Worms of the earth.
Uno
recuerda cuando era dos.
Incluso recuerda cuando era.
Uno no recuerda nada.
Un día vienen a tu casa tres personas, otro día cinco, otro día no viene nadie, ni dios, y te preguntas qué demonios ha pasado si están abiertas las ventanas. Quizás han cerrado las fronteras. El caso es que la fruta se ha puesto amarilla. Un día dejas en el balcón tu artesanía, lo que a ti te parece una maravilla (dentro de un orden) y te dicen puaf (o no te dicen). Otro día dejas en el alfeizar un garabato y te dicen oh (te dicen). No sabe uno como acertar. Uno no acertó cuando dijo sí y cuando dijo no puedo, también cuando como ahora habla por no callar para que esos señores vestidos de negro se vayan y dejen de hacer ruidos guturales y el miedo, estudiar a los otros, saber que hay otros (además tan buenos) a los que les ocurre lo mismo (o parecido), salir del ensimismamiento, compartir, enterrar la tragedia (¿de qué hablas?), olvidar la loa a los dichosos amantes, hipnotizados, luchando contra viento y marea, ellos, que sostuvieron con sus brazos el peso de los mares, buscan ahora botellas verdes con mensaje en las playas (cada uno por su lado). Quedar a salvo de la riada, desatar el nudo del dolor, taparse los oídos al estruendo del mundo, voces de lluvia, silencio de amores rotos, silencio, silencio (¿aun así?) y es fácil esto, si has llegado hasta aquí es fácil.
Uno
recuerda todo.
Incluso recuerda cuando no era.
Uno no recuerda cuando éramos.















