Keigo Nakamura

sábado, 20 de junio de 2015

Manías y piedras.

"Sus ojos se iluminaban y podías ver las venas de su cuello y, amigo, no había nada en su cabeza más que la canción. Cantaba con su maldita alma".
(Sam Phillips)





Un saurio rojo de estupor me muerde los intestinos.

No es una metáfora, estoy metido en el vientre del glotón cocodrilo de un día en el que demasiadas cosas ya no tienen sentido.

El bicho negro del stress (3+3 stress), con negras patas peludas, también me muerde las orejas.

Y esta húmeda camisa de no entender qué pasa.

Aunque debo decir que todavía estoy surcado por barcos y barcos, regatas interminables, navegantes solitarios que llegan los últimos (¿dónde?), travesías de veleros con psiquíatras a estribor, algún náufrago aferrado a su tabla y ballenas despistadas. Durante el tiempo que llevo sentado en el muelle de la bahía, esperando, se ha apagado mi faro y no encuentro bombillas de repuesto.
Mientras escribo y pienso –gran mérito para mi capacidad, lo sé, dos cosas a la vez- suena Zelenka con su Prague 1723, una maravilla que descubrí y que me acompaña en un allegro majestuoso. Vintage Trouble me miran esperando su turno. 

Hoy no hay jazz.

No sé cómo voy a librarme de este saurio rabioso.


viernes, 19 de junio de 2015

Poema de cebolla y miel.



Ven, amor, quiero darte mi boca ahora que aún ronda la fugitiva madrugada del viernes, antes que el día del adiós venga y seamos apenas un saludo en la rúa Nova, un cabeceo simulado, una mirada baja, un compromiso.

Anudado en tus muslos quiero besar la mariposa que en ellos duerme, ahora que todavía somos tú y yo, que nos deslizamos por toboganes ebrios, sedientos, sin reproches.

Entre gemidos lamo tus párpados.
Mis manos tratan en vano de atrapar tu sombra en las ortigas, gota a gota bebo el veneno de ausencia, se traban las palabras en el oscuro grito de la intemperie.

Ay, esta música turca, qué destino, un frío sin medida, una frontera en el páramo.

La mesa iluminada, la comida rebosando, la risa de los niños, el silencio fuera, llegará el domingo.

Brindemos.

jueves, 18 de junio de 2015

Victoria.



Era aún bastante joven.
Y además engreído, orgulloso, inocente, cruel, presuntuoso.
Ella se llamaba Victoria y era bella, hermosa (también silenciosa, apenas hablaba, insegura de sus propias capacidades).
Nos besábamos en los asientos de atrás del coche de Javi Castilla (su padre tenía un bar en una esquina de la calle Elcano) que llevaba a su novia de entonces. 
Solíamos ir a Gernika, al Puerto Viejo, a Artxanda. 
Salimos un tiempo, te hablo de cuando “La cueva”, donde también alguna vez bailábamos tú y yo.

No la recuerdo.

Pero seguro que sí recuerdas que por aquel entonces era el disk jockey del tugurio de Miguel. Alternaba esto con mariposear y otras actividades típicas de mi poca cabeza de entonces. 

Hasta que un día Victoria dijo No.

Intenté poner todos los medios para volver, para seguir, para no dejarlo.
Inútil, fue inútil.

Victoria había dicho No.

No me extraña.

No necesité más experiencias.
Cuando una mujer dice No es No, para siempre.
Y ya puedes dar volatines, jurar, perjurar que cambiarás, prometer el oro y el moro, hacer actos de contrición, es igual.

No volví a salir con Victoria.

Cuando una mujer dice No es No, te pongas como te pongas.

Aprendí.

La verdad, no creo que aprendieras mucho.

Después Victoria se ennovió con un chico bastante mayor que ella, se casó y actualmente es una joven abuela bella, bella, con un marido anciano que la tiene como una reina. Nos vimos el pasado viernes en un bar de la calle el Perro. Ni me conoció. Lógico. 

¿Lógico? ¿Cómo te sentiste?

Es prehistoria, de eso han pasado muchos años, no sentí nada.
Pero no se me ha olvidado la lección.
Era solo un ejemplo. 
Porque tú has dicho No.


Exacto, No.

¿Ves?


miércoles, 17 de junio de 2015

Berlín en sombras y pájaro


Tomábamos cabernet sauvignon en unas copas estilizadas. No sé si era la más guapa, era la que más me gustaba. La tome de la mano y bailamos al son de Nine Horses en una habitación oscura.

Dejé en su oído palabras mediterráneas con sabor de aceite, de almendras. Después la música cambió, bailar con Bach es difícil, decidimos seguir abrazados, en mitad de la habitación, más o menos, ya he dicho que estaba oscuro, tampoco estábamos para geometrías, andábamos enfrascados en geografía, ella buscaba el norte de mis labios, yo el sur de su cuerpo que palpitaba bajo mis manos peregrinas.

Era incómodo, dos personas adultas abrazadas, de pie, en la oscuridad, ignorando quién estaba fuera, quién podría ser el entrometido que daría la luz para estropear lo íntimo.
Estaba aquella maldita cremallera. Y mi espalda, que me duele cuando estoy mucho tiempo de pie.

Recordé que tenía la maleta sin hacer. Me ocurre a veces, estoy en una cosa y la cabeza se me va a otra. También empecé a pensar en estrellas en un cielo de alquitrán, en un avión con alas de plata y polizones escondidos entre el equipaje de la sentina. Con frecuencia tengo reacciones extrañas, estábamos allí, los dos, no sé si era la más guapa, era la que más me gustaba, el caso es que me subí los pantalones, me ajusté el cinturón y me despedí. No creo que me entendiera, ni siquiera era alemana, parecía de un país del este. En el salón hice un gesto con la mano, nadie levanto la cabeza, cada uno estaba a lo suyo.

No utilicé el ascensor, me dan miedo los espacios tan pequeños, bajé por las escaleras, silbando. En Friedrichstraße logré encontrar un taxi y me pregunté qué demonios hacía en aquella casa. Aún no lo sé. El otro coche venía de Unter den Linden, no respetó el semáforo.

Dicen que tengo para un mes más, como mínimo. Por eso pienso en estas cosas. Y en otras. Me aburro en esta cama blanca.

martes, 16 de junio de 2015

Uno, cualquiera, tú, yo.




Uno, cualquiera, tú, yo, para pasar el rato, puede sentarse, por ejemplo, delante de la pantalla y leer, disfrutar del buen gusto de las gentes que dejan aquí, dentro, fuera, quién sabe dónde, sus escritos.

Nunca pensé que una actividad tan aparentemente sencilla fuese motivo de tantas satisfacciones personales, intelectuales, emocionales, una puerta verde abierta al conocimiento de otras expresiones, otras culturas, otras formas de pensar y decir y sobre todo, a la comprensión de otras personas.

Porque llegamos al tema: las personas. Mientras lees puedes imaginar cómo es el otro, pintarle de colores, adornarle con estaturas, ojos azules y lacios cabellos rubios, o rostros morenos, rizos, ojos inmensos, bocas abiertas. La realidad siempre lo mejora en el caso de las mujeres, casi nunca en el caso de los hombres.

Un día, tú, yo, tomamos un mapa y buscamos los lugares desde donde escriben los otros -según el mapa arriba a la izquierda-, deshojamos cebollas, desalojamos a los lagartos, lloramos por las distancias, apartamos las hojas secas sobre el teclado, clavamos banderas, medimos líneas rectas, consultamos horarios de trenes, cercanía con los aeropuertos, calculamos la equidistancia con nuestras posibilidades, riesgos de contagio del virus del amor y otros imprevistos. Hay gente que adora caminar, subir, bajar, moverse empedernidamente, no estar quietos, lanzar hilos entre fronteras, comunicar provincias, países, continentes. Ay, qué cosas. ¿Vendrá todo esto a cuento de alguna parábola sobre el camino?

Un día, uno, cualquiera, tú, yo, se aburre de esto, cierra el blog, se monta en un coche y se va a buscar quién sabe a quién. Allí -¿dónde?- utiliza el teléfono, la radio, un buscapersonas, el GPS, el boca a boca, pregunta a un guardia, pone un telegrama, adivina en el vuelo de las cigüeñas.

Se trata de buscar a los poetas.

Supongamos que les encontramos.

Supongamos que nos sentamos alrededor de una mesa, frente a sendas copas de Martini (o cerveza, o café con leche y tostadas, o vino de Rioja, o agua de la fuente).

Supongamos que hablamos y hablamos y que estos poetas son divertidos, amables, dulces, amigos, unos buenos tipos. Tienen, además, brazos, piernas, dientes, sonríen, o lloran, uno es bajito y feo, otro es alto y con alopecia, aquel tiene unos ojos verdes, este no levanta la mirada, ese es bello como un san Luis. Existen, son estos que me dan la mano y hablan.

Es curioso, hay vida más allá de esta pantalla.

Y en Marte.

Entonces ¿qué hacemos aquí?

lunes, 15 de junio de 2015

Uno, cualquiera, tú.




Uno, cualquiera, tú, yo, ocupa el tiempo en diversos ejercicios que nos acercan o nos alejan de los otros, especie qué, como todo el mundo sabe, consiste en todos aquellos que no somos nosotros mismos.

Estos ejercicios son complicados y a veces peligrosos. Puedes comenzar hablando en un café y terminar en la urgencia de amarse en un pasillo, en el fragor ardoroso en una cama, en un callejón entre los gatos, en un hospital, en la cima de la soledad de las almas, aburriéndote con los predicadores ciegos o esparciendo oraciones al viento. Puedes dedicarte al culto del cuerpo, al cultivo de hortalizas, a culpabilizarte por errores ajenos, a curvarte en insólitas posturas que justifiquen el ocio, a cubrir con tus sombras espacios de luz, a cuestionar la existencia de un dios, de cualquier dios, a justificarla, a culebrear mientras los días pasan y nos dejan regusto a café de ayer y a desayunos de hotel.

Así, sobre las coordenadas del tiempo, cada uno acumula su historia mientras de forma inexorable, más rápida que lenta, llega la común tristeza, el día de la oscuridad.

Rogad por nosotros.

domingo, 14 de junio de 2015

Uno, cualquiera




Uno, cualquiera, tú, yo, los de aquí, sabemos que la mayoría transita en fila india por senderos marcados con una línea blanca.

Nosotros no, nosotros nos enorgullecemos porque somos la minoría, caminamos por selvas inquietantes, vivimos soltando peces en el estanque de la nada, domesticamos tigres en nuestra sala de estar, coleccionamos hurones, apoyamos la nariz en el cristal tibio de lo obvio, hablamos con los mudos, caemos en el abismo de enamorarnos, realizamos inventarios de rencores, tocamos en puertas que nadie abre, perdemos la ilusión paseando por atajos que nos dejan perdidos en rostros congelados, nos clavan navajas de desamor, tanteamos el claroscuro con moscas disecadas, nos aferramos a las plumas del Ave Fénix, un día nos duele el alma o el duodeno y a pesar de ser el pueblo escogido, sin remedio, con total certidumbre, otro día, el último, nos morimos. 

Amén.

sábado, 13 de junio de 2015

Elías Canetti

El hombre con una cabra sobre los hombros se refresca bajo la higuera. 

Sigue una ruta marcada, puro tránsito, avatar, un frágil trayecto desde la precaria libertad hasta la finitud. 

Con un temblor no contenido calcula el fragmento de eternidad que corresponde a los desharrapados que acarrean los pesados fardos desde las barcazas hasta la orilla.



La música es el mejor de los consuelos por el sólo hecho de no crear palabras nuevas. Incluso cuando se les pone música a unas palabras, su magia sobrepasa y borra el peligro que ellas conllevan. Pero cuando es más pura es cuando se toca para sí misma. Uno cree en ella de modo incondicionado, porque la seguridad que infunde es una seguridad de los sentimientos. Su fluencia es más libre que todo lo que parece posible en el ser humano, y en esta libertad está la salvación. Cuanto más poblada esté la tierra y cuanto más domine la máquina en la configuración de la vida del hombre, tanto más imprescindible se va a hacer la música. Vendrá un tiempo en que sólo por ella podrá el hombre escapar a las estrechas mallas de las funciones, y el dejarla como una inmensa reserva de libertad, una reserva libre de toda influencia, será la tarea más importante de la vida espiritual en el futuro. La música es la verdadera historia viviente de la humanidad , una historia de la cual, sin ella, sólo poseemos partes muertas. No es preciso que saquemos de ella nada porque ella siempre está presente entre nosotros y basta con oír ingenuamente. Todo lo que no sea esto es un aprender inútil. (Elías Canetti, La provincia del hombre.)



viernes, 12 de junio de 2015

Baruch de Spinoza

El barquero transporta hojas de loto. 

Atraca en el rudimentario puerto y sobre las maderas reparte su carga entre aquellos que quieren olvidar lo que aún no saben. 

Los jóvenes mascan las hojas en la sombra del tinglado mientras en su interior el deseo se rompe en pedazos. 

Como un orfebre minucioso, aquel que en la proa va, entreteje nombres, soledades, piel, ansia, minucias anteriores al estallido.



"...aquella sociedad cuya paz depende de la inercia de unos súbditos que se comportan como ganado, porque sólo saben actuar como esclavos, merece más bien el nombre de soledad que de sociedad...una multitud libre se guía más por la esperanza que por el miedo, mientras que la sojuzgada se guía más por el miedo que por la esperanza. Aquélla, en efecto, procura cultivar la vida, ésta, en cambio, evitar simplemente la muerte; aquélla, repito, procura vivir para sí, mientras que ésta es, por fuerza, del vencedor. Por eso decimos que la segunda es esclava, y que la primera es libre.

Maquiavelo ha mostrado, con gran sutileza y detalle, de qué medios debe servirse un príncipe al que sólo mueve el deseo de dominar, a fin de consolidar y conservar un Estado. Con qué fin, sin embargo, no parece estar muy claro. Pero, si buscaba algún bien, como es de esperar en un hombre sabio, parece haber sido probar cuan imprudentemente intentan muchos quitar de en medio a un tirano, cuando no se pueden suprimir las causas por las que el príncipe es tirano, sino que, por el contrario, se acrecientan en la medida en que se le dan mayores motivos de temor...Quizá haya querido probar, además, con que cuidado debe guardarse la multitud de confiar su salvación a uno solo". (Baruch de Spinoza, Tratado Político, 1677.)


jueves, 11 de junio de 2015

Resonancia Schumann


Los muchachos disfrazados con absurdas narices de cartón rodean y vitorean a un hombre aupado sobre la mesa de un café. Este hombre, cubierto con una esclavina negra, les dirige su encendido discurso, moviliza la amargura y deja un ruido de fondo, una torrentera creciente que hace surcos en la sien, en la cresta del alma de los jóvenes.





Resonancia Schumann es un conjunto de picos en la banda de frecuencia extra baja (ELF) del espectro radioeléctrico de la Tierra.

Esto es porque el espacio entre la superficie terrestre y la ionosfera actúa como una guía de onda. Las dimensiones limitadas terrestres provocan que esta guía de onda actúe como cavidad resonante para las ondas electromagnéticas en la banda ELF. La cavidad es excitada en forma natural por los relámpagos, y también, dado que su séptimo sobretono se ubica aproximadamente en 60 Hz,influyen las redes de transmisión eléctrica de los territorios en que se emplea corriente alterna de esa frecuencia.

La frecuencia más baja, y al mismo tiempo la intensidad más alta, de la resonancia de Schumann se sitúa en aproximadamente 7,83 Hz. Los sobretonos detectables se extienden hasta el rango de kilohercios.

Este fenómeno se llama así en honor de Winfried Otto Schumann, que predijo matemáticamente su existencia en 1952,[1] a pesar de ser observada por primera vez por Nikola Tesla y formar la base de su esquema para transmisión de energía y comunicaciones inalámbricas.[2] La primera representación espectral de este fenómeno fue preparado por Balser y Wagner en 1960. (De Wikipedia)



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