Ilusión.
Todas las escrituras presentan un aspecto de cerco extraño al lenguaje hablado. La escritura no es en modo alguno un instrumento de comunicación, no es la vía abierta por donde sólo pasaría una intención del lenguaje. Es todo un desorden que se desliza a través de la palabra y le da ese ansioso movimiento que lo mantiene en un estado de eterno aplazamiento. Por el contrario, la escritura es un lenguaje endurecido que vive sobre sí mismo y de ningún modo está encargado de confiar a su propia duración una sucesión móvil de aproximaciones, sino que, por el contrario, debe imponer, en la unidad y la sombra de sus signos, la imagen de una palabra construida mucho antes de ser inventada. Lo que opone la escritura a la palabra, es el hecho de que la primera siempre parece simbólica, introvertida, vuelta ostensiblemente hacia una pendiente secreta del lenguaje, mientras que la segunda no es más que una duración de signos vacíos cuyo movimiento es lo único significativo. Toda la palabra está encerrada en ese desgaste de las palabras, en esa espuma siempre arrastrada más lejos, y no hay palabra sino allí donde el lenguaje funciona evidentemente como una voracidad que sólo tomaría la extremidad móvil de las palabras; la escritura, por el contrario, está siempre enraizada en un más allá del lenguaje, se desarrolla como un germen y no como una línea, manifiesta una esencia y amenaza con un secreto, es una contracomunicación, intimida. (El grado cero de la escritura (frag.) por Roland Barthes)
¡Ole, ole!
Estaba sentado frente a la gruta, meditando, y al volver la cabeza la he visto. Temblaba al viento del crepúsculo, débil pero viva (¡viva!), la luz, su luz. Mi primera intención ha sido ponerme de rodillas y rezar, pero al repasar los dioses no he encontrado ninguno que fuese de mi gusto justo. Y no, no es cosas de desperdiciar plegarias con lo caras que se han puesto, al precio del azafrán.
He optado por gritar. Como un animal. He gruñido, vociferado, he chillado ante el asombro de los otros -básicamente los otros son esos que no soy yo-. Con ello he conseguido liberarme, descargar tanta tensión acumulada y quedar como una mala bestia ante mis remilgados compañeros de pupitre, pesebre y circunloquio.

Contra la literatura
No hay nada más inútil que escribir.
Nada más dependiente que los libros.
Pero Alberto me llama y me pregunta
"¿Qué te está pareciendo mi novela?"
Y yo le digo bien, salvo este punto
y el momento en que dice esto y aquello
y él escucha y anota y bien parece
que aquí estamos haciendo algo importante.
Quién pudiera vivir fuera de un libro,
juntar en un hatillo las palabras
y haciéndose a la mar decir "Adiós;
me voy para morir entre las fauces
de una auténtica bestia, les regalo
la curva de mi espalda, mis bolígrafos,
el impreciso sueño de la gloria,
la implacable derrota de mi olvido".
Ben Clark.
























