El compañero Filiby(los dioses salven su buen gusto y generosidad) nos deja lo siguiente:
1001 discos que debes escuchar antes de morir
Basado en el libro del mismo nombre
Como su nombre tiene a bien indicar, este libro es excelente además de interesante como referencia musical. Editado por: Robert Dimery, con Prefacio de Michael Lydon, seleccionado y escrito por 90 críticos de corte internacional.
La lista se encuentra organizada de forma cronológica, abarcando producciones realizadas desde el año 1950 hasta el 2005, siendo este libro publicado en el 2006.
Nuestra intención al igual que la obra impresa, más que una lista de los mejores 1001 discos, es dar a conocer los álbumes y sus cantantes que, a juicio de los críticos expertos, representan de mejor forma la música de los 55 años que comprende.
Les dejo aquí la lista completa de los álbumes que conforman los 1001 con su respectiva portada, por si desean saber cuáles son y en qué momento aparecerán en este post.
La lista de los 1001 álbumes
Por mi parte continuo con este proyecto con el compromiso de colocar dichos álbumes cada día lunes, con su respectiva crítica, y así seguir hasta que la lista este completa. Todos estos álbumes, como viene siendo costumbre, cuando el afán es compartir, serán alojados en Mediafire, sin limitaciones para descargar.
Es decir, no sé si lo has pillado, que este es un trabajo impagable del bueno de Filiby(los dioses vuelvan a salvar su erudición y altruismo) para que si no te los puedes comprar, puedes bajarte, ahí, los 1001 discos que debes escuchar antes de morir.
Lo que no te puedes bajar es tiempo, así que date prisa y escucha.
Quedo a tu disposición por si necesitas ayuda.
(esta es una foto mía, antigua, de octubre del 2009)
Manual para tomar las riendas de nuestra trayectoria.
1. Identificar nuestro sueño.
2. Organizar nuestra vida para perseguirlo
3. Decidir que necesitamos para realizarlo
4. Creer en nosotros mismos
5. Elegir a los compañeros de viaje
6. Cambiar de actitud
7. Tener valor
8. Dar el primer paso.
(De El País)
Qué noche la de aquel día, qué noche la de aquel siglo en el que fuimos, las noches y la vida eran nuestras, el futuro era una escalera por la que subíamos sin mirar atrás, a los lados, ensimismados en un presente sin augurios ni otro sobresalto que buscar la felicidad por los rincones de los días, por las caras que cambiaban en un carrusel de experiencias, todo era nuevo y el amor estaba entre los matorrales, agazapado como un leopardo albino, presto a saltar sobre nuestros corazones indefensos, inexpertos, no teníamos miedo al barquero, a ujieres con corbata, a sotanas ni uniformes, al caminante sobre el lago de la moral, a gurús vociferando debajo de las pancartas, al lucero del alba y la música era alimento principal, la amistad corría por nuestra sangre hasta que una noche, fue de repente, nos enamoramos y colorín colorado este cuento ya nos lo habían contado y esa puerta nos llevó a otra y a otra, laberinto donde perdimos los martes y el pudor, camino con atajos, lobos aullando en la soledad de rostros sin boca, angustia de no vernos a la salida de liceos abarrotados, el trabajo, los cementerios que comenzaron a llenarse, la ginebra en las rocas, estupor por tantas cosas que no conocíamos, las semanas se volvieron muy largas, un domingo dejamos de cantar y hasta hoy, pero que nos quiten lo bailado.
no traían ya la leche a casa y el periódico se asfixiaba,
abrieron las cárceles y soltaron a los profetas.
Entonces recorrieron las calles los 3.800 profetas.
Podían hablar impunemente y alimentarse a placer
de aquel fiambre saltarín y gris que llamábamos plaga.
Qué otra cosa se hubiera podido esperar...
Pronto volvieron a traernos la leche, el periódico respiró
y los profetas llenaron las cárceles.
(Günter Grass)
Hoy, ya, terminó la fiesta, derramado el vino espumoso por manteles de hilo, saqueadas las despensas, los mares exhaustos de langostinos, en las farmacias agotadas las existencias de antiácidos, las tarjetas de crédito al rojo vivo, ensanchado el perímetro de nuestras cinturas, fascinados de luces y caducos villancicos, habiendo discutido con primas, cuñados, hermanos y suegras, ciegos a otras realidades, amnésicos del trabajo cotidiano, de cara a una pared que separa otros barrios, pesados, torpes, atolondrados, hoy, comienza el resto de nuestra vida.
Estemos atentos, ya que resulta que a partir de ahora deberemos cumplir esas promesas que nos hicimos mientras sonaban las campanadas que delimitan los años. Y costará, hacerse propósitos es sencillo, llevarlos a cabo cuesta.
Pasarán los días tan despacio que el martes no será jueves y el domingo está al final de una carrera de obstáculos donde las mesas se llenarán de papeles insolubles, las camas de viento, los libros cerrados, las carreteras extendidas sin llegar a ningún sitio, o eso parece. Semana santa, agosto, otra vez navidad, hitos, hoy se entiende ¿no?
La codorniz, la revista más audaz para el lector más inteligente, la compraba mi abuelo Mariano. Aprenderé de ello, ser legible, que se entienda, que no se entienda, no sé decir –sólo- amor, miedo, indiferencia, pasión, futuro, tiempo, ironía. Seguiré con Cortázar, con Murakami, con Gamoneda, con aquello que nos deje escalones, oxígeno, otra visión del monte y de las nubes, de las esquinas del alma y de los besos. Esos, los que ansío de una boca que solo habla, que se tuerce en rictus, que se calla, que silencia decirme te quiero y que se vaya el mundo a hacer puñetas.
Eso mismo.
Guapas, guapos, gracias por pasar por aquí también este año.
Rooom, estoy seguro (¿sí?) que nada es lo que era. Es fácil llegar a esa conclusión. (¿O es un principio?) Que será (¿o no?), también. Aquí tenderemos al cambio (ya vas a ver). Tengo la certeza desde hoy mismo, a la una (en punto) del mediodía. Estaba sentado frente (¿o era dentro?) al Guggenheim y se me ha aparecido Gerhard Ritcher, entre nubes de metal, rodeado de ángeles rubios tocando la trompeta, vestidos con uniformes de las SS, unos, sujetando por el cuello, otros, a un coro de caimanes llorando (generación culpable de Auswitch ¿de qué seremos culpables nosotros?). Me ha dicho con voz de tenor:”este año dejarás en este rincón parte de tu alma, un trozo de cerebro y limaduras de los pulmones, dejarás dos dioptrías, un suspiro y todo el corazón”. He caído con San Pablo al suelo (a la vez, cataplúm) y él ha continuado: “necesito de ti una prueba”. (Oh, Dios). Justo entonces me ha llamado Xy el cielo ha empezado a arder. Impresionante, las gentes ardían, la ría ardía, mi tráquea ardía y XX ahí, esperando (me) al final de una calle. He llegado cojeando, saltando trampas, saltándome y XXX sonreía, me mantenía a distancia, como una boxeadora en el primer round, midiéndome, buscando la distancia y... (Alto, si cuento todo hoy ¿qué contaré mañana?) Gerhard Ritcher , benévolo, sonreía desde las alturas. (Esperarme, enseguida vuelvo, mañana ¿estás seguro?). Zipp, zapP.
"La causal aparente, la causal príncipe, sería una, por descontado. Pero el suceso era el precipitado de toda una gama de casuales que soplando a pleno pulmón en las aspas, como los dieciséis vientos de la ropa revolviéndose a un tiempo en una depresión ciclónica, acababan por estrujar en el remolino del delito la debilitada razón del mundo. "
(Fragmento de “El zafarrancho aquel de Vía Merulana”) Carlo Emilio Gadda
Eran tiempos duros, muchacha, del cielo llovían plumas, quizás morían los halcones encima de las nubes, quizás una bandada de estorninos estaba en guerra con las alondras, quizás los ángeles estaban en plena muda. Se lo pregunté, pero Ella que tanto sabía, no pudo contestarme. Envalentonada por el erial de mi saber comenzó una labor de decoración y pintura en aquellas zonas de mi cerebro en las que no había entrado el sol del conocimiento. Debo decirte, niña, que la única idea me ocupaba bastante y que el alcohol había vaciado casi todo excepto las cuatro reglas y la capacidad de distinguir entre una regadera y la curva de sus caderas.
Día a día Ella desbrozaba mi ignorancia. Me contó que se conocen unas 1.400 especies de holoturoideos desde el Silúrico, hace ya unos 400 millones de años, nada menos. Pobre de mí, no tenía ni idea que son una clase del filo Equinodermos que incluye animales de cuerpo vermiforme alargado y blando que vive en los fondos de los mares de todo el mundo, que pertenece al mismo grupo que los erizos de mar o las estrellas de mar aunque aparentemente no tienen la simetría pentarradial característica de los demás representantes de este grupo. Se consideran animales con una simetría bilateral secundaria, ya que internamente sus órganos y sistemas aparecen en un número múltiplo de 5, como en el resto de equinodermos, pero externamente su cuerpo alargado da la sensación de tener un solo eje de simetría. El cuerpo es musculoso, en forma de cilindro, y tiene una apertura bucal por un extremo que es rodeada por tentáculos. En el otro extremo se halla la abertura anal. Esto último me lleno de dudas, ¿sería yo mismo un holoturoideo? -del griego holothurion, "que se agita totalmente"-, pues mira, no lo sé, pero la amaba tanto que ponía cara de interés mientras acariciaba sus breves pechos.
Fue también entonces cuando aprendí que desde mediados del siglo XV en la custodia de asiento se adoptó la forma de torrecilla o templete ojival, sostenido por una base artística quedando en medio una lúnula o viril de plata u oro para colocar en él visiblemente la hostia. Jamás lo hubiera imaginado, esa utilización del “viril” en una custodia me llenó de confusión. Uno era (es) bruto, nada inclinado a piezas y ornamentos religiosos, pero especialmente propenso a eso de la virilidad. Por eso, aquella noche, para compensar, la amé repetidamente. Ella no consentía su propio goce, desnuda pero mística me susurraba -Cioran decía que “el orgasmo es un paroxismo; la desesperación, otro. El primero dura un instante; el segundo una vida”-. Ni con esas perdía mi excitación, tanto la deseaba, seguía a lo mío/nuestro.
Era caprichosa, calzaba zapatos de Salvatore Ferragamo y sin más atuendo realizaba autopsias a las moscas del vinagre. Una tras otra eran estudiadas en su aparente simplicidad. –Mira, mira, aprende- me decía. Pero aquello me parecía una cochinada. Como cuando quiso entrar en la mirada de los equinos y clavó el bisturí en un ojo de caballo que le consiguió el carnicero de la plaza. En aquel tiempo lo único bueno era, mientras ella se dedicaba a la sinología, escuchar a las alondras fuera, en el jardín cercano, en un mundo lejano al acostumbrado, aquel en el que yo vivía.
Ocurrió una tarde, habíamos ido a llevar un ramo de flores a la curva de los periodistas. La oblicua luz del atardecer era tan intensa, tan bella que apartamos la mirada. Justo antes, durante un instante, la vi, transparente, todo su conocimiento, todo su saber, el amor relegado entre desarrollos de turbinas y análisis de manganeso, entre neurosis obsesivas y vinculaciones longitudinales. Así ocurrió, minuto a minuto la fui apartando tanto que no pude volver a encontrarla. Ella se fue al norte y yo a sur. Lástima que el coche era de ella. Regresé andando, ignorante y solo, pero libre. Algo aprendí en esta historia. Por cierto ¿sabes qué es la ofiolatría?, ¿y un decurión?, ¿sabes qué es la poliginia?, lo cuento otro día.
Llevo asomándome a esta ventana más de mil días (concretamente 1.010). Intento que cada uno de estos días sea diferente. A veces lo consigo. Me refiero a lo que escribo. En cuanto a mí, prefiero ser el que soy. Buscando, eso sí, quizás pueda descubrir facetas que aún estén dormidas, o que aparezcan de pronto –hola, soy tu nuevo yo-. Es sorprendente lo que llevamos dentro y no aflora porque no lo conocemos, por desgana, por miedo, por aburrimiento, por vaya usted a saber. Por eso es interesante la exploración, ponerse un salacot y buscarse uno mismo, en la propia jungla tarzanesca, evitando las fieras que nos habitan. Un día encontré a Jane, no la llevaba dentro, estaba fuera pero no lo sabía, incluso ahora me confundo, me entró tan profundamente que llegué a confundirnos, a veces era ella, incluso pensé que Chita era yo, así me veía, un mono, un simio grotesco que se contorsionaba de liana en liana. Por fortuna –de alguna forma debo justificarlo- me mudé de selva y volví a la conocida, la que tiene las serpientes pintadas y los cocodrilos no muerden en el río del inconsciente, aquella en la que las tribus son pacíficas y hay un monte al que no llegan los leones melancólicos. Así, sin puntos y aparte voy de visita en visita, a veces me enfado conmigo mismo y no me hablo en semanas, escribo de espaldas a mí mismo -¿a quién le pueden importar estas tonterías?-, pienso. Pero sigo, inquieto por encontrar el hilo que me permita seguir sin aburrir a las ovejas, ni a los lectores. Sigo sin saber muy bien cuál es la causa de esta persistencia, de esta pertinaz acumulación de escritos que no compiten con sus propias marcas. Me temo que estoy saltando sobre una peligrosa tendencia a no hacer nada, a mirar el paisaje del ahora con escepticismo, y no, no quiero, me como el hoy en un festín al que no le faltan faisanes y perejil, jabalí con castañas, tomates y ricos peces de un mar bravío. Lo dicho, llevo acodado en esta ventana más de mil días, concretamente 1.010.
Marie-Anne de La Trémoille, princesa de los Ursinos (París, 1641 – Roma, 5 de diciembre de 1722), noble francesa de la corte de Felipe V de España.
Era hija del aristócrata francés de antiguo cuño Luis II de La Trémoïlle, duque de Noirmoutier (1612–1666). Casó en primeras nupcias (1659) con Adrien Blaise de Talleyrand-Périgord, príncipe de Chalais y en segundas (febrero de 1675) con el príncipe romano Flavio degli Orsini (1620–1698), cuyo apellido se tradujo des Ursins en francés y luego «de los Ursinos» en castellano.
Al enviudar por segunda vez, Luis XIV, de cuya plena confianza gozaba, le encargó acompañar al joven Felipe V a España cuando éste asumió la corona a la edad de 17 años, en 1700. Fue nombrada Camarera Mayor de la reina María Luisa Gabriela con el encargo de dirigirla y tutelarla.
Mostró entonces una enorme rapacidad sin escrúpulos e intervino en numerosas intrigas con camarillas francesas establecidas en la corte. Luis XIV le ordenó regresar a Francia en 1704, pero pronto volvió a la Península y se convirtió, junto con el ministro Orry, en uno de los personajes más decisivos de la política española.
Todos los negocios del Estado pasaban por las manos de esta hábil y discreta agente del Rey Sol, que impulsó a Felipe V a mantenerse firme en la Guerra de Sucesión e intervino en las negociaciones que precedieron a los Tratados de Utrecht (1713) y Rastadt (1714). Negoció asimismo las segundas nupcias del primero de los Borbones españoles con Isabel Farnesio, considerada una beata nula y sumisa y, como descendiente de una pequeña dinastía semi-real de la débil Italia, sin ningún valimiento político propio.
En 1714 al poco de su llegada a España, sin embargo, la enérgica y dominante Isabel ya se había adueñado de la voluntad de su abúlico marido, despidiendo a su Camarera Mayor y haciéndola escoltar, a mano armada, hasta la frontera de Francia.
Ya, ya, no me lo digan, siempre canto lo mismo, saudades y coplas de ciegos. Tiene sus motivos, busco lo fantástico fuera de lo cotidiano. No hay en ello nada original, al contrario, es absoluta falta de imaginación, lo fantástico está en la realidad, a veces se me olvida, a veces me olvido de quién soy, de lo que hago o hice, amnesia selectiva, espejos rotos, ecos amordazados. ¿Qué quieren? hay que seguir viviendo.
Corro por los muelles y se escapan los barcos por océanos de colores, navegantes solitarios en estampida, mercantes varados en playas del Caribe –ay, mar de aquel agosto-, trasatlánticos fantasmas en las noches de Amacord, náufragos en un balde remando con largos dedos, cabezas de ahogados que se resisten a desaparecer bajo las fieras olas de diciembre.
Ahora me siento en el centro de la pérgola, alrededor una cortina de desplegadas colas de pavo real, los surtidores de la fuente lanzando sus caprichosos chorros de agua, un aya melancólica con niños llorando a moco tendido, hay un león y un girasol en una jaula, hay un mayordomo vestido de pingüino, hay una jirafa que no para de fumar, hay un hombre calvo corriendo en círculo entre nubes de saudade, ninfas desnudas tocan cítaras y pífanos, todo esto está escrito en un palimpsesto y sólo hay tres historias, me sé dos, la otra me la imagino. Ya, ya, no me lo digan, siempre canto lo mismo.
El 10 de mayo de 1933 se produjo una quema masiva de libros por los nazis en la Opernplatz de Berlín. Los camisas pardas, voluntarios de la S. A., las Juventudes Hitlerianas y muchos ciudadanos adictos al régimen destruyeron más de 20.000 libros de escritores, poetas, filósofos, científicos, de artistas a los que consideraban peligrosos, antigermánicos.
Esta operación, símbolo de la muerte de la razón, estuvo comandada por Goebbels, el entonces ministro de propaganda. El bibliotecario Wolfgang Hermann elaboró una lista negra en la fue incluyendo a los autores por motivos tan diversos como promover el pacifismo; por sus tendencias políticas, básicamente el comunismo y el socialismo; por un estilo avanzado, revolucionario pero, sobre todo, por ser judíos. Muchos de estos autores fueron arrestados, torturados y asesinados. Los que pudieron se exiliaron. Entre estos escritores estaban, entre otros: Zweig, Arthur Holitscher, Lion Feuchtwanger, Emil Ludwig, Heinrich Mann, Theodor Plevier, Erich Maria Remarque, Heine, Marx, Thomas Mann, Freud o Brecht.
Goebbels proclamó: "Alemania ha comenzado a limpiarse interna y externamente".
Sigmund Freud comentó: "es un gran progreso con respecto a la Edad Media; ahora queman mis libros, y entonces me hubieran quemado a mí".
Philip Roth escribió recientemente: “todos los escritores cuyos libros fueron quemados por el III Reich fueron dignificados por las llamas”.
Hoy, la antigua plaza Opernplatz lleva el nombre del líder socialdemócrata August Bebel. En su centro, como un recuerdo permanente, está un curioso monumento a esta quema de libros. Se trata de una simple losa de cristal a través de la cual se pueden apreciar unas estanterías blancas, vacías. Al lado una placa con una frase premonitoria del poeta Heine que en 1817 escribió: "Eso sólo fue el preludio; ahí donde se queman libros, se termina quemando también a las personas".
Para hoy escribo lo que no está escrito. Pasan los días, los meses y me asombro que aún alguien entre aquí. Y Aquí.Para los sábados tengo dos teorías. Una, que el personal dedica parte de su jornada laboral semanal a actividades extra laborales. Otra, que el personal dedica los sábados y domingos a una intensiva actividad amorosa y no sale de la cama más que para comprar el pan y el periódico, a veces ni eso. Tú ¿qué opinas?
Estamos en lo que estamos, que se ha terminado el año y nadie sabe cómo ha sido, que empieza el nuevo y nadie sabe cómo será, pero se lo imagina, negro. Vivirán bien los de siempre, es decir esos que no somos nosotros. Lástima, sigo buscando a los Otros pero no encuentro a Nadie que me quiera sobornar, comprarme, involucrarme, pagarme una comisión desorbitada, buscarme un chanchullo, ponerme un piso de soltero, retirarme, dejar un abultado sobre bajo el felpudo a cuenta de mi silencio, o de mis sugerencias, compra aquí, vende eso, invierte en, etc. Tú no opines.
Lo que no quiero es que me quemen los libros. Ni siquiera los presto para que no me arruguen las hojas, para evitarme eso de “oye, chato, aquel de Agatha Christie que te presté en 1957 ¿Qué lo has leído?”(pon tú el acento). Y no es que me importe, me faltan paredes para guardar los que tengo. “¿Los has leído todos?”- preguntan los visitantes de mi castillo. “No, están huecos”- les vacilo. Coño, pues claro que los he leído, para eso es un libro, incluso algunos me han gustado. Además que hace bonito tenerlos. Mi amiga Mary se los compra por metros y por colores. “Me ponga metro y medio de enciclopedia roja. Es para el salón ¿sabe?” Mary tiene otras muchas virtudes, algunas lejos de la virtud. Puestos a elegir prefiero estar con Mary que leer, te lo juro. Somos amigos desde hace tiempo. Eso implica muchas cosas. Saber estar cuando hay que estar. Si es que somos todos bastante parecidos, para tomar copas o reír o ir de fiesta hay gente a patadas, pero, ay majo, si la cosa te va mal miras alrededor y no queda nadie, como después de una batalla. Mary no, Mary no lee pero está cuando hay que estar. Quién lo diría, qué lección…
Oye, tío, ya vale, qué pesado estás hoy, es sábado, calla ya que voy a bajar a comprar el pan.