La elocuencia no está en el que habla, sino en el que oye; si no precede esa afición en el que oye, no hay retórica que alcance, y si precede, todo es retórica del que habla. (Fray Martín Sarmiento)
Se apagaron los cuerpos y el amor se volvió transparente, se nos fue de las manos, flor deshojada que flota en el río. El agua, que era luz, se volvió sombra, noche extrema que fluía por las riberas de la soledad, tan dura, tan larga.
Interpreto las miradas de ceniza y extiendo palabras como hilos de cobre temblando mientras busco la rama donde asirme, el ruido en la buhardilla, el de la madrugada, una habitación saturada de profetas, el verbo pálido, el incansable frío desde las semillas derramadas.
Me aburre el temblor de mis labios al musitar ese nombre en las alcobas con ancianos desolados, ebrios de monjas y visitas de familiares lejanos, de candidatos a una firma, un código, un lugar, ahí está enterrado. Por eso van, los viernes, aún esperan un gesto, un cabeceo, el índice señalando, una herencia. No.
Estas cosas dicen que digo, que escribo, que dejo aquí sin importarme el rubor, el nombre, sin tener en cuenta que los días se hacen más cortos y el otoño.
Me gustaría que creyeras que esto es el irrisorio juego de las compensaciones con que consuelo esta distancia. Sigue entonces danzando en el espejo de otro cuerpo después de haber sonreído apenas para mí.
(Cortázar)
No llores, reina de mis sueños, en un patio de tijeras y mariposas desde donde antes escuchaba tu voz cantarina y hermosa. No ahora que estoy sereno tras un día lleno de visitantes melancólicos, ancianas aún buscándose, adolescentes cansados. Recorro con el dedo un rastro imaginario de salamandras y ternura.
No llores, no cualquiera goza de un milagro. Nosotros sí. Yo sí. Y tú, espero, porque te quiero cuando gimes sobre mí y antes y ahora que pasaba el tiempo y no te tocaba, solo te escuchaba por el teléfono, tal parece que vivimos en países diferentes, no parece que me asomo a la ventana y te veo, ahí enfrente, atareada, limpiando tu casa, un patio de vecinos nos une, la maceta de geranios, una señal que anuncia la fiesta, salir alegre a la calle, dar la vuelta a la manzana, subir apresurado las escaleras, eludir a las comadres, amarte durante las horas de colegio de tus hijos y la compra en la plaza, Julian, tu marido que tanto viaja y trabaja, el recurso de mi amistad con él, ese que ahora entra, ese que se acerca confuso y titubeante, que me mira desnudo sobre su cama, sobre su esposa.
No llores, ya no. Te lo dije, algún día se iba a adelantar. ¿Ves? no ha ocurrido nada. Y Julian y yo te amamos tiernamente, te acariciamos con aplicación, con la total dedicación de dos hombres enamorados, con la justa equivalencia de una amor compartido. Te queremos.
“¿Sabes los nombres de las estrellas, sabes qué pájaro vuela sobre tu cabeza y qué flor es la que se abre? Si no lo sabes, la angustia que produce no saberlo es un campo muy válido para el artista. Además, cuando uno aprende algo, es una buena cosa recuperar el estado de ignorancia original”. (Bajo el volcán.-. Malcolm Lowry)
Nunca mais, reina, que si fuese de un país tropical no sabría en este momento si estoy subiendo, bajando, si estoy arriba o si me he despeñado por el mullido acantilado de tu cuerpo como una hoguera, ay, que no se puede querer tanto, que no, que estás dentro de mi piel, como un bichito bueno que me recorre las venas, haciéndome cosquillas, ruiseñor, habitante del planeta Deseo, muñeca con estuche de lujo, mujer fatal, princesa de los cuentos de a 0,20, dama con sombrero, no me dejes solo esta noche que se me hielan los dedos, que me escondo debajo de la parra, que te como, Gargantúa nunca saciado por tu cuerpo que crece y crece, me asustas, giganta, que hoy me dejas como a un gnomo bajo el hongo, soportando el chaparrón, tu tormenta, tus ojos cerrados, tus piernas apresándome, tus brazos liberándome para que te acaricie como un cortador del césped de septiembre, cuando nacen los girasoles y mueren los viajes contra una carretera sin curvas, edición limitada, que me asustas, hembra, no se puede amar mejor, no se debe, que pareces una canción de Dylan, un poema de Brines, Madonna que no canta, mujer morena que me mira desde el fondo de sus ojos, desde detrás de sus ojos, desde un profundo agujero donde no hay oxígeno, una sima donde me quiero tirar y salir al otro lado del mundo, en un geiser, junto a la muralla china, por el cráter de un volcán, bajo las enaguas de una geisha, entre los perros ladrando a la luna de no verte esta noche, amor, desmemoriada, la maquinista del tren de mi amor, la mujer que me sorprende cada día ¿algún día te quedarás dormida?, ¿algún día podré velar tus sueños? (sí, lo juro) ser un pintor encalando tus paredes, un jilguero cantando en el alambre donde cuelgas la ropa, un espíritu silbando en el anillo, una botella medio llena, un zorro escondido en el bosque, un labriego mirando al cielo, un cielo mirándonos, mil cien estrellas titilando esta noche porque nos amamos de tal manera que los dioses están enfadados, celosos. Ya (te quiero).
Es ardiente el pasado, e imposible: breve noche de amor conmigo mismo.
( F. B.)
Hay temas delicados, difíciles de tocar sin alterar el equilibrio, el silencio, el borde de las heridas aún abiertas. Sobre todo cuando los que leen saben, o han estado en el mismo barco, o se marean con la marejada, o leen con microscopio. Pero un orgasmo no se inventa y ya pueden salir a buscarlo con candil o con encajes, siempre hay personas con voluntad -o había, que hace mucho tiempo que no-.
La vida sigue por inercia, hay un horizonte asumido, el balcón está cuajado de flores y confesiones, pero es difícil, lo sé, sobre todo si el/la que quiere, no quiere. Con todo, un orgasmo no es un privilegio mecánico, o eso parece, por eso hay que buscarlo en un diván. Aunque –no te rías- si no se encuentra sobre una cama es absurdo mirar debajo (de esa misma cama o de otra), o detrás.
Los poetas se odian y se admiran, desalojan la ternura y abordan por estribor al menor indicio de tormenta en lontananza. Aún así esto no es una carrera de cucarachas y ganan los que ganan, siempre los más rápidos, los más resistentes, los más osados. Parábola del que escribe y conjura los miedos intentando ser otro sin dejar de ser él, vivir lo que no vive, inventar escenarios nuevos llenos de colores, ordenar así –ya- y que todo pueda pasar. Queda por definir el matiz ese del orgasmo.
En resumen, que el corazón tiene una línea directa con y que la búsqueda del orgasmo está más cerca del centro del cerebro que del centro del clítoris, aunque también.
Final: que sí, que justamente eso era lo que ya sabíamos.
El pasado mes de agosto se me fue mucho la pinza. O no.
No recuerdo con qué nombre guardé lo que había escrito para colgar hoy. Ni dónde. Huy, estoy peor. Tampoco era una obra cumbre de la literatura pero era lo de hoy. Me estoy volviendo loco buscándolo, carpeta por carpeta. Nada, ni flores. Hala, lo dejo, ya lo encontraré. Os deseo un buen domingo.
Comparto este poema de Isla Correyero.
Las medias blancas.
Tengo unas medias blancas de encaje que me pongo cuando me visto el traje negro de los recuerdos. Son unas medias finas, hambrientas de fantasmas que hacen juego con los pájaros interiores, oscuros.
Las piernas, penetradas por estas bocas blancas, levemente se abren con signos vegetales.
Los hilos amanecen mi piel, brotan, perdiéndose, entre los elevados pensamientos más íntimos.
En derredor: imágenes de ocupación pelviana, soberbias latitudes desde el puente atestiguan la entraña y las enaguas levantadas al vuelo.
¡Qué holgada está la tela de la falda de flores, la rodilla suavísima con olor a naranjas!
Por los muslos se agrandan los dibujos henchidos, son copos invisibles calcinando altas cumbres. Me infunden sobresaltos, me clavan dulces flechas, tan finas son las mallas que saltan los engarces y hasta el ocre desierto los poros me rezuman feroces desatinos, presagios entreabiertos.
Siento flores y manos crecer entre las piernas y más arriba el musgo tapando el azulón vellón de la albufera.
No podría ponerme estas medias sabiendo la gracia que se esconde, generosa, en tu boca. Espumosas persisten, sin causa me rodean, temibles de tu roce, sin fatiga, explorando.
No sé cómo mirar para encontrarte, horizonte de amor en que me excito, distancia sin medida donde habito para matar las ansias de tocarte.
No sé cómo gritar para llamarte en medio de mis siglos de infinito donde nace el silencio de mi grito movido por la sangre de buscarte.
Mirar sin que te alcance la mirada sangrar sin la presencia de una herida, llamarte sin oírme la llamada;
y atado al corazón que no te olvida, ser un muerto que tiene por morada un cuerpo que no vive sin tu vida.
Elías Nandino
Esperar a los bárbaros que nunca llegan, pasar los días como un personaje de Buzzati, a la espera de enemigos invisibles, desconocidos.
Consumir los días renunciando a todo lo que no sea esa espera.
Mientras, la vida pasa en medio de nada, con irrealizables planes de futuro y vanas nostalgias.
No llegan los bárbaros pero por el sur la aldea se ha llenado de osos y están los herreros suplantando puentes, inventando cuevas, corriendo por las calles donde gira el viento. Por eso me voy con los niños que no esperan, que juegan con sus tizas y dibujan las rayas blancas que separan lo real de jirafas estremecidas, gatos que sueñan con tejados interminables y niñas con trenzas de colores. Vendrá el invierno como un intruso y estaré en el camino, siguiendo la estela Ha huido la seguridad de las cebollas y ahora estoy seguro que nunca vendrán.
…y mira con cuánta risa
el blanco lirio en camisa
se está burlando del hielo
(Góngora)
Pronto llegará el otoño. En esta mañana gris me encuentro confundido. Dudo entre salir a pescar ballenas o dejar que me trague una de ellas, recorrer en su vientre las profundidades de los océanos, las simas abisales que aún no conozco, rastrear las incógnitas submarinas.
De golpe recuerdo que apenas sé nadar y opto por mecerme en un mar de ardentía. A lo lejos una sirena canta “porque ha perdido una perla llora una concha en el mar”. La nostalgia me atrapa como un pulpo gigantesco y el paraíso de mi infancia va y viene entre inmensas olas de caricias maternales, ternura de mis abuelas y dulzura de mis tías. Sobre esas olas, en una pequeña embarcación de recuerdos, navegan mi padre, abuelos, tíos, los hombres de mi familia con sus voces graves, los que reían a carcajadas, me llevaban de la mano y decían que los chicos no lloran.
Seguí su ejemplo durante años, cambié mi voz, me negué a llevar camiseta de tirantes y boina, reí, no lloré. Y así la vida fue pasando con una elegante y apasionada serenidad. Hasta que llegaron las muertes, la nada. Entonces no lloré, no sabía.
Un día cualquiera, no recuerdo la causa, pudo ser un amor no correspondido, una partida, un regreso, el sufrimiento de un niño, el desvarío de un anciano, la acumulación de sentimientos, no lo sé, no lo sé, pero fui otro, y yo, supe, olvidé lo que me habían enseñado, aprendí. Y lloré.
Jonás me toca el brazo y me invita a seguir remando, a dejar de soñar. El mar se encrespa y contamos gaviotas en vuelo, la costa está cerca y en la playa distingo cuerpos de león con cabezas de hombres barbudos, tumbados, alados. No sé si hemos llegado a Mesopotamia o el problema es que no sé cómo continuar. Lo dejo por hoy.
Septiembre es/será un mes duro al que me cuesta enfrentarme –como a ti, como a ti, como a ti- pero estoy seguro que para cuando queramos darnos cuenta será diciembre y añoraremos este tiempo de cambio.
Ardentía es una reverberación luminosa que se puede ver en el mar, que se percibe, generalmente y de mejor manera, durante las noches de luna llena y que además sirve de guía a los pescadores, pues se trata de una señal de que hay peces cerca y sus jornadas dependerán del tamaño de la ardentía. Este fenómeno se produce por la concentración de microalgas llamadas plancton, cuyos colores, ayudados con la luz de la Luna, dan paso a una explosión luminosa.Como si se tratase de fuego en el mar, por los brillos y colores que ella emana, la ardentía es resplandor, pesca y poesía, que se concentran en una sola manifestación de la naturaleza
Sin embargo, su irracionalismo era más telúrico que verbal, más dado a la libertad que a la gratuidad del lenguaje. Su riqueza no provenía del automatismo psíquico sino de una simbología filtrada en una oralidad ancestral. (Ángel L. Prieto de Paula)
Me pierdo en las páginas de un semanal, leo, veo, esas firmas ilustres me intimidan. Saben tanto, son tantos –y comen de ello- que a mis traumas aún no solucionados se une el de la incultura, el no saber, ay, prácticamente nada, llegar a la triste conclusión que a este paso, con tantas lagunas en el conocimiento, me voy a morir como un perfecto imbécil (o sea, como ahora pero más)
Su forma de rascar los estratos temporales como si la historia fuera un constante palimpsesto cortocircuitó el arte (dice F. Calvo Serraller sobre Cy Twomby)
Cy Twomby
Y eso, que, esos, nos enseñan, nos iluminan, nos indican el camino, de la mano nos guían por su parcial Olimpo, a machetazos de inteligencia abren senderos de luz en nuestra negra selva de ignorancia. Remando en la desembocadura de los editores- ¿Aún nos ha leído a Rafik Schami?-, nadando en los meandros de los productores musicales –las dos caras de Vic Chesnutt-, apostados en los aledaños de los galeristas –la mirada de Edward Steichen-, tomados del colega brazo del hoy por ti mañana por mí – Locus Solus de Raymond Roussel(1) -, ese derroche de cultura, tanto nombre ilustre, tanto listo, tanto gato disfrazado de liebre, tanto escritor vestido de gato, tanto cuento, tanta doctrina, el que se mueve no sale en la foto, se meten todos en un cuarto, cierran la puerta y se comen la llave. Y el que no, no.
Pues vale ¿qué le debo?
(Fernando Vicente)
(1) Es preferible que los colegas estén muertos y sean raros, que no se entiendan, que no haya que deber favores a nadie. Ni pagar royalties.
Con “Chega de saudade”, Joao Gilberto inaugura la bossa nova, ilumina Copacabana, la llena de música optimista, ligada a la naturaleza, al día.
Desde hoy, 1 de septiembre, voy a escribir –vivir- de otra forma.
De ahora en adelante te agradecería que (me) leas –sientas- con una mirada renovada.
La realidad –lo cotidiano (1)- está lleno de voces que al fundirse con las infinitas facetas de lo imaginado -¿lo deseado?- forma (rá) párrafos henchidos de luz ante los que el lector – tú, usted- debe (rá) enfrentarse al vértigo de optar por entender o simplemente disfrutar (2).
Hay más opciones, otras, grises, no te las recomiendo, si las escoges me tendrás enfrente, armado de voces y roces, te encontraré, no lo dudes, teme.
Pero no te asustes, ven, anda, lee, déjate de remilgos, esta es una página amigable, aquí no mordemos (3), este es un blog casero, familiar, de segunda mano, aquí no hay otro premio que la sonrisa, los amables comentarios, el cariño recibido, la constancia de que alguna vez, alguien, pilla de qué va el tema y me guiña un ojo (4).
Por eso voy a seguir, ya ves tú, renovado por los vientos atlánticos, revitalizado por las frías aguas oceánicas, por tantos acentos como he escuchado, por todo lo que he asimilado, disfrutado, sentido.
Desde hoy, 1 de septiembre, voy a escribir –vivir- de otra forma (5).
(1) Nada que ver con la imparable decadencia, con la desilusión, el desamor, con el dolor creciente.
(2) O aburrirse.
(3) Excepto que el lector lo solicite expresamente.
(4) Tengo un problema con los ciegos, nunca sé si han leído lo que he escrito o si he escrito lo que han leído. O si ven.
(5) Y no me refiero a escribir con la mano izquierda.
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