viernes, 13 de julio de 2012

Ahí nos veremos.


Desde aquí, salta, vamos, ocultos en los callejones de adoquines, oscuros, con un rayo en el pecho, entre las ropas, con un batalla en el corazón, feroz, sin prisioneros, pasando a cuchillo a los vencidos, estéril tragedia de tanto sentir, quimera rota en el espejo roto, ingenuas aventuras en la nieve, sus manos bendiciendo, posándose en mis labios torpes, cerrando con llave la puerta del retorno, milanos en el aire y no sé dónde esconder la furia, desarraigo a la espalda de lo único posible, vivir en el insomnio, guardar el Sueño para cuando, o antes, fundar un lunes que brille, un martes rubio, un alacrán de rabia en la mirada, simular naufragios en el llano, inventarse lo inconcluso, un horizonte, y seguir, arde la selva del alma y hay una estampida de emociones, la jauría no cesa y esta vez en la nuca destacan tatuajes de ironía, quemamos los puentes en invierno –qué frío ¿recuerdas?- y el retorno de la primavera nos sorprendió en el centro de las colecciones, fotos amarillas, ruido, pétalos entre las páginas del único libro, ladran los perros de la duda, quieren mordernos los riñones, el hígado, husmear el triste inventario, los recuerdos, nos siguen, no tan lejos, en la huida, hasta septiembre–dijiste-.

Ahí nos veremos.


jueves, 12 de julio de 2012

+ o -



Todo iba, más o menos, en esta esquina del aire.

Pero me entró la duda, no sé si escribo lo que siento o lo que no debo sentir.

Por eso altero el blanco con imágenes y música.



Creo que necesitamos vacaciones.

miércoles, 11 de julio de 2012

No es esto pero.



Era otro aquel que seguía a la mujer del vestido verde por las calles de un Bilbao oscuro.

Se escuchaba un lamento del viento en las alamedas solitarias, un paisaje de película alemana, el amanecer retenido por melodías de párpados, la luna pintando las esquinas con luz de espuma.

Caminaba a su espalda, a varios metros, absorto en el designio, guiado por un presentimiento, triste en el desconcierto de su vida de un lado a otro, ebrio a veces, loco otras, siendo sin ser las más, desterrado de la felicidad, sin encontrarla.

No se atrevió a abordarla, a decir, a preguntar su nombre, su destino, si podía acompañarla, simular un parecido, un pretexto, mentir.

En la plaza Elíptica ella subió a un autobús y ya.  

Pasa el tiempo y no se difumina su contorno, el aroma incierto de la ilusión, los pasos solitarios en la noche ideal del descubrimiento.

Esta es una historia sin fulgor, con cenizas y penumbras, empaña el brillo de los días. Además es absurda. Pero duele.




martes, 10 de julio de 2012

De sarcófagos.

CÁDIZ | Arqueología

Aniversario del  sarcófago que impulsó el estudio de la historia fenicio púnica.

Una guía explica la historia de los sarcófagos fenicios de Cádiz. | C. Zambrano
Una guía explica la historia de los sarcófagos fenicios de Cádiz. | C. Zambrano
Preside con aire señorial la sala de restos arqueológicos del Museo Provincial de Cádiz, que hace 125 años inauguró, cuando fue descubierto entre barro y rocas en unas excavaciones en los antiguos terrenos de los astilleros gaditanos. El sarcófago fenicio antropoide masculinoapareció el 30 de mayo de 1887 durante unas obras en la zona conocida como Punta de Vaca para levantar el pabellón de la Exposición Marítima Nacional.
Su hallazgo supuso la creación del Museo Arqueológico de Cádiz -fue su primera pieza- y profundizó en la historia de los antiguos pobladoresde Gadir. Su grado de conservación, pese a datar de la época púnica, 400 años antes de Cristo, sorprende al visitante, además de su tamaño. Con una longitud de 2,19 metros y 81 centímetros de anchura, el sarcófago alojaba los restos de un fenicio de clase social alta o incluso con algún tipo de cargo, pese a que se hacía acompañar por poco ajuar en su viaje a la otra vida.
Representa a un personaje masculino maduro, con cabello y barba bien arreglados, que sostiene en su mano izquierda una granada y en la derecha una corona de flores pintada. El personaje va cubierto por una túnica bajo la cual aparecen los pies desnudos.
El trabajo de la piedra indica la labor de un artista griego o fenicio muy helenizado, buen conocedor de las técnicas de los grandes maestros del arte clásico del siglo V a.C. Para celebrar su hallazgo, el Museo gaditano ha abierto las puertas a los escolares, que han participado en los actos organizados con tal fin. Han pintado, decorado y plasmado su particular visión del sarcófago fenicio masculino antropoide.
Una fiesta de cumpleaños para una pieza que sentó las bases de futuros hallazgos arqueológicos y, sobre todo, su conservación. Con el sarcófago antropoide masculino "se despertó el interés por la historia fenicio púnica de España", según Juan Alonso de la Sierra, director del Museo Provincial de Cádiz.
Casi un siglo después de su hallazgo, en 1980, se encontró un el sarcófago femenino, con el que descansa como pareja, aunque no tuvieron ningún tipo de relación, ya que fue localizado en puntos muy distantes de la ciudad, además de datar del 470 antes de Cristo.
La conocida como 'Dama de Cádiz' apareció durante unas obras en la antigua calle Ruiz de Alda, en lo que había sido la casa de Pelayo Quintero, arqueólogo y director del Museo de Bellas Artes de Cádiz entre 1918 y 1946, quien precisamente pasó gran parte de su vida convencido de que en el subsuelo de la ciudad, en alguna parte, existía un sarcófago antropoide fenicio femenino. De hecho, dedicó parte de su existencia a buscarlo, pero falleció sin conseguirlo y sin saber que el sarcófago femenino descansaba justamente bajo sus pies.
La conservación de sarcófagos antropoides es escasísima. Únicamente se conocen los de Sicilia (Italia) y los hallados en la ciudad libanesa de Sidón, que se expone en el Museo de Louvre de París. La mayoría de los investigadores piensan que las piezas gaditanas son importaciones del Mediterráneo Oriental o del sur de Italia, lo que confirmaría el destacado papel de Gadir en el mundo fenicio. No obstante, también se ha defendido la existencia de un taller local .

Escaramuza.


No tuvieron miramientos. Intentamos escapar por la puerta de la cocina, la que daba al patio, pero habían acordonado la casa. A empujones nos juntaron en el comedor. La niña lloraba, su madre intentaba calmarla. Nosotros disimulábamos nuestro miedo. No sabíamos quién podía habernos delatado.

Ordenaron que nos tumbáramos con las manos en la cabeza. No nos ataron. Tampoco hacía falta, siempre nos vigilaban dos o tres hombres armados.

Al llegar la noche escuchamos explosiones cercanas, gritos, movimiento de vehículos en el puente, luego silencio. Algunos se durmieron, yo no podía, repasaba una y otra vez las consignas que nos habían dado, dónde podíamos haber fallado. No hacía frío y al fin me venció el cansancio.

Me despertó John. Se habían ido, ni rastro de ellos. No hicimos preguntas. Organizamos el repliegue y en grupos de tres nos internamos en el bosque. Nadie hablaba. Todos sabíamos que alguno de nosotros había confesado. Quizás íbamos hacia una trampa. No teníamos otra opción, seguimos.

lunes, 9 de julio de 2012

Vulgar.


Se encontraron en una esquina de su vida hecha de retazos de rutina, allí donde nunca antes habían transitado. A ella le sorprendió la flor que el hombre llevada prendida a la chaqueta. Él aún no sabía que detrás de aquel rostro cansado estaba la mujer más bella del mundo. La noche se llenó de ranuras, se entretuvieron en acumular monedas de soledad antigua, el resto estaba ya escrito. Abrieron los ojos a la imparable invasión y dejaron las armas celosas en el hilván de un vestido de insomnio, entraron sin miedo en sus propios túneles hasta llegar a las fronteras de la intemperie, temblaron e intentaron el goce.

Amar y llorar son verbos que se complementan pero ellos estaban aún en un estado previo, antes de los centinelas de la cordura, antes del soborno de lo correcto, en las puertas del engaño a los espejos y los nombres, con la realidad adormecida, con ángeles desmemoriados que no sabían volar, con un conjuro bajo la lengua, niebla desgajada entre las flores heridas del porvenir, morada deshabitada, una cama al fondo.

Se quitaron la ropa con torpeza, con avaricia, arrinconándose en el temor al universo de las caricias,  a la tentación del hambre de ser uno, caminando sobre arena y fuego y piedra, lámparas de deseo brillando en mitad de la habitación sin salida, con fragmentos de encuentros casi olvidados, torpeza entre las piernas enredadas, el vértigo en la nuca, los poros madrigueras de ternura, un abanico de palabras dulces. Fueron fiebre, hoguera, dos aventureros en las alamedas del nunca antes, melodía acompasada, rumor de algo eterno, desconocido.

Ahí están, amándose con apasionada inexperiencia, el hombre que descubrió un cielo rojo y la mujer más bella del universo. Esta es una historia vulgar, me niego a seguir contándola.



Abrazos.









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