Luis Berraquero (9)
Con Helder Cámara y
Carmen Sarmiento.
Así, en medio de la niebla y la lluvia fina que acariciaba la Costa da Morte, supe que nuestras conversaciones no eran solo relatos de un pasado glorioso, sino reflexiones profundas sobre la naturaleza de la vida misma. Luis y Pepa no eran solo narradores de historias, sino portadores de una memoria viva, un testimonio de lo que significa vivir plenamente, con todos sus altibajos, sus luces y sus sombras.
“El siguiente capítulo con Carmen
Sarmiento estaba pensado para varios países. Trataría sobre la Teología de la
Liberación -Pedro Casardaliga, Bolf, Helder Cámara, Ernesto Cardenal-.
Empezamos por Brasil, desde Río
volamos a Brasilia y desde esa ciudad al último aeropuerto, en Gollania.
Después en una avioneta privada, tras varias escalas en mitad de la selva, en
improvisadas pistas de aterrizaje, de tierra, marcadas con bidones vacíos
llegamos a la isla del Bananal y a San Félix de la Araguaya. En pleno Mattogroso el río Aragüaya, afluente
del Amazonas, al bifurcarse en dos brazos forma la citada isla del Bananal de
una extensión aproxima a la de la provincia de Alava. Era tal la distancia que
fuera de los márgenes del río al separarse para formar la isla no se apreciaba
una orilla de la otra. Allí vivimos en una cabaña de paja con Pedro
Casardaliga, obispo de la Amazonía, junto a varios sacerdotes jóvenes y una
india sirviente. Recientemente la policía brasileña había matado a su ayudante
y hombre de confianza y le presionaban para que saliera del país y no volviera
nunca más. La vegetación en la isla del Bananal es tan espesa que intentar
avanzar por ella unos metros era una lucha titánica. Solamente se movían por
las orillas. Indios Tapirapé y Carayag nos asignaron una cabaña con cuatro
chinchorros de cuerda con un imprescindible tul para defendernos de los
mosquitos. Comíamos mandioca y el pescado que cogían los amigos indios del río,
generalmente pirañas.
Al amanecer Casardaliga bajaba al
río y el mismo se hacía la colada, habitualmente vestía con camisa a cuadros y
chanclas. Salimos por uno de los afluentes en lancha con un cura y un indio
amigo del obispo. Era un paraje precioso. de pronto vimos unas mujeres y niños
indios bañándose en un remanso. Ante tan plácido lugar y escena nos acercamos
para rodar una escena con las familias. De pronto del interior salieron varios
guerreros que empezaron a fletar piraguas mientras nos lanzaban flechas. Con
nuestra lancha a motor salimos con rapidez mientras a nuestro alrededor caían
flechas. Nuestro guía nos contó que el encargado de defender al indio “La
Funai” la Fundación Nacional Indígena del gobierno les inculcaba para que no
tuvieran contacto con los extranjeros y menos que los retrataran pues les
extraían el espíritu. La razón de fondo era que toda la producción de artesanía
-lanzas, colgantes, cerbatanas, - se las “compraban” para venderlas en los
aeropuertos y tiendas de Brasil y no querían ninguna competencia.

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