Peggy Guggenheim

lunes, 6 de agosto de 2012

Lecturas de agosto 1


PRESENTACIÓN DEL EDITOR

La  conveniencia  y  el interés—que  juzgo extremo—de  editar a fecha  de
hoy estas Memorias de Albert Speer no se desprende del hecho de que su
autor haya sido considerado por algunos un «nazi bueno», ni tampoco de
la  creencia  de  que se trate  de  un gran arquitecto al que, olvidado, haya
que  reivindicar. Como arquitecto fue, a  mi entender, poco brillante, y
como nazi no fue  mucho mejor que  cualquiera  de sus correligionarios.
Ninguna de estas causas pues justificaría la pertinencia de acordarse de su
existencia ni de su libro. El interés de sus memorias, su extraordinario
interés, nos salta a la vista a poco que las veamos en la justa medida de lo
que  nos ofrecen, que  es un documento, probablemente  uno de los más
valiosos, sobre el tercer Reich alemán.

No solamente  es un diario apasionante de lo cotidiano desde los
entresijos del régimen, escrito además por alguien que  los vivió
directamente, sin intermediarios y  desde  una  posición privilegiada—con
lo que nos ofrecen una perspectiva inusual y cotidiana de Hitler que nos
ilustra sobre  detalles de  extraordinaria significación y  alcance—; no nos
da  solamente  cuenta  de  algunos pensamientos del dictador de  enorme
interés, más por su proyección hacia  lo público que  por su valor
intrínseco: es también, y  quizás entre  otras cosas por todo lo apuntado
hasta aquí, uno de los escritos más demoledores sobre el nazismo. Por si
esto fuera  poco, en este  libro se  han basado la  inmensa  mayoría  de
estudios que se han ocupado de este infausto período histórico.

Llegados a  este  punto, podríamos preguntarnos sobre  la  pertinencia  de
editar de nuevo el Mein Kampf, de Adolf Hitler, o cualquiera de los otros
textos escritos por los jerarcas del nazismo o de cualquier otra
dictadura—el Libro Rojo de  Mao, por ejemplo. Sin duda los dos son
también documentos históricos, pero en un orden de cosas absolutamente
distinto del presente. Dicho de otro modo: ninguno de los dos habría de
tener cabida  en el catálogo de  Acantilado. Y ello por un motivo básico:
ambos son textos programáticos, destinados a reclutar seguidores. Ambos
pretenden dar forma  y  articular ideológicamente proyectos políticos, que
tuvieron además—aunque  esto no sea  ahora  lo que  más deba
importarnos—terribles consecuencias.

El interés contemporáneo de disponer de un ejemplar del libro de
Hitler, o del de  Mao, entiendo que se nos muestra  solamente  en los
seminarios de  historia  contemporánea  de  las universidades, y  ello para
uso de sus investigadores. Poco espacio habrían de tener en un catálogo
en el que  se  impone la  reflexión y  la  memoria  del pasado. Memoria,
huelga  decir, sobre lo que ha  configurado y configura nuestro presente.
En los casos a  que los dos libros citados refieren, la única memoria  que
les reclamaremos es aquella que pueda evitar su repetición. Y aquí es
donde el libro de Speer nos puede ser de extraordinaria utilidad.

Elias Canetti, bien poco sospechoso de simpatizar con el dictador y sus
gentes, escribió en La conciencia de las palabras que  el único modo de
ponerse en guardia contra la posible aparición de un nuevo Hitler, al ser
éste distinto en su aspecto exterior del precedente, es conociéndole en su
más honda realidad. Y es así que, a través de este libro, podremos ver con
toda precisión, afirma Canetti, cuáles son las bases sobre las que  se
sustentó la locura hitleriana. En la frecuentación del dictador a lo largo de
sus más de novecientas páginas nos vamos familiarizando con los puntos
básicos de su ideología  y sus pretensiones, así como con su entorno más
inmediato, el de un grupo de zafios personajes con reducida capacidad de
análisis pero con una enorme capacidad de  acción. Sus estrategias son
aquí puestas a  la  luz con inteligencia  y  perspicacia. Esas novecientas
páginas nos familiarizarán pues con la  máquina  del totalitarismo. Este
hecho solo, serviría para explicar la necesidad de que los lectores puedan
disponer de un libro como el presente.

Pero no es ésta  su única  virtud. Si algo parece también
incuestionable es que la locura hitleriana tuvo en el eficacísimo Speer un
brazo ejecutor de enorme capacidad. Es quizás en este punto en el que, a
mi entender, el libro se hace más útil para  el mundo contemporáneo. El
nacionalsocialismo no gobierna  hoy, pero algo de lo que  nos cuenta
Speer en su libro se nos hace dolorosamente presente. Y es así que  nos
servirá, no ya  solamente  como un documento de primer orden para
entender el pasado y poder prever el futuro, sino, también y en medida no
menor, como herramienta para  ver con toda  claridad la  herencia  que el
nazismo y la maquinaria nazi han dejado en nuestros días.

En un momento de sus memorias, Speer recuerda una anécdota
enormemente esclarecedora. Siendo ya ministro de armamento del Reich
y  en plena guerra, un artículo aparecido en el Observer inglés del 9 de
abril de  1 9 4 4 le preocupa, puesto que puede indisponerle  con Hitler.
Dice Speer que, adelantándose a  que  alguien pudiera  hacerlo antes,
«entregué a Hitler una traducción de este artículo haciendo a la vez unas
cuantas observaciones jocosas.

Hitler se  caló las gafas con cierta  torpeza y  comenzó a  leer:
«Speer es hoy, en cierto modo, más importante para Alemania que Hitler,
Himmler, Göring, Goebbels o los generales. En realidad, todos ellos no
son sino colaboradores de  este hombre, que  es quien realmente dirige la
gigantesca máquina bélica y saca de  ella  el máximo rendimiento. Vemos
en él la precisa materialización de la revolución del ejecutivo. Speer no es
uno de  esos nazis extravagantes y  pintorescos. De  hecho ni siquiera  se
sabe si tiene  opiniones políticas. Se habría podido adscribir a cualquier
otro Partido político, si hacerlo le hubiera servido para conseguir trabajo
y  una  carrera. Es un prototipo destacado del hombre medio, triunfador,
bien vestido, cortés, incorruptible. Su estilo de  vida, con esposa  y  seis
hijos, es característico de  la  clase  media. Speer se  asemeja  a  algo
típicamente  nacionalsocialista  o típicamente  alemán muchísimo menos
que  cualquier otro líder alemán. Más bien simboliza  un tipo de  hombre
que se  está  volviendo cada día más importante  en todos los Estados que
participan en la  guerra: el técnico puro, el hombre  brillante  que  no
proviene de  una  clase social ni tiene  antepasados gloriosos y  cuyo único
objetivo es abrirse camino en el mundo gracias a  sus facultades como
técnico y  organizador. Precisamente  su falta  de  lastre  psicológico y
anímico y la desenvoltura con que maneja la temible maquinaria técnica y
organizativa  de  nuestro tiempo hace  que  esta  tipología  insignificante
llegue tan lejos en nuestros días. Este  es su tiempo. Puede  que  nos
deshagamos de los Hitler y  de  los Himmler, pero los Speer, sea lo que
fuere  lo que  pueda  pasarle  a  este  en particular, seguirán mucho tiempo
entre nosotros.»

Hitler leyó el comentario con toda  calma, dobló la  hoja y me  la
devolvió sin despegar los labios, pero con mucho respeto. Hitler, en
efecto, debía  respeto al hombre  que  supo llevar a  la  práctica  con
competencia  y  en un tiempo récord  sus proyectos de  orden
arquitectónico, y  quien, además, en las peores circunstancias de  guerra,
pudo mantener viva  una  extraordinaria  maquinaria  bélica  con el
armamento y la munición que, sorteando esas circunstancias, fue capaz de
proporcionarle.

Sorprende ver la frialdad con que Speer es capaz de hablar de sus logros
en este terreno, e incluso la poesía con que describe alguno de ellos en el
ámbito de la técnica al servicio de la destrucción, como el despegue de las
primeras bombas volantes que  el tercer Reich envió sobre  Londres. Se
diría que los aspectos destructivos y mortíferos de sus armas hubieran de
quedar en un segundo plano, sin presencia real, ante  el hecho seguro de
su precisión mecánica  y  lo admirable de su soluciones técnicas. La
eficacia por encima de la moral. En todo ello, Speer precede y da cuerpo
a la figura de aquel ejecutivo contemporáneo que piensa solamente en los
beneficios que pueda generar su gestión, despreocupándose de los costes
que  pueda  tener en el ámbito de  lo humano. Speer afirma  en estas
memorias no saber nada  del holocausto. Elias Canetti lo cree  posible.
Importa  poco que nosotros lo creamos o no, puesto que el holocausto
está  perfectamente  presente  en todo el libro, aunque  no sea  ni tan sólo
nombrado. Tan sólo es tenuemente  aludido, y  ello aun al final del
volumen. Pero el holocausto está presente en el desprecio por lo humano
que trasciende lo privado, en la despreocupación por los efectos de  una
maquinaria  que  Speer ayudó a  mantener perfectamente  engrasada y a
punto.

La auténtica perversidad de Speer se encuentra probablemente en
la  disponibilidad  total de  un técnico de  alta  calificación como él para
llevar a cabo sin vacilación y  con la  máxima eficacia las órdenes de  un
canciller que a nadie puede llevar a engaño, y al que es capaz además de
percibir también en lo más perverso de sus planes. Es cierto que Speer—
como tantas otras personas inteligentes, y me saltan a la memoria Igmar
Bergman y Ernst Jünger— se sintió de entrada fascinado por Hitler. Y que
hubiera  ido con él hasta  el fin del mundo. Es cierto también que  es
solamente  al final del libro cuando nos habla de sus dudas, así como de
una  cierta  oposición al dictador. Y, sin embargo, desde mucho antes ha
podido dar cuenta  de  sus debilidades y  sus obsesiones con auténtica
penetración psicológica. Desde  casi siempre  habrá  podido intuir, pues,
que no es más que el brazo ejecutor de una mente enferma y limitada, a la
que provee de un instrumento, su inteligencia, y con ella su capacidad de
organización y  eficacia  ejecutiva. Y, sin embargo, no duda ni un instante
en obedecerle, sin preguntarse por el sentido último de estas órdenes ni
tampoco sobre sus consecuencias. Claro que Speer es muy joven
—bordea los treinta  años—cuando entra  al servicio del dictador, y  que  las
responsabilidades que  se  le  ofrecen superan con mucho las mejores
expectativas de  un profesional de su edad, pero su participación fue
demasiado significada  para  pasarla  por alto atribuyéndola  a  la simple
inexperiencia o a la falta de atención.

Sin duda, si algo lo define  es la  ambición ilimitada. Y esta  es la  peor
herencia que nos ha  llegado de  uno de  los momentos más convulsos y
brutales del siglo pasado. Y es esta  ambición la  que  hoy  vemos como
extraordinariamente  peligrosa  en un mundo en el que puede llegar a
aceptar y justificar situaciones paralelas a las descritas. De ahí el poder de
antídoto de este libro. Más allá de  la  curiosidad, nos ilustra sobre lo no
inmediatamente perceptible que nos acecha desde las puertas del horror.
No buscamos en este  libro al nazi bueno. Vuelvo al principio:
buscamos—y encontramos de sobras—la cara menos evidente del horror.

© Jaume Vallcorba (2001)



domingo, 5 de agosto de 2012

Adiós Chavela

Muere a los 93 años 

Chavela Vargas


(Descanse en paz)

Rosemary Urquico




Sal con una chica que lee .

 
Sal con alguien que se gasta todo su dinero en libros y no en ropa, y que tiene problemas de espacio en el clóset porque ha comprado demasiados. Invita a salir a una chica que tiene una lista de libros por leer y que desde los doce años ha tenido una tarjeta de suscripción a una biblioteca.

Encuentra una chica que lee. Sabrás que es una ávida lectora porque en su maleta siempre llevará un libro que aún no ha comenzado a leer. Es la que siempre mira amorosamente los estantes de las librerías, la que grita en silencio cuando encuentra el libro que quería. ¿Ves a esa chica un tanto extraña oliendo las páginas de un libro viejo en una librería de segunda mano? Es la lectora. Nunca puede resistirse a oler las páginas de un libro, y más si están amarillas.

Es la chica que está sentada en el café del final de la calle, leyendo mientras espera. Si le echas una mirada a su taza, la crema deslactosada ha adquirido una textura un tanto natosa y flota encima del café porque ella está absorta en la lectura, perdida en el mundo que el autor ha creado. Siéntate a su lado. Es posible que te eche una mirada llena de indignación porque la mayoría de las lectoras odian ser interrumpidas. Pregúntale si le ha gustado el libro que tiene entre las manos.

Invítala a otra taza de café y dile qué opinas de Murakami. Averigua si fue capaz de terminar el primer capítulo de Fellowship y sé consciente de que si te dice que entendió el Ulises de Joyce lo hace solo para parecer inteligente. Pregúntale si le encanta Alicia o si quisiera ser ella.

Es fácil salir con una chica que lee. Regálale libros en su cumpleaños, de Navidad y en cada aniversario. Dale un regalo de palabras, bien sea en poesía o en una canción. Dale a Neruda, a Pound, a Sexton, a Cummings y hazle saber que entiendes que las palabras son amor. Comprende que ella es consciente de la diferencia entre realidad y ficción pero que de todas maneras va a buscar que su vida se asemeje a su libro favorito. No será culpa tuya si lo hace.

Por lo menos tiene que intentarlo.
Miéntele, si entiende de sintaxis también comprenderá tu necesidad de mentirle. Detrás de las palabras hay otras cosas: motivación, valor, matiz, diálogo; no será el fin del mundo.

Fállale. La lectora sabe que el fracaso lleva al clímax y que todo tiene un final, pero también entiende que siempre existe la posibilidad de escribirle una segunda parte a la historia y que se puede volver a empezar una y otra vez y aun así seguir siendo el héroe. También es consciente de que durante la vida habrá que toparse con uno o dos villanos.

¿Por qué tener miedo de lo que no eres? Las chicas que leen saben que las personas maduran, lo mismo que los personajes de un cuento o una novela, excepción hecha de los protagonistas de la saga Crepúsculo.

Si te llegas a encontrar una chica que lee mantenla cerca, y cuando a las dos de la mañana la pilles llorando y abrazando el libro contra su pecho, prepárale una taza de té y consiéntela. Es probable que la pierdas durante un par de horas pero siempre va a regresar a ti. Hablará de los protagonistas del libro como si fueran reales y es que, por un tiempo, siempre lo son.

Le propondrás matrimonio durante un viaje en globo o en medio de un concierto de rock, o quizás formularás la pregunta por absoluta casualidad la próxima vez que se enferme; puede que hasta sea por Skype.

Sonreirás con tal fuerza que te preguntarás por qué tu corazón no ha estallado todavía haciendo que la sangre ruede por tu pecho. Escribirás la historia de ustedes, tendrán hijos con nombres extraños y gustos aún más raros. Ella les leerá a tus hijos The Cat in the Hat y Aslan, e incluso puede que lo haga el mismo día. Caminarán juntos los inviernos de la vejez y ella recitará los poemas de Keats en un susurro mientras tú sacudes la nieve de tus botas.

Sal con una chica que lee porque te lo mereces. Te mereces una mujer capaz de darte la vida más colorida que puedas imaginar. Si solo tienes para darle monotonía, horas trilladas y propuestas a medio cocinar, te vendrá mejor estar solo. Pero si quieres el mundo y los mundos que hay más allá, invita a salir a una chica que lee.

O mejor aún, a una que escriba.

Por Rosemary Urquico



sábado, 4 de agosto de 2012

Charles Warnke



Sal con una chica que no lee.
Sal con una chica que no lee. Encuéntrala en medio de la fastidiosa mugre de un bar del medio oeste. Encuéntrala en medio del humo, del sudor de borracho y de las luces multicolores de una discoteca de lujo. Donde la encuentres, descúbrela sonriendo y asegúrate de que la sonrisa permanezca incluso cuando su interlocutor le haya quitado la mirada. Cautívala con trivialidades poco sentimentales; usa las típicas frases de conquista y ríe para tus adentros. Sácala a la calle cuando los bares y las discotecas hayan dado por concluida la velada; ignora el peso de la fatiga. Bésala bajo la lluvia y deja que la tenue luz de un farol de la calle los ilumine, así como has visto que ocurre en las películas. Haz un comentario sobre el poco significado que todo eso tiene. Llévatela a tu apartamento y despáchala luego de hacerle el amor. Tíratela.
Deja que la especie de contrato que sin darte cuenta has celebrado con ella se convierta poco a poco, incómodamente, en una relación. Descubre intereses y gustos comunes como el sushi o la música country, y construye un muro impenetrable alrededor de ellos. Haz del espacio común un espacio sagrado y regresa a él cada vez que el aire se torne pesado o las veladas parezcan demasiado largas. Háblale de cosas sin importancia y piensa poco. Deja que pasen los meses sin que te des cuenta. Proponle que se mude a vivir contigo y déjala que decore. Peléale por cosas insignificantes como que la maldita cortina de la ducha debe permanecer cerrada para que no se llene de ese maldito moho. Deja que pase un año sin que te des cuenta. Comienza a darte cuenta.
Concluye que probablemente deberían casarse porque de lo contrario habrías perdido mucho tiempo de tu vida. Invítala a cenar a un restaurante que se salga de tu presupuesto en el piso cuarenta y cinco de un edificio y asegúrate de que tenga una vista hermosa de la ciudad. Tímidamente pídele al mesero que le traiga la copa de champaña con el modesto anillo adentro. Apenas se dé cuenta, proponle matrimonio con todo el entusiasmo y la sinceridad de los que puedas hacer acopio. No te preocupes si sientes que tu corazón está a punto de atravesarte el pecho, y si no sientes nada, tampoco le des mucha importancia. Si hay aplausos, deja que terminen. Si llora, sonríe como si nunca hubieras estado tan feliz, y si no lo hace, igual sonríe.
Deja que pasen los años sin que te des cuenta. Construye una carrera en vez de conseguir un trabajo. Compra una casa y ten dos hermosos hijos. Trata de criarlos bien. Falla a menudo. Cae en una aburrida indiferencia y luego en una tristeza de la misma naturaleza. Sufre la típica crisis de los cincuenta. Envejece. Sorpréndete por tu falta de logros. En ocasiones siéntete satisfecho pero vacío y etéreo la mayor parte del tiempo. Durante las caminatas, ten la sensación de que nunca vas regresar, o de que el viento puede llevarte consigo. Contrae una enfermedad terminal. Muere, pero solo después de haberte dado cuenta de que la chica que no lee jamás hizo vibrar tu corazón con una pasión que tuviera significado; que nadie va a contar la historia de sus vidas, y que ella también morirá arrepentida porque nada provino nunca de su capacidad de amar.
Haz todas estas cosas, maldita sea, porque no hay nada peor que una chica que lee. Hazlo, te digo, porque una vida en el purgatorio es mejor que una en el infierno. Hazlo porque una chica que lee posee un vocabulario capaz de describir el descontento de una vida insatisfecha. Un vocabulario que analiza la belleza innata del mundo y la convierte en una alcanzable necesidad, en vez de algo maravilloso pero extraño a ti. Una chica que lee hace alarde de un vocabulario que puede identificar lo espacioso y desalmado de la retórica de quien no puede amarla, y la inarticulación causada por el desespero del que la ama en demasía. Un vocabulario, maldita sea, que hace de mi sofística vacía un truco barato.
Hazlo porque la chica que lee entiende de sintaxis. La literatura le ha enseñado que los momentos de ternura llegan en intervalos esporádicos pero predecibles y que la vida no es plana. Sabe y exige, como corresponde, que el flujo de la vida venga con una corriente de decepción. Una chica que ha leído sobre las reglas de la sintaxis conoce las pausas irregulares –la vacilación en la respiración– que acompañan a la mentira. Sabe cuál es la diferencia entre un episodio de rabia aislado y los hábitos a los que se aferra alguien cuyo amargo cinismo continuará, sin razón y sin propósito, después de que ella haya empacado sus maletas y pronunciado un inseguro adiós. Tiene claro que en su vida no seré más que unos puntos suspensivos y no una etapa, y por eso sigue su camino, porque la sintaxis le permite reconocer el ritmo y la cadencia de una vida bien vivida.
Sal con una chica que no lee porque la que sí lo hace sabe de la importancia de la trama y puede rastrear los límites del prólogo y los agudos picos del clímax; los siente en la piel. Será paciente en caso de que haya pausas o intermedios, e intentará acelerar el desenlace. Pero sobre todo, la chica que lee conoce el inevitable significado de un final y se siente cómoda en ellos, pues se ha despedido ya de miles de héroes con apenas una pizca de tristeza.
No salgas con una chica que lee porque ellas han aprendido a contar historias. Tú con la Joyce, con la Nabokov, con la Woolf; tú en una biblioteca, o parado en la estación del metro, tal vez sentado en la mesa de la esquina de un café, o mirando por la ventana de tu cuarto. Tú, el que me ha hecho la vida tan difícil. La lectora se ha convertido en una espectadora más de su vida y la ha llenado de significado. Insiste en que la narrativa de su historia es magnífica, variada, completa; en que los personajes secundarios son coloridos y el estilo atrevido. Tú, la chica que lee, me hace querer ser todo lo que no soy. Pero soy débil y te fallaré porque tú has soñado, como corresponde, con alguien mejor que yo y no aceptarás la vida que te describí al comienzo de este escrito. No te resignarás a vivir sin pasión, sin perfección, a llevar una vida que no sea digna de ser narrada. Por eso, largo de aquí, chica que lee; coge el siguiente tren que te lleve al sur y llévate a tu Hemingway contigo. Te odio, de verdad te odio.
Por Charles Warnke.


viernes, 3 de agosto de 2012

Pois vaia desfacer o que fixo.

El gladiolo blanco de mi primera comunión se vuelve púrpura


Nunca más, oh no, nunca más

me prenderá la primavera con sus claras argucias.
Desconfío del tumescente
gladiolo blanco, satinadas pastas
de misales antiguos.
Parece una mortaja de niño,
su apariencia es tan pura
que, sin malicia, lo exponemos
a la vista de muchachas seráficas.
Y sin embargo, qué hermoso señuelo,
jamás halló Himeneo instructor más propicio.
Ya visita, de noche, silente, las alcobas,
se introduce en los sueños
y despierta a las vírgenes con dura sacudida.
Nunca más, oh no, nunca más
me prenderá la primavera con sus claras argucias.

De "Los devaneos de Erato" 1980

 Ana Rosetti 



Pasan los días como oropéndolas, bajo nuestro balcón los fotógrafos ansiosos entonan canciones italianas de Fiorella Mannoia, las nubes corren por el cielo y los escarabajos por las arenas de Langosteira, la vida se ha llenado de armonía, de mermeladas de ciruela y frambuesas que extiendo sobre el pan con mantequilla del desayuno, después escucho el  cuco  bajo el cartel de los tres monos, no oír, no ver,  no hablar, prohibido Rajoy, que enflaquezcan los cerdos de su piara, la crisis, que se agosten las cosechas de los banqueros, que ardan los telediarios, ya vendrá septiembre pero hoy no, hoy el azul domina las horas, el rojo el arroz con bogavante, los lagartos de dos colas persiguen gusanos de luz, orugas de mariposa, busco sus huellas sobre la harina de centeno y con otras cosas bellas, subir hasta el faro, correr la playa, nadar hasta el horizonte, respirar, leer a Speer, mirar las estrellas, así se fue el jueves. Hasta mañana. 



jueves, 2 de agosto de 2012

Things We Said Today.



Things We Said Today.


Cosas que nos dijimos hoy.

No, ella no es Jane Asher, ni estamos en el Caribe, tampoco he compuesto hoy ninguna canción para entenderlo. Pero nos hemos dicho cosas sombrías.

Deep in love/Not a lot to say

Profundamente enamorado/Sin mucho que decir, cantan los Beatles mientras cenamos, sin apenas hablar, nos tocamos los dedos, nos miramos.

Ay de aquel para el cual el otro haya dejado para siempre de ser un misterio, y se transforme en un libro abierto: este hombre ha muerto para el amor." Leopoldo María Panero.

Quizás la placidez de la mañana nos ha incitado a la confesión, lo sé, no debí contárselo. Ya no hay remedio. Empieza agosto, llueve, no hay aeropuertos cercanos y ella tiene las llaves del coche, de su coche. Todo es tan, tan triste.

Además no entiendo qué idioma hablan alrededor.

Solo el mío.




miércoles, 1 de agosto de 2012

Gore Vidal.

Gore Vidal, instrucciones de uso




Gore Vidal, brillante ensayista, coloso de las letras estadounidense y cronista implacable de los imperios romano (en España su fama se la debe en parte a su novela histórica Juliano el Apóstata) y americano nunca fue de los que se muerden la lengua. Son tan célebres sus querellas con Norman Mailer o Truman Capote como su cínica forma de ver el mundo, recogida en sus memorias en dos partes: Una memoria(1995) y Navegación a la vista (2006), ambas en Mondadori. Este es un repaso a algunas de sus citas más memorables.
"Nací el 3 de octubre de 1925, el mismo día que Thomas Wolfe, el novelista, no el periodista, cumplía 25 años. He vivido tres cuartos del siglo xx y cerca de un tercio de la historia de los Estados Unidos de América".
"Andy Warhol es el único genio que he conocido con un cociente intelectual de 60".
Andy Warhol es el único genio que he conocido con un cociente intelectual de 60"
"Las transmisiones de la CNN sobre nuestras últimas guerras han sido cuidadosamente dirigidas por los mismos que están causando las guerras".
"Quería ser Mickey Rooney y, como él, hacer el papel de Puck en El sueño de una noche de verano".
"El recuerdo que tengo de la Depresión es más de conversaciones por la radio y en casa que de verdaderas escenas de parados vendiendo manzanas por las calles. Además, no siempre entendía lo que escuchaba. Cuando cayeron las acciones (shares) en la Bolsa, pensé que caían sillas (chairs) de las ventanas de un segundo piso. Sabía que los senadores se pasaban el día en el Senado aprobando proyectos de ley (passing bills), lo cual yo entendía literalmente como ‘pasándose billetes de unos a otros, una imagen de lo más surrealista".
"No hay problema en el mundo que no pudiera resolverse si la gente se limitara a seguir mis consejos".
"Johnny Carson fue el único humorista satírico-político al que se le permitió aparecer con regularidad durante 30 años en esa época de la televisión conocida como de apogeo, y pudo, por tanto, influenciar la forma de pensar de la gente sobre muchas cuestiones que a menudo eran pasadas por alto en los medios de comunicación, hasta que él les daba el sesgo satírico que lo caracterizaba."
El estilo es saber quién eres, lo que quieres decir y que no te importe"
"El 50% de la gente no vota. Y el 50% de la gente no lee los periódicos. Espero que sea el mismo 50%."
"En la segunda guerra mundial fui primer oficial de un carguero de suministros del ejército en las islas Aleutianas. A los 19 años, en las largas guardias nocturnas en Dutch Harbor, empecé a escribir una novela ambientada en las Aleutianas."
"A su debido tiempo fui padrino de uno de los hijos de Susan Sarandon con Tim Robbins. Sí, dije. Padrino (godfather) siempre, Dios (god)nunca".
"Escribe algo, aunque tan solo sea una nota de suicidio."
"En el transcurso de las elecciones primarias de 1982 hablé con muchos periodistas. La mayoría solo quería saber cuánto dinero había recaudado. Cuando les respondía, con exactitud “prácticamente nada”, llegaban a la conclusión de que no era serio".
"Alguien me pidió que definiera el ‘comercialismo’ y respondí que es la capacidad para hacer bien lo que no debería hacerse en absoluto."
"Soy ateo renacido."
Cada vez que un amigo triunfa, muero un poco"
"En 1976 fui elegido miembro de la Academia Americana de las Artes y las Letras, una augusta congregación de la que William James, no Henry, rehusó formar parte. Yo también rehusé. Presionado de nuevo añadí: "Ya soy del Dinners Club".
"No hay duda de que en los Estados Unidos de hoy, la muerte te pone en contacto con toda clase de desconocidos: abogados, contables, empleados de funeraria, reclamadores de seguros, por no hablar de viejos amigos en números cada vez más pequeños y conocidos nuevos en números cada vez más grandes".
"Aunque he actuado en varias películas, nunca he sido un actor de verdad".
"Aunque soy totalmente agnóstico, veía la Iglesia como una sombra fascinante de la Roma imperial con su curia tan parecida al Senado romano".
"En Roma he descubierto que, por lo general, los jesuitas no solo son agradables sino también sensatos".
"Teniendo en cuenta todo lo que comía y bebía (Orson Welles), es asombroso que viviera hasta los 70 años. Cuando se reía, y lo hacía a menudo, su cara, empezando por el labio inferior, se ponía rojo escarlata mientras que se le cubría la frente de sudor como una repentina lluvia de primavera."
"No se trata simplemente de ganar. Alguien tiene que perder".
"Los portavoces de nuestro Congreso de 50 años atrás estaban a años luz de los de hoy, o del estilo inculto y titubeante de nuestra junta gubernamental".
"A veces es más fácil salir de la política que entrar en ella".
"Llegué a una recepción en Roma y me encontré al vigente primer ministro recibiendo en audiencia. Los anfitriones se disculparon. “Ya no hacen películas en Cinecittà”, y como lo único que vemos ahora en la televisión son políticos, todo el mundo ha empezado a invitarlos".
Nunca pierdo la oportunidad de practicar el sexo o aparecer en televisión."
"El estilo es saber quién eres, lo que quieres decir y que no te importe".
"Cuando empiezo un libro enteramente inventado como Myra Breckinridge casi nunca parto de algo más que de una frase que me ha poseído".
"En 1939 fui por primera vez a Roma, una ciudad donde los campesinos, apestando a ajo, iban al mercado igual que los de Washington D.C. (menos el ajo), mientras que los Camisas negras de Mussolini estaban por todas partes."
"Hace poco llamó alguien de la radio y me preguntó si era cierto que yo era el último republicano, en minúsculas. Respondí que más valía que no lo fuera, porque la guerra perpetua por la paz perpetua, que está remplazando a la República, solo terminará con la muerte de todos nosotros".
"Cada vez que un amigo triunfa, muero un poco".
"Crecí en el centro de la aviación, y, al mismo tiempo, a través de mi abuelo, en lo que entonces era el verdadero centro de la política norteamericana, el Senado".
"Dado que, como escritor, he abarcado desde el siglo V a.C. hasta la mayor parte de la historia relativamente corta de nuestro país, estoy muy acostumbrado a sumergirme en el pasado".
"Nunca pierdo la oportunidad de practicar el sexo o aparecer en televisión".

Sei demasiado de min


Me he bebido tres elefantes, enteros, con trompa, colmillos y todo, me he comido con labios de cuchara toda la amargura de los días en declive, las emociones que perdieron la apacibilidad, la falsa ternura de los símbolos escondidos en insomnios de sábanas de papel, los intentos para mantener el equilibrio aún cuando los cazadores de poetas, los depredadores de filósofos, los pregoneros del juicio final empujaban sin respeto, mucho menos piedad, los límites entre lo soportable y este espacio baldío que es no ver… (te/la/me/nos/os).


Ver.




*(fragmento del poema Mutación de Estibaliz Espinosa).

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