jueves, 19 de noviembre de 2015

La isla Reunión no guarda memoria de la nieve (V).


  Jan Mandyn



El comedor era gigantesco, una especie de cervecera de lujo. Niños risueños caminaban rígidos llevando en equilibrio platos de verduras cocidas. Alemanes sonrosados masticaban chuletas interminables. Una señora enjoyada hablaba sin parar a su numerosa familia, con la boca llena de espaguetis y reproches, les hacía pagar el viaje que ella había pagado. Parejas que comían y se comían con los ojos. Tríos que no comían y se miraban y no sabías qué tenedor era el que sobraba. Camareros diligentes reponiendo bandejas y bandejas de filetes empanados, ensaladilla rusa, calderos de gazpacho, fuentes de patatas fritas, pescados innombrables, helados derretidos, frutas del tiempo. Estaba el señor que comía libros, tenía a su lado izquierdo, un montón de no menos cincuenta. El hombre tomaba un libro, lo ojeaba página a página y con un rápido movimiento lo engullía de un bocado, tomaba un trago de vino, eructaba y tomaba el siguiente libro.

Todo aquello seguro que tenía un sentido. Cerré los ojos para pensarlo, al de unos segundos los abrí y cada mesa estaba ocupada por un hombrecillo con barba y sombrero de diferentes colores. Todos decían “aún no es tarde, aún no es tarde” y el sonido resultante era de pájaros y tormenta, de muérdago y lluvia. Tomé una cucharada de gazpacho, cerré los ojos de nuevo y al volver a abrirlos reaparecieron, los niños, sus padres, los amantes que se miraban, las señoras amargadas, los borrachos, los adolescentes turbios y el señor que comía libros recitaba “ella decía que me quería/ más débiles eran sus abrazos”. Aburrido, desganado y confuso decidí irme al bar a tomar un café y una copa de patxarán.


La isla Reunión no guarda memoria de la nieve, tampoco de los cerezos, de la brionia, del endrino, de los robles, pero sabe que hay un volcán donde el invierno duerme enroscado.


miércoles, 18 de noviembre de 2015

Una señora lactante en la isla Reunión (IV).


 Gerard Rancinan


Decidí ir a comer. Quizás mis visiones se debían a debilidad, a un mareo transitorio. Alimentándome se me pasaría, seguro. Antes quería afeitarme y cambiarme de ropa. Entré en mi habitación, la 8122. Una mujer estaba sentada en una butaca roja en la mitad de la estancia. Llevaba hojas de endrino trenzadas en el pelo y daba de mamar a un cochinillo que con ansiedad chupaba de su pecho izquierdo.

No respondió a mi saludo de buenos días, siguió aplicada a su labor, mirando un punto indeterminado entre las cortinas. Por supuesto llamé a recepción quejándome del servicio de limpieza. “Se han dejado una señora lactante en mi cuarto”- dije airado. Me duché, me puse unos pantalones blancos y cuando salí aquella dama había desaparecido. El cochinillo no y tenía una mirada que cautivaba. A su lado un hombrecillo me miraba y decía al aire “aún no es tarde, aún no es tarde




(Un inciso en este relato de mi viaje. Espero que después de tanto tiempo leyéndonos en estas páginas seguro que han adivinado que soy un tipo serio, legal, poco dado a imaginaciones absurdas, a divagaciones fuera del circuito de lo normal. Pues bien, este viaje ha hecho que dude de mi cordura.)

martes, 17 de noviembre de 2015

Conquistando el mundo

Erupción en la isla Reunión (III)



Reunión es un intento de ser al lado de Madagascar, un rincón  donde viven los viejos guerreros de oficinas de la City, los antiguos descargadores del muelle de Hamburgo, las secretarias jubiladas de Manhattan, una isla de viento donde quise ensayar el futuro.

Nadando me olvidé del encuentro con el hombre del iPad. Mis músculos se adaptaban al movimiento de crawl. A esto había venido. Disfruté deslizándome durante vueltas y vueltas a lo largo de la piscina. Sentía mis brazos entrando y saliendo del agua, las piernas batiendo con energía. El tiburón negro pasó a pocos centímetros de mi nariz. Al pasar me guiñó un ojo. Salí espantado. Muchos chiquillos riendo, jugando, felices. Las madres bronceándose dentro de sus mínimos bikinis floreados. Los padres yendo y viniendo al bar con un botellín de cerveza en cada mano. Al parecer nadie había visto al tremendo bicho. Ahí empecé a pensar que una de dos, o se me había ido la cabeza o aquel hotel tenía algo extraño.




Desde unos labios amarillos se anunció fuego en el volcán Pitón de la Fournaise y los turistas corrieron a buscar el último barco del invierno. No sé si por valentía o por inconsciencia decidí quedarme al menos hasta que la sombra de la catedral se alargase sobre el jardín familiar de la esperanza.

Es curioso, el hombrecillo que musitaba “aún no es tarde, aún no es tarde” se quedo sentado bajo una parra, mirándome.


lunes, 16 de noviembre de 2015

Batalla naval en la isla Reunión (II).



Necesitaba estas vacaciones para organizar el caos en que se estaba convirtiendo mi cabeza, mis pensamientos, mis actividades, para meditar sobre la oportunidad de un cambio.

Me decidí por un lugar tan lejano porque alguien me animó diciéndome que tenía un paisaje agreste, duro, descarnado, de una belleza impactante, singular, diferente, con una costa de negras rocas volcánicas, rodeada de  arrecifes coralinos. Leí no sé dónde que los árabes llegaron a la isla de Reunión hacia el siglo X,  en principio la llamaron Al Maghribain "La más cercana de las dos islas del oeste".

Lo que no me contaron es que diez años atrás la isla fue afectada por una epidemia de artritis epidémica chikunguña que es una enfermedad propagada por los mosquitos. Esto provocó más de 200 muertos y unas 255 000 personas de Reunión contrajeron la enfermedad.

Todo esto no me desanimó, al contrario y la cosa iba bien hasta que aparecieron los hombrecillos.
Musitaban “aún no es tarde, aún no es tarde”.
Lo contaré.

Después del interminable peaje de todo viaje, preparar la maleta, cargarla hasta el autobús, aeropuerto, tediosa espera, tres aviones, otro autobús, llegué al hotel de mi destino.

La recepción fue agria, la señorita que estaba detrás del mostrador tenía unos ojos preciosos y una educación pésima.
Quizás por eso fui hacia la habitación de mal humor. Sentado en una furgoneta junto a mi equipaje y a otros huéspedes vi a aquel hombrecillo. Estaba medio oculto entre unos cactus. Tenía barba y se cubría con un pequeño sombrero gris. Repetía para sí, “aún no es tarde, aún no es tarde”.
Al parecer solo yo reparé en él, ya que ni mis acompañantes en el vehículo, una pareja de alemanes y dos amigas que hablaban sin cesar, dieron ningún indicio de haberle visto.


El cuarto que me asignaron era magnífico, bien orientado, amplio, frente al mar, con una terraza soleada, al lado de unos jardines donde devotos adoradores del astro rey se tostaban con placidez.

Frente al espejo me medí con mi piel blanca, el traje de baño verde, los kilos de más del invierno y opté por atreverme con todo ello. Para inaugurar las vacaciones decidí bautizarme en la piscina.

En el camino hacia allí me crucé con un hombre alto con una toalla alrededor de su prominente cintura. Silbaba, tenía apariencia de inglés. Sobre su cabeza, a unos tres o cuatro centímetros, flotaba un iPad, no parecía de última generación ya que estaba conectado por un aparatoso enchufe que se hundía en la mitad de su amplia calva. Sonriente, me dio un good morning, mientras en la pantalla del aparato se producía una encarnizada batalla naval, bombardas, galeones, fragatas, carabelas, navíos y bergantines se cañoneaban sin piedad. Se escuchaba nítidamente el fragor del combate, los gritos de los marineros, los lamentos de los heridos, las órdenes de un almirante, el crujido del viento, el rugido del mar. Todo en estéreo. El hombre alto seguía sonriendo. Al alejarse unos metros desapareció el iPad. Quedé sorprendido. 


domingo, 15 de noviembre de 2015

En la isla Reunión


Lord Snowdon, Mental Hospital, 1968


En la isla Reunión hay un volcán con uñas de peces heridos que asoman entre las hojas caídas de las buganvillas. Por el páramo cruzan pastores con rebaños de animales sin nombre que habitan en la frente de los dioses. Un hombre entierra un reloj y avellanas, una mujer cava un pozo hasta que brota un agua azul y despiadada

Antes de zarpar mi barco dejé esta amenaza: lo contaré a la vuelta.
He vuelto, lo estoy contando.
A pesar de las palabras que no pronuncio por puro miedo

Me duelen los poemas, me duele escribir siguiendo con el dedo el vuelo de una bandada de chorlitejos patinegros. Invento lo que debo decir, repito largas frases con albahaca en la garganta, busco el eclipse de una luna roja.

Aliso las sábanas con la mano y desaparece el olor de las cigarras, la silueta de lo que no estuvo, la sangre de las cerezas, el cuchillo mohoso que partió la noche en dos mitades. Vuelven las anguilas a desovar en un río que ya no existe, suben por la piel de mujeres dormidas, se confunden con sus dedos, se enroscan en tazas de té y sal.

Queman los días que ya han pasado, la muerte disimula detrás del abanico.
Me estoy ahogando en mis propias cenizas.
Vivo en el puro insomnio, en el misterio de una cama desierta, abandonado bajo el rosal muerto, desbrozando un jardín sin ruidos ni musgo, con hombrecillos barbudos que aparecen y desaparecen gimiendo “aún no es tarde, aún no es tarde”.

Todo iba bien hasta que aparecieron estos hombrecillos.


sábado, 14 de noviembre de 2015

Bichos.


“Los Horrores de la Guerra” Peter Paul Rubens 1637-1638



Desde que he cambiado de trabajo veo bichos.

En el anterior también los veía, de dos patas y con corbata, pero ahora los veo verdes, raros, con apariencia de dragón, al menos como se representan los dragones en un libro que compré en una librería oscura en Portobelo.

Reptan por las habitaciones, por el techo del pasillo, entre los zócalos, atraviesan las paredes, se reclinan en mis almohadas y asustan a las visitas.

Y no fumo. Desde que vi en Berlín el cuadro de “Marte y Venus o los horrores de la guerra” tampoco bebo. Ni inspiro ni aspiro, apenas deseo otra cosa que no sea pasear con calma por los alrededores del parque, leer el periódico bajo los tilos, unter den linden.

Pero aquí están, los bichos, agresivos y crueles, me acosan, me acercan sus fauces envueltas en fuego, me amenazan con garras, creo que en mi infancia vi demasiadas películas de Disney.

De momento he recortado los cañones de mi escopeta de cazar palomas.

Aunque lo peor es que nadie me cree.

La cosa es que ya se han comido a mi cuñada.






El loco al que llaman rey

Bufón soy y mimo al hombre en esta escalera cerrada
con peces muertos en sus peldaños
y una sirena ahogada en mi mano que enseño
mudo a los viandantes pidiendo
como el poeta limosna
mano de la asfixia que acaricia tu mano
en el umbral que me une al hombre
que pasa a la distancia de un corcel
y cándido sella el pacto
sin saber que naufraga en la página virgen
en el vértice de la línea, en la nada
cruel de la rosa demacrada donde
no estoy yo ni está el hombre.

Leopoldo María Panero.

viernes, 13 de noviembre de 2015

Falta de inspiración.



Reconozco que me falta inspiración.

Se me va el tiempo en platicar y en mirar la luna, en buscar peces en la marea baja de Gorliz.

Desde el amanecer estoy intentando escribir lo de mañana (sin saberlo, uno siempre está escribiendo lo de mañana). He comenzado no menos de cinco cuentos. No me convencía ninguno. He pensado borrarlos y  volver a empezar.

A eso de las doce se me ha ocurrido juntarlos y escribir una novela.

No sé si intentar que el protagonista del cuento uno mate al malo del dos, casar al del tres con la chica del cinco, soltar las golondrinas al aire el cuatro, borrar las descripciones del camuflaje de las nubes de algunos, encerrar a todos los secundarios en una cárcel de máxima seguridad. 
Algo se me ocurrirá.

Ahora, a media tarde, llevo escritas más de quinientas páginas a doble cara.

Seguiré hasta la noche, o no, ya veré, reconozco que me falta inspiración.



                          
No soy nada.
Nunca seré nada.
No puedo querer ser nada.
Aparte de esto, tengo en mí todos los sueños del mundo.

Fernando Pessoa

jueves, 12 de noviembre de 2015

Qué risa.



Reírme, nena, me quiero reír a carcajadas, que ya está bien de contar tragedias, parezco un artista griego con la máscara del llanto cosida a la cara, con ropajes negros hasta los talones, con los espectadores moviendo la cabeza a derecha e izquierda, con pelícanos volando, estrellándose contra la superficie del agua, peces por debajo, un pulpo gigante de ganas que tengo de absorberte con mis tentáculos rojos, con mis susurros verdes, con saltar a la comba de un arco iris, un tesoro en el extremo, una playa en el otro, tú enterrada entre almohadas, sonriendo.

Un momento, que tengo que bajar corriendo a devolver el vídeo, aunque el aire es tórrido y los gatos sonríen inclinados sobre un papel con raspas de pescado.

Enseguida, mañana mismo, vendrá otra historia, con otros protagonistas, otro argumento, pero entre tú y yo es difícil inventar romances zíngaros teniendo en cuenta lo que ha llovido, lo que está lloviendo y lo crecido que baja el arroyo de la vida. La riada se ha llevado el puente.  

Hasta aquí, que otra cosa es por qué dejo estas incoherencias siguiendo un hilo imaginativo, imaginario entre ahí y aquí, que vaya usted a saber dónde es, o sea dónde estás ahora tú que lees y si te interesan estas historias. 

Pues eso.




Em todas as ruas te encontro
em todas as ruas te perco
conheço tão bem o teu corpo
sonhei tanto a tua figura
que é de olhos fechados que eu ando
a limitar a tua altura
e bebo a água e sorvo o ar
que te atravessou a cintura
tanto tão perto tão real
que o meu corpo se transfigura
e toca o seu próprio elemento
num corpo que já não é seu
num rio que desapareceu
onde um braço teu me procura

Em todas as ruas te encontro
em todas as ruas te perco

Mário Cesariny

miércoles, 11 de noviembre de 2015

Jardinero sin memoria.






  
Bella, te cuento que llevo colgado tu peso en mi sexo. Duele, sé lo que me digo, dije, pero estoy disfrazado y ese del espejo convexo no soy yo o ya no me reconozco.

No es fácil asumir que te mueres, estás tan bien, cantando, asomado al balcón, fumándote la mañana y esa señora de negro de la casa de enfrente es la muerte. Como en las películas te mira, te mira y no es interés, no, es que estás en la lista, tienes el número doce y van a dar las once en el carillón del ayuntamiento.

Vaya días, esa señora que dije, digo, Diego, en un aeropuerto y yo en otro, vuelos equivocados, aviones volando bajo, miedo a volar, niebla en Newark, lluvia en Roma, no hay aeropuerto en Bilbao, anoche lo borró ese mujer que nos mira, tan seria. Miro y remiro en las esquinas por si nos sigue.

Corre, corre.

Por cierto, hermosura, empiezo a tener miedo ¿estás segura que no nos ha visto subir al autobús?





A pesar de la sala sucia y oscura
de gentes y de lámparas luminosas,
si quiere ver la vida color de rosa
eche veinte centavos en la ranura.
¡Y no ponga los ojos en esa hermosa
que frunce de promesas la boca impura!
Eche veinte centavos en la ranura
si quiere ver la vida color de rosa.
El dolor mata amigo, la vida es dura
y ya que usted no tiene ni hogar ni esposa,
si quiere ver la vida color de rosa
eche veinte centavos en la ranura.


Raúl González Tuñón

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