Keigo Nakamura

viernes, 20 de abril de 2018

Lineal

Norman Rockwell, Easter Morning, 1959.


No sé si este oficio de vivir da para algo más que para el fugaz avistamiento del taller donde. Borroso, está borroso, el futuro es un hilo perlado de rocío temblando en un amanecer incierto. 
Pero amanece. 
Hoy.

 No le entiendo.

Llegó un momento en el que supimos que no había nada que entender, que las reglas de juego eran falsas, que las rayas amarillas del campo se pintaban cada mañana.
When a wake up in the morning que cantaban no sé quién, muchos, una imagen recurrente, encarar la/el mañana.

No me he levantado aún.

jueves, 19 de abril de 2018

La gallina



 Así pasan los días (y yo desesperando/y tú, tu contestando/quizás, quizás, quizás) en busca de la retórica que defina el vacío, el bostezo, refrenar el instinto de contarlo todo de golpe y la semana que viene ya veremos.  No, no lo vemos así, esto va día a día, goteando, administrando la voz.

Hay una certeza, la rutina mata la emoción, en lo cotidiano se pierden los temblores, todo ya es esta  absurda amalgama de palabras, es igual corazón, hígado o lo testicular, nada es nadie y yo qué sé.

Pero vuelva usted mañana (por favor).   

miércoles, 18 de abril de 2018

Memez



Ya lo decía Emerson: "Emplea el lenguaje que quieras y nunca podrás expresar sino lo que eres". Quiero decir que da igual estar aquí desde hace once años o desde ayer, al paso lento, al trote o al galope desenfrenado. Dejar textos oscuros,  emocionantes o preñados de irresponsable sensiblería. El meollo está en las expectativas, en el deseo, en la ambición, en la presunción de inocencia, en la desesperación del escritor por decir, en la alternancia entre subastero y gilí. El único personaje es el que lee, el que esconde los valores, el propósito de esto, el que busca redención o ternura, el que enreda su trama para que el conjunto de palabras no le parezca tan insulso, lineal, o sea una memez…

martes, 17 de abril de 2018

Toro negro.


En principio está el paisaje con árboles y el vacío, lo que no hay, elogio a la ausencia, águilas o música, hombres junto a la hoguera. 

En lo que hay y no se ve, detrás, una mujer  camina por un sendero (por cierto, en la mano derecha sujeta el extremo de un ronzal, el otro extremo pasa alrededor del cuello de un toro negro). 

Todo esto es folclórico, simbólico y onírico, a partes iguales.



lunes, 16 de abril de 2018

Lo angelical

William-Adolphe_Bouguereau_(1825-1905)_-_Song_of_the_Angels_(1881)

La vida soñada de los ángeles es un balancín rojo donde se mece a un lado la realidad, que es una señora delgada, desmemoriada, incómoda, absurdamente sentada en lo alto de los días, al otro lado  su pareja, el grueso señor de la mentira en tres dimensiones que mira sin ver.

Esas cosas raras de los querubines.

domingo, 15 de abril de 2018

Trapecio.





Lector es el que lee, escritor es el que escribe, la existencia la marca un reloj desenfrenado. Un día cualquiera, para cuando te quieres dar cuenta, estás subido en un trapecio de colores, cabeza abajo, emulando a Pinito del Oro, un suponer. 

Un resbalón puede ser fatal. 

Y te caes, claro. 

Ploff.

sábado, 14 de abril de 2018

A ver qué lees que te estoy grabando.



¿Qué quiere decir esto que digo/dije/diré?, pues yo qué sé, dije y digo y varios días después lo entiendo. Curioso. Es así. Suerte y desgracia. Transitar por lugares llenos de símbolos y recuerdos, llevar de la mano el afán y una llave. La inspiración es un caballo que a veces corre por otras praderas. Se lo dije a no sé quién, esto no es lo que quiero escribir/decir/compartir, pero las palabras/ideas/sentimientos han saltado por una ventana y temo estrellarme con ellas en el silencio negro de la noche, el olvido y objetos en espera del próximo dueño. «El silencio es retórica de amantes», escribió Calderón, pero los amantes se han jubilado y pasean por playas diferentes y apenas hay obras públicas que dirigir desde detrás de la valla, mirando el trabajo ajeno. Olé.


viernes, 13 de abril de 2018

Campanas al vuelo

Pulpo Facebook comiéndose usuarios desprevenidos. 

Señoras y señores, pues eso, lo único que está claro es que Aquí somos muchos, que dedicamos tiempo, ilusión, esfuerzo, que nos copiamos y pegamos pedazos de la mente y el corazón, desde ilusiones  y recuerdos hasta traumas y decepciones, incluso imaginación, noticias, mentiras. Y mucha música, la que nos gusta y la que gusta a otros.

Tampoco es para echar las campanas al vuelo, no vienen feligreses, cada uno en su propia iglesia, a nadie le importa nada más que lo suyo.

No hay Mesías, eso es lo bueno, esta es la absoluta igualdad, la misma talla, los mismos derechos, agrupémonos todos,  esta es una democracia perfecta, todos pensamos, todos sentimos, todos somos guapos y anónimos, no hay edades, no roncamos, vivan las redes sociales y el padre supremo que las inventó, viva  Zuckerberg (ya ves, con esa cara).


Qué se habrá creído.

jueves, 12 de abril de 2018

Tiempo normal




Robert Capa1-Barcelona, Enero, 1939

El muerto estaba en un cruce de caminos; no llevaba uniforme; tenía la cabeza destrozada; su sangre se había secado en el polvo. Nuestro perro ladraba y corría arriba y abajo por el prado. Juan lloraba y Susana nos abrazó. Me gustaba el olor de Susana, tenía unos pocos años más que nosotros y su cara era como la de una virgen de misal.

Para alejarnos de la ciudad, nuestra madre nos llevó al caserío del abuelo y nos dejó al cargo de los guardeses. Apartándonos de las calles pretendía ponernos a salvo de los saqueos, de la violencia y de la brutalidad de la guerra en la capital.

Nuestra habitación estaba sobre el establo. En una esquina, por un agujero entre las maderas del suelo podíamos ver las vacas, los bueyes, resignados, casi inmóviles, a veces mugían y nos despertaban. También nos despertaba el canto del búho, los chillidos de los cerdos y los pasos en el altillo. Hacía frío y hasta la incómoda y ruidosa cama de muelles nos llegaba el fuerte olor de los animales. Juan añoraba a mamá y no entendía por qué nos habían dejado solos. De nuestro padre no hablábamos nunca. Los asalariados nos ignoraban: el hombre pasaba el día en el monte; la mujer, siempre seria, tosía entre el alboroto de las gallinas; era su hija Susana la que nos cuidaba y preparaba la comida, la acompañábamos cuando llevaba a pastar a las vacas.

Los días eran largos y aburridos. Nos daba miedo el bosque, la oscuridad, el graznido de los aguiluchos, los conejos, el gallo grande, bajar al prado junto al arroyo, el barbudo vecino de la casona en la hondonada y las sombras de los árboles detrás del granero. Sobre todo temíamos al hombre que venía a veces a cortar leña; procurábamos no tener ninguna relación con él, un individuo mal encarado que una mañana me riñó porque me había subido a un manzano, blasfemaba y dijo no sé qué sobre los niños ricos.

El grupo de hombres armados caminaba hacia la cantera, gritaban. Susana nos escondió detrás de unas zarzas y allí estuvimos tumbados mucho tiempo, con la cara entre la hierba, atemorizados. Entre temblores, sentí algo especial con la mano de ella en mi cabeza.

Sentados junto a la fuente, mientras los animales abrevaban, vimos pasar varios aviones en dirección norte. Susana no sabía lo que era el norte y se lo expliqué. A cambio ella nos habló de cómo orientarse en la oscuridad siguiendo las estrellas. Esa noche, asomados a la ventana, a lo lejos, desde detrás de las montañas nos llegó el resplandor de los bombardeos sobre nuestra ciudad. Nos dormimos muy alterados.

De madrugada me despertaron unos sonidos que no podía reconocer. Me tumbé junto a la pared y por el agujero del suelo miré entre las maderas. En la oscuridad, sobre un montón de paja seca y hierba cortada, distinguí unas piernas blancas, abiertas, desnudas. Después pude escuchar unas palabras groseras del leñador mientras se acercaba y pude ver sus nalgas moviéndose arriba y abajo sobre los gemidos y las risas nerviosas de ella; el hombre, al cabo de un rato, soltó una imprecación y quedó quieto sobre Susana que miraba al techo con ojos tristes. Estoy seguro que ella pudo verme.

A la mañana dije que me encontraba mal y me quedé en la habitación, no subí a los pastos. Desde entonces los días fueron aún más largos y más tristes. No volví a hablar con Susana. El sábado siguiente, nuestra madre vino a buscarnos y un tren lento nos llevó hasta Barcelona, donde vivían los abuelos.

Han pasado tantos años y aún recuerdo aquella madrugada y la mirada de Susana cruzándose con la mía.

Y además perdimos la guerra.


miércoles, 11 de abril de 2018

El puente


En esta primavera discontinua, en este miércoles que brota a destiempo después de una semana de dolores, sorpresas, cambios, fin de privilegios, de mensajes ocultos en el revés de la mano, de llamadas, voces de otros tiempos, demasiado para el destierro, para la fiebre, para los susurros en el pasillo, la camisa abierta enseñando la herida, la vida arrasada por el accidente, el esfuerzo del cuerpo, tan frágil, ahí abajo los esbeltos árboles del parque, con gorriones, bajo los bancos verdes gatos que alguien ha abandonado, el desarraigo, sin alimentos para las bocas diminutas que se dibujan en el aire como en un cuadro de Brueghel. Debemos llegar al puente pero ¿cómo? 

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