Funeral.
Wilfried Bauer
Me olí los dedos, ella estaba en
las yemas, su olor me hacía temblar de excitación.
La luz entraba por las vidrieras,
se descomponía en colores rojos y verdes. Música de órgano, Bach quizás. Flores
blancas en el altar. Una señora enlutada esperaba su turno delante de los
confesionarios. Un hombre arrodillado frente a un Cristo sangrante. El
sacristán, supongo, comprobaba el micrófono del púlpito.
No acostumbro a frecuentar
iglesias, me deprime ese ambiente opresivo de vía crucis y santos estáticos, el
gran ojo omnipresente controlando mis actos, pensamientos, errores. Salí, me
quedé en el pórtico, viendo llegar a los familiares, a los amigos, a los
habituales de los funerales, mezclado entre ellos.
No conocía de nada al que había
fallecido. Solo sabía que aquella a quién amaba, aquella a la que había amado
hacía apenas tres horas, era amiga de la familia. Veía su cara con los ojos
cerrados entre mis manos, susurrando nuestra letanía de dulzuras casi
infantiles, los nombres que nos dábamos, la ternura creciendo hasta la pasión,
uniéndonos en un único cuerpo estremecido, tembloroso, brillando entre los
serios muebles de mi despacho, el lecho improvisado en el sofá donde se
sentaban los clientes, la puerta cerrada, sin pestillo, al azar de una visita
inconveniente. Te quiero, nos dijimos mutuamente en la despedida.
Aquel hombre de pelo gris era su
marido, ajeno a mi presencia, seguro y sonriente, hablando con unos y otros,
elegante, educado, mayor. Me coloqué cerca, serio, sin mirarle, un asistente más.
Escuchaba su voz. Este era el hombre que dormía al lado de mi amada.
Sentí una indefinible mezcla de simpatía, comprensión, complicidad, odio,
respeto, desprecio, me sentí una mala persona. En un momento nuestras miradas
se cruzaron y esbocé un saludo.
La misa estaba a punto de empezar
y en la puerta apenas quedaban rezagados. Entre ellos nosotros dos,
desconocidos, no imaginados. –Estoy esperando a mi hijo –se excusó,
sorprendiéndome. –Sí –dije -, estos chicos viven a otro ritmo. Entonces llegó
su hijo, unos veinte años, aquel de quién ella tanto me había hablado, su
principal remordimiento y obstáculo. –Encantado –se despidió el marido.
Absurdo, no nos conocíamos de nada, yo no estaba encantado, no sabía qué hacía
ahí, atormentándome, con la creciente certeza de estar enamorado hasta el
tuétano, era inútil mentirme en que todo aquello era sexo, no podía vivir sin
ella, la quería, la quería, solo para mí.
Tenía que escuchar su voz,
saberla ahí. Al tomar el móvil volví a olfatear entre mis dedos su olor
íntimo. Ocurrió. Despistado, obnubilado, quise cruzar a la otra acera sin mirar
a los lados. El coche negro, un taxi, me arrastró varios metros.
En la cama del hospital no sé
quién soy. Tú, yo, nuestro hijo, tu marido, el taxista, el que invento por
estar aquí, mi vecino de habitación que se está muriendo, el cura a los pies de
la cama, esa mujer que ha llorado, la enfermera que manda a todos salir de la
habitación o el hombre alto vestido de blanco que no conozco y que ríe, en su
cara hay una infinita crueldad. No tengo dolores, solo tengo miedo de cerrar
los ojos y no poder abrirlos más.


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