Keigo Nakamura

miércoles, 10 de junio de 2015

Manzanas

En el sonido de la campana del monasterio de Gion resuena la caducidad de todas las cosas. Como el sueño de una noche de primavera, así de fugaz es el poder del orgulloso. Como el polvo que dispersa el viento, así los fuertes desaparecen de la faz de la tierra. (Heike Monogatari) 



Hubo un tiempo, recuerdo, en el que daba vueltas al árbol de los días.
Todo era fácil, alegre, relucían las mañanas, corría por ellas como un Mercurio ciego.

Me comía la vida a bocados, como si fueses una manzana roja, olorosa, dulce.

Luego la manzana se endureció y hube de quitarle la piel, cortarla en pequeños pedazos, morderlos con cuidado, masticarlos repetidamente y soportar las malas digestiones.

Un día cambiaron los papeles, me volví manzana, colgado de una rama, expuesto a los vientos, al frío, a la lluvia, soportando los picos de los pájaros.

Aun así la vida iba de otoño a primavera y todo era como debía ser, llovía de arriba abajo, la nieve era negra y los tigres se comían a los fotógrafos audaces.

Hoy me he despertado en medio de nada, un mundo sin eco donde todo es blanco o negro, no importa, todo no es, no hay manzanas.

Hablo, grito, doy vueltas sin sentido, no hay nadie, tampoco yo estoy.


Dado. Le Boucher of Saint-Nicolas, I Boukoko, Boukoko II, At the City of Saint-Denis. 1974-1976.



martes, 9 de junio de 2015

Nostalgia en Roma



Llegó la hora del recuento, inventario de la ausencia siseando, aún, como una hoguera fracasada.

La clepsidra teje desánimo. Maligna, comienza la noche en ruinas, pudorosa, no, camino desorientado, adiós.

Lo perdido, sin desafíos, fuga perpleja, puentes rotos, séquito de párpados cerrados ocultando lo negro, no fue.

El lecho vacío, impaciente, lejos, en la pradera sobre el mar donde se juntan gatos y gaviotas. 
La copa de veneno espera. 

Reptiles sobre el frío mármol, el musgo entre las rocas, crecen flores blancas en la arena, la lluvia cubre Roma.

Sólo bajo el sicómoro, con el pecho tatuado, ruido, nadie sabe, nadie entiende, llegó la hora del recuento.


lunes, 8 de junio de 2015

Cocodrilos en Bilbao.



Continúan los problemas en mi ciudad.

Como sabéis, Bilbao está lleno de elefantes. Dan volumen a las calles con un toque colorista y vistoso. Esto es algo a lo que ya estamos acostumbrados.
Ocupan mucho espacio de aparcamiento para los coches y vacían sus intestinos en cualquier lado, pero esos son males menores. Alguna vez se sientan sobre un anciano, aplastándolo, pero nos sobran ancianos, tampoco nos importa.

Los turistas japoneses, daneses, yanquis que vienen al museo Guggenheim se fotografían junto a ellos y la ciudad se hace famosa en el mundo. Hasta aquí lo habitual. 


Pero desde hace unas semanas estamos siendo invadidos por cocodrilos del cieno. Muchos, cientos de cocodrilos reptando y mordiendo a todo lo que se mueve alrededor.

Bueno, también es colorista, pero peligroso.

Los reptiles se refugian en las esquinas y se abalanzan sobre los confiados viandantes que se desplazan a sus trabajos o se pasean por los parques. Ya es habitual ver a mis paisanos sin brazos, sin piernas o sin orejas.

Las autoridades continúan sin intervenir. La falta de acuerdos después de las elecciones les tiene paralizados. Ningún partido político quiere definirse sobre esta extraña plaga.

Esperemos que sea pasajero porque de verdad que es peligroso y comienza a ser muy preocupante.

Ah, por si fuera poco, esta mañana la televisión informó la aparición en nuestras playas de cachalotes acampados permanentemente en la arena. Parecen dispuestos a pasar aquí el verano y  ahora que comienza la temporada de baños  no dejan espacio ni para colocar las toallas.


Todos son problemas en Bilbao.


domingo, 7 de junio de 2015

Destierro




Uno, un día –ay- vuelve al camino que dejó y al pisarlo, al instante, sabe que está acabado, desterrado, lejos de todo aún en casa, sin remedio, sin vuelta, sin posibilidad de paraísos, sin suspiros ni miércoles, con la puerta cerrada, añorando lo extraordinario, lo imposible, la aparición de un dios que no existía, ese otro que eras tú, tú mismo -tal fue el milagro-, nacer otra vez, en otro mundo.

No hay nada que hacer, es lo que queda.

sábado, 6 de junio de 2015

Toco pared y vuelvo.

Esa mujer que lloraba en el cuarto
¿Es el recuerdo de un poema
o de uno de los días de mi vida?

(J. A. Valente)


  
Voy de un blog a otro, de un muro a otro, toco pared y vuelvo, los veo, todo tiene una clave, si lo intento seguro que descubriré un rastro entre tantos textos que leo, floridos, exuberantes, bulliciosos, profundos, lacónicos, misteriosos a veces, deslizándose por mi cerebro, por mi corazón, por mis piernas como serpientes dolorosas, como agujeros de cerradura, como pañuelos de seda, como esos hipervínculos que me llevan a otra dirección y de allí a otra y en el fondo, mi curiosidad encantada de estar colgada de la punta de los dedos, en el capricho de escritores o de quién sabe. 

Es obvio que también soy quién sabe, también sé que saben.

A pesar de ir acumulando tantos escritos de tantos días, demasiados, no he perdido reflejos para seguir aquí. Quizás si me falte lenguaje para momentos en los quisiera estar callado, o dormido, o lejos, quizás me estorbe ese recuerdo del enfermo de la cama de al lado en la UVI, conectado a tantos tubos, frascos, vidrios, botellas con líquidos de colores, su respiración todavía resuena en mis pesadillas. Sobre todo por cómo estaba yo entonces. Ahora se me acumula el trabajo, del miedo, del alma, escucho voces púrpuras como la toga de un César, cantos de sirena y tengo la cena, humeante, sobre la mesa. 

Qué suerte.


viernes, 5 de junio de 2015

El contraluz final de “Centauros del desierto”.




Como el pobre Red Buttons en “Hatari”: cuéntamelo otra vez.

Ya te lo he dicho muchas veces, para mantener este blog necesito (dulce) inspiración, algo (mínimo) que contar, imaginación y técnica (o así) para juntar letras y palabras.

¿Sólo eso?

Ah, y sobre todo pasión. Por la vida, los otros, la escritura, el momento, el ahora, el placer de escribir, de amar, de disfrutar los días, el intento. (etc)

Me parece poco.

Bueno, también está el juego, escribir siendo uno mismo y otros a la vez. Disfrazarse, pero no para engañar, no para confundir. Colocarse una máscara veneciana y dejar que el que lea adivine, es joven, es viejo, miente, exagera, no le ha podido ocurrir eso que cuenta. Fragilidad de una débil voz perdida en este medio, a su vez perdido en un espacio muy concurrido y, por supuesto, perdido sin remedio.


Te dejas la vanidad.

Sí.

Te dejas mucho que contar, escondes lo esencial.

¿Tú crees?

Sí, aquel día que se te llenó la cama de endecasílabos recuerdo que dijiste “moi, je desérte”. O cuando escribiste nadando en líquido amniótico. O tu prolongado periodo de endechas. O el estar y no estar. En fin, esa influencia del contraluz final de “Centauros del desierto”.

Vale, déjalo, este blog no sirve para gran cosa.

Estoy de acuerdo.

Agur.

Agur.


jueves, 4 de junio de 2015

El grito de Johnny Weissmuller.

.



Recuerdo aquellas películas de Tarzán, me gustaban muchísimo. Vistas con ojos de hoy resultan un poco ridículas. Los cocodrilos eran de goma, absurdos. Chita era una parodia de chimpancé. Tarzán era valiente pero elemental. No importaba, era un héroe magnífico, admirable, envidiable en su desnudez por una selva insólita con animales que le obedecían, ríos con hipopótamos, lianas danzarinas y aquel grito que llenaba mis oídos y mi imaginación. En los relatos de Edgar Rice Burroughs el personaje estaba mejor construido, era más sólido. Me los leí todos.

Leo otros libros que antes me encandilaron, veo otras películas que me dejaban pegado a la butaca. Eran la esencia, el soporte de mi fantasía. La mayoría no ha soportado el paso del tiempo, se ha quedado antiguo, desfasado, son otra época, el ayer. Me apena mi mirada perdida.

Leo ahora muchos libros, veo películas, escucho música, no sé por qué será pero nada me gusta tanto como lo de entonces. Veo mis ojos, no sé cómo pero veo mis ojos, son los mismos. ¿Qué ha cambiado? Busco y rebusco los colores que iluminen los días.

Y el grito.

No quiero abrir la boca en play-back, no quiero gritar lo que no grito, no quiero aullar para asustar a nadie, no quiero imitar lo que gritaba, no quiero.
Este grito de hoy es un susurro.


Sigo nadando en estos ríos, aunque llegue el último.



Johnny Weissmuller nació el 2 de junio de 1904 en Windber, Pennsylvania. En la década de los años 20 fue reconocido como el mejor nadador de estilo libre del mundo. Participó en los Juegos Olímpicos de 1924 y 1928 y obtuvo las medallas de oro en las pruebas de los 100 y 400 m estilo libre. Entre 1922 y 1927 batió cinco veces el récord del mundo de los 100 m estilo libre. En 1932 comenzó una carrera cinematográfica que pronto le identificaría con el papel de Tarzán, personaje creado por el escritor americano de aventuras Edgar Rice Burroughs. El grito de Tarzán, fue una combinación de diversas grabaciones y efectos electrónicos. Johnny Weissmuller se limitaba a abrir la boca en play-back, aunque terminaría aprendiendo a imitar su propio grito y a doblarse a sí mismo algunos años después. Al final de su vida, poco antes de morir en México, ofrecía lamentables exhibiciones estentóreas de su famoso grito, incluso cuando le entrevistaban los periodistas. También aterrorizaba a las enfermeras del hospital donde lo recluyeron aullando sin control alguno. Falleció el 20 de enero de 1984 en Acapulco, México




miércoles, 3 de junio de 2015

Por sorteo.

Lo bello es siempre extravagante. No quiero decir que sea voluntaria, fríamente extravagante, porque en tal caso sería un monstruo que desborda los raíles de la vida. Digo que tiene siempre un punto de sorpresa que lo convierte en algo especial.Charles Baudelaire



Uno es un hombre afortunado, al menos lo parece, pero en el sorteo le tocó una mente que gira, que no está conforme, que busca debajo, arriba, cerca, lejos, las respuestas que no tenemos, el final del misterio que no termina, la ruta por donde salir de este laberinto. 

Mientras encuentro todo esto, camino los más erguido posible, trato de crecer, de no rendirme en las noches de equilibrista tendido sobre el alambre, cuando los dioses se ríen, cuando nos afanamos en amar lo imposible, cuando en la oscuridad escucho la respiración de alguien, sin rostro. 

Renuncio aceptar qué es lo correcto sólo porque tantos me lo dijeron. 
Así me ha ido muchas veces.

Las vueltas que tiene uno que dar para no decir lo que quiere decir.




martes, 2 de junio de 2015

Plank y el pesimismo, eso mismo.



Planck en 1933


«La verdad no triunfa jamás, pero sus adversarios acaban por morir», decía Plank.


Entre la búsqueda de estilo y el estilo mismo hay un camino de tiempo trabajado, sin más. Hay quién lo busca y hay quién se pierde, hay quién está instalado sin saberlo y hay quién no sabe lo que tiene en su mano derecha -una libélula muerta, un cardo, un corazón de abubilla, un recuerdo apelmazado-.

Un avión me espera con alas temblorosas y París es un lugar con una torre de hierro entre nubes con signos de interrogación y cigüeñas despistadas. Quizás un día me equivoque de destino y aterrice en una tierra que me haga olvidar quién soy, o quién era, o espejos que ocupen toda la pared de no ver, de golpes contra los barrotes de la realidad y miedo. Pesimismo, eso mismo.


lunes, 1 de junio de 2015

Bété



El pueblo Bété carece de escritura, por eso Fréderic Burly Bouabré intenta un alfabeto que contenga todas las lenguas del mundo. Por mi parte, con humildad, intento escribir cada día con la decepción de la noche del día anterior aún recostada en el paladar.

Hacía frío y en los portales se acurrucaban los testigos del fracaso y lo oscuro. Marroquíes con las manos contra la pared. Policías patrullando con perros.

Ella no era Jenna Jameson pero me escuchaba y yo dejaba anzuelos en las fortuitas aguas de sus ojos. Contamos de diez a cero y repetimos, después de cero a diez y no hubo manera, las cuentas no salían, los cuerpos no ardían.
Ella, que no era Brizna Banks, ya no me miraba, hacía señas a la japonesa que vendía rosas de papel y linternas azules, buscaba la luz verde de un taxi. Fuimos. Por casualidad, en el coche sonaba Yesterday. Volví.
La alcoba estaba silenciosa y fría a la altura de un quinto piso. En la televisión concursos absurdos. En el buzón, viento, sobre la mesa, naranjas. Mi cama, demasiado grande y fantasías aterrizando en la interminable pista de la realidad.

No es tan sencillo de entender y sin embargo todo esto pasa en Bilbao mientras en Barcelona la noche está poblada de arcángeles con rubias melenas rizadas y cocodrilos que fuman largos habanos frente a ventanales abiertos al desierto de otras noches.
He metido el teléfono en la pecera, desde ahí me mira, silencioso, con sus teclas melancólicas. ¿Qué culpa tendrá él?






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