No, no es casual.
Sabes que no es casual escoger esta hora enmascarada, el retroceso de la indolencia, el cuchillo que hirió las mejillas de la belleza, las luminosas huellas del arcángel, el ritual de amar en los portales del alma, el manto de la noche escarchada, trazar signos misteriosos en un bosque encantado de palabras, sentirlas en la piedra. Sentir sin entender nada. Quid pro quo.


nada es casual, otra cosa es que no sepamos porqué hacemos las cosas...
ResponderEliminarBeauséant, es por mi carácter. El otro día visitando blogs supervivientes con muchos nombres repetidos pensé que comentar y contestar es un trabajo para el que no estoy preparado. O sí, es posible que sí pero me da pereza. Bastante tengo con cumplir mi promesa de venir aquí cada día. Esa incerteza, ese sí pero no me hace a veces ser cortante, incluso maleducado. No es la edad, no, al contrario, he aprendido mucho, tampoco era difícil. Porqué te castigo con este rollazo, porque te llevo la contraria, creo en la casualidad, en el azar, también, te doy la razón, a veces no sabemos porqué hacemos las cosas. Sí sé que para compensarte te regalo este poema de Sharon Olds que me gusta mucho. Saludos.
ResponderEliminarMisericordia
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La última vez que nos acostamos
(no puedo recordar cuándo fue,
entonces yo solía ser un reloj
en lo de acostarnos juntos,
y ahora dentro de mí,
en algún sitio,
va a la deriva el conocimiento,
en una de esas aguadas en los mapas
de los desiertos, esos espaciosos desperdicios),
la última vez, él se detuvo
en alguno de los descansos,
en algún intervalo entre los enredos,
y puso su palma en mi espalda, entre los omóplatos.
Era como si estuviese pidiendo la paz,
preguntando si esto podía terminar
-quizá no justamente esta vez, pero que terminara-.
Estaba firme dentro de mí, pidiendo paz.
Y yo me relajé, pero entonces mi radiante trasero
se movió torpemente otra vez, y yo susurré
¿Sólo uno más?,
y su gruñido indulgente
me pareció de placer,
incluso de cariño,
y mi vida, al ser incorporada a la carne,
estalló con los dulces estruendos otra vez.
Y entonces yacimos y nos miramos el uno al otro
-o yo lo miré a él a los ojos.
Quizá esa fue la última vez-
sin saber que era la última.
Sin solemnidad.
Y sin embargo la señal estaba dada,
esa mano recostada sobre mi espalda,
no un guante, sino una petición formal de indulto,
una señal para Pedir Misericordia.
..
Sharon Olds
El salto del ciervo
Trad. de Joan Margarit y Eduard Lezcano
Ediciones Igitur