerdo imaginario, construido.
Allí empecé a urdir los argumentos de las novelas que luego no escribía.

Como aquel de un hombre que se convierte en mujer por un mal de ojo, tiene que dejar su pueblo lleno de barro, de sangre, vacío de comida, escapar a la explotación masculina que le hará trabajar la tierra.
Aquel del último naufragio en la playa Kasune.
Los de amores gloriosos, los del refugio victorioso, los plácidos amores bajo la parra.
Tantos otros que dejo aquí.

Hasta que hoy doy fuego a la madera que acumulé en la mitad del puente.
Lanzo a las llamas muebles viejos, papeles arrugados con poemas gastados, libros prohibidos, un corazón que tenía de repuesto, palabras usadas, interjecciones, sueños rotos.
Todo arde y gira, saltan las chispas. En un momento cambia el viento y el fuego prende en la estructura del puente. Corro a apagarlo y quedo preso en el incendio.
Allí se consume lo viejo, el puente, lo que arrojamos, y yo. Final.
En México D. F. había una librería magnífica -la librería de Cristal-, estaba en la Alameda.
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sábado, 6 de diciembre de 2008

El triunfo de la Pintura.

(07.34) Amanece el sábado. Noviembre. Bilbao. Muchas nubes negras. Llueve y llueve , algo habrá que hacer. Permanezcan atentos a esta pantalla, estoy imaginando, algo se me ocurrirá para dejar aquí, pronto (espero).

(08.180) No se me ocurre nada, para la hora que es ya lo dejo para mañana y me voy de excursión. Solo una cosa.
Anoche di un consejo sobre amores (justo lo contrario de lo que yo he hecho. Seré mentiroso...)

Más nubes. Lluvia. Bilbao. Noviembre. Sábado.

Mi recomendación para hoy es:
Carta del amante con tambores.


¡Ohhhh!

También dejo esto que leo en El lotófago.


La función mnemónica de la pintura
Por Alison M. Gingeras

«No ser recordados en absoluto: éste es, al final, el destino de los temas de la mayor parte de los fotógrafos». Geoffrey Batchen

El deseo de atrapar y preservar la memoria es uno de las búsquedas fundamentales del hombre. La fotografía, con su capacidad índice de representar al mundo, parecía de largo sobrepasar a la pintura como herramienta óptima para capturar el instante. Hoy, ante la hiperabundancia de imágenes generadas fotográficamente en el mundo actual, la fotografía ha revelado lentamente sus límites. El advenimiento de la fotografía nos ha enseñado que la memoria no es precisa; es nebulosa, maleable y siempre cambiante. La precisión y exactitud de las imágenes obtenidas por una cámara se enfrenta con la forma en la que el cerebro recuerda. Como el fotohistoriador Geoffrey Batchen arguye provocativamente, la veracidad de la fotografía es un vehículo insuficiente para la memoria (1).

A través de la popularización del medio, la gente ha encontrado maneras para transformar la fotografía en objetos, adornándola con pintura, enmarcándola e incorporándola en joyería y objetos de culto. El deseo de fabricar estos objetos híbridos es el de mejorar sus capacidades mnemónicas, a través de su manipulación sensorial, en su lucha contra ser olvidadas por lo vivo.
Algunos pintores contemporáneos han comprendido la insuficiencia mnemónica de la fotografía y han capitalizado en su propio medio la fuerza de su descubrimiento. La imagen pintada, con su sensualidad material, su capacidad táctil y sus posibilidades atmosféricas, se acerca más a la imprecisión del cerebro humano. La memoria es frecuentemente excitada por lo banal, por detalles o impresiones que preparan el cerebro a través de la asociación. La imágenes pintadas –precisamente por su falta de autoridad pictórica y por el verismo de la fotografía– tiene una mayor facilidad para activar el juego de la libre asociación o de convertirse en catalizador de la maraña de relaciones del propio banco de imágenes del espectador. Por inversión de la instantaneidad de la pintura, la dolorosa naturaleza artesanal de la pintura relata la intensidad mental y el tiempo requerido para el acto de la reminiscencia. Como el curador Russell Ferguson recuerda: «con la fotografía comandando la especificidad, la pintura avanzada busca la ambigüedad (2).

Extracto del texto «The Triumph of Painting. The Mnemonic Function of the Painted Image», por Alison M. Gingeras.


(1) Geoffrey Batchen, Forget Me Not: Photography and Remembrance, Van Gogh Museum, Amsterdam and Princeton Architectural Press, New York 2004, pp. 96 – 97 (2) Russell Ferguson, The Undiscovered Country, Los Angeles, The Armand Hammer Museum of Art, 2004, p. 18



¡Ahhhh!


viernes, 5 de diciembre de 2008

Fragmentos nuevos para un tiempo viejo.

“...pero el dos no ha sido nunca un número
porque es una angustia y su sombra...”

(Pequeño poema infinito – F.G. Lorca)


Hablar ahora por no hablar, por no salir desnudo a las calles a pintar los escaparates, a romper las farolas. El viento se ha llevado las máscaras, las puertas están selladas con bocas torcidas.

Ahorcar a los gatos con cascabeles, tumbarnos sobre la arena del Sena y mirar las estrellas en llamas. El perro del odio ladra allí, arriba, entre la niebla de la montaña. Avivar la conciencia

Sollozar al amanecer, extraer la piedra de la locura, decir la canción aunque nadie la escuche, ser la canción. Morir de amor, gota a gota, día a día.

Escribir como un solitario hombre que no canta, preso de la amusia, absorto en descifrar las letras del corazón, la densa música del lenguaje. En el pasillo bailan tres damas enlutadas.

Mirar la luz ardiendo en la ventana del alma, mirar a la niña, a su madre, mirar a través de la negación, creer en ella aunque ya no, ya no. Ramos de flores desoladas. Nadie duerme en la larga noche de día anterior. Mi amante, esposada, camina sobre las aguas quietas de la vigilia. El día final está anunciado para mañana, sábado. Arrepentíos.





jueves, 4 de diciembre de 2008

Sobre la alfombra.

Für dich, nach unserer berlinischen Begegnung
También Berlín se olvida.

(Fabio Morábito)


Sobre la alfombra, monosílabos, sí, no, gritos contenidos, un ay continuo y venturoso, sus ojos cerrados, nos abrazamos, nos besamos con los labios estremecidos.

-Espera- me dice.

En el piso de arriba juega un niño, en la habitación de al lado una mujer abre su corazón, por la ventana que da al patio entra una canción de Serrat. Mis manos buscan complacerle, chupo mis dedos y acaricio una y otra vez sus muslos, la mariposa de su sexo que palpita, una húmeda dulzura trepando por mi brazo.

Quítate la ropa –me pide.

Desafiando el peligro de la puerta sin cerradura, la sorpresa no deseada de un visitante despistado, nos desvestimos con el deseo que nos arrasa y nos llena de urgencias.

Ven-me ordena.

Nos juntamos sin trámites, ansiosos, traspasados de un sentir profundo, tan llenos uno del otro. Nada nos distrae y nos mecemos sin prisas, salpicándonos de amores musitados, de mi boca apresando sus senos leves, de caricias inventadas en ese mismo momento. El tiempo se ha detenido y solo existe ese calor quemándonos, nuestra desnudez, la pasión y nosotros, uno.



Siento que me llega una dulce oleada, gimo, incapaz de retener más mi placer. Ella sella mis labios con sus dedos y al abrir los ojos nuestras miradas se cruzan. Ha sido un instante, un segundo, pero mi mente se llena de respuestas, de escaleras, de cuartos oscuros a los que aún no había entrado.

Después acariciarnos con dulzura, besar su espalda desmayada, alborotar su pelo y quedarnos quietos, escuchándonos, plenos, felices, nuevos, hasta que el reloj comienza a andar y recoger las ropas sobre la butaca, componer el gesto, disimular ese rubor que aún nos tiñe las mejillas y volver, ay, volver a lo otro, a lo que se espera de nosotros.

-Hasta el martes a la misma hora- me despide.

Por la calle pienso, inquieto, en esos dedos sobre mi boca…


miércoles, 3 de diciembre de 2008

Asesinato de Ignacio Uria

Me uno al dolor por el cruel asesinato de D. Ignacio Uria.
Quiero expresar mi rotunda condena y mi repulsa por este absurdo y salvaje crimen.
También mi rabia contra los asesinos.
Doy el pésame a sus familiares y amigos.
Descanse en paz.


Ciego, sordo, mudo, vivo.

Hay que imaginar a Sísifo dichoso.

(Camus).

Quiere atarme a su cama,
absolverme de la escarcha
de otros brazos.
Me mide sin medida
y no lo sabe.

Inundado el recuerdo,
he tapiado mi mañana.
Incansable busco
debajo de las piedras.
Sé que no hay nada.

Sísifo vive en París.


martes, 2 de diciembre de 2008

Weather Project.

Las tres leyes robóticas.

1. Un robot no debe dañar a un ser humano o, por su inacción, dejar que un ser humano sufra daño.
2. Un robot debe obedecer las órdenes que le son dadas por un ser humano, excepto cuando estas órdenes están en oposición con la primera Ley.
3. Un robot debe proteger su propia existencia, hasta donde esta protección no esté en conflicto con la primera o segunda Leyes.

(Manual de Robótica 1ª edición, año 2058 - Isaac Asimov)


Ha entrado el invierno en otoño y hoy, con la que está cayendo, sales a la calle y se mueren los gorriones de frío, la Gran Vía está llena de señores con corbata y jubilados despechugados, señoras (aparentemente) despreocupadas y señoritas como magnolias, que vas con tu carpetilla y las gentes se hablan a voces que tal parece que sean sordos o se insultan desde los coches, tocan la bocina, se sacan mocos en los semáforos, una delicia de ciudad con sus obras, asfalto levantado y músicos en las esquinas, bajo las cornisas, congelados, que mi Conchi quiere estudiar violín y le corto los dedos, que me la imagino ahí, con su casete de respaldo orquestal y rascando las cuerdas y luego veo una foto de Anne Sophie Mutter y el contraste me puede, me aturde, me disturba como cuando me cruzo con SSS que era mi reina erótica y ahora es una señora con cachaba a la que ayudo a cruzar la calle no se la vayan a llevar los coches por delante, que circulan como locos, tanto que no puedo atraparlos cuando corro por el campo de Volantín, que está lleno de turistas con gorros de lana y chamarras de colores, con sus planos extendidos, jo, que dan ganas de decirles que aquí andas dos manzanas y te has salido de la ciudad, que el autobús panorámico no tiene ni tiempo, ni distancia para el panorama, que pasas por según qué calles y te han robado hasta el flequillo, un suponer, que abres el periódico y tienes cuatro páginas de contactos con tacto, señorita de grandes pechos necesita niño crecido, soy zorrita viciosa, ven, soy Caperucita ¿quiere ser mi lobo?, folla bien y mira con quién, que debe ser un negocio con muchos clientes, que algo falla que no follan con quién quieren o que solo follan con quien pueden (y pagan) o por ejemplo que “pones” la radio y suena ...cualquiera, un grupo, un solista, cuatro notas, va, lo escuchas, puede que hasta te guste, ahora “pones” a Bach y no entiendes nada, demasiadas notas, y mezcladas o, por ejemplo, que entras a un museo y miras los cuadros, si hay una vaca pintada ves una vaca pintada, en el Guggenheim si hay una mancha ves una mancha, es que no entiendo de pintura moderna, de qué leches entiendes tú, tío, que te comes un huevo frito con patatas y te sabe a gloria, que pagas 36 € por un Carpaccio de cigalas y vinagreta de bacón y ¿qué quieres que te diga? que la nueva cocina no me va, demasiado sofisticado y yo mismo, que para no escribir sobre lo que escribo de cuando escribía dejo estos post que algunos dicen que no se entienden y con los que me ahorro una pasta en confidencias a señoritas de clubs nocturnos, a confesores modernos con sotanas a rayas o terapeutas desocupados a tiempo parcial. Os quiero, guapos (a ti no, fea).

Y llueve, llueve, llueve...


lunes, 1 de diciembre de 2008

Trayecto del ser místico.

Un ser místico es un ser profundo-no hace falta siquiera que sea religioso-, “que no puede parar de caminar, que, de algún modo consciente y cierto de lo que le falta, sabe de cada lugar y de cada objeto que no es eso, que no puede residir aquí ni contestarse con esto” (Michel de Certeau).


En el trayecto de aquí hasta ahí busco las señales que me lleven, eso que no tiene nombre, la habilidad para distinguir entre lo permanente y lo accesorio, latitudes, longitudes, olores, brisas, miradas, alguien que mueva las manos y toque mi alma, sombras bajo árboles desconocidos, horas a deshoras, monedas que suene diferente en los mostradores, sonrisas de luz, carreteras vacías, con arcén, viajeros perdidos en un aeropuerto de nubes, un lugar sin esbozos, elegido, no un desierto, no un final sin destino.

Tras el esto y el aquí siempre hay muchas cosas. (Isidoro Reguera)

Busco fronteras, quizás mis propias fronteras, esa raya que trazo sin saberlo. ¿Dónde voy? Lo sé, busco al Otro, ese que son otros y yo y todos, enriquecernos juntos, desposeerme, dar, saltar el muro del miedo a ser, pleno, libre. Un ardiente norte. El reto de saberme en los demás.


La victoria es una ilusión de filósofos e imbéciles. (El ruido y la furia.-W. Faulkner)


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