lunes, 16 de mayo de 2016

En el desierto de Nevada y otros lugares habitados.



Recuerdo la primera vez, cuando fui a buscarte al aeropuerto y brillabas como una estrella fugaz atravesando el cielo sobre el desierto de Nevada.

Recuerdo que nos abrazamos como dos náufragos chapoteando en un mar de oscuridad y hielo y entre la niebla encuentran un bote desprendido del Titanic. 

Recuerdo cuando tomamos un gin tonic en el bar del hotel oscuro al lado del río y te deseaba tanto que hubiese matado por hacerte el amor sobre aquellos incómodos sillones. Tenía dentro un tigre ávido y solo quería comerte como a la india que  baja con un cántaro a coger agua al Ganges.

Recuerdo cuando me esperabas detrás de la puerta de la 201 con unas bragas blancas con florecillas, una camisa también blanca y una sonrisa nerviosa. Te subiste a mis pies, entramos al paraíso y desde entonces mi vida tuvo sentido, había conocido la eternidad.

Recuerdo cuando te escurriste entre las dos camas.

Recuerdo que estaba la televisión encendida y llenó nuestros cuerpos de reflejos psicodélicos.

Recuerdo que ya te amaba desde aquella plaza con palomas, mendigos y un gato tuerto.

Recuerdo que debo recordarte y saber que eres el centro de mi vida.

Recuerdo que ha pasado el tiempo, años, tres y, 37 meses, que ordeno en mi cabeza los sabores de tu cuerpo, los pliegues de tu piel, el perfume de tu voz mimosa, tus gemidos y aquella playa donde repetí que te amo, insistente, alegre, los cangrejos bajo la arena aplaudían, volaban gaviotas con las alas sucias, las copas de los pinos se movían con el viento, ya habíamos entregado en recepción la llave de la habitación del hotel y vagábamos por las carreteras hostiles buscando un refugio para besarnos, un bar con música country y urinarios limpios, un tugurio donde ser otros, malos, insultar  a los parroquianos con boina y halitosis y salir corriendo antes  que intentasen darnos de hostias y tú eras una señora y yo te quería impresionar siendo el que no era y nos abrazamos en aquel bosque de eucaliptos al lado de la autopista, después te llevé al  aeropuerto y empezamos a contar las horas hasta la próxima vez.

Te recuerdo en esta lluviosa mañana de junio con silencio de domingo y resaca de sábado. 


domingo, 15 de mayo de 2016

Palabras.




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“Las palabras son buenas. Las palabras son malas. Las palabras ofenden. Las palabras piden disculpa. Las palabras queman. Las palabras acarician. Las palabras son dadas, cambiadas, ofrecidas, vendidas e inventadas. Las palabras están ausentes. Algunas palabras nos absorben, no nos dejan: son como garrapatas, vienen en los libros, los periódicos, en los mensajes publicitarios, en los rótulos de las películas, en las cartas y en los carteles. Las palabras aconsejan, sugieren, insinúan, conminan, imponen, segregan , eliminan. Son melifluas o ácidas. El mundo gira sobre palabras lubrificadas con aceite de paciencia. Los cerebros están llenos de palabras que viven en paz y en armonía con sus contrarias y enemigas. Por eso la gente hace lo contrario de lo que piensa creyendo pensar lo que hace...........
Porque las palabras han dejado de comunicar. Cada palabra es dicha para que no se oiga otra. La palabra, hasta cuando no afirma, se afirma: la palabra es la hierba fresca y verde que cubre los dientes del pantano. La palabra no muestra. La palabra disfraza.

De ahí que resulte urgente mondar las palabras para que la siembra se convierta en cosecha. De ahí que las palabras sean instrumento de muerte o de salvación. De ahí que la palabra sólo valga lo que vale el silencio del acto. Hay, también, el silencio. El silencio es, por definición, lo que no se oye. El silencio escucha, examina, observa, pesa y analiza. El silencio es fecundo. El silencio es la tierra negra y fértil, el humus del ser, la melodía callada bajo la luz solar. Caen sobre él las palabras. 

(De este mundo y del otro) Jose Saramago


sábado, 14 de mayo de 2016

Graffiti




Graffiti

A Antoni Tàpies


Tantas cosas que empiezan y acaso acaban como un juego, supongo que te hizo gracia encontrar un dibujo al lado del tuyo, lo atribuiste a una casualidad o a un capricho y sólo la segunda vez te diste cuenta que era intencionado y entonces lo miraste despacio, incluso volviste más tarde para mirarlo de nuevo, tomando las precauciones de siempre: la calle en su momento más solitario, acercarse con indiferencia y nunca mirar los grafitti de frente sino desde la otra acera o en diagonal, fingiendo interés por la vidriera de al lado, yéndote en seguida.

Tu propio juego había empezado por aburrimiento, no era en verdad una protesta contra el estado de cosas en la ciudad, el toque de queda, la prohibición amenazante de pegar carteles o escribir en los muros. Simplemente te divertía hacer dibujos con tizas de colores (no te gustaba el término grafitti, tan de crítico de arte) y de cuando en cuando venir a verlos y hasta con un poco de suerte asistir a la llegada del camión municipal y a los insultos inútiles de los empleados mientras borraban los dibujos. Poco les importaba que no fueran dibujos políticos, la prohibición abarcaba cualquier cosa, y si algún niño se hubiera atrevido a dibujar una casa o un perro, lo mismo lo hubieran borrado entre palabrotas y amenazas. En la ciudad ya no se sabía demasiado de que lado estaba verdaderamente el miedo; quizás por eso te divertía dominar el tuyo y cada tanto elegir el lugar y la hora propicios para hacer un dibujo.

Nunca habías corrido peligro porque sabías elegir bien, y en el tiempo que transcurría hasta que llegaban los camiones de limpieza se abría para vos algo como un espacio más limpio donde casi cabía la esperanza. Mirando desde lejos tu dibujo podías ver a la gente que le echaba una ojeada al pasar, nadie se detenía por supuesto pero nadie dejaba de mirar el dibujo, a veces una rápida composición abstracta en dos colores, un perfil de pájaro o dos figuras enlazadas. Una sola vez escribiste una frase, con tiza negra: A mí también me duele. No duró dos horas, y esta vez la policía en persona la hizo desaparecer. Después solamente seguiste haciendo dibujos.

Cuando el otro apareció al lado del tuyo casi tuviste miedo, de golpe el peligro se volvía doble, alguien se animaba como vos a divertirse al borde de la cárcel o algo peor, y ese alguien como si fuera poco era una mujer. Vos mismo no podías probártelo, había algo diferente y mejor que las pruebas más rotundas: un trazo, una predilección por las tizas cálidas, un aura. A lo mejor como andabas solo te imaginaste por compensación; la admiraste, tuviste miedo por ella, esperaste que fuera la única vez, casi te delataste cuando ella volvió a dibujar al lado de otro dibujo tuyo, unas ganas de reír, de quedarte ahí delante como si los policías fueran ciegos o idiotas.

Empezó un tiempo diferente, más sigiloso, más bello y amenazante a la vez. Descuidando tu empleo salías en cualquier momento con la esperanza de sorprenderla, elegiste para tus dibujos esas calles que podías recorrer de un solo rápido itinerario; volviste al alba, al anochecer, a las tres de la mañana. Fue un tiempo de contradicción insoportable, la decepción de encontrar un nuevo dibujo de ella junto a alguno de los tuyos y la calle vacía, y la de no encontrar nada y sentir la calle aún más vacía. Una noche viste su primer dibujo solo; lo había hecho con tizas rojas y azules en una puerta de garage, aprovechando la textura de las maderas carcomidas y las cabezas de los clavos. Era más que nunca ella, el trazo, los colores, pero además sentiste que ese dibujo valía como un pedido o una interrogación, una manera de llamarte. Volviste al alba, después que las patrullas relegaron en su sordo drenaje, y en el resto de la puerta dibujaste un rápido paisaje con velas y tajamares; de no mirarlo bien se hubiera dicho un juego de líneas al azar, pero ella sabría mirarlo. Esa noche escapaste por poco de una pareja de policías, en tu departamento bebiste ginebra tras ginebra y le hablaste, le dijiste todo lo que te venía a la boca como otro dibujo sonoro, otro puerto con velas, la imaginaste morena y silenciosa, le elegiste labios y senos, la quisiste un poco.

Casi en seguida se te ocurrió que ella buscaría una respuesta, que volvería a su dibujo como vos volvías ahora a los tuyos, y aunque el peligro era cada vez mayor después de los atentados en el mercado te atreviste a acercarte al garage, a rondar la manzana, a tomar interminables cervezas en el café de la esquina. Era absurdo porque ella no se detendría después de ver tu dibujo, cualquiera de las muchas mujeres que iban y venían podía ser ella. Al amanecer del segundo día elegiste un paredón gris y dibujaste un triángulo blanco rodeado de manchas como hojas de roble; desde el mismo café de la esquina podías ver el paredón (ya habían limpiado la puerta del garage y una patrulla volvía y volvía rabiosa), al anochecer te alejaste un poco pero eligiendo diferentes puntos de mira, desplazándote de un sitio a otro, comprando mínimas cosas en las tiendas para no llamar demasiado la atención. Ya era noche cerrada cuando oíste la sirena y los proyectores te barrieron los ojos. Había un confuso amontonamiento junto al paredón, corriste contra toda sensatez y sólo te ayudó el azar de un auto dando vuelta a la esquina y frenando al ver el carro celular, su bulto te protegió y viste la lucha, un pelo negro tironeado por manos enguantadas, los puntapiés y los alaridos, la visión entrecortada de unos pantalones azules antes de que la tiraran en el carro y se la llevaran.

Mucho después (era horrible temblar así, era horrible pensar que eso pasaba por culpa de tu dibujo en el paredón gris) te mezclaste con otras gentes y alcanzaste a ver un esbozo en azul, los trazos de ese naranja que era como su nombre o su boca, ella así en ese dibujo truncado que los policías habían borroneado antes de llevársela; quedaba lo bastante como para comprender que había querido responder a tu triángulo con otra figura, un círculo o acaso un espiral, una forma llena y hermosa, algo como un sí o un siempre o un ahora.

Lo sabías muy bien, te sobraría tiempo para imaginar los detalles de lo que estaría sucediendo en el cuartel central; en la ciudad todo eso rezumaba poco a poco, la gente estaba al tanto del destino de los prisioneros, y si a veces volvían a ver a uno que otro, hubieran preferido no verlos y que al igual que la mayoría se perdieran en ese silencio que nadie se atrevía a quebrar. Lo sabías de sobra, esa noche la ginebra no te ayudaría más a morderte las manos, a pisotear tizas de colores antes de perderte en la borrachera y en el llanto.

Sí, pero los días pasaban y ya no sabías vivir de otra manera. Volviste a abandonar tu trabajo para dar vueltas por las calles, mirar fugitivamente las paredes y las puertas donde ella y vos habían dibujado. Todo limpio, todo claro; nada, ni siquiera una flor dibujada por la inocencia de un colegial que roba una tiza en la clase y no resiste el placer de usarla. Tampoco vos pudiste resistir, y un mes después te levantaste al amanecer y volviste a la calle del garage. No había patrullas, las paredes estaban perfectamente limpias; un gato te miró cauteloso desde un portal cuando sacaste las tizas y en el mismo lugar, allí donde ella había dejado su dibujo, llenaste las maderas con un grito verde, una roja llamarada de reconocimiento y de amor, envolviste tu dibujo con un óvalo que era también tu boca y la suya y la esperanza. Los pasos en la esquina te lanzaron a una carrera afelpada, al refugio de una pila de cajones vacíos; un borracho vacilante se acercó canturreando, quiso patear al gato y cayó boca abajo a los pies del dibujo. Te fuiste lentamente, ya seguro, y con el primer sol dormiste como no habías dormido en mucho tiempo.

Esa misma mañana miraste desde lejos: no lo habían borrado todavía. Volviste al mediodía: casi inconcebiblemente seguía ahí. La agitación en los suburbios (habías escuchado los noticiosos) alejaban a la patrulla de su rutina; al anochecer volviste a verlo como tanta gente lo había visto a lo largo del día. Esperaste hasta las tres de la mañana para regresar, la calle estaba vacía y negra. Desde lejos descubriste otro dibujo, sólo vos podrías haberlo distinguido tan pequeño en lo alto y a la izquierda del tuyo. Te acercaste con algo que era sed y horror al mismo tiempo, viste el óvalo naranja y las manchas violetas de donde parecía saltar una cara tumefacta, un ojo colgando, una boca aplastada a puñetazos. Ya sé, ya sé ¿pero qué otra cosa hubiera podido dibujarte? ¿Qué mensaje hubiera tenido sentido ahora? De alguna manera tenía que decirte adiós y a la vez pedirte que siguieras. Algo tenía que dejarte antes de volverme a mi refugio donde ya no había ningún espejo, solamente un hueco para esconderme hasta el fin en la más completa oscuridad, recordando tantas cosas y a veces, así como había imaginado tu vida, imaginando que hacías otros dibujos, que salías por la noche para hacer otros dibujos.

Julio Cortázar.
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viernes, 13 de mayo de 2016

Recibimiento.




Querida Elena: esta es una alfombra de recibimiento a tu regreso, con palabras como arcángeles flotando a tu alrededor, con mi ilusión vestida de terciopelo porque has vuelto, con mi alegría porque te he recordado cada día.

Dando vueltas a esta sucesión de emociones intensas y tratando de oponer una definición a tu anhelo, encontré esta: inquietud, gozosa inquietud.

Y aquí me quedé con todas las preguntas, con todos los temblores recorriéndome, con el descubrimiento de una mujer que no conocía, ni conozco, pero que me llena de abismos, de misterios, de enigmas.

¿Por qué ahora? ¿Por qué en este momento? ¿Por qué de esta manera?. Y las respuestas vendrán solas. O no vendrán y estas cartas se quedarán en una mágica comunicación, en un paréntesis entre tus viajes por fuera y por dentro, en un experimento gozoso, en una hermosa alteración de la realidad más próxima, de lo cotidiano.

Todo esto que nos ocurre es nuevo para mí y quiero encontrar las palabras que se acerquen a este alboroto porque me llamas o te llamo y estoy en busca de caracolas paseando arriba y abajo por la orilla de esta playa que nos rodea, nos acaricia, nos llena de olas que nos agitan y nos estremecen.

Sin embargo la vida es otra cosa. No sé si esto es una evasiva. O miedo. O deseos de concretar esta algarabía de nervios cuando nos hablamos, cuando nos tocamos, este nudo aquí, este revoltijo amable de mejillas enrojecidas, de tartamudeos, de adolescentes sensaciones, de juguetear con la cremallera de tu falda, con los botones de mi camisa.

Te espero. Llámame pronto. Pero no, las obligaciones. La compra para el fin de semana. Debo acompañar a mi hija mayor al ginecólogo, a mi hija pequeña al ortodoncista. Y la colada. Y mi marido -ay, Juan- mi marido para el que sigo siendo transparente, una mujer transparente.

Bueno, será lo que deba ser pero ¿cuándo podemos vernos?. Me muero de ganas.



jueves, 12 de mayo de 2016

Escaparate.




Este es un escaparate en el que apoyan su nariz los vagabundos mudos, los amigos que nunca conoceré, los apátridas, la soledad y el desconcierto, un laberinto con puertas a otros laberintos llenos de sed y fuentes, New York y ding dong, de pies en el arroyo y una maleta con siestas al lado de. 

Me siento en el viento e invento.

Después, camino.

miércoles, 11 de mayo de 2016

Son listos estos meteorólogos.



L, es miércoles, miro el cielo y está azul, según las predicciones el sábado lloverá. Y en invierno. Son listos estos meteorólogos.

Miro alrededor y no te veo, los niños van al colegio de la mano de sus abuelos, las gentes caminan rápido de un lado a otro, los coches se detienen en los semáforos, las terrazas de las cafeterías están llenas de sonrientes consumidores de vermut con guinda, los enamorados se besan en los portales, una mujer pide limosna junto a unos grandes almacenes.

Me miro dentro y organizo aquello que puedo modificar, asumo lo que está fuera de mi voluntad, disfruto de la capacidad de andar, distinguir los músculos de la pantorrilla, los huesos junto a las orejas, ver, sentir crecer en el corazón todo tipo de emociones, estar sano.

Recibo llamadas telefónicas, mensajes de desconocidos, peticiones de información, sugerencias, saludos, me siento en el silencio de después y escucho crecer la esperanza.

Ahora estoy mirando tus fotografías y suspiro.

martes, 10 de mayo de 2016

Fehaciente.



L, es martes pero podríamos estar en Júpiter y no serlo, ser dos salmones subiendo a contracorriente por un río de Asturias, ser yo un caballo y montarme tú como una amazona en las carreras de Ascot, ser yo ese perro de arriba y pasearme tú por las calles del pueblo. Quizás en este momento nuestro misterio está siendo estudiado por sesudos y barbudos sabios griegos, es posible que algún aburrido y curioso vecino sospeche que mis visitas nocturnas no son las de un abogado de oficio, las de un técnico de la instalación del gas, la del cobrador de la funeraria, todo esto está muy bien y al fondo del corredor se mueven nuestras sombras, las de una mujer y un hombre que se han encontrado sin haberse perdido, que luchan por un sentimiento poderoso e intenso, por una emoción que vibra desde las uñas hasta la coronilla, que nos estremece y nos hace mejores, que nos hace crecer, creer, que nos atemoriza, que nos sacude e impulsa, que nos deja indefensos y atónitos, pobres mortales que no saben nada excepto que nuestras voces nos conmueven, nos alegran los días, pese a todo, pese a nosotros mismos, pese a que los celosos guardianes de la ortodoxia se empeñen en demostrar con cifras, estadísticas y pruebas fehacientes que todo va mal y que puede ir peor, sobre el andamio, nadando en el naufragio, subiendo y bajando la carretera que nos separa, seguimos unidos por la emoción, el sentimiento, el amor, puro y libre de sospechas, hoy también, ¿martes dije?

lunes, 9 de mayo de 2016

Algo haremos para remediarlo.



L, es lunes, pero podría ser viernes, o llover, o ser tú y yo habitantes de un mundo submarino. Abro libros donde no nos mencionan, no hay nada escrito, no nos conocen los poetas, los historiadores, los que trazan rayas para definir las constelaciones, los que inventan nombres para los árboles o los pájaros. Entro en museos y no nos encuentro en cuadros de pintores flamencos, en grabados de orfebres florentinos, en manchas con los dedos por las paredes de cuevas cántabras, es inútil, no estamos.

Trato de inventarte y mi imaginación demuestra su incapacidad para superar la realidad, lo que no ocurre, el color de tus ojos, el tono de tu voz, la curva de tus caderas, tu dulzura.

Pero me obstino, cierro los ojos y salto sobre los días de este mayo que se ha empeñado en demostrar que esto es así, que la televisión, la prensa, los comentaristas, los voceros repiten que todo va mal y puede empeorar.

Algo haremos para remediarlo, ¿no?


Enseguida te llamo.

domingo, 8 de mayo de 2016

145



No sé para qué escribo en esta mesa de piedra, iluso territorio, doloroso reconocimiento del vacío, otra vez el esperpento, soy cómplice del descenso a la rutina, domesticamos al fugitivo y queda la intemperie de la nada, mar sin horizonte, ridículo equilibrista caído en las trincheras de la noche, apoyado en el vacío, dócil protagonista de una mentira, la conciencia ahí, herida que no cura, saber qué y las preguntas, flores rojas entre el trigo monótono, ¿amanecerá?

sábado, 7 de mayo de 2016

PNB


 Señoras y señores visitantes.

Pasen y vean, escuchen, disfruten.

Es sábado...

















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