lunes, 18 de enero de 2016

Elena Francis


Distinguida Elena Francis, que le cuento. Resulta que cuando del tonteo y del usted se pasa (previa seducción por la palabra, el fuera de campo y otras artes marciales) al conocimiento personal, al tacto de manos, al beso en la mejilla y la voz en los pabellones auditivos y zass se produce eso que se llama atracción (llamémoslo como lo llamemos pero en la práctica son unas ganas de follar que te mueres y disculpe usted la franqueza) y por arte de birlibirloque esta circunstancia (follar) se produce y es como cuando la virgen con los brazos abiertos se aparece a unos pastorcillos sobre la zarza ardiendo, pues entonces, entonces, entonces. Que digo yo, tampoco es tan frecuente, que durante tiempos oscuros pensé que las mujeres tenían alma, sí, pero el cuerpo estaba ahí, inerte, que me sentía un necrófilo compulsivo y no con una ni con dos, que las advertencias de las monjas (cacho putas) han hecho mucho daño al acto que más que acto era una alharaca de manos como de palmero de Peret, de besos a labios fríos, de qué mal lo tenían que pasar aquellas mozuelas con un tío como yo en plena actividad que vi aquella película de Jane Fonda, Klute, y así las sentía (pobriñas) con gemidos fingidos y miradas al techo que, oiga, casi me vuelvo un imponente impotente, coño, que uno tiene su orgullo de macho bilbaíno y se empieza a preguntar que qué pasa que no pasa eso de que se desmayan con los ojos en blanco y gimen como la niña del exorcista pero eso fue hace mucho que ahora, ay, sí, ahora, lo de la virgen con los pastores, que tampoco voy a entrar en detalles pero, oiga, increíble. Punto. Pero resulta que del sex, al de un tiempo de sex, por mucho que se diga que a mí eso no me puede pasar y eso, se pasa al love y entonces, Doña Francis, maja, las pasas más putas (van dos) que en vendimia. Y ahí andamos, Elena, campeona, no sos vos (o sea ella) soy yo. Que aquí ando sin saber qué decir porque los adultos adúlteros piensan que esto a estas alturas ya no les pasa pero les pasa, joder si les pasa. Me ha pasado, Elen, cari, ¿qué hago? Sigo con Ama Rosa.




domingo, 17 de enero de 2016

Justo ahí.



Ya, de acuerdo, es una mala fotografía, pero justo ahí, junto a ese abandonado depósito de agua, di mi primer beso.

Y aún me canta en los labios.

(Ella dice que no lo recuerda, que lo he soñado)

sábado, 16 de enero de 2016

Parker sale por la claraboya.



15. Parker toma los escritos de estos últimos días, los muele, los tritura con la túrmix, los vierte en una jarra con agua, los remueve con un cucharón de madera, los mezcla, los cuela, los sazona y si queda algo es el poema, lo que era, lo que quería ser, esto que he dicho en su nombre.

Parker sale por la claraboya.


viernes, 15 de enero de 2016

Parker miente.


Ellen Kooi

14. Parker toma las palabras que guarda en su moleskine, en post-it, en los márgenes de recetas médicas, en papeles de viento, las junta, las revuelve con sus emociones íntimas, se miente, quiere engañarse y habla, vierte también eso que dice, lo que calla, lo que le duele en la lengua, las pesadillas, lo muscular, la bilis. Pura terapia.

jueves, 14 de enero de 2016

Parker baila.


Ellen Kooi

 13. Parker baila frente al océano del tiempo con algas marinas en la frente, le aplauden los cachalotes de la cultura, el cantor de la isla, un terremoto delimita las fronteras y el agua se cuela por las grietas vaciando las estrellas de mar y las anémonas, las palmeras se inclinan, un genio dormita en su botella, los caballos galopan en las olas y hay un temblor de nueces y de mármol.

miércoles, 13 de enero de 2016

Parker no ha ganado nada.




 12. Parker cuenta las monedas en su bolsillo y llega a la conclusión que con estas páginas en el viento no ha ganado nada. Es más, sabe que ha perdido el tiempo, que la historia, la suya, no se ha modificado, que ha dejado al aire las vergüenzas y que sus flancos son vulnerables a los cuchillos del sarcasmo, la ironía, cuando no a la descalificación y la burla. “Bah, no sabe organizar sus sentimientos, es un iluso, las velas de su altar se han apagado.” 

martes, 12 de enero de 2016

Parker duda, tiembla, teme.


Ellen Kooi

11. Parker duda ante la boca de la cueva. Nunca ha sabido nada de lo que ella es/era. Desde lo oscuro, quizás desde otra constelación, viene una voz. Desde esa negra profundidad suena terrible, tronante, tan lejana. Duda, tiembla, teme. Llegan mensajes del abismo que espera, paciente y cierto. Se inclina con dulzura ante la nada. El corazón se le rompe con un nunca que reverbera en las paredes del cielo con estrellas muertas hace millones de años. Jamás es ahora y lo sabe. La realidad se cierne y le deslumbra, es un instante puro. Un cuervo vuela con un anillo en el pico, los tigres dormitan, los milanos chillan, el alma se le anuda en el vientre, la felicidad tenía un ticket caducado, entra con lentitud en un pantano de cenizas y el sudor se cristaliza en el perímetro de lo ajeno. Da vueltas pero no sabe salir del laberinto. Mary le dice que debería consultar con un psiquiatra, lo cual no deja de ser una ironía ya que…Parker sabe que ha llegado demasiado lejos, para el coche en la cuneta y se pierde en los bosques de Luisiana. Hasta aquí. 


lunes, 11 de enero de 2016

Hoteles.


Paul Paede - Nu devant la fenêtre


El hotel de la Gran Vía. Su figura recortada en la ventana, fumando. Sus caderas. El humo saliendo por la ventana entreabierta. El atardecer. El ruido de la calle. Nosotros.

El hotel al lado de la M-30. Una habitación en un octavo piso. Escuchamos tambores. Nos asomamos entre cortinas, gozosos, desnudos, curiosos. Después se hizo de noche y lloramos.

El hotel cerca de su casa. Cuadros enormes en las paredes. Nos abrimos en canal, dejamos la cama perdida de sentimiento y confidencias, nos amamos tan lento que la hora llegó, súbita, debimos volver a lo que era.

El hotel con cortinas rojas en las habitaciones. Llegué y estaba la puerta abierta. Me esperaba sentada en un sillón con un vestido de seda azul con lunares blancos, pálida, ansiosa, se retorcía las manos. Nos besamos, era viernes.

El hotel en aquel barrio oscuro. Era barato. La habitación tenía un gran espejo frente a la cama. Nos amamos mirándonos. Volvimos al día siguiente.

La pensión en Vallecas donde nos abrazamos, allí donde la habitación desaparece, la ciudad desaparece, la vida desaparece, la corporeidad de lo espacial, el hueco, el vacío como elemento,  una reflexión, solo existe este ahora tan intenso justo cuando advierto que construir lo que ella me pide  es una cuestión de estructura, de cambio, armonizar la ausencia, equilibrar la distancia y esto es fácil de pensar cuando siento su piel junto a la mía, mi aliento en su espalda, mis manos como un flamenco dando palmas, el polen de mariposas amarillas cuando se inclina y gime, el aire, el viaje de mi lengua entre sus muslos, en una esquina de la cama se escucha el mar, huele a romero y tantas velas semejan un incendio, recorro con dos dedos su columna vertebral y no sé si sueño o estoy o da lo mismo, todo es igual, solo ella y yo y los jazmines en la mesilla, se ha derramado el búcaro y el agua, sus bragas en un brazo de la lámpara, una batalla sin victoria, una lucha sin exterminio, nosotros en una gruta, en un altar con ofrendas de naranjas agridulces y avellanas, con la tormenta de tener que volver, sin manantiales, sin exorcismos, sin pedir auxilio, en el monte y en el camino, sin rumbo ni norte, tumbados en la ribera del instante, cantándonos, hablándonos como niños…

Se hace de noche tan pronto, estamos en penumbra.

–Dime que solo me amas a mí, dime que soy tu mujer, dime que eres mío.

–Solo te amo a ti, eres mi mujer, soy tuyo.

Se cubre los pechos con la sábana en un gesto entre recatado y provocador.

 –Te ha faltado dinero para terminar con  alguna de las mujeres que te han amado.

Me sorprendo, nunca lo había pensado.

Fumo y doy vueltas a esa frase. Me levanto a buscar un cenicero, los gatos arañan la puerta.

Vuelvo a la cama.


Acaricio sus piernas, sus nalgas duras, su cuerpo que tiembla y brilla, yo también tiemblo y quiero hacerla mía de todas las formas, morder su cuello, ahogarla, su voz que me pide, que me incita, que me ordena, que me enciende aún más, busco mi cinturón entre la ropa y ato sus manos, fuerte, quito la funda a una almohada y tapo sus ojos, entro en ella diciéndole malas palabras, le digo que es mía, que mataré a cualquier hombre que quiera poseerla, ella dice no sé qué, no entiendo otra cosa que esta lucha por ser uno y de pronto el reloj, todo son urgencias, volver a casa como en un cuento infantil, el metro, despedirnos cada uno en un andén como dos desconocidos, esperar la siguiente llamada, la próxima oportunidad, me duele el alma, la realidad sentada en la cocina de mi casa, esto es lo que es.  

domingo, 10 de enero de 2016

Parker lee una inscripción.



Ellen Kooi

10. Tenía halo, el cuerpo de aquella mujer era inaccesible, una isla virginal en la mitad del lago de la pureza. Todos aquellos que quisieron llegar nadando hasta ella perecieron ahogados en el intento. En otro tiempo, Parker lo intentó, esforzado nadador de lo imposible, braceó sin éxito entre olas. Derrotado, se retiró de espaldas dejando gladiolos en el altar de sus convicciones, de su firme propósito de divinidad. Los sueños piden orillas pero con los años creció un bosque dentro de un bosque, de las nubes caían ranas, un meteorito acabó con los dinosaurios del jardín, los hippies se cortaron el pelo y Jimi Hendrix gustaba a las abuelas. En el 83 un diluvio inundó la ciudad, las aguas desbordaron las riberas y subieron, subieron, inundando las calles. Ni siquiera entonces apareció en lontananza un apóstol. Nadie señaló el horizonte para amansar la gota fría. El mar se retiró al mar, una paloma blanca se posó en lo más alto de una torre blanca, alguien escribió en sus muros, “¿Y si fuera solo sexo?” Por casualidad Parker lee esa inscripción, la repite, se lo pregunta bajo una catarata, lo grita entre los rosales, evoca los momentos en los que los brazos de aquella mujer eran una prolongación del paraíso, sus muslos eran la ciénaga donde se ahogaban las peores intenciones, encaramarse sobre su cuerpo era otear otro mundo, allí donde todo era posible. Entonces el agua se hace murmullo y sabe que ese es el castigo de los dioses. 

sábado, 9 de enero de 2016

Parker está al loro.


Ellen Kooi

09. Parker sabe  bastante bien lo que ocurre cuando ocurre, es decir el tiempo que pasa, es decir lo que pasa cuando pasa el tiempo. Nunca ha soportado que le digan lo que tiene que hacer y menos ahora con todo lo que está pasando. No le gusta perderse aquello a lo que cree tiene derecho, no por un absurdo concepto de lo que debe ser, pues no es, mira,  no pasa nada aunque sí pasan, pasan muchas cosas extraordinarias que pueden ser maravillosas, lo son. Parker se mira  espejo y ve a un señor lo suficientemente mayor para  no peinarse, que tiene toda la energía o la suficiente para ir, venir, subir, bajar y comerse el mundo, al menos la parte que le toca y se la come a pesar de sus obligaciones porque  es cumplidor, porque lo ha sido siempre y cuando hay que estar está el primero hasta que se apaga la luz y entonces es el mismo, también, diga lo que diga el cabrón de espejo, las gentes murmuradoras y todos los cardenales del concilio de Trento asomados a una barandilla de envidia. Parker recuerda aquello que le decía su abuelo: muerto el burro la cebada por el rabo. Al loro.

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