domingo, 16 de diciembre de 2007

Ceguera. (Versión 2 - Autoescopia)

Cazaba las gacelas de tu cuerpo.
Sangre en celo. Sus garras y mi cama.
Hoy nada. Todo. Sólo
la luna que está llena en mi ventana.

(E.P.Zúñiga)


Se levanta la mañana, melódica y afortunada. Dos gorriones se buscan en el suelo y juegan, sus alas levantan pequeñas nubes de tierra marrón que filtran el naciente sol inclinado. La tórtola zurea incansable en el tejado. Al traspasar el umbral sabe de la mirada cotidiana que le sigue. Una mujer al otro lado de la calle reanima la ausencia inglesa. Iluso, se abraza a la inconformidad de aceptar que pasea solo. Alisa los pliegues generosos de los recuerdos y se desvela sumergido. Quisiera sacar la cabeza fuera del pozo de la nostalgia. Inútil, el cuerpo se hunde, no distingue la cabeza.

Pero no hay tiempo para la pereza y mientras, camina tal cual hasta el centro del pueblo. Un fresco viento de poniente acaricia y esparce jirones de nubes por el cielo. El día brilla y relucen las piedras. Diría que hoy le miran sorprendidas, interrogativas. Quieren. Sí, quieren. Quieren saber. Quieren saber más y más con acerada curiosidad. Si pudiera dejar de no estar. Si pudiera ser luego. Si pudiera ahogarse en la lucidez de mañana. Si no fuera siempre demasiado pronto para que llegue ahora. Si no se obligara a vivir después, para acabar quedándose siempre empapado en relojes de antes. Esta lluvia de destiempos no cesa. Hasta las respuestas que ensaya son como caballos corriendo hacia atrás. Haga lo que haga vuelve a encontrarse llegando, renovando la salida.

Cruzan con él saludos. Piensa que las calles están llenas de hombres sentados a la orilla de la vida. Entrevé su caminar con la cabeza baja. Sin llegar a pensarlo se distrae. Dibujos de tiza en la pared, nombres dentro de un corazón, caras sonrientes, flechas, insultos a la autoridad, carteles con prohibiciones. Recoger la correspondencia, notificaciones del banco, cartas con propaganda, facturas. Y la espera retorna. Espera, siempre espera el mensaje que le salve. Cree recordar que antes de que se fuera a Inglaterra los caminos no eran estos laberintos.

Volviendo a casa le asalta la inquietud ¿Cuándo, cuándo fue? ¿Cuándo aceptó esta carne muerta? No siempre fue así. Hubo un tiempo en que habitaba un cuerpo vivo. ¿Lo sabía entonces? No, cuando lo supo era demasiado tarde. Claro, sólo ahora sabe que fue demasiado tarde. Entonces se ocupaba en contemplar sus hazañas. Para demostrarse que estaba vivo y así, ocupado como estaba en ser un héroe para ella, no llegó a saber que estaba vivo. Que lo crea, que ella lo crea, aún, aún... con qué fuerza aún desea que ella lo salve de estar ya muerto.

Al doblar la esquina un vértigo inesperado se apodera de él. No precisa levantar los ojos hasta la ventana. Esa mirada constante en la que se mece hoy lo arranca del soliloquio, de arriba abajo su cuerpo se desgarra. División que no admite apelación. Así, atisba con certeza que el riesgo es otra cosa. Que no había riesgo en sus hazañas de cuando se creía vivo en la otra escena. Maldita certeza que se planta erguida marcando inequívocamente la inutilidad de los laberintos y la dirección de la real sima que es preciso saltar.

Esa noche sueña con un viejo travestido, máscara femenina, en elegante traje blanco. Con voz obscena le llama para, cuando él le mira, devolverle una mirada de odio y desprecio. Este especular escenario onírico da cuerpo a una verdad que el escenario de la realidad desdibujaba. Sale de casa sin comprender aún pero sabiendo llegado el momento de concluir. No más, no más mirarse completando los cuadros ya sabidos. Camina rápido, justo al entrar en la estación su salto toma el nombre de canal de la mancha. No advierte un autobús que se aproxima, le golpea y le arrastra por el suelo.

En el hospital, Carmela, con paciencia, le acomoda entre las almohadas, le alisa las sábanas, le ofrece agua, una revista, le arregla el pijama, le comenta lo afortunado que es a pesar de esa pierna escayolada. Le mima más desde que hace tres años un taxi negro atropelló en Londres a su hermana pequeña. Jamás pensó que la muerte de su cuñada trastornara tanto a Daniel, nunca se había llevado bien con su hermana demasiado rebelde.

Desde su accidente Daniel se ríe cada noche con un viejo travestido. Los médicos no se explican que un golpe en la pierna haya llegado a afectarle la cabeza.


(Agradezco a C su intensa colaboración en esta versión)
Si has leído las dos versiones
¿Puedes decirme cual te ha gustado más?
Muchas gracias

Aquí.


sábado, 15 de diciembre de 2007

Ceguera. (Versión 1)

Él depositó el cántaro a sus pies,
con tembloroso cuidado, sabiendo
que la mayoría de las cosas se rompen”

(E. A. Robinsón)


Se levanta la mañana, melódica y afortunada. Dos gorriones se buscan en el suelo y juegan, sus alas levantan pequeñas nubes de tierra marrón que filtran el naciente sol inclinado. La tórtola zurea incansable en el tejado. Daniel sale de su casa y Carmela le despide agitando la mano desde la ventana. Al doblar la esquina ve a una mujer al otro lado de la calle y trata de adivinar si tiene algún parecido con Ana, no sabe si esta habrá cambiado de estilo de vestir durante su ausencia inglesa. La duda se abraza a la inconformidad de aceptar que ella no pasea ya a su lado por los pliegues generosos de los recuerdos que alisa y desvela, blanco pañuelo sincero planchado sobre una mesa de madera, sin mantel. Mirando al fondo de si mismo se ve sumergido, la cara fuera del pozo de la nostalgia. Ve el cuerpo, no distingue la cabeza.

No hay tiempo para la pereza y mientras camina hasta el centro del pueblo respira un viento de poniente que es fresco y acaricia, que esparce jirones de nubes por el cielo. El día brilla y reluce con ojos bajo la piedra transformados en ojos sorprendidos que dicen y preguntan, que quieren contar tanto, reconciliarse, saber todo, o parte, conocer, descorrer las cortinas de las horas o rasgarlas con afilada curiosidad y furia. Lluvia de relojes que no cesa, inundando este estar aquí, ahora, y no estar, absorber el aire lúcido que ahoga de tan puro. Recordar a Ana, sin cesar, llenándole de antes, siempre hay un antes y esto podría ser una pregunta como caballos corriendo hacia atrás, jinetes llegando de espaldas a la salida.

Alguien le saluda, alguno le sonríe, muchos se cruzan con él caminando con la cabeza baja. Las calles están llenas de hombres sentados a la orilla de la vida, justo allí donde comienzan a dividirse las aguas. Dibujos de tiza en la pared, nombres dentro de un corazón, caras sonrientes, flechas, insultos a la autoridad, carteles con prohibiciones. Recoger la correspondencia, notificaciones del banco, cartas con propaganda, facturas, nunca un sobre amarillo, rosa, nunca una carta con su nombre escrito con letra retorcida y nerviosa. Pasatiempo de los sábados, todos los días de Daniel son sábado ahora que se ha jubilado.

Mientras vuelve a casa por otro camino piensa que cuando se asimila el progresivo deterioro físico, un día se descubre la muerte, la propia, se asume el final. A partir de ahí uno pretende singularizarse; encontrar al otro; abandonar la tribu; buscar más allá de lo que hay, de lo que parece; trascender; pagar la deuda con uno mismo; ser el que eres; reinventar la vida; intentar salir del cotidiano y tedioso camino; constatar que las normas asumidas pueden modificarse, que nos hemos engañado con la rutina, con lo cómodo, con lo conocido; partir, abordar el riesgo, cualquier riesgo, incluso el de la soledad. Daniel no sabe si podrá cambiar todo esto evitando la colisión con lo que ha amado, con los que le aman, si podrá hacerlo sin poner en peligro lo edificado, sin hacer daño a los otros, sobre todo a sus hijos, a su nieto, a Carmela. Le parece complicado, teme que los días se llenen de fricciones, de uñas arañando la puerta de atrás, de tormentas y de cielos negros, un futuro desfasado. Al llegar, Carmela sigue en la ventana y Ana en su cabeza.

Esa noche Daniel sueña con un hombre viejo, se le aparece travestido, con un traje blanco, con la cara pintada como una mujer; le llama con voz obscena y en su mirada burlona hay desprecio y odio. Lo asocia con la muerte, tiene miedo y al despertar todavía está asustado. Sale a la calle con una pequeña maleta. Esa mañana no recoge el correo, deja atrás la plaza y se dirige a la estación. Está decidido, irá a Londres, no sabe donde vive Ana, solo tiene un número de teléfono, pero irá. No ha querido, no ha podido despedirse de nadie; no sabe si es un cobarde, un miserable o un valiente. Camina rápido con la sonrisa de Ana bailándole entre los ojos. Cuando entra en la estación no advierte a un autobús que se aproxima, le golpea y le arrastra por el suelo.

En el hospital, Carmela, con paciencia, le acomoda entre las almohadas, le alisa las sábanas, le ofrece agua, una revista, le arregla el pijama, le comenta lo afortunado que es a pesar de esa pierna escayolada. Carmela le mima más desde que hace tres años un taxi negro atropelló en Londres a su hermana pequeña. Desde entonces no es el mismo, jamás pensó que la muerte de su cuñada impresionaría a Daniel más que a ella misma. Ay, ella nunca se llevó demasiado bien con su hermana rebelde, con Ana.

Aquí


viernes, 14 de diciembre de 2007

Os pirilampos tremeluzian na relva.

La palabra humana es como una caldera rota
en la que tocamos melodías para que bailen los osos,
cuando quisiéramos conmover a las estrellas.

(Flaubert)


Aquí escribe el que tú imagines, una imagen construida desde el capítulo uno hasta el cuarenta y me llevo seis o doce o treinta habitaciones sin luz, como hondas mazmorras en las que duerme el miedo.

...Algún día
lo contaré
¿eh?...

Vagamente la estadística dice números, cuantos entran y de dónde, apenas nada, no quién, ni nombres, ni un apunte, un olor, un rostro, una caricia al leer, aquí he estado, garabato en la pared, trazos de tiza, lengua común para acercarnos, acequiero regulando el caudal, acróbata en equilibrio sobre una palabra, sobre otra, a la pata coja, guardabosque para que nadie entre o nadie salga, domador del afán de contar todo de golpe, paciencia que no habla de los equivocados, de los paseantes, de los miopes, de los que leen al trasluz, el otro lado, ese que no veo y desde donde se divisa un paisaje que no me pertenece.

Aquí escribe el que tú imagines, el que pintes desde los recuerdos y el presentimiento, desde las huellas aún no vistas en el pasillo al futuro a un aroma guardado en cajas con flores secas, caracolas y poemas en idiomas que cantan. Os pirilampos tremeluzian na relva.

Al final, nos estamos pintando sin vernos, lienzo en blanco o abstracta amalgama de colores, voces huidizas, viento encendido, nunca pasa el mismo río.

...No somos
esos

¿o sí...




Aquí.


jueves, 13 de diciembre de 2007

Cuento de fin del milenio.


“La tía Len me mostró los dibujos en espiral que había en la superficie de los girasoles del jardín, y sugirió que contara los flósculos que contenía. Al hacerlo, me señaló que se disponían según una serie – 1, 1, 2, 3, 5, 8, 13, 21, etcétera – en que cada número era la suma de los dos que le precedían. Y se dividía cada número por el número que lo seguía (1/2, 2/3, 3/5, 5/8, etcétera), uno se acercaba al número 0,618, que se conocía como la divina proporción o la sección áurea, una proporción geométrica ideal utilizada a menudo por arquitectos y artistas” (De “El tío Tungsteno”. Oliver Sacks)

S y G se citan, furtivamente, bajo el farol de Artecalle.

Saliendo de un cantón, una marea de compulsivos bebedores de vino los atrapa, los engulle y los integra en incesantes visitas a bares y tabernas. Los tasqueros no se cansan de verter el morado líquido sobre los vasos que atestan los mostradores, de cobrar a los parroquianos qué, fanfarrones, sacuden monedas y exhiben billetes.

Separados, S apenas puede distinguir a G, mimetizado entre los hombres uniformados con largas gabardinas. S extiende los brazos para alcanzarle pero las conversaciones huecas, los diálogos de la nada le obligan a bajarlos. El gentío implacable los aparta y les incita a beber, a sorbos, amargos cosecheros caducados. El mal trago socava su voluntad, les estropajea la dicción, les deja los ojos rojos, el estómago revuelto y las piernas flojas.

Al llegar a la hucha junto a la hornacina de la Virgen de Begoña, S logra aferrarse al picaporte de una zapatería; desde allí soportando requiebros y burdos piropos consigue divisar a G acurrucado junto a un portal. Él también la ve y musita su nombre entre esa multitud tocada con boinas que les separa. Aunque el riesgo es grande, indiferentes al peligro, S y G se lanzan al runrún del centro de la calle forcejeando con rodillas y codos, con furia, con la mirada obstinada, fija el uno en el otro. Sobre los hombros de los bebedores, sus dedos se rozan, se tocan sus manos hasta que por fin, sus cuerpos se encuentran, se funden en un abrazo y se besan largamente. G grita un te quiero que retumba en los cristales, en las cortinas que ocultan a las comadres curiosas y entonces, como por un conjuro, los hombres con gabardinas hasta los pies se separan, se alejan, cabizbajos, se pierden por las bocacalles sombrías. Solo quedan las risas de los niños que juegan en los soportales de la catedral y los silencios de las mujeres colgando ropa en los balcones.

Dejando tras de sí una estela luminosa que resbala por los raíles del tranvía nuevo, S y G, de la mano, sonrientes, van en busca de su refugio victorioso.


miércoles, 12 de diciembre de 2007

.oicneliS


.alle arap eidan yos sesem somitlú sol etnaruD
.nídraj us a etnerf lobrá led odagloc ogiS
.ojaba azebaC

emrarim areiuqis nis odal im a asap anañam adaC
,ergnas ed etnerf al odnanell átse em eS
seromur ed sajero sal y oido ed nózaroc le

,selgni sal ne rolod led sámedA
sanaznam sal sadot odimoc eh em
.seip sim ed soded sol ertne nagac sorajáp sol y

.olucídir led le y oirbiliuqe led oditnes le odidrep eH
.sollislob sol ed sadenom sal odíac nah em es, omloc araP
.ralguj orto etnac el euq y ojab em sotse ed aíd nU






Esto es un poema.
Aquí está permitido
fijar carteles,
tirar escombros, hacer aguas
y escribir frases como:
Marica el que lo lea,
Amo a Irma,
Muera el...(silencio)
.

(Ángel González)



Durante los últimos meses soy nadie para ella.
Sigo colgado del árbol frente a su jardín.
Cabeza abajo.

Cada mañana pasa a mi lado sin siquiera mirarme.
Se me está llenando la frente de sangre,
el corazón de odio y las orejas de rumores.

Además del dolor en las ingles,
me he comido todas las manzanas
y los pájaros cagan entre los dedos de mis pies.

He perdido el sentido del equilibrio y el del ridículo.
Para colmo, se me han caído las monedas de los bolsillos.
Un día de estos me bajo y que le cante otro juglar.


martes, 11 de diciembre de 2007

Lo ritual y el escenario.



Pone las manos sobre la mesa, las palmas hacia arriba, de ellas brotan petirrojos en círculos, colibrís y zorzales que silban y gorjean, melodía de pájaros en celo, cantos y vuelos antes del encuentro con ella.
Siempre ella detrás del poema, inspirándolo, llevándolo en la punta de los dedos, esparciéndolo sobre recuerdos que no se marchitan, momentos perennes, cuadros animados en las noches largas de no dormir, carrusel que gira y le marea, obstinación absurda.
(Esto ya lo ha escrito. Algo parecido. Es mentira. Aunque se desgarre la voz. Emborrona los papeles. Abre los dedos y se escapa el agua en versos poco lúcidos).

Pero,
ahí,
el poema.


Regresa al paraíso inverosímil de la habitación más suya, allí donde se escondía de los símbolos opacos y las realidades, de las miradas y las metáforas, de los sueños ahogados que flotaban en la marea perezosa y sucia del no olvido.
Armarios cerrados. Ventanas abiertas. Pasado tenaz. Lluvia de años. Devoción por la belleza. Acuarelas de sueños sensibles. Huellas en el barro. Vitral del tránsito. Lección de rencores.
(Vuelta al ayer. Quizás el hoy es el que miente. O todo esto es un truco, un juego de manos. Es un saltimbanqui de emociones que se esconde tras el embozo de aquello que domina, la nostalgia).

El poema se obstina y rasga la blancura.



Pongo las manos sobre la mesa, las palmas hacia abajo, de ellas brotan sonidos repetidos, una aburrida canción de sueños rotos, voces irritantes desde el mostrador donde se acodan los borrachos del pueblo. Tengo una medusa dentro de la cabeza, apenas razono, siento.
Ella no necesita versos ni huecos cantos de pájaros, la voz acaricia cada instante de su disfrute, vivir a su lado es brillar. Generosa, tolera mis juegos de inventar sombras, no se inmuta, me mira desde una torre de optimismo, tolera mis idas y venidas con la distancia de lo más cercano, de lo íntimo. Ajena, sabe, de ese conocimiento fluye lo cotidiano, el aire, el camino que compartimos, la luz.
(Esto no lo había dicho. Construyo aquí un horizonte paralelo del que creo sólo lo increíble. Dibujo el viento y bebo el rocío, camino sobre líneas torcidas y duermo en una esquina de lo irreal. Sueño)

Ella
es
el poema.




La canción del presagio.

Es profeta
hasta el junco
hasta el agua y la noche:
sé
que me estoy muriendo.

Oh, amor, aguja de reloj
congelada en mi fuego,
sólo
soy
un sonido de luna,
y te llamo y te escucho
en el eco
del llanto.
Sé
que me estoy muriendo.


Manu Cáncer, poeta contemporáneo nacido en Bilbao donde vivió su infancia y su primera juventud.
Se licenció en Filosofía y Letras por la Universidad de Deusto, carrera que nunca ejerció. Después de recorrer varias ciudades españolas, se estableció en Madrid.
Su primera obra poética «Grita», fue publicada en 1980 y luego siguió trabajando con diversos estudios poéticos entre los que sobresale «Blues de todos los jueves».

(Ciértamente era un presagio, Manu murió en Madrid. Sirva este recuerdo como homenaje al joven poeta que conocí)

lunes, 10 de diciembre de 2007

Hotel Cumberland.


Intermedio.

Entre una imagen tuya
y otra imagen de ti
el mundo queda detenido.
En suspenso. Y mi vida
es ese pájaro pegado al cable
de alta tensión,
después de la descarga.

(De "Lógica borrosa" 2002)

Chantal Maillard

Daniel ha viajado con su familia, una visita turística a Londres. La ciudad le trae muchos recuerdos.

Después del museo Británico, de la galería Tate, del subir y bajar del autobús panorámico y caminar de un lado para otro, esa primera noche, a pesar del cansancio, no puede dormir. Decide ver la televisión, sesenta canales, no sabe en cual quedarse. Escoge un combate de boxeo, campeonato mundial de los ligeros entre Erik Morales y Manny Pacquiao. En el tercer asalto le vence el sueño. De pronto, entre los espectadores, en las primeras filas, cree distinguir el rostro de Ana, su mujer. -No puede ser, está a mi lado –piensa. Mira bien y sí, es su esposa o alguien que se le parece mucho, está junto a un sonriente hombre moreno con traje gris y pelo engominado, ella también sonríe y grita a los púgiles. Asombrado cambia de canal, una película de época, atildados caballeros con bigote y damas primorosamente vestidas; también Ana está allí, seguro que es ella, con una larga falda, arreglado moño y rictus serio, se expresa en un correcto inglés y se aleja caminando por la verde campiña. En otro, una Ana canosa explica en italiano como preparar una tarta de almendras y piñones. No, no es posible –piensa- debe ser el ajetreo del día- y acaricia los pliegues de las sábanas sobre la cama. Otro canal, una película X, el protagonista, hercúleo, penetra acrobáticamente a una rubia escultural que gime con escándalo y que resulta ser Ana, con una cara de placer que él no ha conocido nunca. Asustado apaga la televisión y tira el mando a distancia contra la pared. A oscuras se da una ducha, toma un orfidal y vuelve a la cama a intentar dormir.

A la mañana siguiente, mientras preparan las visitas del día, en el desayuno, decide no contar nada a su familia. Cuando se levanta a buscar un zumo, sus hijos comentan – Pobre papá, cuánto añora a mamá, que mal lleva la viudez-.


domingo, 9 de diciembre de 2007

Sabes que te escribo

Quiero llenar de barcos la luz de la mañana, quiero amueblar de bosques el vacío entre las gentes, no sé con qué materia, con qué tropel de cosas poblar esta distancia, habitar los andamios. Ya que todo está lejos, quiero que, cuando menos, el aire no esté en vano agitando ventanas, sino que lleve y traiga, que tenga una tarea en que ocupar su tiempo, que tanto nos olvida. Está el cielo dormido, color de telegrama, y habría que despertarle, telegrafista enorme, para que su memoria, que sabe las estrellas, nos trajese un mensaje, vestido de cartero. (Francisco Umbral)



Sabes que aún te escribo porque no puedo besarte en la nuca, tan blanca, justo donde nace tu melena que todavía no sé bien de qué color es. Te escribo porque no puedo morder tus labios, porque que no te puedo acariciar la espalda y perderme entre tus piernas. Te escribo porque no puedo abrazarte mientras mi corazón se desboca, porque no puedo deslizar los dedos mojados con lágrimas por tus mejillas. Te escribo porque mi voz se rompe, se desangra en confidencias que ya no, que han caducado. Te escribo porque no puedo tocar tu cuerpo esquivo, porque no puedo rozar tus costados que palpitan aunque tú no quieras. Sigo escribiéndote, todavía, porque sé que tiemblas cuando me ves (aunque te dejarías cortar un brazo antes de reconocerlo), porque en tu interior no has podido desterrar –como yo –el amor-.
Te lo canto, te lo digo otra vez, lo repito justo hasta el borde de la reiteración absorbente.
Sé indulgente ya que no quieres practicar conmigo ninguna otra de tus virtudes.
Y gracias.

sábado, 8 de diciembre de 2007

P´allá.


Molde de la estrecha vía,
dos hileras luminosas.
Presidenta de las rosas,
viene la Virgen María.
De plata y de pedrería
lleva las andas repletas
y, a su paso, las saetas,
para mas lujo y derroche
se van clavando en la noche
constelada de trompetas.

(Lorca)



Este espacio no sale de la nada, es un capítulo, el veinte al menos, o el 2.0, es un escalón aunque parece una cuerda tendida sobre un abismo de equívoco en el que no se sabe dónde está sujeta, si de un clavo en la pared o alrededor de un árbol sin frutos, de hoja perenne, de resina pegajosa en el que no hay que buscar la sombra.
Hay en quién lo lee, un hábito de flores. Transparente, le veo al trasluz como a esas hojas del magnolio del parque con las que, de niños, inventábamos barcos, carreras, juegos. Le envío un abrazo de palomas, una cesta con certezas, el anillo que encontré en el fondo de un lago y esta mirada justo antes de subir al tren de siempre, el que paraba en la estación del desierto. La memoria se confunde con la palabra y juro que yo estaba allí, por eso lo cuento.
Aunque adoptar un personaje es divertido, no he querido utilizar ningún seudónimo. Glup 2.0 es el nombre de la página. Respeto a quién firma con otro nombre, es cómo interpretar una obra de teatro. Cada uno es consciente de hasta dónde quiere llegar. Siempre que sepas los límites y que te impongas unas normas se puede asumir. A veces lo envidio, disfracémonos, esta siempre ha sido una época dura para los amantes furtivos. Los cazan en todas partes. Esposas despechadas. Maridos en la ruina. Novias sacrificadas en el bosque del deseo. Novios consumidos por aterradores incendios prenupciales. Los que observan entre las ramas. Sin hablar de los coleccionistas de idilios, de los que cambian estampas a la puerta de las iglesias, de los que entran, de los que salen. Y el cura esperando nuestra confesión. Estaremos vigilantes. Seguimos leyendo. El que es buen lector sabe qué escritos están donde deben estar y los volanderos. Este hueco durará lo que dure. Mientras estemos ahí y aquí vamos a seguir pasándolo bien. Y divirtámonos, mucho. Al final se trata de eso.

Hoy salió así.



viernes, 7 de diciembre de 2007

En Bilbao.

No esperar de la vida para no arriesgarla; darse por muerto, para no morir.
Yo no estoy muerto, estoy enamorado.

(Bioy Casares).


Quién nunca ha estado en Bilbao, o no la haya visitado desde hace tiempo, puede pensar que es una ciudad gris, triste y fea. No lo es, en los últimos años Bilbao se ha convertido en una capital luminosa, alegre, risueña, tendida al lado de la ría que sube y baja, que se mira en el reflejo del Guggenheim, que se llena de puentes y jardines, de barrios que crecen por las montañas que la rodean.

En uno de estos barrios me ocurrió. Sentado en un banco de los jardines sobre la calle Miravilla, mi mirada se perdía hasta el Abra, resbalaba por el monte Artxanda y al girarme para observar los bloques y bloques de casas edificados en los terrenos donde estaban las antiguas minas de hierro, la vi. Me miraba, eso me sorprendió, desde que Sole me dejó -por triste, dijo ella- me había vuelto invisible ante las mujeres, o eso me parecía.

Para mi sorpresa se acercó sonriendo y empezamos una conversación sobre esto y aquello. Me dijo que vivía en esa zona desde hace unas semanas y que no conocía a nadie. La invité a tomar un café en un bar próximo y seguimos hablando, sobre todo de literatura. Rosa –así se llamaba- escribía poemas, le gustaban Valente y Gamoneda, también algunas cosas de Neruda y Benedetti, el Borges poeta. Era bella.

Me invitó a subir a casa para enseñarme sus obras de arte y al decirlo su rostro brillaba. Al entrar en el piso me agradó la decoración, el buen gusto al escoger los cuadros, la biblioteca repleta. Las cortinas oscuras creaban una penumbra agradable. Ponte cómodo- me dijo- ahora vengo. Me dediqué a curiosear los libros alineados, entonces volvió Rosa, desnuda. Me quedé tan sorprendido que no supe reaccionar. No des la luz –dijo- mientras comenzaba a besarme, me quitó la corbata, la chaqueta, los botones de la camisa uno a uno, me hablaba con una voz tan dulce que pensé que hasta entonces yo había vivido en otro país. Tócame, ámame -decía-. Y a eso me dediqué con todo mi deseo, con el ansia de meses, con la torpeza del neófito, con la entrega del obediente, con la cautela del inseguro. Acaricié su cuerpo con lentitud, demorándome en su espalda, las caderas, los muslos. Besé su cuello, la nuca, los pechos, sus pies. Ven -susurró- y entré en ella y sus suspiros. Fue intenso, tan bello que empezamos de nuevo. Después, en la calma, mis dedos siguieron tocando su cuerpo aún estremecido. Entonces fue cuando lo noté, unas marcas bajo su axila derecha, varias, profundas. ¿Qué te ha pasado aquí? – pregunté. Cambió su cara, se puso seria. Vístete- dijo- vete. Me empujó hasta la puerta sin hacer caso de mis protestas. No esperé al ascensor, bajé por la escalera, busqué mi coche y volví a mi casa sola y silenciosa. Allí me senté a fumar cigarro tras cigarro, confuso, sorprendido, triste después de haber amado.

Han pasado unos días, he regresado a ese barrio tratando de encontrarla. En mi confusión ni siquiera le pedí el teléfono, no recuerdo la calle ni el número del portal, todas las casas me parecen iguales. La he buscado, he preguntado por ella, nadie la conoce. Estoy preocupado, creo que me enamoré, creo que estoy enamorado. Pero sobre todo está lo de las marcas. ¿Y si...? la cuestión es que desde entonces apenas puedo dormir, que estoy nervioso, inquieto, desasosegado.

Por eso si alguien viene a Bilbao – ven y cuéntalo- puede encontrarme en el mirador sobre la calle Miravilla, de espaldas a mi ciudad, escrutando cada ventana, cada mujer que se asoma, cada señal de mi cuerpo, cada latido aprensivo, infeliz, lleno de miedo, enamorado. Aún.


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Bilbao, Euskadi
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