viernes, 9 de noviembre de 2018

La lenta agonía de los libreros ahogados al subir la marea de escritores.




Era un negocio que funcionaba como funcionaba, pero llegó el comandante y mando a parar. Era un mundo de escritores dioses que sabían, sentían y escribían, incluso alguna vez cobraban por ello, pero llegó el mundo internet y resultó que todo el mundo escribe, mucho y sin rubor quiere que le lean, que le sientan, que le entiendan, incluso algunos lo hacen bien y no cobran y sin darse cuenta, o sí, han puesto patas arriba el vicio de la escritura/lectura/comunicación.  
Desorientación editorial, suicidio, ineptitud, ceguera, que no puede ser, no se puede (intentar) cobrar lo mismo por un libro clásico, en papel, con pastas duras que por el mismo título en iBook, con cuatro títulos bailando, además, sin riesgo ninguno de los despistados editores lemmings, prepotentes en sus códigos Da Vinci, pan para hoy y hambre para mañana, mi biblioteca en un pendrive, en un iPad, váyase usted al guano, señor de los libros caros.  

Q´esto evoluciona, escribir es un arte, o era, ingenuidad de los últimos lectores románticos, q´entras a una librería y, horror,  hay montones y montones de libros apilados, lo que se vende, el best seller de turno, la literatura como negocio, no, así no.

Lo visual, lo instantáneo, lo breve, arrolla al texto, sin piedad, la imagen se come a la palabra, lo inmediato, lo fácil, tic y sube el trabajo de horas, de días, de años, impunidad, injusticia tecnológica, una década para escribir tu vida, dejándote el alma  y en un tic tac se va por el desagüe USB, copiar y pegar, piratas del espacio intergaláctico, la palabra se muere, a ver quién roba más, ladrones en la quinta dimensión.

La cuestión es, siempre, vender.


jueves, 8 de noviembre de 2018

Residente




Voy de visita a una residencia de ancianos.

Un señor sentado en un banco, apartado, me mira con ojos acuosos, se levanta, me abraza, me besa en el rostro.
¿Qué le pasa?,  pregunto.

Estoy triste, me dice. 
Tranquilo, hombre.
Le acaricio la espalda.

¿Qué edad tiene?, digo, conmovido.
Ochenta años, o noventa, no recuerdo, se me ha ido la cabeza, dice.
Llora, se apoya en mi pecho.

Salgo de la residencia arrastrando el corazón con una cuerda.



miércoles, 7 de noviembre de 2018

Vuelo transoceánico


Te lo juro, escribir con Pages a 55.000 pies de altura (pie arriba, pie abajo) es complicado, sobre todo si la mitad del  avión está ocupado por familias de jóvenes judíos ortodoxos con muchos niños pequeños llorando a la vez, desconsolados. Casi la otra mitad de los pasajeros son parejas de recién casados, hay algún viajero solitario, una dama con un impecable traje chaqueta, gris, y un  caballero que en 1967 era un atractivo galán. No sé cómo se acentúa en esta pantalla que brilla y atrae, es igual, tampoco sé escribir. Pero lo intento, intento aprender, me he comprado un diccionario, ya se utilizar palabras como "vicisitud" o "enigma" (este es un guiño a Gay Talese) y en breve    escribiré de corrido "circunstancia" o "genuflexión". Estoy lanzado.

Sobre Halifax ya no sentía el culo, llevábamos más de seis horas volando, las azafatas nos habían repartido comida, merienda y desdén, esto último en grandes cantidades. Aún faltaba hora y media para llegar, estaba aburrido, somnoliento y le vi, juro que le vi, era Superman, seguro, paso volando a pocos metros del avión. Los judíos seguían a lo suyo, con su kosher, su ir y venir por los pasillos, a su bola, indiferentes al resto de los viajeros. No les dije nada, que se jodan.

martes, 6 de noviembre de 2018

Réquiem por las mesas perdidas


Un reguero de cierres deja huérfana la hostelería clásica


Los hermanos Lasa, hijos del fundador del Machinventa (1956-2013), `posan ante el cuadro con el caserío en el que nació su padre  

Un reguero de cierres está dejando huérfana de referentes la hostelería clásica. El Guría, símbolo de una época, ha sido el último en bajar la persiana. 
Guillermo Elejabeitia/Ana Vega P. De Arlucea 
Martes, 6 de noviembre de 2018 
La noticia, revelada por este periódico hace tan solo unas semanas, recorrió charlas de café y acalorados debates regados con cañas. «¡Cierra el Guria!» Al decirlo se atropellaban en la memoria los recuerdos de banquetes familiares, cenas íntimas o comidas de negocios en torno a la mesa del añorado Genaro Pildain. La villa decía adiós a un símbolo que puso la cocina de-Bilbao-de-toda-la-vida en el mapa gastronómico internacional. El Guria fue durante décadas la referencia indiscutible y brilló como nunca entre 1978 y 1989 gracias a una estrella Michelin, pero su popularidad se había ido apagando inexorablemente, a pesar de los denodados esfuerzos de la familia por adaptarse a los tiempos.

La Escombrera o el Palace de las Siete Calles fueron algunos de los apodos con los que se conoció a este figón familiar antes de que el gran Genaro, recién regresado de Venezuela, llevara el nombre del Guria a la guía Michelin (1978-1989) y el apellido pildain al Olimpo del bacalao
Las circunstancias particulares que han llevado a los sucesores de Pildain a bajar la persiana son hasta cierto punto irrelevantes. El suyo no es ni mucho menos un caso excepcional, sino quizá el más representativo de un reguero de cierres que está dejando huérfana de referentes a la hostelería clásica de nuestro entorno. Los bilbaínos Gorrotxa, El Perro Chico, Machinventa, La Casa Vasca, Rogelio, Kepa Landa, el Bola Viga o el Café La Granja, y Casa Felipe, Albéniz o Dos Hermanas en la capital alavesa, por citar solo algunos, han cerrado sus puertas en el último lustro. Un puñado más dirá adiós en los próximos meses por falta de relevo generacional, ya lo verán.

El Felipe de los Luzuriaga (Vitoria, 1958-2014) fue durante más de medio siglo el referente de la cocina tradicional alavesa
El diagnóstico se repite con pocas variantes en la mayoría de los casos. Comedores y plantillas sobredimensionados y una carta cocinada con buen producto, cuyo precio no lo resiste el bolsillo menguante de la clientela. El resultado es que muchas mesas que fueron boyantes han tenido que cerrar porque no podían permitirse el lujo de vivir de la nostalgia. Con ellos no mueren solo negocios y puestos de trabajo, también una forma de entender el oficio.

Currito (Santurtzi, 1985-2016) paseó la cocina de asador por todo el mundo y gracias a las sardinas a la brasa construyó un emporio desde su primera y humilde txosna.
Los hermanos Carmelo, Ion e Iñaki Lasa todavía recuerdan el guardarropa del Machinventa lleno hasta la bandera de sombreros de ala ancha y abrigos de piel. El restaurante de postín que fundó su padre, Dioni Lasa, para alimentar los banquetes de la alta burguesía bilbaína, fue uno de los ejemplos más depurados de una forma de socializar que ha caído en desuso. La casa tenía botones, guardarropa y aparcacoches, amén de una brigada de camareras hoy insostenible. «Se comían menús de seis platos en raciones generosas y las sobremesas eran interminables, tanto si se trataba de una celebración como de una comida de negocios», recuerdan. La conflictividad social, primero, y la crisis económica después, hicieron que «poco a poco los abrigos de visón dejaran de verse».

Segundo Pelayo (en la foto, con su hermana María Asunción) supieron convertir el Rogelio (Bilbao, 1955-2016) una humilde tasca en un comedor de talla mundial.
La Casa Vasca fue otro de esos grandes núcleos de la vida social bilbaína. Algo más popular, durante cuarenta años pasó por allí medio Bizkaia para asistir a bodas, bautizos, comuniones... y no pocas despedidas de soltero. Su gran baza eran sus 1.800 metros cuadrados de salones, donde podían sentarse a la vez hasta un millar comensales, pero semejantes dimensiones hace mucho que dejaron de ser rentables. «En los mejores tiempos dábamos 250 banquetes al año, ¿hoy quién da 25?», se pregunta Tomás Sánchez, que fue su cara visible durante toda su historia.

Emilio Sarabia y Milagros Andrés se enamoraron trabajando detrás de una barra y detrás de la del Grosly (Bilbao, 1973-2018) acabaron enamorando a una ciudad entera
En aquel entonces las visitas ilustres eran agasajadas en grandes casas de comida tradicional. Por la taberna Rogelio han pasado desde Santiago Bernabeu y Vicente Calderón hasta Oliver Stone o Frank Gehry. El arquitecto también entabló una entrañable amistad con Santiago Díez, dueño de El Perro Chico, refugio de la farándula en sus escalas en Bilbao. Y en el libro de visitas de Casa Felipe, en Vitoria, aparecen las rúbricas de gente tan variopinta como Adolfo Suárez, Marcel Marceaux, Santiago Segura o Concha Velasco. Ninguno de esos establecimientos sigue hoy abierto. «Ahora a los invitados famosos se les lleva a restaurantes con estrella Michelin, pero antes se ponían las botas de angulas y bacalao al pilpil», recuerda Segundo Pelayo, alma del Rogelio. Aquel templo de la cocina popular cerró hace dos años incapaz de capear noches en blanco y el implacable retroceso de las comidas de empresa que habían sido su fuerte.

Fundado en 1887 por las hermanas Alfonsa y Flora Esquibel, Dos Hermanas (Vitoria, 1887-2013) recorrió a lo largo de su dilatada trayectoria diversos lugares del centro de la capital alavesa
«Estamos perdiendo no sólo grandes restaurantes, sino una parte importante de nuestra memoria gustativa», lamenta María del Mar Churruca, presidenta de la Academia Vasca de Gastronomía. A su juicio hay una serie de recetas de origen popular que han sido arrinconadas en las cartas de los restaurantes por un afán –algo provinciano todo hay que decirlo– de seguir las tendencias globales. «Mantener nuestra identidad gastronómica es lo que nos hace competitivos, ¿o crees que los turistas van a venir al País Vasco a comer ceviche o cocina nórdica?», se pregunta.

Un supermercado y una tienda de artículos chinos ocupan ahora los 1.800 metros cuadrados de la Casa Vasca (Bilbao, 1970-2014)
Pero ese recetario de siempre, cocinado con producto local escogido, no puede competir en precio con los precocinados que sirven en muchos restaurantes de espectacular decoración pero escasa enjundia culinaria. Lamentablemente nuestro paladar cada vez está peor educado. «Conocemos un montón de cocineros, ingredientes y referencias exóticas, pero es un conocimiento superficial», advierte el periodista gastronómico Luis Cepeda, que comenzó a escribir sus crónicas en 1970 y fue testigo de los años dorados de la cocina vasca. «El público entonces era más exigente, quizá no conocía más que la cocina tradicional pero dentro de ella gozaba de una cultura impresionante, distinguiendo matices entre una y otra versión de una misma receta».

Acorde a las óperas que tanto amaba, Santiago Díez murió –quizás de pena— sólo seis meses después de que cerrara El Perro Chico (Bilbao, 1986-2014)
Paradójicamente, vivimos un clima de euforia en torno a la gastronomía, pero el foco en los restaurantes ha dejado de estar sobre el cliente para iluminar principalmente al chef, que es ahora quien decide lo que se va a comer y marca los tiempos, reduciendo al comensal a un papel de mero espectador.
Mitomanía y relevo
Antes pocos sabían como se llamaba el cocinero, aunque éste tuviera un nombre tan despampanante como Demetrio Platón, marmitón del Rogelio. Esa mitomanía ha sido asumida con naturalidad por el público y «los que podían permitirse comer habitualmente en restaurantes de categoría media-alta ahora buscan más la notoriedad del cocinero o la rabiosa novedad de un local que el buen nombre de un comedor de toda la vida», lanza el crítico gastronómico Luis Cepeda. En esta sangría también hay algo de inevitable relevo generacional. La mayoría de negocios no sobrevive a sus fundadores, algunos consiguen esquivar el cierre renovándose en la segunda generación y sólo unos pocos alcanzan la categoría de saga. El problema es que las nuevas aperturas responden más al interés empresarial de grupos que saturan el mercado con garitos impersonales que al afán emprendedor de buenos anfitriones. ¿Será que la hostelería está dejando de ser un negocio familiar? De ser así estamos perdiendo mucho más que un puñado de bonitos restaurantes.
https://www.elcorreo.com/jantour/requiem-mesas-perdidas-20181106124047-nt.html

Sin miramientos.


No tuvieron miramientos. Intentamos escapar por la puerta de la cocina, la que daba al patio, pero habían acordonado la casa. A empujones nos juntaron en el comedor. La niña lloraba, su madre intentaba calmarla. Nosotros disimulábamos nuestro miedo. No sabíamos quién podía habernos delatado.

Ordenaron que nos tumbáramos con las manos en la cabeza. No nos ataron. Tampoco hacía falta, siempre nos vigilaban dos o tres hombres armados.

Al llegar la noche escuchamos explosiones cercanas, gritos, movimiento de vehículos en el puente, luego silencio. Algunos se durmieron, yo no podía, repasaba una y otra vez las consignas que nos habían dado, dónde podíamos haber fallado. No hacía frío y al fin me venció el cansancio.

Me despertó John. Se habían ido, ni rastro de ellos. No hicimos preguntas. Organizamos el repliegue y en grupos de tres nos internamos en el bosque. Nadie hablaba. Todos sabíamos que alguno de nosotros había confesado. Quizás íbamos hacia una trampa. No teníamos otra opción, seguimos.

lunes, 5 de noviembre de 2018

Semana Santa en Córdoba.



Dejar esparcidos en lo blanco excesos verbales que llenen las miradas, vana empresa de tapiar el olvido, ir, volver, envolver, revolver, leer, ver, saber, entender, creer, tener, ser, romper, resolver, retener, creer, hacer, entretener, haber, aparecer, desaparecer, mantener, permanecer, encender, ascender, descender, meter, querer, resolver, poder, que nos vamos pero volvemos, por suerte, que sigue la rutina de no querer ser rutinarios, de permanecer en el verso, menor pero verso, estrofa a estrofa, aún con sonido de trompetas y tambores, el himno nacional de su nación, músicas entre lo militar y lo religioso, curiosa mezcla de ejércitos mundanos y divinos, generales y obispos, mezclados, monaguillos y sargentos de gesto altivo, uniformes y capirotes, la guardia civil desfilando, pobres ateos míos de otros tiempos, acurrucados en sus temores a ser descubiertos por los que acusan con dedos implacables, costaleros exhibiendo el sudor de su fe, saetas en la madrugá, vírgenes que lloran puñales, vírgenes que ríen después de la resurrección, respeto a las creencias ajenas,  vírgenes que están aburridas de serlo,  un demonio colorado pinta los púlpitos con el color del miedo, otro demonio los eleva por encima de las espadañas, los necios aplauden, “al cielo con ella” grita el mayordomo y el paso se eleva, majestuoso, a un cielo con luna llena, qué momento, qué algarabía, qué cantidad de hombres comiendo pipas de girasol con gesto ausente,   grito para no estar callado por encima de lo obvio, aunque las palabras se nieguen a decir lo que dicen, aunque se acumulen en tropel de emociones difíciles de transmitir, aunque mi acento siga un discurso mimético, no soporto a los poderosos, a los que ensucian el límpido rumor de un arroyo, infracciones como auroras que disfruté solo, reptiles rozándome los muslos, cansancio de no saber ver más allá de mis narices (me han dicho que detrás del azogue hay un mundo por descubrir), puentes sobre el Guadalquivir, cofrades turbios, procesiones en la noche de los tiempos, inquisidores detrás de la celosía, la muerte hecha vida, la palabra en rebeldía, diciendo algo, no sé, una bandera de socorro, una señal, una petición de ayuda, un estremecimiento a veces por esa caricia en la herida, herida de muchos, soledad, ese momento en el que uno se enfrenta a sí mismo, ¿dónde voy?, ¿quién soy?, que me fui, vuelvo y nada ha cambiado, o todo, calles de Córdoba, el designio clavado en un pared, cicatrices de cuando el mundo era redondo, no sé si recuerdo lo que ocurrió o lo que recuerdo, aquella noche que el deseo fue el preámbulo del veneno, ¿dónde estará aquella amante sumisa a quién tanto amé?, ángeles ciegos señalando aquí y allá con una espada de fuego, disfrutar de las hogueras de la nostalgia, energía de un beso en el callejón del pañuelo, soy un pecador obstinado en pecar, una y otra vez, coches de caballos con turistas impasibles, ingleses con la cara roja, japoneses fotografiando el agua, mujeres tan bellas que los minutos se entretienen en las rejas de los balcones, aromas de azahar, ¿cómo no enamorarse con ese aroma?, la suerte cercándonos, si sale pares te quiero, si sale nones me corto los dedos de la mano izquierda, naranjos en flor, Cristo de los Faroles, cuesta del Bailio, taberna Juramento, barrio San Basilio, ¿a quién le importa?, el AVE te lleva a Sevilla en 40 minutos y, si quieres, te trae de vuelta, ir, volver, ya te digo, semana santa, celebración religiosa, ya te dije, no se lo creen ni ellos, ellos no son nosotros, por fortuna, nosotros es un concepto, no sé quién soy yo como para saber quiénes somos nosotros, pero sé que después de un viaje de contrastes, vuelves y añoras, cosa curiosa porque ni siquiera sé a quién añoro, no sé quién eres tú, no sé qué hago aquí, pero algo de esto entiendes, si es que has llegado hasta aquí, un abrazo.  

domingo, 4 de noviembre de 2018

Perdiz.

(Mónica Garwood)


Lo dicho, digo, no sé si lo he dicho, los fines de semana, uno se va por ahí, como el uno/a que tú eres, que no te quedas en casa rezando el rosario (mi saludo a los que rezan el rosario), ni limpiando la plata (mi saludo a los que limpian la plata), ni cocinando para Paco o Josefina, que bajas al chino de la esquina como uno, dos, tres  (mi saludo a todos los chinos)(y a las chinas) pues eso, que decía que los viajes también sirven para saber de qué va la cosa. Te enteras de cómo nos vestiremos en breve, de la música que escucharemos, de lo que comeremos y de los nuevos impuestos. Hoy uno (servidor de ustedes) no está viajando (o no muy lejos) pero está feliz como una perdiz. Que disfruten del día. Así sea.

sábado, 3 de noviembre de 2018

Reivindicaciones


(Mónica Garwood)
En los ratos en que uno está consigo mismo a uno le da tiempo  para conocer tendencias, aromas, gustos, por dónde va lo que debe ir. Uno lee, ve, escucha, entiende, discierne, gusta de esto y aquello, pasa calor o frío, duerme en una cama gigante como un barco con almohadones maravillosos, patea el norte y el sur de las ciudades, también el centro y las esquinas, se entera, música, pintura, lo de ayer, lo de ahora, dónde se come (bien), bebe (bien) y el resto viene por añadidura porque calle arriba y abajo a uno le da tiempo hasta para participar en  manifestaciones de animalistas y jubilados, reivindicaciones justas con todo lo que hay que reivindicar. Uno hay veces que no sabe en qué reivindicación se mete, si va o si viene (ese uno que uno es).

viernes, 2 de noviembre de 2018

Sketch

(Mónica Garwood)


En un popular programa de humor en televisión incluyeron un sketch en el que una señora deja a su esposo en una guardería de maridos mientras hace sus compras. “Vas a estar muy bien aquí con tus amigos, hablando de fútbol, jugando al mus, mirando el Interviú, si no es nada, en dos o tres horas vuelvo a buscarte”. El marido no suelta la mano de su esposa, se resiste y cuando ella se va,  compungido gime “Mari, Mari, ¿dónde está Mari?”. Uno, solo, se comporta como un niño asustado, uno está así por los mundos (ese uno que no sabía que soy).

jueves, 1 de noviembre de 2018

A tontas y a locas


(Mónica Garwood)
No  se puede ir por los mundos a tontas y a locas, es mejor escoger  las listas. En mi caso, dada la menguada capacidad de uno, me conformo y me doy con un canto en los dientes si una lista, en singular, claro, tiene un lapsus de inteligencia para estar con uno y no irse (de ese uno que soy).

Mi foto
Bilbao, Euskadi
pedromg@gmail.com

Creative Commons License Page copy protected against web site content infringement by Copyscape ecoestadistica.com site statistics

Vistas de página en total

Lo que hay.(Desde 08.02.07)

Se quedaron

Así vamos

Aquí desde 08.02.2007

(Antes en Blogia desde 07.2004)

(Y mucho antes en "La tertulia en Mizar")

7.688 entradas