Peggy Guggenheim

miércoles, 16 de diciembre de 2015

Quién lo iba a decir.




José Lezama Lima lo decía, no esperaba a nadie y sin embargo insistía que alguien por fin iba a llegar. Si llegó o no es algo que no importa, importa la poesía, el poema, ahí, contagiando, sin antifaz ni disimulo, desnudo, como un amante tembloroso de deseo que no teme la desaprobación de aquella a quién ama, que presenta su pecho hundido, la mandíbula impaciente, el gesto insomne del que solo puede velar la alegría, circunvalar los límites del destino, preservar el secreto de su sonrisa. 

Las palabras que se esconden detrás de las palabras dejan un gusto húmedo, un sabor de luz, un afán de estirar la curiosidad desde la rendija de la puerta hasta la ventana que se abre a un patio donde ronda la primavera en la ropa tendida, en los jilgueros enjaulados, en los ancianos que miran más allá de sus recuerdos rotos.

Encuentro una fotografía sobre la mesa. Una mujer, bella, a su lado un hombre serio, barbado, alto, que la protege o preserva con su brazo, que la defiende o la aísla en ese posesivo acto, en esa distinción, una advertencia. Ella también está seria y mira a la cámara con ojos de espuma, al borde de la lágrima, incapaz de rebeldías ni distancias, ajena. Pero está ahí y eso deja el mañana abierto.

Quién lo iba a decir.

Sin embargo el tiempo difumina los colores, los instantes detenidos, ella saliendo de su ayer y entrando en mi hoy, sentada a mi lado en el autobús, cada día, azar o designio, suerte o desgracia, conversaciones en la mañana desganada, en el regreso de cincuenta kilómetros, tiempo suficiente para las confidencias y los anhelos, los sueños guardados en una caja de madera junto a cartas en papeles amarillos, un anillo, una tarjeta con una dirección que ya no existe, con un nombre que sí.

Ni en su casa ni en la mía, escogimos la habitación de un hotel discreto, cuando nevó, cuando se cortó la carretera, pretexto y garantía, discreta disculpa, subterfugio, aval y defensa, barrera a la suspicacia. Ese fue el principio.

Estaba escrito.

Su acento italiano, sus modales suaves, su cuerpo encogido, sin hábito de besos, de caricias, con un feo color morado en el muslo. No hablamos de ello, no tuvimos tiempo, nos precipitamos en un río de esperanza, de manos y piernas, de labios, de suspiros, de un sueño fabricado después de los días de trabajo monótono. Y pensar que no me gustaba, que me pareció un fastidio su primer buenos días, la interrupción de mi lectura, mis pensamientos ensimismados. Fueron once meses.

Otra fotografía, tomada con el móvil, el último encuentro. Volvió a Rímini. El trabajo, otro traslado, inesperado. Los dos reímos, sin ganas, quizás el sueño estaba agotado y era lo mejor. De sexo pasó al amor, del amor a la costumbre, de esta volvió al sexo y de ahí al bostezo. Se nos acabaron las disculpas, la rutina cegó las ansias del principio. Fue lo mejor, que se fuera, con su hombre barbado y su necesidad de ternura, con sus silencios prolongados y su mirada a un horizonte en el que yo apenas era una sombra bajo un árbol.

Ahora viajo solo, nadie se sienta a mi lado. 


martes, 15 de diciembre de 2015

Tres versos.




Lograr decir en tres versos de colores, tres, lo que ahora digo con tantas palabras que chocan entre sí, que se empujan con los codos, escogidas, sí, pero amontonadas en equilibrio inestable, se caen hacia el exceso, se pierden las figuras, se borra el punto de partida y terminamos en Bilbao, el sentido se bifurca, humea el fondo, los ratones roen el hueso del decir, montón de voces ahuecadas, hablar por no callar, pirámide de frases apuntando un cielo de nubes grises, gris el resultado final, gafas para soportar el cansancio de mirar sin ver que quiere decir este recolector de frases, paciencia del lector, tiempo que se va por una alcantarilla.

Tres versos, tres, luminosos, desnudos, que florezcan, que te tomen de la punta de la nariz y estornudes de belleza.

.- Atttttttchis.
.- Salud.


lunes, 14 de diciembre de 2015

Parada de autobús.




Entre tú y yo el amor estaba en vilo, no había mapas ni código de banderas, planos de las calles prohibidas, manuales de sombras caducadas. Al parecer empieza una nueva era, te ruego me avises si estás sentada en el centro de un círculo de tiza, con velas encendidas y señales de advertencia, con tus nalgas de nácar posadas sobre el azahar, con un cartel de vetado el paso. Vete, tío, dímelo, por favor, estoy en un limbo en el que no sé si subo o si bajo, jo. Para colmo, todos los autobuses pasan llenos y he venido sin chaqueta. Del paraguas ni hablamos.

domingo, 13 de diciembre de 2015

De cuando Andrea vivía en Lisboa.




Esta magnífica fotografía es de Andrea cuando vivía en Lisboa (las artistas viven donde quieren). Se tomó en una visita del  Papa (no recuerdo qué Papa, ha habido tantos) después que  abandonase el estrado donde, delante, alrededor,  detrás,  miles de fieles enfervorizados rezaban, clamaban su nombre, pedían milagros. No los hubo y por eso esa señora vagaba entre las sillas plegadas que sostuvieron los culos de fervientes creyentes; buscaba su salvación. Ya no hay milagros, los ciegos siguen sin ver, los sordos sin oír, los muertos no resucitan. Aunque conozco muchos muertos, emocionalmente muertos. Conozco personas que nunca han amado, si lo han hecho, se han cuidado mucho de demostrárselo a la persona amada, de decírselo. Conozco personas que nunca han encontrado a nadie a quién amar (¿habrán buscado?). Mujeres a las que nadie ha dicho “qué guapa estás hoy”, “te quiero”, “me gustaría besarte”. Conozco personas que se aman demasiado a sí mismos como para amar a otros. Hombres que preferirían cortarse la lengua que reconocer que están tristes o desesperados o al límite. Creo que conozco a demasiadas personas, me voy a ir a vivir a una isla desierta, mi loro y yo, quizás invite a Parker (os lo presentaré en breve). Eso sí, una isla con conexión ADSL, sin puertos de atraque para barcos ni helicópteros, solo se podrá llegar nadando. Me someteré a una estricta dieta, de todo tipo, alimentaria, amorosa, ardorosa, haré voto de castidad (bueno, depende de lo atractivo que sea el loro), practicaré gimnasia sueca por las mañanas, genuflexiones por la tarde, insomnio por la noche.

Pero hablaba de la fotografía de Andrea, de esa señora caminando con una bolsa en la que quizás lleve sus pecados. Tanto tiempo nos han atemorizado con los pecados, todo era pecado, de pensamiento, palabra y obra, por eso en mi vida he pecado tanto, no he parado de pecar, me gustan más los de obra, los que atentan contra el sexto mandamiento (no fornicarás, ya, como si fuera tan fácil), a veces contra el noveno (no desearás la mujer de tu prójimo; es curioso, como si las mujeres no deseasen a los hombres de las prójimas, como si fuera fácil, hay cada prójima, ay), tampoco he desdeñado otros pecados (sin especificar, al menos ahora, no hablaré si no es en presencia de mi abogado).

Tres envido, todo esto es un farol, una salida de tono para simular que no soy un cuitado (que es lo que realmente soy), un hombre buscando en lo que escribo lo que no encuentro en lo que digo. Por eso sigo aquí, (casi) cada día, hablando a veces con piedras en la boca, frente al acantilado de los visitantes anónimos, abierto a mis propias contradicciones y errores, sin miedo, sin red, quizás un día me lance al vacío, con los brazos abiertos. Hoy tocaba esta fotografía, de Andrea, una artista que vivía en Lisboa. Muito obrigado.

sábado, 12 de diciembre de 2015

Hoy viene el jardinero.



Dama de la almena en la rutina de tu soledad, ya no sé, no sé si has pasado al otro lado de la línea, si estás en esa tierra de nadie del silencio, si vives un tiempo descorazonado en el que esquivas los dardos del sentimiento, si para no ser herida estás debajo de una manta escuchando música soft. Eludes la refriega, so cobarde. No sé si preparas tu salida del territorio de los sueños o si simplemente no has tenido tiempo ni ganas de hacer otra cosa que hacer lo que has hecho. Ah, recoge la ropa y las violetas, lloverá, pero hoy viene el jardinero.

viernes, 11 de diciembre de 2015

En el Baobab.



Con la crisis los jubilados estamos sin obras que dirigir. Todo se pone en contra. Me quedo en casa. Un problema. Mi hijo me increpa, estás amuermado, demasiada tele, tienes que cambiar, sal. Salgo. A bares. Sobre todo por lo de la próstata, por tener cerca dónde. Hoy, una tetería, el Baobab,  un sitio de hípsters, de modernos, lo de Alu, pintores, fotógrafos, gente del cine, bah, putos aprendices.     

También entra gente de edad, dos, un suicida arrepentido y un pescador cojo.  Muy cargantes. El que no se suicida cada mañana me gana por la mano lo del periódico y la esquina de la barra. El cojo me cuenta su vida desde 1950. Me tienen harto. Con la edad se acentúan las rarezas, te vuelves tiquismiquis. Sentado en una esquina escribo en una libreta mientras veo entrar y salir a los clientes. Todos jóvenes. Ninguno me mira. Ninguno me habla. Soy invisible. Un viejo en el lugar equivocado. Tomo una cerveza tras otra cuando escribo. Mi hija me dice que solo tengo un tema, eres un blando. Veo a la gente, entran, salen. Ríen. Nadie me dice buenos días. Bebo cerveza. Escribo. Meo. Así, cada día.

Soy artista. Pintora. El jueves expongo aquí. Cuadros de gran formato. Texturas grises. Venderé todo. Tengo que dejar esto de los Soprano. Me tiene abducida la serie. Voy cuando el tío ese, el boss despide a su amante por irse de la mui, cuando cuenta su habilidad con la lengua. Qué cabrón, todos los viejos son iguales. Ah, ¿qué quiere este?

–Disculpa, he oído que inauguras una expo el jueves. Vendré. ¿Habrá algo de comer? – pregunta el señor que escribe en la esquina.

–Sí, me puedes comer la chirla –responde la pintora.

El viejo estampa una botella de cerveza en la cabeza de la pintora que cae al suelo sangrando abundantemente. Además le da un puñetazo en las costillas. Maleducada de mierda.

Todos los clientes gritan. Momento caos. Nadie sabe qué ha ocurrido.

El que escribe sale del bar, camina lo más rápido que puede por el paseo al lado de la Ría. Se aleja. Jadea. Ríe.

¡Ha sido el viejo, ha sido el viejo! –grita alguien.

Dos fornidos barbudo golpean al que no se suicida. Puñetazos, patadas, insultos.

No es ese– dice uno – es el otro.

Cuando el pescador cojo advierte que se refieren a él intenta irse pero los golpes le llegan de todos los lados, cae al suelo gimiendo.

La pintora sigue sangrando, aturdida.

Los dos viejos también sangran, no entienden nada, están vapuleados, maltrechos, doloridos, vejados. 

El otro, ha sido el otro– dice un rubio bajito pero ya nadie hace caso. Alguien ha llamado a una ambulancia. Se escuchan sirenas.


Así, este día, hoy. Mi hijo dice que siempre hago lo mismo, que si sigo así me lleva a una residencia, que allí estaré bien atendido. Mi hija me dice que no tengo imaginación, que escriba, que dibuje, que salga. Me miro al espejo. Mañana cambiaré de bar.


jueves, 10 de diciembre de 2015

Boca llena de sonidos y una nariz (postiza).


La boca se me ha llenado de sonidos, me asomo a la adolescencia y caigo en la madurez. Ves mi caída sin extender las alas. Dices que ya no me parezco al que era. Ni falta que hace, pienso, por eso te escribo en equilibrio desde la frontera entre el ardor del equinoccio y la intemperie del desamor. Te hablo desde un presente continuo, no hay futuro. Como un aprendiz del oficio del reencuentro junto fragmentos del vacío, llueven suspiros como machetes romos, han caído las torres de la tierra oscura. Ya veo, la armadura y esta nariz postiza me hace parecer ridículo (pues claro, so tonto).

miércoles, 9 de diciembre de 2015

Izarra.




El día que nos llamaste desde Izarra, llorando.

Llovía, hacía frío.

Nos esperabas al borde de la carretera, como una pequeña refugiada.

"¿Vuelves a Bilbao con nosotros?"

Y te quedaste.

martes, 8 de diciembre de 2015

Apagón de luz en Nueva York



Es del tipo de mujer con la que quisiera encontrarme en un ascensor parado entre dos pisos durante el próximo apagón de luz en Nueva York.

lunes, 7 de diciembre de 2015

Nadar y guardar la ropa.




No, no era esto.
 Braceo con una piedra al cuello
hasta el centro de la estrella.
Me ahogaré, seguro.

Además, entre nosotros, no sé nadar.

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Bilbao, Euskadi
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