domingo, 10 de febrero de 2008

Un año en Blogger.


Tenía en su pecé, un reino a cargo,
la web de su gastado corazón;
posó su lengua adulta en el pezón
virtual de la razón, pasó de largo.

Un link le remitía a un poso amargo,
a un triste teclear, a un comezón
antiguo, (terco dios aquel pezón
con la razón girando en su letargo).

Compuso a la sazón lo que sentía
sumársele a la red...un sueño largo.
(La música virtual sin alegría

caía lentamente en el embargo
amargo de la luz que lo envolvía).
Quiso salir del word y, sin embargo,

retuvo la razón...y aún es de día.

(Pablo Gonzalez de Langarika)


Desde hace un año - parece que fue ayer- casi cada día he arribado con mis escritos hasta esta orilla de Blogger. Un voluntario y voluntarioso ejercicio, con bastante trabajo, esfuerzo, dedicación y tiempo. Demasiado (eso me recriminan voces cercanas).

Intenté un blog literario y poco a poco he ido bajando a una tierra de nadie donde he mezclado escritos de lo cotidiano con otros de presunta literatura pintada de rayas verdes y rojas, sueños disfrazados de oropéndolas, vulgares poemas llenos de buenas intenciones, traumas de hielo, lágrimas de plástico, textos escritos aquí y allá, intentos fallidos de pequeñas obras mayores, desafíos, cuentos con trampas puntiagudas, con prisas, textos herméticos, insatisfecho afán de notoriedad, ascenso y caída de mis ilusiones, realidad del ahora.

Un año ya y sin embargo. Debe ser una celebración alegre, un tiempo de reflexión y fuegos artificiales y no lo es: el medio no era el mensaje y estoy bastante agotado.

En cambio he descubierto a los otros, a mis vecinos: escritores auténticos vestidos de humildad y luces; curiosas páginas flotando en el aire de los martes; retazos de vidas alegres o tristes o huecas o cárceles; huidas al buen tuntún; risas, pocas; añoranzas de carnaval y de esperanza; sabiduría; aventuras y experimentos con música de fondo; olores de ultramar; aburrimiento por docenas; ventanas al mar de la imaginación eterna; manos tendidas; manos suplicantes; hambre de tantas cosas; buenas intenciones escritas con palotes que saben a cielo; esbozos de tiempo detenido; torturas, también, para ojos impacientes; aprendices de nada; quejas; ruidos de fondo (¿me estás grabando?); cándidas propuestas de fraternidad universal; egos golpeando como campanas de catedral romana; vidas que interesan mucho a los que minuciosamente las describen; perlas brillando en un sembrado de coles; pasión desbordante; personas tan interesantes que dan ganas de salir a buscarlas y llenarlas de besos; personas tan mágicas que cuando se apaga la luz envían milagros, un camino, un ejemplo; amigos invisibles que te darían la vida; poetas escribiendo lo que les muerde dentro con dentelladas de fiera; poetas que enseñan de forma impúdica su verdad desnuda vestida de mentira; censores que se molestan por lo que leen y siguen leyendo y exigen recato y orden y que escriban entre sus límites; amor, y su necesidad, como para llenar océanos; blog´s magníficos para no dormirse nunca y leer y leer durante otro año y los que vengan, hasta la enhorabuena a los que leo, a los que me han leído, a los que me han comentado, a los que no, a los amigos, a todos los escritores de blog, a todos vosotros: Feliz próximo año de escritura y lectura desde esta página Glup 2.0. (Sigo otros doce meses)


Pedro


Berry


sábado, 9 de febrero de 2008

Remordimiento.

Yo no podré quejarme
si no encontré lo que buscaba;
pero me iré al primer paisaje de humedades y latidos
para entender que lo que busco tendrá su blanco de alegría
cuando yo vuele mezclado con el amor y las arenas.

(Lorca)


El remordimiento como una bestia parda hocicando en las entrañas de lo establecido, de lo correcto, de la norma.

Para calmar su furia ofrecemos sacrificios en el altar de la tradición; nos mortificamos con cilicios en los muslos del deseo; encadenamos el instinto en un sótano del edificio del recuerdo.

Me quito la camisa.

La culpa, el sueño y yo caminamos por la misma ciudad,
por diferentes calles,
esclavos de la soberbia,
del imposible milagro de los panes y los peces.
Es lo que es.

Me quito los pantalones.

No quiero hacer trampas en la blanca pared de cada día.
Me he comido las sobras del silencio, he apurado los posos del idilio, he rebañado el plato de lo romántico.
Aún está en mi boca el sabor de aquella comida.
Pero lo que fue, fue, historias, ya está todo dicho, no hay más que hablar, las cenizas están esparcidas desde los montes.

Levanto mi copa para celebrar lo que aprendí entonces sobre quién soy yo. De ese desconocido en mí que a veces sale, me habla, razona, rompe el espejo, quiere apartar de la puerta las piedras de la rutina, la abre, cauteloso asoma la cabeza, la cierra, se esconde, es.
Lástima tener una sola vida.

Este es un rincón perdido, obstinado, terco, sostenido en el extremo de un palo en equilibrio sobre la nariz de un malabarista con el culo al aire que repite salmodias y letanías, que ve girar atemorizado las ruedas del tiempo, que agita con una mano el sonajero del miedo y con la otra espanta las sombras de damas sin rostro. Algún día se caerá.

Un drama, la vida como un trayecto complicado por caminos embarrados, por vericuetos y trochas ahora que las autopistas están inundadas y la lluvia ha borrado los mapas, ahora que los refugios están cerrados y nos faltan nombres para los huracanes que vienen.

Cambiando de tema, hace poco me di cuenta que llevo mal las críticas, que he olvidado contar hasta diez, que he perdido números en el trayecto, que este puente se está llenando de transeúntes, que las aguas del río bajan turbulentas y que hace demasiado frío para escribir desnudo.

Decididamente, estamos en invierno.

O así.

Gracias por venir también hoy.

Esta ronda la pago yo ¿qué quieres tomar?



Kepa Junkera


viernes, 8 de febrero de 2008

Pea


¿Me quieres, Ana María?
Yo me he soñado que sí;
mas dudo que guarde impía
la ingrata fortuna mía
tesoro tal para mí...

(José Mª Gabriel y Galán)



Colgados de relojes como espadas, pasan los días en un laberinto de humo, como el pálido jinete que cabalga un sueño. Dejan la estela de nuestra insignificancia, el frío aliento de lo efímero, las señales del camino hacia la brumosa nada.

En el escenario, en el centro, frente a nosotros, bajo el espejo ardiente del alba, el personaje G. conversa animádamente con el otro yo que le habita y comparte. Es tan joven que alterna la infancia con la senectud – el misterio no está en la edad sino en la confusión-, tan humilde que es actor secundario de su propia vida, tan imperfecto que una multitud de esclavos taciturnos copian miles de veces no volveré a nacer mientras damas melancólicas arropan sus sueños, vigilan su dieta de achicoria y le exigen exclusividad y atención absolutas.

A su lado, desenfocada, sobre una piedra verde de musgo que sobresale entre el lodo, una mujer, con el rostro difuminado, le acaricia el cerebro con un bisturí. A medida que se aclara esa imagen -como en una película de Bergman- observamos que ese rostro femenino es el compendio de muchos rostros superpuestos.

A la derecha, sentado en el suelo, un bello Jekyll recita que busca respuestas redondas como panes y encuentra preguntas duras como piedras. Varios ciudadanos pasan a su lado sin dejar ni una sola moneda en el pañuelo extendido frente a él. Canta.

A la izquierda y al fondo, justo al borde de un barranco, cuatro caballos pastan plácidamente una hierba abundante, indiferentes al abismo y a la poesía que flota en el aire. Cantan los pájaros.

Un momento, perdone, lector ¿se ha percatado usted de la lírica absurda de esta historia? ¿No? Ale, ale, léalo otra vez. ¿En qué está pensando?. ¡Más atención, oiga! –

Bien, contaba que este día, hoy, una mano surgió entre las nubes y un gigantesco dedo índice señaló al personaje G. mientras una voz tronaba en el cielo y decía - Escribe relatos para el blog Glup 2.0. Y G., obediente y crédulo, abre el baúl de las emociones, da vuelta al reloj de arena, muerde el fruto de la audacia, firma un manifiesto apoyando la eterna rebeldía ante el Poder, prepara los rudimentos del ilusionista, enciende una vela a Zeus, desayuna la ración de Prozac de los lunes, revuelve con una cucharilla de café el oscuro aroma de la soledad, sube al bajel ebrio de Rimbaud y la imaginación sale volando enredada en las garras de un pterodáctilo.

Por cierto, ¿ha leído usted “El Perseguidor” de Cortázar? ¿No? ¿Y qué hace aquí mirando esta sarta de incoherencias, esta colección de lamentos pasados de moda? ¡Rápido! corra a la librería de guardia más cercana.


Final del cuarto acto.

Julio Cortazar - El Perseguidor


jueves, 7 de febrero de 2008

Cuatriobra. Intimidad que no intimida.



“Me hundiré en la palabra,
cercada por la voz.
El silencio
abre anillos de agua.


(Lola Velasco)






Diez.

En los televisores del país, ahora en una pausa publicitaria, no se puede ver el cañón de la pistola que apunta a la cabeza del Realizador; no se puede escuchar la voz que le ordena que ya, que basta, que cambie, que esa historia ha terminado y esto es la vida real; no pueden sentir el tremendo dolor del Realizador al recibir en sus finos dedos un golpe seco con una barra de hierro, otro golpe en la cabeza que le hace desplomarse inconsciente, incapaz de detener al hombre enfurecido que destroza los monitores, uno tras otro, que vierte un líquido inflamable sobre la mesa de mezclas y todo comienza a arder detrás de él mientras sale como un ángel vengador, entre llamas y cristales rotos, encañonando, empujando, apartando a los guardias de seguridad que no pueden detenerlo. Pero ahora vuelve la conexión y los televidentes pueden advertir desde un plano fijo, único, la presencia del justiciero que abre de una patada la puerta de la sala tres, que dispara una y otra vez sobre la espalda de un sorprendido Circus y no hay rótulos y no saben quién es ese hombre que desbarata su programa favorito, que envuelve el cuerpo desnudo de la mujer en una sábana y sale con ella en brazos mientras a su espalda suenan explosiones y sirenas de alarma; fogonazos como fuegos artificiales invaden los pasillos antes de perder la imagen y perdonen la interrupción y permanezcan atentos a la pantalla y pluf, todo negro, y zapping y los servicios informativos de otras cadenas comentan la noticia de la explosión de la televisión Única, del derrumbamiento de su edificio principal, que no hay supervivientes, de la posibilidad de acción de un grupo extremista, que sigan atentos a las novedades, que un coche malva y sospechoso está siendo perseguido por la policía por el centro de la ciudad, que no salgan de sus seguros domicilios, ¿dónde van a estar mejor?, esas cosas.

Bajo la capucha se escuchan los gemidos de la mujer que se estremece, que llama al hombre que entra en ella susurrándole al oído: “Cariño, ¿no podemos hacer el amor como todas las parejas?" Y abrazados, se besan sobre una inmensa cama de matrimonio con absurdas sábanas negras.


Final ?

Marilyn Monroe


miércoles, 6 de febrero de 2008

Cuatriobra. Belerofonte.



Objeto del odio de los dioses, erraba solo por la llanura Aleya, el corazón devorado por el dolor, evitando las huellas de los hombres. (Ilíada VI,200)




Nueve.


(...sigue) Precisamente esos dos nombres brillan ahora, consecutivos, en un rótulo bajo la imagen de la mujer, de los ojos sorprendidos del Realizador que por una vez ha perdido el dominio de la situación. Las rayas de colores se han detenido en los ordenadores y no se reciben llamadas. Su dedo duda entre varios pulsadores de la fila superior. Tras unos segundos de vacilación se decide por el amarillo. Un hombre camina con paso lento por el pasillo, las cámaras se recrean en sus abultados pectorales, en sus bíceps poderosos, en su cuerpo fornido y vigoroso. Cuando traspasa la puerta de la sala tres el rótulo se ilumina: Raimundo Circus. Y los indicadores se alteran, se mueven, suben, bajan. Circus se reclina junto a la mujer, sin tocarla. Espera como un escorpión bajo la piedra, atento, cruel, con un rayo negro en su cabeza donde no llega la luz de la piedad, de la inocencia. Las cámaras eluden enfocar su pene flácido, lánguido, ridículo entre tanta masa muscular. Cuando una luz se enciende en la pared sonríe y sus dedos serpentean por la espalda femenina, rozan sus caderas, se demoran en los glúteos, acarician las piernas, tratan de lograr un suspiro en esa boca quieta.

La mujer no se mueve y sus labios están deformados en una extraña mueca, no siente su cuerpo y su cabeza se ha convertido en un inmenso cruce de caminos por donde transitan las vendedoras de cebollas que buscan el rastro perdido, unos monos paseando por una cornisa, un diablo manco, cornudo y tentador, un segador con una serpiente enroscada en su brazo, un perro persiguiendo a un gallo, una zona gris lindando con otra de colores Kandinsky, el pavo real del parque, orgulloso y atento. Pero, de pronto, ¡zut! en ese cerebro que alteran los alquimistas se ha encendido una bengala de peligro y capta la impresión del instante, se ve tumbada sobre una mesa entre ávidos jugadores de cartas y se incendian las ciudades invisibles de su mente, asiste a la matanza de los inocentes, toma entre sus brazos la palma del martirio y entra en la rueda de cuchillos y espadas dispuesta a inmolarse en la piedra del sacrificio, se siente como Dora ante el Minotauro. Y teme, porque ahora sabe que está viva.

(continuará...)

Allegro Non Troppo


martes, 5 de febrero de 2008

Cuatriobra. Esgrafiados.

Agosto es un caballo del color de lo cierto, la vida sabe a sed en mitad de la tarde, cuando un hombre ha cumplido todos sus sueños huérfanos y existir es tan sólo usar jabones de otro. Un ramo de domingos arde entre los recuerdos y una red de familias se entreteje desnuda, pero me sobra el cuerpo, me sobran las palabras, hay un sobrante de oro temblando como un poso. Agosto es un cristal donde se quema el tiempo, la luz dice despacio su gloriosa mentira, y estoy aquí, cumplido, sin frutos ni trofeos, como un agua parada que el cielo no se bebe. (Francisco Umbral)


Ocho.


(...sigue) Música de guitarras, sentado en el centro de una sala atestada de monitores de televisión, el Realizador selecciona en su mesa de mezclas las imágenes que le transmiten las múltiples cámaras de control repartidas por el edificio Única. En este preciso momento, desde diferentes ángulos, en todas las pantallas se proyecta la sola imagen de una inmensa cama con sábanas negras y sobre ella un desnudo cuerpo lácteo de mujer. En el emisor principal se observa una lágrima deslizándose sobre su rostro. Con sus finos dedos, el Realizador desliza por la ranura una de las muchas palancas de la mesa y amplía ese plano. La lágrima brilla y emociona, confirma que en ese cuerpo inmóvil tiembla un sentimiento y los espectadores en sus casas, aplauden. Los registros de audiencia son incapaces de distinguir si ese entusiasmo lo produce el dolor ajeno, la audacia técnica o simplemente están contentos al poder influir con sus votos sobre el desenlace de esa historia. A cada rato el Realizador levanta la mirada y consulta sucesivamente en cinco ordenadores las alteraciones producidas en el guión principal, producto de la opinión de la audiencia. Cuando uno de los indicadores se destaca sobre el resto e indica un nivel H, oprime un botón bajo la mesa. Entonces una señal parpadea en el laboratorio y con pasos decididos un hombre con una bata blanca se acerca a la mujer tendida y sin miramientos le introduce una pequeña esfera húmeda en el sexo. Después se retira sin siquiera dedicarle una mirada. Un rotulo informa: Gabrielli. Nuevo alborozo en los domicilios.

Las cámaras no pueden pintar el aire, no pueden entrar dentro de esa lágrima que encierra las reacciones al liberar el brazo de la goma que lo oprimía y que dejó entrar el líquido Jardiel-3F como una paloma que quiere huir por cielos sin nubes. Tampoco distinguen esa marea plácida de la nueva droga arrasando desde su intimidad que palpita hasta la deslumbrante paz de estar tumbada sobre una cama con peces negros, con pelícanos sangrando en su costado, con sábanas que dibujan nubes tristes y otras oquedades dentro de una habitación desconocida y nada importa excepto este amanecer de silencio, esos ruiseñores que lloran en la ventana, esos rostros que se forman entre los pliegues de la almohada y que mira sin ver, ensimismada, dentro y fuera de ella misma, otra, en la calma de no saber si es Alejandra o Marga o quién.

(continuará...)

Nitin Sawhney


lunes, 4 de febrero de 2008

Cuatriobra. Milicuisti.



Mi coño alimentado por una boca física
tiene el oficio azul de ser frágil y exacto.

(Isla Correyero)

Dos.


(...sigue) Llega de otro mundo la tormenta, feroz guerra de nubes, levanto el brazo con el arma que libera, ya, es la hora. El azar se activa y sopla un viento que redime, ella se estremece y tras la tela se adivina un sollozo. Jamás debí hacerlo, pero solté las ataduras de sus brazos, liberé su mirada, su rostro, dejé el mío expuesto, me di a conocer. Tomé su mano y nos fuimos. La noche hizo el resto. Y el demonio de su voz agradecida, su belleza nueva, sus manos temblorosas, los dedos viscosos, también el deseo. Sentir su abrazo pálido y duro, la pasión cabalgándonos, ardiendo el fuego, recordar frases dulces, amor, el frío de después en la grávida noche del error. Luego se fue, aferrada a mi piedad, a cambiar sus ojos de mártir por otros de nieve, a olvidar, a esconderse de sí misma, quizás.

Y aquí estoy, en esa larga hora después de la batalla, como dije, frente a la vacía piedra negra, en este crepúsculo a la deriva, esperando una amenaza, a los esbirros que desconozco, el cuchillo en mi mano, un aroma rubio entre los dedos, un caballo de miedo galopando en el laberinto de no saber qué hacer excepto dejar la puerta abierta para escuchar el gallo de la madrugada, para que el horror pueda salir al campo.
Oigo ruidos y pisadas, ahí viene, de nuevo...

(continuará...)

(Con estas dos entregas empezó la Cuatriobra que luego enriquecieron Rosa Elvira Peláez, Carmen Hernáiz y Joan Mateu –espacios que no incluiré-.

El relato desvarió con nuevas situaciones y personajes hasta terminar con los tres capítulos que publicaré en breve y que cerraron el experimento)

(En tiempos de sequía hay que recurrir al cajón de los recuerdos)

El increíble hombre menguante


domingo, 3 de febrero de 2008

Cuatriobra. Cole´s corner.

¡Predicar en el desierto,
sermón perdido!
¡No, que nada se pierde,
todo se gana!

No hay palabra de amor
que no se encienda.

La voz del corazón
abre al desierto
misteriosos oídos.

(Unamuno)



Uno.

Sobre la negra piedra del sacrificio palpita un pálido cuerpo desnudo.
Su cabeza está cubierta por una capucha que le impide ver la zarpa mortal, redentora, implacable, cruel purificación, destino fijado por aquel que me ordena, dentro.
Debo terminar el ritual para que el enemigo que me habita no regrese. En la mano llevo un cuchillo -mano de uñas, garra, odio- y ya lo he hecho otras veces, matar, lograr así la clemencia, el descanso, el abrazo redentor, el alivio de la sangre. Después las calles, la huida, olvidar, perderme, evitar los espejos, ser otro, o el de siempre, ya no sé.

Siento un turbio sentimiento que me cruza el esternón y frío en las largas cicatrices de la espalda. Aún bajan llenas las barcas del arrepentimiento. Ella ignora el peligro cerniéndose sobre su perpleja aventura de ignorancia. Se vino conmigo sin insistir demasiado, fue fácil, apenas dos palabras, un gesto, ni siquiera miró mi cara. Su pecado, querer amar a quién no se puede amar, a ese que me disturba. Y esas ansias de jugar detrás de la raya, de la señal que indica el peligro, de intentar horizontes y fronteras, de querer caricias, castigo, dulzura, y dolor, goce, curiosidad, llegar al extremo, sufrir, el muro atroz que divide, regar el altar con afectos imposibles, encerrarse conmigo, y con él, en una habitación tapiada a la esperanza.

(continuará...)

Vértigo


sábado, 2 de febrero de 2008

Holofernes

Detrás de los objetos
que yo nombro
están los otros nombres.

(Ángeles Basanta)



Cada día comienzo a escribir buscando una historia y termino escribiendo la misma. Me repito, perdón. Pero ¿cómo puedo recordar todo lo que he dicho?, ¿cómo puedo inventar un lenguaje diferente?, ¿cómo puedo ignorar los fantasmas ajenos que saltan entre las letras bailarinas? Aún así hoy también intento otra voz que espero sea fresca y limpia, que te salpique de mis mejores intenciones. Además, esta historia está dentro de otra historia, de la única que se contar: el amor.

Cuando despertaba junto a ella se me desbordaban en la cabeza las imágenes que coleccionaba por la noche, los sueños de lo que no viví, los recuerdos que quiero olvidar. Y trato de escribir sin mordazas, sin espantar a los osos negros que bajan del monte a comerse la miel del silencio de ahora. Aún espero su voz como un enfermo en la cama, inmóvil, como un gorrión bajo una nube de mosquitos, como un atribulado cantor tartamudo.

Quiero contar muchas cosas pero a veces me desanimo, temo que mis intentos se pierdan entre océanos de relojes, bajo montañas de ojos nerviosos, de oídos taponados, dentro de la oscuridad de cuevas de corazones apresurados. Puedo escribir que mi sastre es rico y que mi mama me mima(ba), pero generalmente estoy en la Z y mi cabeza va mas allá. Otras veces estoy antes de la A y junto sonidos guturales, gruñidos, mínimos trazos emborronados.

Hala, me voy, me subo a la alfombra roja de verdades desmentidas y que los genios nos confundan entre realidades y torres de besos recuperados de nuestras reservas en bancos suizos, en alcancías bajo las baldosas de la cocina, en pirámides de tardes mirando un horizonte que no queremos alcanzar porque perderíamos la utopía, porque los sueños nos mantiene colgados de este alambre de tender, como espantapájaros desteñidos, como ropa usada en tantas batallas de amor y lujuria, como tanta piel desnuda a los vientos de quién sabe. ¿Quién sabe? ¿Sabes tú?


"...Estoy tratando de un tema del cual no se ocupa la psiquiatría, pero que es importante desde el punto de vista de la relaciones sociales: el sentido de la realidad, lo que llamamos sentido común. Es decir, como determinadas personas, muy inteligentes y con gran conocimiento, perspicacia y capacidad de juicio para muchas cosas, en determinada tarea, por razones ideológicas, de creencias o emocionales, pierden el sentido de la realidad” Carlos Castilla del Pino (08.08.2003).

Pasión Vega


viernes, 1 de febrero de 2008

Judith.

"...Las palabras son así, disimulan mucho, se van juntando unas con otras, parece como si no supieran a dónde quieren ir, y, de pronto, por culpa de dos o tres, o cuatro que salen de repente, simples en sí mismas, un pronombre personal, un adverbio, un verbo, un adjetivo [en la novela la frase es ésta: "Tú nunca lo has sido tanto"], y ya tenemos ahí la conmoción ascendiendo irresistiblemente a la superficie de la piel y de los ojos, rompiendo la compostura de los sentimientos, a veces son los nervios que no pueden aguantar más, han soportado mucho, lo soportaron todo, era como si llevasen una armadura, decimos, La mujer del médico tiene nervios de acero, y resulta que también la mujer del médico está deshecha en lágrimas por obra de un pronombre personal, de un adverbio, de un verbo, de un adjetivo, meras categorías gramaticales, meros designativos, como lo están igualmente las dos mujeres, las otras, pronombres indefinidos, también ellos llorosos, que se abrazan a la de la oración completa, tres gracias desnudas bajo la lluvia que cae. Son momentos que no pueden durar eternamente ...” (Saramago "Ensayo sobre la ceguera”)



Entre esas nebulosas, aquellos que me leen ignoran que nada puedo romperme ya, que todo lo tengo roto, que mi corazón está tan despedazado que el último fragmento deambula por otras constelaciones atravesando oportunidades perdidas desde el principio de los tiempos. Como un alucinado busco por las playas rescoldos de hogueras en las que no queda ni el recuerdo del fuego. Al fondo se escuchan el susurro amoroso de las tortugas en celo. Las tortugas, no lo dudes, se aman como los ocelotes y las ballenas, como los gatos de callejón o los armarios submarinos. Pero jamás sabrán amar como yo amé. Morirían de intensidad. ¿Como la que derrocho aquí cada día? Si.

Sí, con algunas cosas que leo en estas estrellas debo sujetarme para no saltar a la yugular de tantos equilibristas que levantan el dedo, melosos, recitando impotencias de almíbar. Es un punto de vista –el mío- pero esta presunta literatura debe significar riesgo, entrega, amor, búsqueda, lanzar cometas al viento, abrir puertas a lo oscuro, mirar dentro y fuera, saltar sobre los retratos de los ilustres, mear en las columnas del ayuntamiento, subir al autobús de los adolescentes que cantan al último amor, leer intentos de colegiales de 70 años. Que quede claro que envidio la prosa fresca de tantos, que aplaudo con todas mis fuerzas los intentos cotidianos de mis compañeros en la distancia, pero el invierno ha vuelto y tengo frío, por eso afilo mis cuchillos, para por si acaso, a Julia se le han enredado los intestinos y no me digan lo que tengo que hacer que no hago caso. Eso.

Eso ocurre, que entro en el blog y no recuerdo ya cuando he escrito muchas de esas cosas que me releo, qué las motivaron, la causa, un nombre. El agujero de la cabeza se agranda y por ahí se me escapan las ideas, que no las emociones, las palabras, que no los sentimientos, los cuentos, que no la realidad, esa la llevo pegada a la piel por mucho que me disfrace de glup (2.0), me ponga caretas y me haga el despistado. No, queridos míos, la cosa está clara, nítida, cristalina, vivir tiene un porcentaje de seguridad del 100 % de morirse cuando menos te lo esperas y no es cosa de que te pille en la fila esperando ver el cadáver de un Papa o sentado delante del televisor. Por eso ni si, ni no, sino todo lo contrario. Mientras.

Mientras Judith corta la cabeza a Holofernes los inundados limpian sus casas del lodo, de humedad, del recuerdo de las aguas indiscretas que vivieron entre sus muebles, fotografías, libros y ropas, sin saber que estas cosas eran parte de su vida. ¿Tiene el agua memoria?, ¿Quién guarda relación de nuestras tristezas? ¿A quién le importan? ¿Alguien nos recordará cuando nos hayamos ido de este blog? No.


Cómo de mí
que te he ofrecido la claridad de la oscuridad
de mi lenguaje.

(
Isla Correyero

Bolero


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