Se encontraron en una esquina de su vida hecha de retazos de rutina, allí donde nunca antes habían transitado. A ella le sorprendió la flor que el hombre llevada prendida a la chaqueta. Él aún no sabía que detrás de aquel rostro cansado estaba la mujer más bella del mundo. La noche se llenó de ranuras, se entretuvieron en acumular monedas de soledad antigua, el resto estaba ya escrito. Abrieron los ojos a la imparable invasión y dejaron las armas celosas en el hilván de un vestido de insomnio, entraron sin miedo en sus propios túneles hasta llegar a las fronteras de la intemperie, temblaron e intentaron el goce.
Amar y llorar son verbos que se complementan pero ellos estaban aún en un estado previo, antes de los centinelas de la cordura, antes del soborno de lo correcto, en las puertas del engaño a los espejos y los nombres, con la realidad adormecida, con ángeles desmemoriados que no sabían volar, con un conjuro bajo la lengua, niebla desgajada entre las flores heridas del porvenir, morada deshabitada, una cama al fondo.
Se quitaron la ropa con torpeza, con avaricia, arrinconándose en el temor al universo de las caricias, a la tentación del hambre de ser uno, caminando sobre arena y fuego y piedra, lámparas de deseo brillando en mitad de la habitación sin salida, con fragmentos de encuentros casi olvidados, torpeza entre las piernas enredadas, el vértigo en la nuca, los poros madrigueras de ternura, un abanico de palabras dulces. Fueron fiebre, hoguera, dos aventureros en las alamedas del nunca antes, melodía acompasada, rumor de algo eterno, desconocido.
Ahí están, amándose con apasionada inexperiencia, el hombre que descubrió un cielo rojo y la mujer más bella del universo. Esta es una historia vulgar, me niego a seguir contándola.