jueves, 6 de diciembre de 2007

Casa deshabitada.


Casa deshabitada.
Ecos perdidos bajo los armarios.
Danza de soledad por los pasillos.
Lentitud de ausencia en la cocina.
Manchas frías en las paredes desnudas.
Una niebla de amor roto sobre las camas.
Dolor que lucha en la calma de los cuartos.
Sin risas de niños detrás de las cortinas.
Ni viejos sentados en el balcón.
Se ha perdido la dicha de las sombras.
No hay vestigio de nadie.
Nada.
Se ha caído la esquela del portal.


miércoles, 5 de diciembre de 2007

Seducere

"Seducere es un antiguo verbo romano que quiere decir llevar a un lugar apartado. Atraer hacia sí fuera del mundo. Ser dux aparte. El reino de otro mundo. Seducir es lo contrario de desposar. En romano casarse se dice ducere, llevar. Ducere uxorem domun, llevar a la esposa a su casa. Por el contrario, se–ducere es separar a una mujer del domus, es llevarla a un lugar apartado, en la separación, en el secreto, en el secretus, primero “fuera de sí”, luego “lejos de los demás hombres”. (Vida secreta- Pascal Quignard)


No se puede vivir sin la palabra.
(Junto montañas de palabras y escucho detrás del muro: bah, es literatura.)
No se puede vivir sin amar.
(Perdido en una selva apasionada me llega un eco: no, fue solo sexo)
Pobre literatura, pobre sexo, pobre ingenuo.

También es difícil vivir en la palabra.

Ocurre que termina la fascinación y se disipa la credibilidad, con ella la verdad, después cae la capacidad de seducción –seducere- y ya no queda nada.
Nada.

Todo esto –cada día- es un viaje inútil.

Estaba ciego en la lucidez pero tú has hecho girar la locura.
Todo es visión, todo está libre de sentido.

(Antonio Gamoneda)


martes, 4 de diciembre de 2007

Deliquio.

Nada esperar
de nada
nada temer
(esperar es tener)
nada desesperar
de nada.

(César Antonio Molina)



La palabra nos hace.
Al hablar, somos.

Aunque digamos deliquio y escuchen zzzh, o nada, aunque la voz quede tendida y se la lleve el viento, aunque la picoteen entre las piedras los andarríos y se pierda bajo el agua al segundo siguiente de salir de nuestra boca.

Puede ser que escribamos un poema, lo guardemos bajo el mantel y al leerlo meses después nos invada el mismo sentimiento, que recordemos, añoremos, suspiremos. Puede ser que nos invada otro, diferente, con aromas nuevos, con los viejos caminos, los miedos. Puede ser que nos haga temblar.

No recuerdo qué palabras susurré al oído de la que amaba.
Hoy leo una carta que (me) escribí hace meses, cuando se (me) rompió el sentido de la vida. Hoy (me) leo la intensidad de aquel momento.

La palabra nos hace, el espejo nos miente, no somos ese que mira.
El tiempo no existe y sin embargo es diciembre y el invierno está aquí.


El dolor es profundo,
el placer es más profundo aún que el sentimiento.
Pero todo dolor dice: ¡Pasa!
Pero el placer quiere eternidad.
Quiere profunda, profunda eternidad.

(A. H.)


lunes, 3 de diciembre de 2007

Nueva semana

En este momento suena jazz: no hay melodía, solo notas, una miríada de diminutas sacudidas. No conocen el descanso; ¡un orden inflexible las origina y las destruye sin darles tiempo de recuperarse y de existir por sí mismas. Corren, se precipitan, me dan un fuerte puñetazo al pasar y se extinguen. Me gustaría retenerlas, pero sé que si pudiera parar a una, lo que me quedaría entre los dedos sería sólo un sonido bribón y extenuado. Debo aceptar su muerte; debo incluso desearla. Conozco pocas impresiones más fuertes o más crudas. (La náusea. //. Jean- Paul Sartre.)


Queremos irnos, todos, o casi todos, los de aquí, por acá o por allá, queremos vacaciones, paréntesis, desordenado crepitar humano, necesidad de sol, de nieve o de árboles, de silencio, de gritos, de otros, de estar solos, acompañados, de saltar al agua fría, a una bañera, a una cama, de estar al lado de otro/a y decirle ternuras, de hacérselas, de recibir mimos, de descubrir paisajes nuevos, de recordar los viejos, de tener tiempo para mirarnos dentro, de espejos, de barrancos, de lluvias intempestivas, de pasión, de frío en los dedos de los pies, de no tener tiempo para nada, de dulzura, de comer en el balcón o en el tejado, de desayunar en la cama, de hacer el amor en la hierba, en un museo, en el mar, en un armario, con la de siempre, con el de nunca, de hablar, de buscar pasos perdidos, de ponernos calcetines en las orejas, de escucharnos, de enfadarnos y volver solos, de ir solos y volver acompañados, de escuchar otra forma de decir, de olvidar, de tocar el violín, la tuba, armonía de acentos italianos, catalanes, franceses, dulces frases en euskera, en gallego, dureza alemana, inglesa, algunos rezarán, otros mirarán lo viejo con ojos nuevos, aquel se irá en bicicleta hasta Estambul, en Portomarín conocí a un peregrino que volvía de Jerusalén, queremos irnos, algunos, los que estamos en el ritmo, los que no soportamos ya tanta intensidad de días monótonos, tanto silencio y por eso gritamos, queremos volver y aún no nos hemos ido, queremos aquello a los que no sabemos poner nombre, queremos ser felices y en este curso aún no hemos llegado a la lección sobre la felicidad, queremos tantas cosas que la lista empieza ya, ay, me dejo muchos deseos pero se me escapa el avión a Madrid, tú a New York.





domingo, 2 de diciembre de 2007

Ventana

Permanecer en la inquietud, no quiero ser sorprendida. Apaciento mi sombra en los lugares más inseguros del pensamiento. Oigo crecer mi osamenta cada día, mi infancia no ha terminado. (Julia Otxoa)



Esta ventana con vistas a una pared de ladrillos rojos, donde alguien mira ensimismado la triste longitud del aburrimiento, donde el silencio es una parte más del acertijo de encontrar nada, de preguntas colgadas del limonero que ha crecido en el patio, gatos erráticos, ancianas vecinas sentadas en el porche esperando la muerte o quizás el desayuno que les traerá una sobrina, pálidas botellas con agua de lluvia, una lámpara encendida que alguien se olvidó de apagar, por encima el cielo gris, por encima la soledad, sólida, imperativa, por encima el hastío de que pasen rápidos estos tres días hasta que él se vaya y ese alguien se quede aún más sola, aún más confundida. Si esto es posible.

Bien, dicho esto me pregunto de dónde saldrá el aire que se volverá viento, este desolador paisaje de soledades, pobres seres solos, anhelos perdidos en ese viento que era aire, que no era nada, que se espesa a partir del susurro de un bosque donde no entra la luz y me divertía más leyendo sus escritos sobre nuestros encuentros eróticos en el cuarto donde la luz nos cegaba.

Pero llamo y no está, llamo y la voz choca contra una pared de ladrillos rojos donde alguien mira ensimismado, etc. Cada día me resulta más trabajoso llenar el vacío nuestro de cada día dánosle hoy. Y no por falta de iniciativa, no. Tampoco por falta de deseos. Quizás por un principio matemático, menos es más, o desilusión, o cansancio de decir ruido y que nadie escuche.

Vale, vale, lo sé, ya me pongo en orden, dentro de tres días se va a Londres con su mujer y sus hijos. Cuando vuelva lo pienso.



sábado, 1 de diciembre de 2007

Bombero


Me enamoré de un bombero. Sí, chicas, su profesión no debía ser definitoria en nuestra relación, pero él ejercía de ello, que si el camión rojo, que si la toma de agua, que si la lona, el hacha, no paraba de hablar de su trabajo, su trabajo era él.

Tenía otras virtudes, claro, muchas, era inteligente, culto, sensible, quizás demasiado cerebral, guapo, rubio, con un cuerpo musculoso y bien proporcionado. Era, también, un buen amante; en este apartado no tengo quejas, es posible que fuera pasivo, pero era voluntarioso, que fuera algo frío, pero le ponía interés. La cuestión es que, aunque había estado con muchas mujeres, para mí, él nunca había estado con una hembra, mucho menos con una como yo -modestia aparte, ya me conocéis-. Pero en resumen, nos llevábamos bien, estábamos enamorados.

A las tardes, mirando el mar, me hablaba de fuegos, del fuego, de las llamas, de los vecinos bajando por escaleras larguísimas, de sus entrenamientos sin fin, del gimnasio, de sus músculos, del casco negro, del uniforme azul. Al parecer ser bombero es como estar en el ejército o ser cura, imprime carácter. Me aficioné a esta profesión-religión, incluso me compré libros: “Apague usted sus propios fuegos”, “La manguera, usos y abusos”, “Hey, tío, no quemes el bosque”. Me volví una experta, le escuchaba embelesada, cuando nos amábamos le decía al oído “derriba mis puertas, riégame, mójame, sopla este calor” y parecía que le gustaba, que le ponía a tono.

No todo era mágico, como soy ama de casa mis conversaciones eran más limitadas que las suyas, que si como han subido las lentejas, que si se me acumula la plancha, que mi marido es un cascarrabias, que mi niño pequeño tiene paperas, mis cosas. Aún así seguimos enamorados, amándonos en secreto.

Pero por ahí comenzó a romperse el idilio. Es lógico, todo tiene un punto final, un obstáculo insalvable, el nuestro fue cuando comenzó a hacer prácticas conmigo. Chicas, seguro que me comprenderéis, la cosa empezó como una broma, tenía que presentarse a un examen para sargento y asistía a cursillos, llegaba tan obsesionado a las citas que en vez de follar me daba fuego y luego me apagaba. La primera vez me hizo gracias, je je, me pareció hasta romántico, simbólico. Pero a la cuarta me tocó las narices, no ganaba para vestidos nuevos y Paco, mi marido, se mosqueaba, que si tienes la piel áspera, que si gastamos mucho en crema para quemaduras, que como ha subido el recibo del agua. El caso es que un día, harta ya, le dije; “Bomberito mío, nadie salva como tú, nadie apaga mejor mis incendios pero, chato, te has pasado de furor y me está entrando complejo de bonzo”. Y, claro, así no, lo dejamos.

Chicas, mi próximo amante será funcionario de correos que no salvan pero son eficientes y constantes, quizás grises pero tienen un gran atractivo con esa gran bolsa a la espalda, que parecen un canguro del revés, con esa lengua para pegar sellos, no utilizan manguera pero todo no se puede tener. Besos, guapas.




viernes, 30 de noviembre de 2007

La finitud de Charles Robert Darwin.

Praga está un poco sombría. No ha llegado ninguna carta. El corazón está un poco oprimido. Es imposible que llegue una carta ya, pero cómo explicárselo al corazón. (Kafka)


Cordura, el cronómetro se ha puesto en marcha, class, demencia, esa noche K se duerme serio y despierta convertido en un playmobil, la sonrisa pintada, un personaje que mueve brazos y piernas, no más, un muñeco de plástico en el fondo de una caja amarilla de juguetes en el altillo del armario de la niña que ahora clava agujas de hacer calceta en el cojín bordado a punto de cruz con una cara que tiene un aire al adusto rostro del adulto que se reflejó un instante en el espejo -pufff, respirar y F3- no el de ahora, no, Homer inconsciente comiendo donuts, aparcando su coche junto a la boca de riego, torpe hombre que ríe mientras bracea en un río de aguas verdes con sirenas que se inventa -pobrecito, si las viera, con las escamosas colas como espadas- géiser del último día de noviembre, fragor de enanos en fábricas subcutáneas de dolor de cabeza, martillos en las sienes, bichos parasitarios mordisqueando las terminaciones nerviosas, amigándose con virus y espías en mi ordenador tomado en el último asalto y el puma plus nos mira amenazador, un ápice faltó, un casi nada y el amor era esto, Schönberg y la belleza insoportable del anhelo llenando cada hueco del alma, un yo que era nosotros hasta el Ctrl.+Alt+Sup, todo se detiene, dream, dream, sueña conmigo, reina blanca, el despertador se ha descompuesto, F1, ayuda. Ya es viernes. ¿O no?


Y del confín
del sexo llegan viejas demandas.
Contra lo oscuro fracasa el yo.

(Rilke)


Además, ayer alcancé el no va más de visitas.
Gracias a todos.


jueves, 29 de noviembre de 2007

Una faccia qualsiasi.


FESTIVIDAD DEL DULCÍSIMO NOMBRE.

Yo te elegía nombres en mi devocionario.
No tuve otro maestro.
Sus páginas inmersas en tan terrible amor
acuciaban mi sed. Se abrían, dulcemente,
insólitos caminos en mi sangre
-obediente hasta entonces- extraviándola,
perturbando la blancura espectral
de mis sienes de niña cuando de los versículos,
las más bellas palabras, asentándose iban
en mi inocente lengua.

Mis primeras caricias fueron verbos,
mi amor sólo nombrarte
y el dolor una piedra preciosa
en el tierno clavel de tu costado herido.
Flotaba mi mirada en el menstruo continuo
del incensario ardiente y mis pulsos,
repitiendo incesantes arrobada noticia,
hasta el vitral translúcido, se elevaban.
La luz estremecíase con tu nombre,
como un corazón era saltando entre los nardos
y el misal fatigado de mis manos cayendo,
estampas vegetales desprendía
cual nacaradas fundas de lunarias.
Párvulas lentejuelas entre el tul,
refulgiendo, desde el comulgatorio
señalaban mi alivio.
Y anulada, enamorada yo
entreabría mi boca, mientras mi cuerpo todo
Tu cuerpo recibía

(Ana Rosetti)



Ya, cierto, esto es el Regreso, déjame celebrar contigo que estamos vivos.
No hay mañana, pero hoy, hoy, bajo una llamarada de estorninos escribo para no pensar, para no saber, para contradecirme, para concretar aquello que desborda mi capacidad, para buscar como en un juego los elementos que componen el todo, analizando lo que está al otro lado, lo que queda al descubierto tras la bajamar, esas piedras oscuras que apenas tienen tiempo de secarse, los pequeños peces de la duda sobreviviendo en el agua estancada en los agujeros de las rocas, negros mastines que ladran cuando paso frente al número siete, ángeles a caballo, gatos dormidos en las esquinas de este noviembre, mes de transición, sin luz, diciembre al acecho, vociferando, esparciendo quejidos y rumores por el largo año que viene, ahí, vestido de quién sabe y preguntas, aumenta el índice de separaciones matrimoniales, las clínicas mentales están llenas y han cerrado las playas por los delfines muertos, aún tengo el polvo del camino en las botas sobre la repisa del recuerdo, escojo la corbata para el martes, detrás de los cipreses de las próximas vacaciones navideñas escribo para ti ¿sabes?


El hombre quiere hablar, por muy imperfecto que sea, de aquello que en él es algo más que humano. (Ernst Jünger)


miércoles, 28 de noviembre de 2007

Rutina.

Que te acostumbras. Es lo que tiene. Bueno o malo -¿quién determina la bondad?- pero constante. Y la rutina engancha. No es premeditado, no, es una necesidad. Me refiero a la mía. Me refiero al hambre de decir, de contar, sobre todo de sentir. Un día, otro, como complemento a necesidades de intendencia, más aburridas, más prácticas, más tangibles. No sé si es tangible la felicidad. O el amor. ¿Puede tocarse el amor?, ¿y el sentido de la vida? Un día lo pierdes y sí, entonces sabes que la piel está expuesta a la inclemencia, al desamparo de no entender, del vacío, del frío de la nada. Junto aquí palabras, nada más. A veces, alguien las lee, las interpreta o las siente. A veces alguien me las devuelve tan enriquecidas que dejar una respuesta es una necesidad vital, un impulso de caricia, una mirada más allá de lo que puedo ver.


Las piernas. Que no salto. Al menos no tanto como antes. No como Fosbury que ese sí que saltaba. Sin embargo salto. A veces de espaldas, de bastante altura, con doble tirabuzón. Y caigo de pie. Sin pasos laterales. Es el entrenamiento. Algo de arte habrá, también. Que no hay que quitarse méritos. Ni réditos. Que el que guarda, haya. Pero prefiero hablar de ahora. No hay más. Tenía, hacía, fui, cuando yo era, hace ya, entonces, ayer. ¡No! Antes es antes, o sea nunca. El ahora también es fugaz. Por eso hay que aprovecharlo. No hay segundas oportunidades. Los y si hubiera hecho esto pasa sólo en las películas. No lo hiciste y te callas. Lo peor es que no abren ventanillas de reclamaciones. Y si las hay los funcionarios son sordos. O no venden billetes de regreso. Vuelva usted mañana. O no vuelva. Por lo de las carreteras. El hielo. Falta menos de un mes para Navidad. Pero en un mes se pueden hacer muchas cosas. Por ejemplo saltar. Antes sí que saltaba. (Me contradigo, muy bien, me contradigo. Soy amplio, etc. Lo de Walt Withman)

O lo del amor.
Estoy enamorada- me dice Eva.
Qué alegría, preséntamelo- le digo.
Es feo –me dice.
Vaya amor de las narices- pienso.

Que te enamoras y te quedas ciego, que no ves, que todo es bello, que la mirada interior anula el resto, la realidad, que ella era la mujer más bella del mundo, que la veía desnuda sobre la cama y lloraba de felicidad, que la acariciaba y me crecían orquídeas en los dedos, que besaba su cuello y mis labios formaban un horizonte sin límites, que se juntaban nuestros cuerpos y el mundo era un paraíso de emociones en el que vibraba cada átomo de mi ser, que nunca he sentido así, que la emoción era tanta que anulaba la realidad y entraba en otra realidad donde el calor nos elevaba hasta el cielo, nosotros éramos el cielo. Etc.

¿Sigues enamorado?- me pregunta.
No lo recuerdo –contesto.
¿Era bella? –insiste, curiosa.
Es fea –le digo.
Vaya enamoramientos tiene este –piensa Eva.

Pues eso, que intento no repetirme pero. No repaso. La verdad es que me he implantado dos Gigas de memoria en la nuca. Ni por esas. Así y todo. ¿A vosotros no os ocurre? Tengo un libro de reclamaciones. Nada por aquí, nada por allá. Es difícil. Ella (una ella) (ella) criticaba todos mis escritos. Era un problema. De autoestima. De la mía. Que pensaba que escribía todo mal. Que le dejaba el corazón encima de un plato de plata y me decía que me había comido una coma, que me pasaba toda la noche planchando el alma y me decía que tenía arrugados los acentos. Hasta que determiné que el problema era de ella (ella), de su gusto, o su disgusto, que no, que escribo como sé. Incluso vivo como sé. A veces como puedo. No me digas nada, ya sé que a ti también te ocurre.
Bien, también lo sé, lo suyo sería poner la página solo con los escritos, sin fotos ni música. Esto me parece una concesión, prostitución, vender mi cuerpo literario. ¿Y qué?, hago experimentos, dejo el fondo blanco, negro, cambio las músicas, los colores, robo fotografías como un ratero sin antifaz, silbo. Tocan a la puerta, debo parar. ¡Voy!.


(Pueden tomar números en ese aparatillo de la esquina inferior izquierda.)
(Como en las charcuterías).

(Os aprecio)
(Quiero que lo sepáis)




martes, 27 de noviembre de 2007

Carrusel en una oreja atrofiada.


Al terminar el almuerzo, los alegres gimnastas bajo el chapuzón habían también desaparecido. Como si hubiesen retirado las planchas metálicas, el coro de los bañistas onduló al soplar su caramillo cerca de la caseta de los coperos; avanzaron hacia un punto como si fueran a transmitirse un secreto cambio de guardias, y desaparecieron en el humillo del café que venía a terminar el acecho de un gato color de pólvora, agigantado, levemente monstruoso, como los que aparecen en las pesadillas de los generales de los cien días, con su piel muy estirada, terminada en innumerables tubillos como mamas incipientes, paseándose arrastrado a lo largo del refectorio, como la sombra silbante que surge del mar y desaparece deglutida por el genio dilatador de la ceiba.(Lezama Lima)



Una mujer está fumando asomada a la ventana. Tiene un ojo en el centro de la frente. La miro sin disimulo desde la calle. Ella se da cuenta y entra en su casa después de dejar una bocanada de humo violeta expandiéndose sobre los ruidos amortiguados del ocaso. También deja una sonrisa. Camino sobre las baldosas procurando no pisar las rayas.

Un hombre de color (¿de qué color?) me grita desde un balcón. No le entiendo. Tiene la cara desencajada y mueve los brazos. Me acerco y él hace señas para que me aleje. Por fin en correcto alemán me explica que se ha desprendido una cornisa y que no pase por debajo- por si acaso, dice, en castellano-. Deplorando mi desconocimiento de las lenguas y reafirmando mi aguda vista cruzo la calle y camino sobre las baldosas procurando pisar las rayas.

Un niño está jugando con una pelota de colores, ensimismado, ríe y grita y corre, llama a compañeros inventados, se tira al suelo, chuta contra una pared y salta celebrando un gol imaginario. Paso a su lado, sonrío e intento hacerle un pase de futbolista avezado, el niño me mira, serio, mira a su madre que está sentada en un banco del parque, vuelve a mirarme, da un patada a la pelota y sigue con su juego de equipo invisible. No hay baldosas en el parque y me voy saltando como un canguro. Nadie me presta atención.

Un estúpido –obviamente, yo- está caminando por las calles, medita, piensa, observa que las aceras están pintadas, los coches son de plástico y hay un alboroto inútil en su (mi) cabeza. Las casas están huecas. Hay silencio. No vuelan gorriones, ni palomas, ni aeroplanos bajo los tendidos eléctricos. Es como caminar por una maqueta de ciudad y yo -el estúpido- soy un rígido muñeco de plomo, antiguo, pasado de moda. Las bailarinas, incansables, siguen girando sobre las puntas de sus pies de madera. Me entra la risa, incontenible, me río sin parar y enciendo otro cigarro con tabaco verde. Los agujeros quieren morderme, debo realizar todo tipo de maniobras para evitarlo. Se levanta un fuerte viento y un quiosco de música conteniendo a toda una orquesta, timbales incluidos, cae sobre mi, inmovilizándome, pienso en como librarme del director que es un pelmazo que aprovecha la situación para contarme al oído su vida sentimental ahora que no puedo huir, por fortuna un barrendero rezagado se lo lleva junto a las hojas secas y una regadera olvidada por un barbudo exiliado ruso. A lo lejos se escucha una fuerte explosión y el cuadro se desgarra por un extremo (el inferior derecho en concreto), por ahí destila y gotea el óleo que contiene a todos personajes pintados, los objetos, el cielo, el mar, una estrella. Quiero sujetarme al bastidor, inútil empeño, caigo en una brillante gota roja que gira y se estrella sobre el linóleo formando a su vez una impresionante mancha de colores superpuestos y ya va siendo hora de despertar. Buenos días.



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