Carmen
Carmen tiene cuarenta años y es una mujer afortunada.
Eso piensa mientras escucha a sus tres hijos jugar por el barrio de casas bajas. Aunque no son muy estudiosos, nunca le han dado un disgusto y están sanos.
Su marido es un buen hombre, trabajador, no habla mucho, no es demasiado cariñoso pero en su último aniversario de boda fueron a cenar.
Carmen limpia de madrugada las oficinas de un banco, ya no se parece a Jennifer López pero por la calle todavía la miran al pasar. Tiene todo para ser feliz, aunque estos días está preocupada.
Cuando acaba la jornada, los niños viendo la televisión, su marido en el bar y el sol despidiéndose en el tejado, Carmen pasa a la casa de su vecina Ana. Allí, sentadas en la cocina, se cuentan sus alegrías, sus sueños, su aburrimiento. Ana no tiene hijos y su marido, que trabaja en una empresa de montajes, solo vuelve a casa los fines de semana.
Es julio y la temperatura es alta. Las calles están en silencio. Hoy han pasado al cuarto del fondo, el de Ana, y allí ojean una revista de modas. Tumbadas sobre la cama, hablan de artistas, de películas, del barrio. No se dicen nada nuevo pero disfrutan del frescor de esa parte de la casa, de esa charla que comprenden y comparten. Se sienten cómodas. Ana le mira, le dice que no parece que haya tenido tres hijos y, como al descuido, le acaricia las caderas. Carmen siente un estremecimiento y sigue la conversación. Ana juega con los tirantes de la bata de Carmen y le habla de algo que ella ya no escucha. Solo siente un calor intenso en la cabeza y escalofríos subiéndole por la nuca. Esa noche, en su cama, junto a su marido ya dormido, piensa en que no está bien que los dedos de su amiga le hayan dejado tan temblorosa.
Al día siguiente, a pesar del calor, Carmen prefiere quedarse en la cocina. Mientras se regalan confidencias permanece expectante, alerta, no sabe si Ana repetirá sus caricias. Se conocen desde hace años y jamás se había comportado así. Ana habla sobre los participantes de un concurso en la tele y dice que le gusta el chico moreno, el de Madrid. Se va a su casa y no ha ocurrido nada.
Ha pasado una semana, la tarde ha sido asfixiante, Carmen y Ana, sudorosas, beben un refresco y se cuentan los planes para las vacaciones. Pasan al cuarto de Ana, que imita a su marido cuando conduce la furgoneta, se sienta sobre la cama y hace gestos con los brazos. Las dos ríen. Carmen la empuja y caen sobre las sábanas. Están contentas. Ante sus carcajadas, Ana le tapa la boca con la mano, Carmen también pone su mano sobre la boca de Ana y sus miradas se cruzan, ahora están abrazadas y algo les detiene. Pero se miran a los ojos y lentamente se acarician, sin dejar de mirarse, se quitan la ropa, se tocan, se sienten, se buscan, sienten su desnudez, sus húmedos escalofríos, se encuentran sus bocas, se acarician los muslos, se hablan tan suave que el tiempo se detiene y Carmen vuelve a su casa con un extraño gusto en la garganta.
El domingo, Carmen, del brazo de su marido, pasea por el barrio. Saluda a los vecinos, distraída, porque algo intenso ocurre en su interior. Tenía todo para ser feliz pero ahora, esa felicidad son los atardeceres en la casa de su vecina. Y cree que no está bien, pero cuenta las horas que le quedan para estar en brazos de Ana.
Por eso estos días está preocupada.


















