Peggy Guggenheim

jueves, 20 de septiembre de 2012

Miedo.




No encuentro mis bragas –dijo ella, y desde la cama vi las blancas nalgas que contrastaban con el resto de su bronceado cuerpo, de rodillas, palpando la alfombra bajo la mesa del salón, a oscuras.

Al cabo de un rato volvió a mi lado. -Qué es esto? – dijo, y entre los dedos sostenía un pequeño objeto brillante, redondo, metálico.

Primero miré sus pechos y después aquel objeto, un micrófono inalámbrico. ¿Cómo lo sabían?

-Vístete y vete, rápido – dije a la chica.

-Qué prisas, vale, voy, deja el dinero en mi bolso – escuché el ruido del agua en la ducha, ella cantando mientras se pintaba, al de un rato me obedeció y se fue.  

No me preocupaba pagarle doscientos dólares, lo del micrófono sí. ¿Cuánto tiempo llevaba ahí, ¿habría otros? Comencé a buscar por el dormitorio, entre las cortinas, bajo el colchón, en la biblioteca, en la cocina, cada vez más nervioso, en el cuarto de baño, el pasillo, en el techo. Sobre la puerta de entrada al apartamento encontré otro. ¿Quién lo había puesto ahí?, ¿cómo había entrado?, ¿cuándo? Seguro que había más.

Miré por la ventana, los coches amarillos corrían por la avenida, se escuchaban sirenas, los peatones iban y venían bajo el calor de junio, no advertí nada sospechoso, quizás era una confusión.

Lo mejor era aparentar seguridad y salir.

Aquellos dos hombres hablando en la esquina no me gustaban, me miraban. La señora del abrigo verde sonreía, ¿qué sabía ella? El portero del Grand Hotel inclinó la cabeza cuando pasé a su lado.

No pude soportarlo más, comencé a correr, calles y calles, de un barrio a otro.

Ahora estoy sentado en un banco de Central Park, comienza a anochecer, me da miedo volver a casa.    



Rajoy obligó a dimitir a Esperanza Aguirre tras una bronca por Eurovegas.






miércoles, 19 de septiembre de 2012

Escalera


Eduardo Arroyo 

Es mi deseo  bajar con ella por las escaleras de la vida –tantas hemos bajado- de la mano, sonrientes, unidos, enamorados en la alquimia de arrullarnos con manos que asedian duermevelas y fuego de almanaques, frutas y perejil.

Tropezaremos alguna vez, quizás, pero no importa, hombro con hombro llegaremos por laberintos de cordura y escaparates con “se vende o se alquila” en el cristal, con tiendas de juguetes y barrenderos poetas con la boca llena de versos, repartiéndolos por los portales con calderos de estrellas en el quicio.

Ella llena mi cabeza de triángulos isósceles, mi memoria está sentada en el centro de su corazón, cosida con alboroto de caléndulas, carretera sin atajos a su piel sin distancia, con zozobra, su cuerpo es un desorden prendido en el marco de mi deseo, una luz al fondo, mi sedienta mirada en los intersticios, un viento azul moviendo los árboles de la alameda, ella en todos mis sueños.

Seguiremos bajando, juntos.

Además, abajo nos esperan.



martes, 18 de septiembre de 2012

Baile




Con una máscara de adolescente ensimismado gira y ríe en un baile de disfraces en el que nadie es quién dice ser. Entre los muchos invitados, alrededor, confundidas, la primera mujer que amó, la primera mujer que besó, la primera mujer que le enloqueció. Y su mujer.
Intenta aparentar una calma que no tiene. Baila y sonríe. Se para y bebe pequeños sorbos de una copa de vino. Se está mareando y debe estar sobrio para no delatarse.  Ajeno al viento en las ventanas, a la lluvia, torpe, habla con unos y otros.

No sabe quién sabe.

Y qué.

La música cambia desde Beatles a baladas tan lentas y tan antiguas que parece que el tiempo se ha detenido. Pero no, han pasado tantas cosas. La primera mujer que amó va de acá para allá como una bailarina entre ballet y contorsionista. La primera mujer que besó ha olvidado todo y sonríe al lado de su nueva pareja. La primera mujer que le enloqueció está nerviosa, intranquila, su marido está sentado a su lado y los dos fuman sin cesar. Su mujer está feliz y habla con todos, encantadora, ajena a la trastienda.

Están las miradas.

Y los silencios.

Fuera están las calles donde todos ellos se perdieron en tiempos amarillos de versos y palomas, de melancolía en las esquinas, de risas de niños y una esperanza, o tres, o nada. Los que bailan, como pueden, sofocan los gritos del mercader de la nostalgia, de los fabricantes de relojes, de los hechiceros de una época sin plazos, de las tenues palabras de enamorados escondidas bajo los bancos de la plaza.

Ahí está él, riendo y bebiendo, simulando una tranquilidad que no tiene, caminando sobre la débil línea que separa el sí del no, esperando la inoportuna palabra que desbarate la fragilidad de su paz, confundido entre las tres mujeres que llenaron su vida, que le dieron sentido, que aún le duelen. Y su mujer.




lunes, 17 de septiembre de 2012

RELEVO AL FRENTE DE LA COMUNIDAD DE MADRID

Aguirre dimite

  • La presidenta de la Comunidad de Madrid dice que la enfermedad que padeció ha influido en su decisión de dejar la política
  • Aguirre: "De lo que más orgullosa estoy es de la educación bilingüe, de lo que menos, de mis meteduras de pata"



Esperanza Aguirre ha dimitido como presidenta de la Comunidad de Madrid y como diputada regional, y ha anunciado su retirada de la primera línea de la política. En su comparencia, visiblemente emocionada, ha admitido que el cáncer, "presuntamente curado", ha influido en la decisión.  
EL PAÍS Madrid 331



Empantanado.




Seguro que es algo común y no tiene mucho sentido contarlo.

Pero me pasa.

Escribir tiene algo de terapéutico, algo de misterio, necesidad de compartir imaginación y sentimientos, también algo de técnica y mucho trabajo.  La inspiración no existe.

Me ocurre ahora que he empezado a escribir sobre una emoción que me transita, contarlo para mañana (este blog no tiene otra pretensión que eso, escribir lo de mañana) y se me ha insubordinado el texto, me puede, me increpa, ¿qué dices? –me dice -.

Y lo miro, lo remiro, intento cambiarlo, llevarlo para un lado y él, obstinado, me lleva para otro, me puede, me vence, me obsesiono, dejo una frase, la cambio, no avanza, estoy empantanado.

Lo peor es que estoy colgado de algo concreto que me inquieta, que me preocupa, quiero decirlo y no sé cómo hacerlo para que no (me) parezca que lo digo.

Aquí estoy, mirando esas escasas cinco líneas. 




domingo, 16 de septiembre de 2012

50 años.


























Gram Parsons

Gram Parsons (de nombre real Ingram Cecil Connor III5 de noviembre de 1946 - 19 de septiembre de 1973) fue un cantante, guitarrista y pianista estadounidense, miembro de las bandas International Submarine BandThe Byrds y The Flying Burrito Brothers. Más tarde comenzó una carrera en solitario y realizó duetos con Emmylou Harris.
Parsons falleció de una sobredosis de droga a los 26 años en una habitación de hotel en Joshua TreeCalifornia. Desde su muerte, se ha atribuido a su influencia el nacimiento del country rock de los 70 y el movimiento de country alternativo de comienzos de los 90. En 2004, la revista Rolling Stone lo situó en el puesto 87 en su lista de los 100 artistas más grandes de todos los tiempos.

Biografía

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1946-1968

Parsons nació con el nombre de Ingram Cecil Connor III, en Winter Haven, Florida. Era nieto del magnate de los cítricos John A. Snively, hombre con muchas propiedades tanto allí como en Waycross, Georgia, donde Parsons se crió y tuvo una hermana después, de nombre “Little” Avis
Su padre, “Coon Dog” Connor, sufría variaciones del estado de ánimo y se suicidó dos días antes de la Navidad de 1958. La madre de Parsons, Avis, se casó posteriormente con Bob Parsons, cuyo apellido adoptó el joven Ingram. Bob consiguió nuevos certificados de nacimiento para sus hijastros y a partir de ese momento Ingram sería conocido como Gram Parsons. Parsons fue a la prestigiosa Bolles School en Jacksonville (Florida). Durante un tiempo, su familia encontró la estabilidad, aunque Avis pronto cayó en el alcoholismo, llevándola a fallecer de cirrosis.
Mientras su familia se desintegraba a su alrededor, Parsons desarrolló un fuerte interés por la música, especialmente después de haber visto un concierto de Elvis Presley en 1957. Cinco años más tarde, cuando apenas era un adolescente, tocó en grupos que hacían versiones de rock and roll, como los Pacers y los Legends, actuando en clubs propiedad de su padre en el área de Winter Haven/Polk Conty. A la edad de 16 años pasó a la música folk, y en 1963 se juntó con los Shilos. Muy influenciado por el Kingston Trio y los Journeymen, la banda tocaba en cafés y auditorios de escuelas de secundaria.
Tras la disolución del grupo, fue a la Universidad Harvard para estudiar teología, pero lo dejó tras un semestre. A pesar de ser del sur, no se interesó seriamente por la música country hasta que escuchó por primera vez a Merle Haggard en BostonMassachusetts. En 1966, él y otros procedentes de la escena de folk de Boston formaron la International Submarine Band. El grupo se trasladó a Los Ángeles al siguiente año, y en 1968 editó el álbum Safe at Home, que contiene una de sus canciones mejor conocidas, “Luxury Liner”, así como una versión primeriza de “Do You Know How It Feels”, que volvería a interpretar en el primer álbum de los Flying Burrito Brothers.

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1968-1970

En 1968, Parsons había llamado la atención de Chris Hillman, de The Byrds, que tras el despido de David Crosby y el abandono de Gene Clark estaba buscando nuevos miembros. Concebido originalmente como una historia de la música del siglo XX, comenzando con música country tradicional, siguiendo con jazz, R&B y rock, y terminando con lo más, avanzado (en aquella época) de la música electrónica, Sweethart of the Rodeo fue su único álbum con Parsons.
Durante este periodo, Parsons entabló amistad con Mick Jagger y Keith Richards, de The Rolling Stones. Mientras estaba en Inglaterra, se hizo muy amigo de Richards y le reintrodujo a la música country.
De vuelta a Los Ángeles, Parsons pronto se juntó con Hillman (los dos tocando la guitarra rítmica), y formaron los Flying Burrito Brothers, con el bajista Chris Ethridge y el interprete de pedal steel Sneaky Pete Kleinow. Su debut de 1969, The Gilded Palace Of Sin, era una versión moderna del estilo de country Bakersfield, hecho popular por Buck Owens. Junto con composiciones originales de Parsons-Hillman, como "Christine's Tune" y "Hot Burrito #2", había versiones de clásicos de la música soul, como "The Dark End of the Street" y "Do Right Woman", esta última incluyendo a David Crosby en las armonías vocales. El álbum fue grabado sin un baterista fijo, pero pronto se incorporó el miembro de The Byrds, Michael Clarke. Tras la grabación del disco, el grupo se embarcó en una gira a lo largo de los EE.UU. en tren. Quizá la actuación más exitosa fue la realizada en Filadelfia, donde el grupo actuó de telonero para los reconstituidos Byrds.




sábado, 15 de septiembre de 2012

Cortázar forever.

Julio Cortázar en el matasellos

La edición integral en cinco tomos de las cartas del escritor ayuda a reconstruir su vida personal y el proceso de elaboración de algunos de sus libros mayores



El escritor argentino Julio Cortazar.
Julio Cortázar se sentaba ante la máquina para escribir sus cartas y dejaba correr “el vasto río de los pensamientos y los afectos”. No le gustaba, sin embargo, guardar copias: “Hay que conocer muy mal a los cronopios para imaginar que guardan cartas”, le dijo en 1962 al director de cine Manuel Antín. En sus misivas, Cortázar contaba a sus familiares, amigos, editores y traductores un sinfín de vaivenes personales, la creación de sus libros, anécdotas de viaje, opiniones políticas o literarias: el reflejo de su época y su generación intelectual.
Estas Cartas (Alfaguara) llegan en forma de una edición aumentada (con más de 1.000 cartas nuevas), ampliamente corregida y completada. Quien recorra este auténtico legado epistolar del autor de Rayuela asistirá por primera vez no solo a la gestación de algunos de sus libros mayores (Bestiario, Historias de cronopios y de famas o el propio Rayuela) sino también al nacimiento, consolidación y final del boom de la literatura latinoamericana, del que se cumplen 50 años.
Después de la publicación en 2009 de Papeles inesperados, una colección de capítulos de libros, prólogos, artículos y cuentos inéditos hallados un día en una vieja cómoda, Aurora Bernárdez y Carles Álvarez García se propusieron corregir y aumentar, mediante un exhaustivo rastreo, los tres tomos ya publicados con la correspondencia del escritor argentino. El resultado son estos cinco volúmenes con más de 3.000 páginas que se leen como un diario o un relato autobiográfico.
Muchas de estas cartas ofrecen detalles específicos del mundo cortazariano. Una vez Paul Blackburn, su traductor al inglés, le preguntó de dónde salieron los cronopios, “esos seres arquetípicos que se oponen a la fama”. Y el escritor respondió: “¿Cómo puedo saberlo? Yo estaba en el Teatro de los Campos Elíseos escuchando música y llegaron los cronopios. Simplemente llegaron, en cuerpo y alma. La única diferencia con la forma definitiva es que al principio eran más bien algo parecido a globos verdes y húmedos. Sus características humanas aparecieron después”.
Hay, también, reclamos cariñosos. Cortázar le dice al editor Francisco Porrúa: “Hasta hace poco el silencio tenía un solo nombre en español, ese. Ahora se llama Porrúa, existe un silencio Porrúa, yo vivo desde hace un mes envuelto en una gran masa de silencio Porrúa. (...) Me basta mirar el abigarrado montón de mi fan-mail y las facturas a pagar para darme cuenta de que siempre hay un agujero cuadrado entre tantos colores, el silencio Porrúa con su estampilla de viento. (...) ¿Vos realmente podrías explicarme qué carajo pasa? Pero tomaré la delantera, te aplastaré con la arrolladora fuerza de mi generosidad, te escribiré una larga carta llena de consultas, dándote trabajo, obligándote a pedir expedientes y archivos, a dictar telegramas, a consultar asesores, te privaré de tu cafecito de las diez y media y de tu cinzano con bitter de las once y veinticinco. (...) Ahora me estoy divirtiendo mucho con Tres tristes tigres de Guillermo Cabrera Infante, que trata del ambiente habanero que conocí bastante a fondo”.
Y hay, además, cartas y tarjetas postales dirigidas a Aurora Bernárdez, viuda y albacea de Cortázar, algunas respetuosas, algunas divertidas y otras sobre los trámites de su divorcio. Los tomos incluyen índices onomásticos y notas al pie con los datos relativos a publicaciones bibliográficas y hemerográficas.
Carles Álvarez explica que en estos cinco volúmenes se muestra “cómo fue la construcción del individuo desde varias perspectivas: la ideológica, la estética, la sentimental... Sin llegar nunca (o muy raramente) a la confesión íntima (...) A mí me divierten las trifulcas con algunos editores y las discusiones con algunos traductores, pero si hubiera que destacar un rasgo dominante es el de la amistad que en muchos casos sobrevive décadas y en otros pocos se interrumpe súbitamente y sin mayores explicaciones”.


Nuevo libro de Antony Beevor

Los prisioneros eran ganado humano


El Ejército japonés practicó el canibalismo como “una estrategia militar organizada” al final de la II Guerra Mundial, concluye Antony Beevor en su último libro





Prisioneros estadounidenses de los militares japoneses durante la II Guerra Mundial, en mayo de 1942. / GETTY IMAGES
La II Guerra Mundial todavía esconde secretos. Durante la investigación de su nuevo libro, una historia global del conflicto que publicará la semana que viene en España la editorial Pasado y Presente, el prestigioso historiador Antony Beevor se topó con una desagradable sorpresa. El Ejército estadounidense y el australiano prefirieron no divulgar una atrocidad japonesa al final del conflicto: el canibalismo y el uso de prisioneros de guerra como “ganado humano”, que eran mantenidos con vida solo para ser asesinados de uno en uno con el objetivo de ser devorados. Esta salvajada formó parte, según los datos recogidos por el escritor británico, de “una estrategia militar sistemática y organizada”.
“Las autoridades aliadas, comprensiblemente, por temor al horror que esto podría causar en las familias de aquellos que murieron en campos de prisioneros, decidieron ocultar los hechos totalmente”, explica por correo electrónico Beevor, que se encuentra promocionando en Australia su libro, publicado en junio en inglés. “Por ese motivo, el canibalismo no formó parte de los delitos juzgados en el Tribunal de Crímenes de Guerra de Tokio de 1946”.
Como sucedió con el resto de sus libros anteriores, la búsqueda de nuevas fuentes y documentos produce sus frutos. Hasta ahora, este historiador británico, que encontró un filón en los archivos soviéticos que comenzaron a abrirse tras la perestroika, había hecho minuciosas descripciones de las batallas de Stalingrado, Berlín, Creta y el desembarco de Normandía (todos ellos publicados en España por Crítica, todos ellos best sellers). En La II Guerra Mundial, un volumen de más de 1.200 páginas, traza un relato global del conflicto, que no empieza con la invasión de Polonia, sino un mes antes y en el otro lado del mundo, en agosto de 1939, en el río Khalkin-Gol. Aquella batalla en la que el Ejército Rojo derrotó a los japoneses en Manchuria demostró que Zukhov era uno de los grandes generales soviéticos y significó una gran lección para Tokio, que abandonó su intención de abrir un segundo frente en Siberia. Si Stalin hubiese tenido que proteger su retaguardia en Extremo Oriente, el conflicto hubiese sido muy diferente.
La II Guerra Mundial es una fuente infinita de historias y horrores y Beevor rescata muchas en este volumen, desde cómo los nacionalistas chinos sobornaron a las tríadas de Hong Kong para evitar matanzas de extranjeros hasta la guerra bacteriológica en Italia. Tras el desembarco aliado, los nazis inundaron grandes extensiones de terreno en Pontino, introdujeron el mosquito anofeles y confiscaron la quinina. Unas 55.000 personas contrajeron la malaria al año siguiente.
En su historia sobre el final de la guerra en Asia, Némesis. La derrota de Japón 1944-1945, Max Hastings explica que los relatos de las atrocidades que sufrieron muchos prisioneros a manos de los japoneses fueron censurados para evitar que se produjese una espiral de venganzas. De los 132.134 prisioneros de Japón, murieron 35.756, un 27%. Tanto Hastings como Beevor describen todo tipo de crueldades contra prisioneros de guerra aliados, desde vivisecciones sin anestesia hasta palizas mortales o ejecuciones a ballonetazos, además de trabajos forzados. Sin embargo, el canibalismo organizado va más allá de lo imaginable.
“No fueron casos aislados: existió un patrón similar en todas las guarniciones de China y el Pacífico que se quedaron sin suministros por la Marina estadounidense”, explica Beevor, que visitará España a finales de mes y que estará en el Hay Festival de Segovia. No existen datos sobre el número de prisioneros que pudieron sufrir esa suerte, aunque sí que la mayoría de los casos ocurrieron al final del conflicto, en Nueva Guinea y Borneo. Las víctimas fueron locales y soldados papuenses, australianos, estadounidenses y prisioneros indios, que se negaron a combatir con los japoneses. “Los informes lo dejan muy claro: ‘No fueron incidentes aislados perpetrados por individuos o pequeños grupos en condiciones extremas”, explica Beevor, de 66 años, militar reconvertido en historiador.
La revelación del canibalismo en el Pacífico se suma al redescubrimiento de las violaciones masivas por parte del Ejército soviético en su avance por Alemania, que describió en Berlín. La caída, 1945. Existían muchos testimonios, incluso una de las obras fundamentales sobre la II Guerra Mundial, Una mujer en Berlín (Anagrama, 2005), lo relataba con una pavorosa mezcla de horror y resignación. Este libro, anónimo, había sido publicado en inglés en 1954. Pero esa atrocidad no entró a formar parte del acervo de conocimiento popular sobre el conflicto hasta que el ensayo se convirtió en un éxito de ventas.
Un profesor de la Universidad de Melbourne, Toshiyuki Tanaka, había descubierto en los años noventa documentos que describían casos de canibalismo, pero, según su versión, se trataba de una orgía de muerte de tropas fuera de control, algo similar a lo que ocurrió en circunstancias extremas en el sitio de Leningrado, donde 600.000 personas murieron de hambre o a manos de prisioneros rusos que no recibían ningún tipo de alimentos. Los documentos que ha encontrado Beevor describen algo muy diferente, una nueva vuelta de tuerca en el horror infinito de la II Guerra Mundial.

http://cultura.elpais.com/cultura/2012/09/12/actualidad/1347478479_303840.html


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