sábado, 19 de noviembre de 2016

La belleza no tiene normas



La belleza no tiene normas, no hay un manual de instrucciones para encontrarla, está más cerca de la mirada que del cerebro. El milagro si las tiene, normas, surge cuando se juntan sentimiento, sinceridad, ternura, un horizonte flexible, dos acróbatas, la música del alma y el atrevimiento de una caricia allí donde los símbolos pierden todo su valor. 

Ya lo ven, tan sencillo como fugaz. 

viernes, 18 de noviembre de 2016

Tipi- tapa Hacia vidas sostenibles.



Intento 1,7.



Quizás entonces no nos pusimos de acuerdo pero lo intentamos.

Hablábamos, mucho, nos decíamos, incluso pudiera ser que nos escucháramos más allá de nuestro propio eco. Pero un día nos encontramos los pulsos -ay amiga- y la oscuridad de su cuerpo dormido se convirtió en fulgor. 

Me quemé, torpe de mí. 

jueves, 17 de noviembre de 2016

Arrebujado



Arrebujado en el amanecer desnudo, con gavilanes heridos y cuadrículas de luz en el encinar, devastado como un jilguero que entrega su canto mientras atraviesa el fuego y las letanías, las alondras reverberan en el límite del bosque, resuenan cantos de taberna y aún con los labios heridos recito:

“Corta y triste es nuestra vida, y no hay remedio cuando llega el fin del hombre, ni se sabe que nadie haya escapado del hades. Por acaso hemos venido a la existencia, y después de esta vida seremos como si no hubiésemos sido: porque humo es nuestro aliento, y el pensamiento una centella del latido de nuestro corazón.

Extinguido este, el cuerpo se vuelve ceniza, y el espíritu se disipa como tenue aire. Nuestro nombre caerá en el olvido con el tiempo, y nadie tendrá memoria de nuestras obras, y pasará nuestra vida como rastro de nube, y se disipará como niebla herida por los rayos del sol que a su calor se desvanece. Pues el paso de una sombra es nuestra vida, y sin retorno es nuestro fin, porque se pone el sello y ya no hay quien salga.

Venid, pues, y gocemos de los bienes presentes, démonos prisa a disfrutar de todos en nuestra juventud. Hartémonos de ricos y generosos vinos, y no se nos escape ninguna flor primaveral. Coronémonos de rosas antes de que se marchiten, no haya prado que no huelle nuestra voluptuosidad. Ninguno de nosotros falte a nuestras orgías, quede por doquier rastro de nuestras liviandades, porque esta es nuestra porción y nuestra suerte.”


(Libro de la Sabiduría).

miércoles, 16 de noviembre de 2016

La noche era un limón



La noche era un limón y un viento ciego, agorero, me dejaba en los zarzales del aire, como un palafrenero sin carruaje ni caballos, un perro acosado por remolinos de melancolía, descontento, con una sensación de enardecidos gamos saltándome, sin respeto, con zarpazos en el declive de ser la mitad, o menos, de lo que fui, de haber sido, hace tanto.

martes, 15 de noviembre de 2016

Los curas, ¿llevan bigote?


Esta vida me puede, estoy lleno de interrogantes, agobiado, inmerso en ampliar mis escasos conocimientos. En mi ignorancia, en mi cabeza hueca, aunque no es el tema que más me preocupa, en estos momentos no recuerdo ningún cura que lleve bigote. Así, a botepronto, recuerdo algún misionero con barba, incluso alguna monja, pero con bigote solo, no. La verdad, no trato demasiado con el clero en general, pero usted ¿recuerda haber visto algún sacerdote que lleve bigote?

Ahora que lo pienso en los últimos años apenas hablo con curas. Esto me lleva a darme cuenta de la cantidad de colectivos con los que no tengo ningún trato. 

Con asiáticos, por ejemplo, me saludo con el encargado de un restaurante japonés que hay debajo de mi casa, pero aparte de decirle qué voy a comer, buenos días y arigatoo ありがとう, tampoco le digo mucho más. Una señorita con rasgos orientales, con apariencia de ser china, desayuna a mi lado en el bar de la esquina, sonríe mucho y sorbe el café, pero no nos hablamos. Ahí termina mi relación con asiáticos.

 
Lo mismo con los que tienen un color de piel diferente al mío, un acento distinto, otra edad, son rubios, saben más que yo, lo que es fácil, o menos, toman sidra, leen según qué periódicos, votan a, les gusta el rap, los adolescentes, los de otras comunidades, los de otros pueblos, los de mi pueblo, los que no son de mi barrio, la mayoría de los de mi barrio, los de mi escalera, las señoras de una edad, los árbitros, los que no recogen las deposiciones de sus perros, los que las recogen con guantes de plástico, los toreros, los fareros, los noctámbulos, los que cantan en un coro, las coristas, los solterones, los gatos pardos, los dentistas antiguos, así hasta mil colectivos con los que apenas tengo la más mínima relación. 

Incluso hay un señor mayor que sí lleva bigote y que me mira desde el espejo por las mañanas. A veces le hablo pero no me contesta. Se parece mucho a mi abuelo. Es curioso que a veces en ese espejo también está una dama cepillándose los dientes. Tampoco me contesta cuando le hablo.

Debo replantearme mis relaciones, ampliar mi círculo de amistades y mis conocimientos, mi cultura general, solucionar esta soledad, este ensimismamiento pero, sobre todo, en este momento me gustaría saber si los curas llevan bigote.  


lunes, 14 de noviembre de 2016

Inundaciones.



Después de la inundación, del desastre, de aquello que tú y yo sabemos, apareció una mujer.

No parecía real, por eso quise meter mi lengua en su boca, por eso quise meterme en su cuerpo tierno como una fruta roja y brillante, besar sus caderas y sus cicatrices, sus párpados, ser un caballo y un lirio, lluvia y sol, llevarla ente los maizales, darle a comer semillas olorosas, deslizar mis dedos entre sus labios alborotados. Añoro aquellos momentos,  cuando elevaba su voz como una oración, un rezo de esa atea que creía que estar sobre ella con los brazos en cruz era un sacrilegio y ponía ortigas en las ventanas, fieros mastines en el portón que el viento mecía en la casa donde empieza el mar. No sabía, sí sabía, que era un náufrago en su balsa, que había nadado ya en tantos mares que todo eso era apenas un tránsito, un trayecto, que jamás podríamos ser el uno del otro porque ni siquiera éramos de nosotros mismos, ni siquiera temblaba con las cartas que no le escribí, atareado en imaginarla vestida de rojo, desnuda en verde, humo y pan de ausencia. La niña que llevaba una camisa de hombre se convirtió en una mujer  con botones, a deshoras, bella, luminosa, terca y la arena del tiempo caía tan rápido que la parte inferior de ese artilugio que mide y dictamina lo que quedaba se fue llenando de calandrias y espuma, de un silencio que convirtió los vergeles en desiertos, arena, nada más que arena, tiempo.

En eso andábamos cuando llegó la siguiente inundación. 


domingo, 13 de noviembre de 2016

Enunciado.

  •  No sé leer, no sé escribir.
  • Un hombre de negro escribe lo que dicto.
  • Una mujer lee mi corazón.
  • Un niño me habita.
  • Tengo el 100 % de probabilidades de morir.
  • Hasta entonces, para no aburrirme, juego a vivir.
  • Amo sin cesar.
  • Soy un egoísta.

sábado, 12 de noviembre de 2016

Eso es todo



¿Quién escuchará la voz en la fría noche del desierto? ¿Quién nos protegerá del desastre? En las venas nos crecerán raíces oscuras, el alma se agrietará, nadie sabrá que fuimos, qué fuimos, quién fuimos, llevaremos un revoltijo de nada al oído de nuestra psiquiatra que nos mirará sin sonreír, esperando: neurótico obsesivo, son 60 €.

Y eso es todo.  

viernes, 11 de noviembre de 2016

Abismos.


Recuerdos, estoy lleno de recuerdos, esta página es un tenderete de recuerdos, no los vendo, los canto, los cuento, me los cuento, los invento, los toco en sus bordes, algunos afilados, estoy obsesionado con los bordes, sobre todo con los del abismo, dibujo bordes de abismo, algún día saltaré, miedo me da ese día. Ese abismo, tan negro ahí abajo. O dentro. Quizás sea ahí arriba. Te vendo un abismo.

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