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Apenas mediaba diciembre y ya un amago de lluvia había puesto el cielo
del revés, el frío nos mordía las orejas sin ninguna consideración, los
problemas indelebles estaban en fila como botellas de leche en su caja de
cartón, uno, dos, tres, este era el arduo oficio de la vida y además no tenía espada, ni coraza mientras G. me hablaba de
hormonas, de su falta, de su falta de deseo, se refería la sexual, yo le
hablaba de las mías, mis hormonas, de su exceso, de mi insaciable deseo, me
refería también al sexual, claro, tomamos un vino y aquí paz y después Gloria,
entonces llegó T y mandó a parar, como el comandante, como los que mandan, que
cuando llegó en autobús fui a esperarla con una orquídea y me la hizo comer, allí, delante de todos, sin sal, sin tenedor, a
pelo, como el día de las velas, que preparé la mesa con los platos de mi
abuela, los buenos, los que me tocaron en el pito, pito, gorgorito de la
primera herencia, me pasé toda la tarde cocinando, qué quieres, coloco un
candelabro romántico, enciendo dos velas rojas y va y llega y dice que es
vegetariana que ella ha venido a follar y que menos pamemas, al lío, una
romántica, como C. que en las reuniones de facultativos que presidía debía
generar temas, dar la voz y la palabra (¿es lo mismo?), hasta que A. levantaba
la mano y pedía turno para su vagina, que quería hablar, expresar su opinión,
qué menos, las vaginas hablan poco y así nos va, como a S (en realidad no sé
cómo se llama) que fue miss Santander y ahora está con la cabeza perdida buscándola por los pasillos de un residencia siniestra, con
su marido ex boxeador que ha perdido el juego de piernas, incluso las mismas
piernas, ocultas bajo una manta compasiva, oculta su pena, disimulándola con
apariencia de normalidad, un decorado, cómo diantres vamos a estar normales si apenas asoma el
invierno y no para de llover, el frío, los problemas y estas poco disimuladas ganas
de sexo, como en febrero, como en junio. Ya te digo.