Viktor Zaretsky - August (1975)

domingo, 10 de mayo de 2020

Historias de andar por casa (en la tuya o en la mía)





Andrés López Echevarría, edad indeterminada, mirada triste, camina bajo el alfeizar no se vaya a mojar, se ha parado el sonido, los transeúntes van y vienen, se cruzan, saludan llevándose la mano al sombrero o a la boina. Todo va como debe ir pero en silencio.

Rosalía García Alonso baja de un taxi, llora, el taxista le dice seis euros y espera con la mano extendida, las gotas de lluvia resbalan por el cristal del parabrisas, las lágrimas por el rostro de Rosalía, es una tarde húmeda y por lo que se ve, triste.

Andrés ha estrenado zapatos de agua, le aprietan en el juanete, pero eso a nadie le importa un pimiento.

Rosalía ha estrenado la rotura de su corazón por tres costados a la vez y a su ex pareja eso no le preocupa lo más mínimo.

Llueve como llovía cuando llovía, vista desde un quinto piso la calle es un mosaico de paraguas negros que van, viene, chocan y se pierden como en una película de Hitchcock (1).
La Gran Vía, en la acera de la derecha está Rosalía que aún llora y espera que la luz del semáforo cambie a verde. En la acera de la izquierda está Andrés, nervioso porque no llega a una cita con su asesor fiscal.

Verde.

Lo bonito, lo romántico sería que ahora estas dos personas se encuentren al cruzar la calle, se miren, se intuyan, se sacudan la pereza de lo desconocido, se inviten y se tomen un café, una menta poleo, se descubran como dos almas gemelas, se identifiquen como catequistas frustrados o exploradores de túneles abovedados, se comprendan, se sientan generosos, sensibles, agudos, hasta graciosos y salgan de la cafetería agarrados del brazo y riendo como si no hubiera dios, ni juanetes, ni desamor, buscando un balcón, un lecho, un futuro, una excusa.

Pero no.

Esas cosas solo ocurren en las películas americanas y Andrés y Rosalía cruzan, ni se miran, van a lo suyo y lo suyo es nimio y a nadie le importa y esto es lo que he escrito hoy, qué cosas, qué pérdida de tiempo en vez de estar escribiendo poemas o necrológicas o metonimias que es lo mío/tuyo, cariño. A tus pies.


sábado, 9 de mayo de 2020

viernes, 8 de mayo de 2020

Postguerra



A mediados de marzo me sorprendió y me indignó que desde algunos medios comparasen esta pandemia que padecemos con una guerra, utilizaban términos bélicos.

Recordé que tenía pendiente de leer “Postguerra” de Tony Judt. Estoy en ello, un ensayo extenso, imprescindible para todos los interesados en la Segunda Guerra Mundial y sus consecuencias. Maneja muchos datos y cifras pero es ameno y terrible a partes iguales. Hay que leerlo con calma para asimilar tanta información, lo recomiendo al 100%

Hoy 8 de mayo se cumplen 75 años del fin de la guerra, la tragedia, el dolor y las muertes continuaron hasta mucho después.

Estamos ahora en una grave situación de la que no sabemos cómo vamos a salir, saldremos, no igual que antes pero saldremos. Pero que nadie tenga duda que esto no es una guerra, si la tiene que lea  este libro.


https://elpais.com/internacional/2020-05-07/lo-que-no-acabo-el-8-de-mayo-de-1945.html

https://elpais.com/cultura/2018/07/24/babelia/1532453726_298871.html


Aquella llamada

Gloria Rodríguez


A partir de una llamada telefónica todo cambió.

Ten cuidado con tu mujer, te engaña, dijo aquella voz y desde entonces me entró la sospecha, la duda, el miedo, el rencor, la incomprensión, la impotencia ante una situación que no entendía, el progresivo aumento de las precauciones, el cambio de las rutinas, la vigilancia de las costumbres, el control, tantas cosas, en fin, que hicieron mi vida diferente.

No hubo más llamadas avisándome, pero la semilla de la desconfianza había prendido y todo era mirar el buzón por si aparecían cartas sin remite, revisar las llamadas al móvil, el ordenador por encontrar mensajes comprometedores en gmail, comprobar si había pruebas en la ropa, manchas sospechosas, olores, mirar los kilómetros del coche, los cargos en la tarjeta de crédito, la disminución del deseo, la intensidad de las miradas, indicios de otro hombre, señales de la infidelidad presentida, pavor ante la soledad.

Desde aquellas palabras mi existencia entró en un agobiante ejercicio en el que solo me preocupaba proteger mi dignidad, mi propia estima, mi supervivencia.
Fueron tiempos duros, muy duros, se me fue la cabeza.

Un día me planté ante el espejo, me miré, encaré mi realidad y me propuse vivir como antes, antes del aviso, antes de aquello. En poco tiempo lo logré, apenas necesité cuatro años.  Tampoco me resultó difícil, sobre todo teniendo en cuenta que soy, siempre lo he sido, un hombre solitario, soltero, que nunca he tenido pareja, que nunca he estado casado.


jueves, 7 de mayo de 2020

Edith Wharton



A veces he pensado que la naturaleza de una mujer es como una casa enorme llena de habitaciones: está el vestíbulo, donde uno recibe a las visitas formales; la sala de estar, donde los miembros de la familia entran y salen; pero más allá, mucho más allá existen otras habitaciones cuyas puertas nunca se abren; nadie conoce el camino hasta ellas y en la habitación más íntima, el alma se sienta a solas y espera oír unos pasos que nunca llegan.


miércoles, 6 de mayo de 2020

Agobio



Este tiempo de pandemia, confinados, da tiempo para muchas cosas, incluso para pensar.

Muchos creen que todo será como era, esperan un milagro, que alguien les devuelva lo que tenían, incluso lo que eran. Nada será como era, será diferente, tendremos que reinventarnos, echarle mucha imaginación y esfuerzo, mucho trabajo.

Algunos están ojo avizor para que nadie les quite lo que tienen, ni políticas excesivas, ni cambios drásticos, lo mío es mío, es decir lo suyo porque los ricos seguirán siendo más ricos y a los pobres no se les puede quitar mucho pero, lo poco que tengamos procurarán quitárnoslo

Hay quien aventura que esta tragedia nos hará mejores. No sé a qué se refieren a ser mejores. Solo hace falta escuchar a nuestros políticos, a nuestros propios amigos o conocidos politizados, mirar alrededor, cómo se comporta el personal  cuando bajas a comprar el pan o a la tienda, leer las noticias de periódicos y televisiones que desinforman. O, mira, ver el programa de AR por las mañanas. Los bulos, los fake, las mentiras. Los peores que son pocos se aprovecharán de los mejores, que son muchos. Siempre ha sido así.

Quedarán los muertos, el dolor inmenso de sus familiares; los enfermos su miedo, su tragedia, su soledad: los recuperados, su alivio, sus secuelas; las personas sin trabajo, su desesperanza, su angustia; los que han perdido sus negocios y tendrán que cerrar. Etcétera. Quedará esta sensación general de temor, qué pasará ahora, este transcurrir  día a día sin entender este caos mundial estamos metidos.

Paro que me agobio.


Club




La añoranza me mataba.
Helen de viaje.
Qué sarcasmo.
Ni una carta, ni una llamada de teléfono, ni un estoy bien, volveré pronto.
Por eso decidí volver a lo de Anthony.

El bar seguía oscuro, con música imposible y Laura, la cicatriz de Laura.
Al final de la barra dos hombres oscuros hablaban con la mujer del dueño, costaba imaginársela delante de un juez, de un cura, seguro que no estaban casados, a nadie le importaba, ni a ella, su precio era el mismo con o sin anillo.

Una cerveza. Laura ni giró la cabeza, dejó el vaso frente a mí, sin mirarme, la espuma derramándose por el mostrador, toda su atención al lloroso anciano contando de su mujer enferma, los dolores, que ya no, para eso mejor morirse.
La encaré sin disimulo. Un accidente de coche, el navajazo de un amante despechado, la botella rota de un borracho, la cicatriz le cruzaba el rostro desde la frente hasta el labio superior sin alterar su belleza sucia, mis deseos de poseerla otra vez. Digo poseerla y digo comprarla, digo poseerla y digo lo imposible de recibir otra cosa que su cuerpo, ni una sonrisa, una palabra, su mano abandonada en mi nuca.

La noche sigue. Y la añoranza. El viaje. El dolor de la ausencia. El viejo se va. Laura, indiscreta, con descaro me hace el gesto del dinero con los dedos. Asiento con la cabeza, humillado. El cuarto, con olores, frío, una bombilla roja ¿qué hago aquí? entra al lavabo, vuelve, lávate, tumbada se quita la ropa con apatía, abre las piernas, ven , paso mis dedos por su cara cortada, por todas sus cicatrices, no ríe, mueve las caderas, no puedo, se impacienta, es igual, déjalo, me visto, pago, salgo del bar, creo que me miran y ríen pero quizá sea mi imaginación.

Ahora de vuelta a casa
¿A casa?
Ni siquiera sé donde está Helen, si volverá, dónde ha ido esta vez, con quién.

Una semana después las cínicas sonrisas al fondo del bar, ya no cuarto frío, una cerveza tras otra, al menos me mira, toda la atención de Laura a mis quejas porque Helen no ha vuelto, mis dolores del alma entre labios ebrios, que ya no, para esto mejor morirse.

Así una y otra noche.


martes, 5 de mayo de 2020

Homenaje.




Estábamos preparando lo del homenaje cuando salió aquel rumor, que si tal, que si cual. José Luis dijo que él no participaba, Ángel empezó a poner pegas, después se fue uno de gafas que nadie sabía quién era y nos enfriamos.

Lo del rumor terminó siendo mentira, no había sido él, ni siquiera le conocían, qué ganas de hacer un daño gratuito.

El caso es que lo fuimos dejando para más adelante y al final no hicimos nada.

Se lo merecía, vaya si se lo merecía, el homenaje, nuestro recuerdo, nuestro agradecimiento, se portó muy bien con todos nosotros.

Ya han pasado diez años y todavía le recuerdo.

No sé por qué les hice caso.

lunes, 4 de mayo de 2020

Reptil



A veces Parker se siente como un reptil, otras como un insecto refugiado bajo una hoja del limonero. Vivir en confinamiento no permite que nazcan sueños nuevos. Cuando anochece se asoma al balcón, mira las terrazas de alrededor y renuncia a Satanás y a todas sus obras y seducciones. Cumplido este rito se mete entre pecho y espalda media botella de Rioja y se va la cama con la duda de saber qué le traerá el destino. Hasta ahora Parker ignora lo del convento.

(No le digáis nada)    

domingo, 3 de mayo de 2020

Barco

Giorgio Vasari, Les prémices de la Terre offertes à Saturne, Salle des Éléments, Palazzo Vecchio.

Sabemos varias cosas, entre ellas que no hay regreso, una vez que se abandona el barco no hay regreso. En el crepúsculo las olas esparcen lo que era, grandes tiburones ciegos mastican las moléculas de una historia secreta qué de tan bella las digieren en el estómago del mar, las transforman en musculosos tritones adolescentes que nadan hacia lo profundo, ahí abajo, entre peces ciegos y ancianas sirenas que lloran y hacen calceta bajo submarinas bombillas parpadeantes. Una fiesta. Si lo sé me quedo en el barco

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