Viktor Zaretsky - August (1975)

lunes, 24 de abril de 2023

Dubravka Ugrešić

 


Mirando las fotografías de los álbumes me doy cuenta de la simetría entre las fotografías y la memoria. Allí donde se acaban nuestras fotos (y empiezan mis fotos del colegio, mis fotos de los veranos con el colegio, mis fotos con mis amigas) se acaba la zona gris del recuerdo. Desde ahí, como si no me acordara de nada más. Como si solo las fotografías comunes fueran garantía de cualquier recuerdo. Ahí donde nuestras fotos se dividen (cada vez más numerosas las mías y cada vez menos numerosas las suyas) empieza la zona gris del olvido. Quizá me acuerde de los hecho (aquel año viajamos aquí o allí, aquel otro cambiamos eso o aquello), pero esos ya no producen imágenes.

Dubravka Ugrešić, «El huevo kinder» (La zona gris del olvido) en El Museo de la Rendición Incondicional. Traducción de María de los Ángeles Alonso y Dragana Bajić.


Apocalipsis Capítulo 1

 


Apocalipsis

Capítulo 1



1 La Revelación de Jesucristo, que Dios le dio para mostrar a sus siervos las cosas que deben suceder pronto; y que dio a conocer Enviándola por medio de su ángel a su siervo Juan, 2 quien ha dado testimonio de la palabra de Dios y del testimonio de Jesucristo, de todo lo que ha visto. 3 Bienaventurado el que lee y los que oyen las palabras de esta Profecía, y guardan las cosas escritas en ella, porque el tiempo Está cerca. 4 Juan, a las siete iglesias que Están en Asia: Gracia a vosotros y paz de parte del que es y que era y que ha de venir, y de parte de los siete Espíritus que Están delante de su trono, 5 y de parte de Jesucristo, el testigo fiel, el primogénito de entre los muertos y el soberano de los reyes de la tierra. Al que nos ama y nos Libró de nuestros pecados con su sangre, 6 y nos Constituyó en un reino, sacerdotes para Dios su Padre; a él sea la gloria y el dominio para siempre Jamás. Amén. 7 He Aquí que viene con las nubes, y todo ojo le Verá: aun los que le traspasaron. Todas las tribus de la tierra Harán Lamentación por él. ¡Sí, amén! 8 "Yo soy el Alfa y la Omega", dice el Señor Dios, "el que es, y que era y que ha de venir, el Todopoderoso." 9 Yo Juan, vuestro hermano y Copartícipe en la Tribulación y en el reino y en la perseverancia en Jesús, estaba en la isla llamada Patmos por causa de la palabra de Dios y del testimonio de Jesús. 10 Yo estaba en el Espíritu en el Día del Señor y Oí Detrás de Mí una gran voz como de trompeta, 11 que Decía: "Escribe en un libro lo que ves, y Envíalo a las siete iglesias: a Efeso, a Esmirna, a Pérgamo, a Tiatira, a Sardis, a Filadelfia y a Laodicea." 12 Di vuelta para ver la voz que hablaba conmigo. Y habiéndome vuelto, vi siete candeleros de oro, 13 y en medio de los candeleros vi a uno semejante al Hijo del Hombre, vestido con una vestidura que le llegaba hasta los pies y Tenía el pecho ceñido con un cinto de oro. 14 Su cabeza y sus cabellos eran blancos como la lana blanca, como la nieve, y sus ojos eran como llama de fuego. 15 Sus pies eran semejantes al bronce bruñido, ardiente como en un horno. Su voz era como el estruendo de muchas aguas. 16 Tenía en su mano derecha siete estrellas, y de su boca Salía una espada aguda de dos filos. Su rostro era como el sol cuando resplandece en su fuerza. 17 Cuando le vi, Caí como muerto a sus pies. Y puso sobre Mí su mano derecha y me dijo: "No temas. Yo soy el primero y el último, 18 el que vive. Estuve muerto, y he Aquí que vivo por los siglos de los siglos. Y tengo las llaves de la muerte y del Hades. 19 Así que, escribe las cosas que has visto, y las que son, y las que han de ser después de éstas. 20 En cuanto al misterio de las siete estrellas que has visto en mi mano derecha, y de los siete candeleros de oro: Las siete estrellas son los ángeles de las siete iglesias, y los siete candeleros son las siete iglesias.


domingo, 23 de abril de 2023

Vías (no, las respiratorias no).

 

Viktor Vasnetsov - Acrobats at a feast near Paris (1877)

Anteayer, nadie las recuerda, por unas vías sucias (ahora paseo magnífico) iba y venía el tren a Santurce (hoy Santurtzi), con trabajadores y otras gentes, viajeros, margen izquierda, (definían los que después fueron poderosos) esos, no nosotros (decían). Ahora, por vías paralelas a aquellas, por un paisaje de titanio, árboles y estatuas absurdas, corre un tranvía verde, brillante. Recuerdo que las líneas paralelas, las coplanares, son las que nunca se encuentran, las que nunca se cruzan. Igual que ayer y ahora, igual que los márgenes, a veces parece que sí, que van a coincidir, ilusiones, demasiados empujan para que nunca sea posible, la divergencia, tú blanco, yo negro, tú ahí y yo también pero sin mezclarnos. Exagero (o no).  Escribo y lo dejo aquí como si lo que cuento fuera importante (¿no lo es?) Lo dejo aquí como en el centro de un laberinto, nadie llegará, hace demasiado frío en Austria. Sé un poema que recito en las despedidas de mis conocidos. Ellos se ríen, no quieren saber, escogen la parte amable del abismo. La duda se balancea, hay que ser valiente para subir a ese tren oscuro, perdido en lo que era, a veces la memoria es un harakiri, no estamos ya para emociones fuertes, mejor esta prisión mullida, no ver, no escuchar, no sentir. Hagan juego señoras, al final del pasillo hay un espejo.    

sábado, 22 de abril de 2023

Antes

 


Antes (defíneme antes), aquí (o sea, aquí) escribían cuatro, quiero decir que publicaban cuatro (Frank G. Slaughter, Vicki Baum,  Maxence Van der Meersch y otro que no recuerdo ahora su nombre). Es un decir. Lo mismo en la música, cantaban cinco y grababan discos tres (Los Javaloyas, el Dúo Dinámico, los Beatles), te conocías a todos, los hits. Ahora, con la crisis todo dios escribe, publica sus libros en autoedición, con pastas duras o blandas, en letra redondilla y con dibujos, que manía, si no lee nadie. Con la música igual, con eso del  crowdfunding, quiero decir  micromecenazgo (que no me digas que no es bonito, micromecenazgo) se siguen publicando lo que antes eran discos pero ahora todo es Spotify, inventos así o lo que sea, pero no casetes, que eso sí que era un invento (hasta que se salía la cinta). Pues eso, que me salgo de mí mismo. A lo mío. ¡Voy! (la monja, que toca maitines)

viernes, 21 de abril de 2023

Los caballos

 


Los caballos
.
Cumplido un año del letargo
En que sumió al mundo la guerra de los siete días,
Hacia el atardecer llegaron los extraños caballos.
Para entonces habíamos pactado con el silencio,
Pero era tal la calma de los primeros días
Que nos oíamos respirar y sentíamos miedo.
En el segundo día
Nuestras radios fallaron; probamos las perillas; sin respuesta.
El tercer día un barco de guerra avanzó con rumbo norte:
Pilas de muertos sobre la cubierta. En el sexto
Un avión nos sobrevoló y cayó en el mar. Después de eso:
Nada. Las radios mudas; sin embargo
Continúan en nuestras cocinas
Y, quizá, continúan encendidas en un millón de salas
A lo largo del mundo. Pero si ahora hablaran,
Si repentinamente hablaran otra vez,
Si al dar el mediodía una voz nos hablara
La ignoraríamos, no la dejaríamos traer
Ese malvado mundo que de un trago
Engulló vivos a sus niños. Ya no lo toleramos.
A veces pensamos en naciones que duermen
Acurrucadas, cegadas por el sufrimiento
Y ese pensamiento nos sorprende con su frialdad.
Nuestros tractores yacen en los campos. De noche
Semejan húmedos monstruos marinos que aguardan.
Los dejamos allí a que se oxiden:
“Se desintegrarán hasta volverse abono”.
Los bueyes tiran nuestros olvidados arados.
Hemos regresado a una vida
Anterior aun a la de nuestros padres.
Y luego aquella tarde,
Avanzado el verano, vinieron los extraños caballos.
Oímos un lejano repique en el camino
Que se profundizaba. Paró, empezó otra vez
Y al llegar a la esquina retumbó como un trueno.
Entonces vimos sus cabezas,
Una ola salvaje que arremete, y tuvimos miedo.
Tiempo atrás los habíamos vendido
Para comprar tractores nuevos. Ahora nos resultaban
Corceles legendarios en un escudo antiguo
O ilustraciones de un libro de Caballería.
No tuvimos valor para acercarnos. Ellos esperaron
Obstinados y tímidos, como si un mandamiento
Primario los enviara a buscar nuestro hogar
Y la arcaica amistad hace tiempo perdida.
En un primer momento no se nos ocurrió
Que eran criaturas para ser poseídas y usadas.
Había unos seis potros junto a ellos
Criados en la desolación del mundo,
Pero lozanos, como si vinieran de su propio Paraíso.
Desde entonces soportan nuestras cargas, tiran nuestros arados:
Esa libre servidumbre aún desgarra nuestro corazón.
Nuestra vida ha cambiado; su llegada, nuestro comienzo.
Edwin Muir


Roberto Fernández Retamar

 

DEBER Y DERECHO DE ESCRIBIR SOBRE TODO

Absurda la idea de que sólo puedes escribir sobre lo que te ha ocurrido
(Lo pequeño, lo ínfimo que le ha ocurrido a ese cuerpo, a esa vida entre sus fechas),
Como si todo no te hubiera ocurrido, como si
Hubiera una tarde que no cayera para ti,
Como si todos los imperios destruidos, aventados por los desiertos, devorados por las selvas,
No hubieran conducido hasta ti;
Como si el más lejano astro, extraviado al borde del universo,
Y también los astros que hoy ya no existen,
Y las nebulosas pensativas,
No hubieran trabajado, sabiéndolo o sin saberlo,
Para ti, para este instante, para este poema
Que se escribe gracias al aliento exhalado por Miranda o por Jenofonte,
Con un trozo sobrante 
de Casiopea.

Roberto Fernández Retamar

jueves, 20 de abril de 2023



Vamos a ver,  cómo lo hago para que no parezca qué, aunque ya puedes dar volatines que si a alguien le parece  No será  No aunque todo haga indicar que es un Sí absoluto. 

Sí. 

Era un barrio extremo, periferia, gente trabajadora, normal que se dice, no sé si lo normal era trabajar, yo no trabajaba, no por mi decisión, me habían despedido de una empresa después de quince años en su plantilla. Salía por las mañanas a buscar un empleo, en lo que conocía, en lo que había trabajado, ingenuo, es difícil pasar del nueve al tres, al dos, es difícil mirar las facturas que llegan y el dinero que no entra por la ventana. Es decir, que las pasas putas.
Aun así conservaba la manera de andar, de llevar la cabeza levantada, de mirar de frente, de subir las escaleras corriendo, de tener cuidado en las esquinas de los callejones, de saludar al tendero y a la frutera, de comprar el pan por las mañanas, de escuchar a Bach, leer a Cortázar, acostumbrarse, qué remedio.       

Pero el tiempo pasaba y no, los números estaban entre el rojo y el índigo, barría la esperanza en aquel barrio de gente normal que me miraba raro, que me hacía sentir diferente.
Por eso empecé a mimetizarme, progresivamente, con una gabardina que jamás me hubiese puesto antes (antes era hace tanto),  que empezaba a no reconocerme con aquellos jersey azules, anodinos, pantalones grises sin raya, uno más, otro, el del cuarto del portal doce, con la mirada entre desafiante y vencida, en equilibrio entre el recuerdo y el gris. No, no me compré una boina.     

Qué tiempos, duros.

Entonces llegó la riada, se llevó todo y supe que después de lo malo llega lo peor.
Ya no sé si estoy en el Sí o en el No ese que dicen pero aprendí a nadar, visto como me da la gana, incluso me desvisto con rapidez, subo las escaleras corriendo aunque jadeando, puedo detenerme a sentir la brisa, ahora leo de todo, escucho el roce de las estrellas y me olvidé en un banco del parque el catalejo con el que observaba el cambio de las mareas.

Sí, siempre sí.

miércoles, 19 de abril de 2023

Marina Perezagua

 


TRES LUNAS DESPUÉS

El primer día que nos conocimos
le pedí un hijo.
Esa noche se corrió fuera
y todas las noches siguientes
durante tres meses.
Cuando notaba que ya estaba cerca
se apresuraba a retirarse,
apurado,
casi demasiado pronto,
demasiado precavido para mi gusto,
que aún le consideraba más como procreador
que como hombre.
Si en ese momento yo estaba encima,
me agarraba de la cintura con sus manos extremadamente fuertes
y me levantaba y me retiraba y me soltaba donde cayera,
no fecundada.
Casi diría que en esos momentos le odiaba,
le odiaba como excepción,
aunque el amor no era la regla,
aún no podía amar a aquel extraño.
Me quedaba mirando cómo terminaba él solo,
me sentía desperdiciada,
los escasos segundos que transcurrían
entre el momento de la retirada
y el momento en que el semen comenzaba a salir
me parecían una ofensa,
en mi cabeza de pre-madre no cabía la posibilidad
de que él no compartiera ese deseo.
Cuando me masturbaba a solas,
fantaseaba con que tres o cuatro hombres
se disputaban a la vez mis óvulos
y me venían destellos de mis adentros,
un amasijo de células formándose,
y esa breve imagen era suficiente para correrme
en un momento, eyaculadora precoz de mí misma.
A los días me venía el periodo
puntual, brillante, flotando en el agua del retrete
como una constelación viscosa que se burlaba de mí.
Así durante tres lunas.
Un día él mismo empezó a cogerme a todas horas,
su mirada cambió,
resultaba incisivo, exacto,
me llenaba como si quisiera recuperar los óvulos perdidos,
y cuando se corría se quedaba ahí un rato,
ya no había semen que limpiar.
Por aquel entonces (y era pronto)
ya nos amábamos.
Hoy, con nuestra hija mamando,
hay veces en que le aparto
como él me apartaba a mí,
me molesta un poco,
estamos nuestra hija y yo, a solas,
no sé por qué tiene que venir en este momento,
mi leche es para ella,
mis pezones son más para ella que para él.
Entonces veo cómo él mismo se aparta
y me observa,
en sus ojos hay un brillo con trazos de ese odio que yo sentía
cuando me retiraba de su semen,
y me pregunto qué es eso que quiere,
qué es eso que yo le estoy quitando
y si alguna vez podré dárselo.

Marina Perezagua


***

martes, 18 de abril de 2023

Pesada digestión



La digestión fue pesada. El zapato parece simple, sin adornos, pero me costó, sobre todo el tacón, ese mismo que había pisado mi pecho desnudo. Quizás lo he contado antes. Llegaba a sus brazos desde el viento, nos encontrábamos en una habitación en penumbra, me esperaba trémula, vestida solo con esos zapatos, su pelo mojado, nos abrazábamos de inmediato. Me desvestía mirándola, nos acariciábamos ya con los ojos. Saltaba a mi pecho como una pantera pálida y mis piernas resistían esa primera embestida, el ataque que precedía a las manos explorando la piel, los pliegues de los muslos, la cara interna de los brazos, el lóbulo de las orejas, el cuello en el que me demoraba hasta conseguir los primeros suspiros, el ven que yo retardaba, cruel, sus nalgas duras, sus pechos breves, la húmeda circulación en la que nadábamos sabiendo que íbamos a ahogarnos en el deseo, marea creciendo, subiendo por los muebles, la biblioteca, libros húmedos, mesas húmedas, sofá húmedo, palabras que resbalaban entre nuestros sexos tan sensibles hasta que todo eran gemidos y gritos y fricción y pasión, los dos dentro de un horno, abrasándonos, chamuscados, descontrolados, nos besábamos, nos insultábamos, luchaban los labios, los dedos, sudorosos, otros, perdidos, volcándonos, lejos, más lejos, inhumanos, animales que se apareaban y subían, arriba, más arriba, irresistible, cuando estábamos a punto de morir llegaba la explosión del placer y en cada músculo, hueso, piel, venas, sangre, cabello, dientes se producía un terremoto y nos rompíamos en diminutos trozos de amantes amándose, de enamorados enamorándose, perdidos el uno en el otro, exhaustos, definitivamente prisioneros de los cuerpos, enajenados, ambiciosos, egoístas, maldiciendo aquel primer momento que nos vimos y nos encadenamos, qué otra cosa podíamos hacer, qué sino perdernos en nuestros desiertos, en nuestros laberintos, rompernos el alma, el consuelo, la calma, la soledad anterior, la cordura, enajenarnos, enfrentarnos como fieras que defienden su espacio, los límites, que quieren traspasarlos, llegar más lejos, donde nunca, exploradores de tierras negras, subterráneos con grilletes y risas en lo oscuro, con miedo y tangos que advertían, rechiflao en mi tristeza hoy te evoco y veo que has sido, que extendíamos la alfombra de los reproches, esgrimiendo los agravios, la cobardía de abandonar la tibieza que se posaba en lo obvio, en el ya veremos, en el luego, no quemar las naves, imperfección del claroscuro, rehenes detrás de la puerta, un guante negro sobre su espalda blanca, lenguas de cisnes chupando su vientre, moscas venecianas, errores repetidos, lo táctil frente a la idea, el principio, los remolinos en el pantano de hablar sin decir, tumulto en el mercado, a la salida me comí su zapato, el otro, a ella, me comí a mí mismo y la vida fue ya, es, una digestión absurda, sin paisaje, sin globos aerostáticos fotografiando los instantes claves, magos con sus juegos de manos, diarios detallados de lo que paso, día 17, día 18, el 31, calígrafos chinos viviendo en el cuerpo de un buey, de un burro, de un cerdo, de un mono, hasta aquí he llegado y, querida mía, mi corazón lo partiste a machetazos, guerrera, tutsi implacable, indígena de un país de psiquiatras y jugadores de fútbol, de payadores y comedores de peces, alterada que me alteraste, ausente de la realidad de mi realidad, avisada de mi ardor usas botas de clavos, es inútil, volveré a comerte igual, a bocados, Peter Sloterdijk se pregunta dónde estamos cuando escuchamos música, yo me pregunto dónde estábamos cuando nos apartamos, sin preguntas, sin entrañas, sin reconciliación posible, extraños en nuestros fugaces yo, exiliados de la patria que inventamos, ciegos, malditos para otros amores, cercenada la esperanza, colgada de un clavo en la blanca pared que espera sombras de nubes velazqueñas, aturdidas damas con ropajes enlutados, organistas onanistas, impíos revolucionarios que quieran quemar nuestras ermitas, las catedrales, el tiempo, joder, que pasa el tiempo y están las vides rezumando, los temporeros sentados bajo la tejavana esperanzada del país prometido, la belleza insoportable de ser, soy, no somos pero soy, mi mano escande, mide este verso desproporcionado, absurdo, inútil, cuenta sílabas, los signos articulados, el meollo del poema, el amor a ras de suelo, escarbando con las uñas, con las yemas de los dedos, sangrando, recordando el rotundo adiós, los argumentos, el sentido de seguir manteniendo esta página sin brújula, I glup you, si Cortázar levantara la cabeza, Rayuela insomne sobre mi mesilla de noche, al lado del vaso de agua, del microscopio, de la vuelta a las fuentes, enciendo candiles alrededor de la bañera, ella es Marat y esta Carlota Corday que soy, que puedo ser, clavará un simbólico cuchillo en su impiedad, en su silencio, alemanes invadiendo Polonia, páramo, que la vida se agostó, yermo campo sin liebres embadurnadas, sin águilas conejeras, sin documentales de la 2 que diversifiquen la cultura de animales en la sabana, jirafas entrometidas, leones de la Metro después del Nodo, películas de exploradores, de piratas, de romanos, de ciudadanos perdidos en la gran ciudad, en sí mismos, en las idas y venidas de la fortuna, tan caprichosa, tan desigual, tanto alboroto por un zapato, me lo comí, su pareja, a ella, Gargantúa despiadado, despistado, comiéndola me comía, antropófago desorientado mordiendo el aire, airado, estafado, tocando el tambor con la frente, buscando cuevas donde ocultar la miseria, la vergüenza, la ternura que ondula en los codos con heridas, su peso que no pesaba, su sexo que me encandilaba, su frente con una luz guiándome por la espesura de una selva sin gorilas, sin salacot, sin hombres mono saltando de liana en liana, aquí, así, se me cae la baba, lelo, así estoy, ya no sé qué ni a quién escribo, sé que es lunes. Hasta mañana

lunes, 17 de abril de 2023

Un zapato (y su dueña)



Una vez estuve enamorado de un zapato. Y de su dueña. Tanto. Me lo comí, al que hacía su par y a la persona que estaba dentro de ellos. No me duele decirlo, no me arrepiento, no me avergüenzo, es más, lo proclamo, lo esparzo, lo grito frente a un acantilado de ojos incrédulos, haciendo equilibrios sobre el palo de mesana de este barco que va. 


El amor arrolla, es misterioso y fértil, sin cálculo previo, desmedido, incontrolable, avasallador, es una motocicleta que te atropella cuando estás descuidado. Si no es así no es amor, es otra cosa, costumbre, rutina, pobre cariño, necesidad, interés, egoísmo, algo mercantil, un asco.

Me comí ese zapato, sí, claro. Debo decir que es el primer zapato que me comía. Luego me comí el otro. Un tiempo después me comí a la dueña. Sé que es extraño pero así fue. Quiero aclarar que ella había intentado comerme primero, con lo que fue un caso de defensa propia. Fue gula, lo sé, debí conformarme con morderla de a poco, como antes, como entonces, pero no, se abrió tan magnífica ante mí, onírico pavo real femenino, que me la comí, entera.

(Mañana sigo, estoy todavía en digestión)

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