sábado, 12 de enero de 2008

Dilogía. (1)

Voy a contarte mi vida entera, esta vida mía que no empieza realmente, hasta el día que te vi por primera vez. (Stefan Zweig)



Sin quererme embozar en el desánimo escucho los pájaros y el viento en la alameda, el camino está cortado por flores, a los lados hay estatuas de mármol en jaulas de colores. Escribo yo y no otro y gozo y temo y el cazador está apostado en el brezo. Llega carta de ella (¿?) y me desbarata, me arma, me desarma. Estaba en un cuadrilátero insoportable de sal y de lágrimas y desde hoy he claudicado, he traspasado el límite, he pasado al otro lado y ya no entiendo nada, además sé que no se puede entender, siempre tengo la idea que es pasajero, pero no, persiste sin que pueda hacer nada por remediarlo. La hierba se quema de lluvias y la vida es como la recordamos, su sonrisa -la de la fotografía en la pared- me mira, alegrándome. Pienso en ella (¿?) sabiendo que no debo hacerlo, me obstino en su sonrisa y el pecho se me llena de catedrales con las piedras ardiendo y menesterosos escondidos en la sombra de las cruces. Escribo lo que no debo y aún así me grabo el óvalo de su cara, la pienso, la describo, su cara feliz, o lo parece, o estar con ella en una esquina puede ser tan mágico que puedo equivocarme y pintar de nostalgia lo que no es sino presente pero sé que no y la niña pertenece al pasado y queda la mujer que me mira, a la que no puedo tocar sin temor a que algo ocurra, a la que hasta su olor me atrae y me evoca recuerdos de los que no tengo constancia pero están ahí, cuando en el mundo no había un nosotros y su mirada y su halo y una alimaña detrás, escondida pero ahí, esperando que desfallezcamos para devorarnos y el cristal, también ahí, separándonos irremediablemente en este territorio de ríos azules, de otoños, de nostalgias heredadas, de arbustos negros, de olas sobrepasando la escollera del ayer, pataleo sobre el ayer, mecagüen en el ayer. (Sigue)

Eduardo Cruz


viernes, 11 de enero de 2008

Perros científicos.

Aguzamos el oído para escuchar tras las ventanas
los pasos que se acercan y que muy pocas veces
se detienen en la cancela. Generalmente siguen, se diluyen lentamente, dejándonos esa tristeza que flota en las estaciones los domingos por la tarde. Cuanto más se alejan —digámoslo sin dramatismo— más nos vamos llenando de palabras.

(Guillermo Pilía).


Sabemos que no hay regreso, una vez que se abandona el barco no hay regreso y en el crepúsculo las olas esparcen lo que era, los peces negros mastican las moléculas de una historia secreta qué, de tan bella, los transforma en musculosos tritones adolescentes nadando hacia lo profundo, ahí abajo, en el estómago del mar, entre tiburones ciegos y ancianas sirenas que lloran y hacen calceta bajo submarinas bombillas parpadeantes. Arriba, en la superficie, a cámara lenta, sigue el naufragio, el estoico y obeso capitán en la proa, las barcas repletas de pasajeros asustados por las hélices que amenazan, atónitos, temblorosos, inútiles señales de petición de socorro, los mensajes en código Morse, un ángel en un tragaluz filmando la catástrofe para los informativos celestiales y ese pájaro con una rama de laurel en su pico volando entre las nubes de la tormenta hasta la mano cerrada de ella, su brazo lleno de gavilanes, su corazón en la punta del iceberg, su mirada cosida con puntadas de modistilla, su antigua pasión cortada en mil pedazos que el viento se va llevando por los muelles del amanecer o más allá, lejos (un chaval pamposado encuentra uno y se lo enseña a su madre qué, ahíta de aburridas tardes de parque y semillas de girasol, le pega en los dedos mientras grita - ¡Niño, no cojas porquerías del suelo!-) y así, así dentro de la sombra quizás haya luz o simplemente este silencio sea la muerte y ella y yo no nos veamos nunca más y aún entonces esperaré el placebo de la resurrección de la carne, si la hubiera, y donde antes tenía una pierna, esa blanca tibia me convence que no, que ya no y un perro muerde mi calavera y se la lleva a roer detrás de la tapia del cementerio cercano a su casa, la quinta, bostgarrena. (No sé como escribiré a partir de ahora ¿Me dejas una mano?)

Kings of Convenience


jueves, 10 de enero de 2008

Escritura emergente

Soneto XXXII


Estoy continuo en lágrimas bañado,
rompiendo el aire siempre con sospiros;
y más me duele el no osar deciros
que he llegado por vos a tal estado;


que viéndome do estoy, y lo que he andado
por el camino estrecho de seguiros,
si me quiero tornar para huiros,
desmayo, viendo atrás lo que he dejado;


y si quiero subir a la alta cumbre,
a cada paso espántanme en la vía,
ejemplos tristes de los que han caído.


sobre todo, me falta ya la lumbre
de la esperanza, con que andar solía
por la oscura región de vuestro olvido.


Garcilaso de la Vega

(Para Montse)

Entre tantos como escribimos en estos blogs es ilusoria la pretensión de, por ejemplo, intentar distinguirme escribiendo sobre lo que duele sin que lo que lo parezca, con textos luminosos sobre lo que sigue en lo oscuro, sobre lo que está al otro lado de la puerta sin haber salido de esta habitación en la que temo apagar la luz. Intentar escribir sobre la no experiencia, sobre lo que no ha ocurrido, transformar la realidad -al menos, mi realidad-, sobre lo que ni tan siquiera tengo idea, reinterpretar las contradicciones, los anhelos moribundos. Y hacerlo, además, con osada intención poética, suplantándome en Otro/otro, llenando los días de signos de interrogación, preguntándome, intentando elevar la raya justo hasta donde, al final, nadie sabe -ni le importa- sobre quién o qué emoción ha comenzado a leer.


Como tú, a veces, hoy, no tengo ni idea sobre qué demonios hacemos aquí.
Pero estamos.

Burial


miércoles, 9 de enero de 2008

Carta del amante doliente.

Sin discurso, anhelamos
que los principios dejen ver su fin
y que los caminos respondan
a la ilusoria claridad de las mañanas.
Sin embargo, equivocamos el paso,
erramos en la visión de lo simple.
Todo, incluso la sonrisa,
se nos presenta
como una pedregosa senda de dilemas.

(Antonio Reseco)

Allí donde da la vuelta el viento, la claridad del crepúsculo se desliza caprichosa sobre las placas de titanio del museo Guggeheim. Al otro lado de la ría, asomada a una ventana, S/G mira el espectáculo mientras le llegan los recuerdos, feroces, como cuchilladas, como luciérnagas, como heridas de luz suspendidas en sus ojos tristes. Asomarse en esos ojos es orillar el precipicio, acercarse al abismo y mirar el fondo con deseo, por fin, abrir los brazos en cruz y lanzarse a lo oscuro. Y así, con mis brazos en cruz sobre la alfombra, veo el rostro de S/G en este rostro que gime sobre mi cuerpo, que me besa y dice mi nombre mientras nuestras ansiedades golpean con un sonido de campana, de barcos llegando al puerto.

Y soplo caracolas marinas y silbos, lanzo piedras y cascabeles contra los muros de su tristeza antigua, agito ramas, imito los sonidos de la flauta de un sátiro, pellizco el extremo de una nube y lo arrastro para inundarnos de un vaho evanescente, para rodearnos de una intimidad que nos es ajena. Dos más uno son silencio o la caricia que dejo en la cabeza plana de ese perro negro y viejo cuando los amantes se reúnen en oscuros cuartos al fondo del pasillo mientras en el patio canta una niña y la luna va y viene entre las nubes.

Quisiera hablarle con el lenguaje del alma. Por si no lo hubiera, le hablaré con las palabras que se atropellan en mi cabeza, en mi boca, pugnan por salir, por buscarle entre mercaderes y gitanos, entre pálidos pacientes esperando su turno, entre la embriaguez del secreto de las playas. -Perdóname, S/G, perdóname, perdóname por ser ciego, insensible, egoísta, estúpido, perdóname por llenar mi boca de te quiero y no ser capaz de leer en tus ojos, de verte tal y como eres.- Eso quiero decirle y estoy mudo, incapaz de separarme de su cuerpo, de la caricia del reencuentro.

La niñez es un territorio que atravesamos tan fugazmente que apenas guardamos recuerdos de sus calles y avenidas, de las piedras redondas de su calzada, de los compañeros de juegos que se perdieron en algún recodo. Y cuando vuelven, ay cuando vuelven, el implacable rastro de la realidad nos llena de espejos partidos, de unicornios de piedra, de letreros con fondo rojo y flechas imposibles.

Ahora, sentados frente a frente, voy recogiendo, arrobado, las renuncias que se acumulan sobre esta incógnita que nos separa. Durante este tiempo de ausencia no es cierto que no la haya recordado, no es cierto. Busco en las esferas transparentes su silueta de aquel verano, sus cartas de papel amarillo, su interrogante pintado de sospechas y quiero saltar esta distancia, llegar hasta el centro de su dolor. Recibo sus confidencias como un regalo magnífico, como un tesoro único, guardo sus sonrisas, su risa de a veces como un instante mágico, pero sigo sin verla. Y no entiendo, bruto, insensible, la escucho sin saber que el tiempo pasó, atrapo en mi pecho cada uno de sus movimientos, pero no sé quién es la mujer desnuda que tengo delante.

Entre las cortinas se cuela una dulce música de cebollas. Y cuando ella llora huyen los pájaros de su mirada y sus lágrimas me abren la puerta de otra realidad. Cae mi máscara ciega y golpearía mi cabeza contra la pared por ser tan primario, tan sordo, tan iluso por ignorar a la persona que late y sufre. Me sube a la garganta una extraña emoción y entiendo, por fin, que espera de mí la dulce placidez del amor cotidiano, sin constantes declaraciones magníficas, sin locuras, solo amor, amor limpio que le lleve de la mano por los días. Pero suenan las diez y ella debe volver a su casa y yo a la mía. Nos vestimos apresurados y salimos, que no nos vean, separados, nos perdemos por calles diferentes.

Como voy a escribir con coherencia si ha pasado el tiempo de los cilicios, si cada día está aquí para abrirlo en canal, para comerse hasta la cáscara, para llegar hasta cada rincón de la medianoche y, si S/G me deja, el resto se lo diré con mis manos, buscándola, recorriéndola, abriendo esa ventana al sótano o al cielo.


Paul Anka


martes, 8 de enero de 2008

Un viaje, viaje uno.

Y de inmediato,
más que en palabras, pienso en ventanas altas:
el cristal en donde cabe el sol y, más allá,
el hondo aire azul, que nada muestra,
y no está en ninguna parte, y es interminable.

(Larkin)


Comenzar el año viajando puede ser una alternativa, una opción, una huida, una aventura, un capítulo. En cualquier caso, una buena manera de abordar el inicio, siempre inquietante, de los doce meses que vienen.

Así que me fui.

Fotografías:

1. Carretera con lluvia y sonrisas.

2. Niebla intensa, como rodar sin tiempo, o dentro del tiempo.

3. Burgos a lo lejos.

4. En el páramo, cielos azules con algunas nubes tipo cine años sesenta.

5. León. Maravilla de catedral. Curas ensotanados. Barrio Húmedo de tapas generosas. Tiendas de las de toda la vida. Locura de compras. Coches. Librerías de viejo. Rincones para una exposición. Librerías con Ken Follet. Chacinerías. Mercerías. Hojalaterías. Frío.

6. Astorga vacía a las tres de la tarde. La Catedral. Gaudí. Silencio. Paz. Sacamos fotos a los charcos.

7. Murias del Rechibaldo. Nostalgia del Camino. Castrillo de los Polvazares. Pueblos desiertos. Cristales empañados. Rapaces en el cielo azul. Camiones rotos en los arcenes.

8. Carretera con mil curvas subiendo a la Cruz de Fierro. En la trescientas empezó lo blanco. Cunetas de armiño. Imposible parar. Sin marcha atrás. Subir y subir. Nieve. Un zorro cruza, sin mirarnos. El coche rompe el hielo. Miedo. Imprudencia sin cadenas. Más nieve. Seguimos subiendo, parece que no llegaremos nunca arriba. Montes gélidos, bellos, imponentes, fin del páramo. Sigue nevando. En Manjarín, entre los árboles, aparece una niña rubia montando un percherón dorado que una mujer con trenzas lleva de las riendas, otro niño sonríe bajo los copos que no cesan. Parecen extranjeros, parecen de otro mundo, los vimos, estaban ahí, en medio de ninguna parte, entre la ventisca. De pronto, en un recodo cesa la nieve, el camino está seco, siguen las curvas. Un rebaño con un pastor que gesticula. Un mastín gigantesco nos ladra, nos impide el paso. El pastor le llama y se va. Seguimos sorteando curvas. Llegamos. Respiramos.


9. Molinaseca. Desierto. Nada que ver con este pueblo en verano. La piscina vacía. Igual que las calles. Nos dan de comer a las 4 y pico. Muy bien por cierto. El comedor está, casualidad, con tres parejas…mixtas, es decir, cincuentones con curva de la felicidad y cara roja y damas bastante más jóvenes que ellos, con cara morena y hablar suave. La globalización empieza por el sexo. Aquí, dentro de dos horas tiene que haber lobos por las calles. Nos vamos.



10. Ponferrada. El Castillo templario. Una ciudad nueva y moderna alrededor de la vieja. Frío, pero en el hotel hace un calor insoportable. Paseamos. Llamo a mis amigos. Nos tomamos unos vinos, del Bierzo, mencía. La bodega de la plaza de arriba, junto a la iglesia. Los bares con generosas raciones de tapas. Las miradas a los forasteros. Cenamos, etc.

11. Al día siguiente seguimos camino. Por carreteras llenas de niebla a Asturias. Maravilla del lago de la Luna. Estribaciones de los Picos de Europa. Oviedo. Comer en Casa Conrado (uff, increíble), Gijón. Mieres. Ribadesella. Llanes (ay, Llaeza), etc, etc.

Leo, dudo mucho que a alguien le interese el detalle de cómo siguió mi viaje. Si es que sí se lo cuento por teléfono. No sigo este relato. Regresamos alborozados.

Fue, mirándolo desde este lunes de agobio de vuelta al trabajo un maravilloso respiro, una excelente manera de comenzar este 2008 qué, insisto, será diferente.

Gracias por vuestra paciencia.

Ennio Morricone - Cinema Paradiso Theme


lunes, 7 de enero de 2008

Este es el 301.

Vivir es un silencio sin memoria.
Lo de alrededor es absurdo.
A pesar del fulgor, de la mentira de las luces.
Calles llenas de aprendices de suicidas que aún respiran.
Nada más.

Dolor del alma no comparable con el hambre,
con un cielo mudo.
Nadie responde.
A pesar de las oraciones de los débiles, de los ilusos.
Guardianes armados con cuchillos de obsidiana.
El miedo oprime la garganta.

Vendrán días de sangre y mártires,
días de peces aturdidos, de piel lejana,
puentes quebrados, campos con sal y huesos,
soledad.

Aún así entre los abedules cantan los pinzones,
el viento trae y lleva historias de enamorados,
de guerreros volviendo por caminos oscuros.

Es agosto en enero y empezamos la historia.

Vivir es una hermosa aventura.


Escribo así y tal parece que el pesimismo me ha mordido una oreja, que los perros furiosos tironean mi alma y mi esperanza. Y no. La imaginación busca cauces en paisajes que suben y bajan como el telón del escenario de un teatro vacío, actores ausentes, sin músicos, sin libreto, sin espectadores.

Hoy es un día como cualquier otro para dar la espantada, para huir sin mirar atrás, vergonzosamente, sin meter ruido, solo polvo removido y soplidos de acreedores de emociones, hombres de negro con maletas vacías, murciélagos en la cueva de no decir, ya.
No puedo pronunciar la palabra despedida, se me atora en la garganta, se me resbala en la lengua, se queda entre los incisivos y los molares. ¿Ves? O, mejor ¿lees? ¿escuchas tambores?

Este era mi post antes de irme, ahora ya no tiene sentido. Puede que sí, quizás fue un presentimiento. En cualquier caso es el 301 en este rincón glup 2.0.



Empieza el año. Este será diferente. Al menos, el mío. Quiero que sea diferente. Me siento lleno de energía y proyectos. Ahí vamos.

Once Upon a time in America


domingo, 6 de enero de 2008

Y de pronto anochece.

Primero de todos los dioses a Eros inventó. (Parménides)

Se me ha escapado la luna, la traía en la mano, abrí los dedos y voló.
¿Qué hago, qué hago?
Se ha apagado la luz, se ha caído el cielo, estoy debajo de una estrella.
¿Cómo escapo, cómo salgo de aquí?
He perdido la risa, la tenía en el alma, abrí los ojos y fuese.
¿Dónde la busco, madre, dónde?

No puede ya intimidarme la cruel lluvia de kamikazes sobre el puente, ni el dios dormido entre astros lejanos. Nadie sabe en qué parte del abismo vivimos, si esperamos el bautismo o la corona de espinas. Al final de la calle un niño lleva de las riendas a un caballo negro, un hombre silba a su perro, caen alrededor cometas, la mujer mira al ejército que llega desde quién sabe. En la ciudad la evasión ha comenzado. Y las emboscadas.

Han huido mis sueños, entorné la puerta y salieron en tropel.
¿Cómo los atrapo? busco una artera red.
Estoy en casa y no identifico nada, no hay espejos.
¿Quién soy, en quién me he convertido?
He ido tan lejos -el horizonte nunca llega-, tan lejos, tanto.
¿Cómo regreso, madre, cómo regreso?


Cada uno está solo sobre el corazón de la tierra
traspasado por un rayo de sol:
y de pronto anochece.

(Salvatore Quasimodo)

Aquí


jueves, 3 de enero de 2008

Queridos Reyes Magos:

La infancia nos es dada como un caos ardiente, y no nos sobra el resto de nuestra vida para intentar poner orden y explicárnoslo. (Michel Tournier)



Como este año he sido bueno, tan bueno que no he sido malo (y no porque no lo sea sino que ser bueno es una consecuencia, sólo, de no haber sido malo, siéndolo, pero bueno al fin por voluntad propia, por pura bondad, o incompetencia, claro, o por miedo a lo oscuro, por rutina del cura en el púlpito y los infiernos y esto ha sido a veces, un infierno, seguir siendo bueno sin remedio, sin vocación, sin opciones, o sí, a ser el malo, el que no, el que huye y carpe diem porque nunca he sido obediente, nunca me he callado –así me ha ido a veces- y ahora tampoco lo haré, elevaré mi voz para deciros, oh Reyes Magos, tan pródigos, prodigio anual, benévolos y sagaces, generosos, que soy feliz en este puente que cruzamos sobre el río agitado de la vida aunque ha cambiado mi mirada, tanto que estoy en disturbio, alterada mi mente, me invaden turbulentas corrientes marinas gélidas o ardientes entre las olas de los días impares, de los pares dentro de la gruta de cada amanecer donde confluyen las mareas, el principio del mundo, del universo, esta mañana también fría en la que os escribo como un niño viejo ensimismado, como un arponero en busca aún de la ballena blanca, como un vigía enroscado en lo alto del palo de mesana, el horizonte acude a las yemas de mis dedos y os escribo con la metonimia de voz chocando imparable contra el portón de vuestra fortaleza de regalos que abrís y rendís cada año, creo en vosotros y no creo, colgado cabeza abajo del tormento de no veros y sí, ahuyentar, alejar los fantasmas, gritarles para que no vuelvan, acunarme a mi mismo entre mis brazos, defendiéndome y así, después, mirarme y verme tan dentro, tan profundamente que sea de cristal, transparente, ángel lujurioso que junte sus alas y ya, el milagro de desear como un demonio, con voz ronca como la de un hombre poseído y fotografías en Roma, recuerdos prendidos con un clip, guirnaldas, pétalos de rosas, querubines tañendo sus laúdes mientras vuelan sobre mi vida, días de navidad chocando como planetas, trompetas, pífanos, un coro de niños del albergue de Sorrento alabando al Señor con música de Bach, canciones que aprendí en Italia mientras paseaba con mi amada por el Trastévere y la fontana de Trevi donde Anita Ekberg se bañaba en la noche de Federico Fellini, en su Dolce Vita o subía a la cúpula de san Pedro con (il bello) Marcello Mastroniani, puestos de venta callejera de libros, de pañuelos, de viento, romanos de piedra o bronce, serios, estatuas de emperadores, de príncipes, de dioses, de físicos que murieron en la hoguera, vírgenes pintadas en las esquinas con flores y velas permanentemente encendidas, piadosas mujeres ensimismadas rezando en la cripta del Vaticano, calle del Babuino, tritones, nereidas, centauros, niños que soplan caracolas, angelotes sin cuerpo de mejillas inflamadas y alas ridículas, Monica Bellini (o quién fuera aquella belleza) en vía Veneto, aviones, trenes, metros, autobuses con conductores locos, paseos, avenidas, callejuelas, plazas, puestos con rojos racimos de pimientos, funiculares al cielo, libélulas locas, túneles a quién sabe donde, mariposas amarillas, homosexuales gentiles, iglesias de techos luminosos, infierno y cielo fundidos en pinturas de genios muertos, vivos que te roban la cartera, mendigos con la mano extendida, niños de cara sucia, rumanos simulando cojeras imposibles, ojos asustados, terrazas como jardines, la mano dentro de la mentira de la boca de la verdad, escritores inspirándose en los templos de la fecundidad, grajos o palomas volando en la noche, volando no nos desviemos, que tantas palabras no oculten que ahí y aquí, en todos los lados hay seres humanos, tantos, tantos que sienten, que buscan, que tienen un corazón que grita y encienden candelas por los rincones del mundo -y no exagero ni un tanto así- que quieren amar y ser amados, que necesitan alguien que les consuele cuando fuera y dentro llueve, cuando se apagan las luces del cielo y parece que todo se acaba, que no amanecerá, que la esperanza ladra con rabia y ruge y esto no era lo que nuestra madre nos cantó en la cuna y ¡mierda! os estoy escribiendo como un escéptico niño llorón, hundido y no, nado como un pez, me deslizo sobre la resaca de invierno y presiento el frío en mi cuerpo en la simbólica ascensión al Gorbea del día 31 después de jugar sobre la arena del fin de año, de la eternidad, Melchor ¿quién puede parar el tiempo? nadando decía sobre este 2007 que se ha ido porque el nuevo 2008 nos avisa en los calendarios que sonríen desde las paredes, carpe diem Baltasar, dije, que escribían los antiguos en sus frontispicios, que repetían los oscuros habitantes medievales, aprovecha el momento, disfruta ahora, navidad casi acabada de los grandes almacenes, navidad de nuestra niñez, los abuelos, la familia reunida, nuestros padres, que rápida pasa la vida, lamentos de un joven anciano que corre para que no se pare el mundo, su mundo, evocación del ayer imposible, añoranzas no permitidas, los que ya se han ido esperándonos ¿dónde? Gaspar ¿qué os importa a vosotros? Reyes Magos insensibles de chimenea en chimenea, de balcón en balcón, sobre camellos glotones de polvorones y vino dulce ¿os ha quedado claro? he sido bueno, por supuesto, que otra cosa podría ser, bueno, por instinto, por que es lo que se espera de mi, por necesidad, porque el malo me mira y tampoco es feliz) quisiera que me trajerais memoria para no olvidar a tantos, tanto como este año he perdido. Y un mapa para saber por dónde regresar.

Gracias, Majestades.

Ah, me voy de viaje, corto, una aventura, sin destino, perderme,volveré.


Aquí


miércoles, 2 de enero de 2008

Tea for two.

...La inmediatez y la distancia. Bataille decía que el sexo sólo puede vivirse plenamente como trasgresión. Frases. Los amantes cortesanos de Provenza fueron más sutiles: la consumación física importa menos que los largos vericuetos del deseo. El deseo que jamás se satisface, el deseo que es apertura indefinida a lo otro. El deseo en sí. (S. Pániker)

Hoy Miles Davis me engaña con el sonido de su trompeta, nada que ver con aquel de los vinilos en Notthing Hill.
Iluso, pensé que las historias terminan. No.

Eran otros tiempos, todos ya son otros tiempos, excepto este temblor bajo las uñas porque no. Ya están fuera ¿han estado dentro alguna vez? Escarbo en esa necesidad de esperarlas en la puerta del metro, en Belgravia, en el camino de vuelta. Maldita coincidencia. Quizás las inventé a partir de mi deseo, de mi necesidad de que en el mundo hubiera dos mujeres que me comprendieran como ellas, a las que pudiera amar a la vez como las amaba a ellas.
Aunque entonces, aunque ahora. No.

Quizás ni hayan llegado hasta aquí y escribo sobre el agua, acostado en la ciénaga de la pérdida, pulsando con rabia cada palabra que me aleja un paso más. Ya no sé qué ocurre ahí dentro, en su alma, si han encontrado a alguien, si han vuelto a coincidir en la galería Saatchi y se han mirado con desprecio, si han hallado placer en un nuevo ocio, en otras aficiones, si se han hablado entre ellas, si me recuerdan aunque solo sea a veces, si se han vuelto a enamorar, si se han tirado al Támesis, si me contarán sus viajes, si podremos algún día mirarnos a los ojos y sonreír. No.

Estamos en puro invierno, hace frío, sentado a la intemperie en una hamaca de Hyde Park, con el lastre de recuerdos colgado de los días, paseando con mi escrito por la pura intimidad. Si.

...No escuché trabajar a los obreros ni sus voces.
Silenciosamente me tapiaron el mundo.

(Kavafis)

Aquí


martes, 1 de enero de 2008

Metonimia de la sospecha


Scherezade corre por los largos pasillos del palacio con el cordel de la imaginación enredado en los tobillos. Abre puertas, mira detrás de las cortinas, busca la historia que salve su vida esta noche. Sus pupilas están dilatadas por la belladona. La atropina y el miedo aceleran su ritmo cardiaco, teme el hacha del verdugo. Cierro corchetes de un tiempo invisible cuando en la mesa del jardín se posaban insectos de obsidiana y los tigres husmeaban el olor de las gacelas sobre las hojas mustias de otros días. Hay que encontrar el cuento que nos salve, que redima la doble mirada de nostalgia y futuro, con tristezas de agua detenida, con risas amarillas, con las horas volando sobre los nueve números que llevan a la voz de la ausencia. La voz como pretexto para llegar al ombligo y desde ahí al alma cautiva. Es decir la experiencia desvistiéndose de lo irremediable, de lo apocalíptico, de los bosques de pesadillas mientras con dedos de saqueador guardo debajo de la alfombra el descubrimiento de que John Dewey mantenía una concepción enteramente dinámica de la persona, que proponía la reconstrucción de las prácticas morales y sociales, también de las creencias. El travelling del vuelo sobre la playa en invierno lo he sacado de Fellini aunque el fragor del mar, el viento roto y las gaviotas estaban ahí antes de Nino Rota, antes de Laga.(1) Justo ahora que comprendo que esto no es una elegía, no hay desesperanza, al contrario, brilla. No es usted sospechoso –dijeron- y eso me lleno de ira, me desalojó del diván en el que compartía el miedo y el asombro, los descubrimientos de otro sexo, las lecturas de Max Aub –lo primero que recuerdo de ti son las manos- y en realidad estoy cavando el foso donde enterrarme, a aquel/yo/otro, subiendo después este/yo/el mismo sobre la tierra amontonada y saltando al otro lado, allí donde aún no hay reproches, ni silencios y la punta del lápiz titubea ante tamaño espacio albo, ante la dimensión del todo, un nuevo mundo para inventar, faltarán nombres para tanto personaje, definiciones para los artificios, piezas para los artilugios que hurguen en la piel de la sensibilidad, entre los entresijos del aburrimiento, organizando carne y ropa, desnudez y florituras para hablar como otro, sentir como otro, ser otro sin haber llegado a ser uno, osadía pasando de puntillas por los límites, por la limitación, bostezos apenas ocultos por piadosas manos y soy un hombre Afortunado encerrado ahora en su box, blop, blog comenzando, quizás sin saberlo, la versión 2.0 de este sueño y la hoguera está encendida, pueden ustedes preparar sus puentes mientras sentado en una terraza, en Roma –amoR- escucho las 5 easy pieces de Scott Walker, enteras, prodigio de músico y mi paciencia.(2) Crecen las verdades como corteza y la hiel se ha disuelto, oh maravilla, mientras le envío mensajes sin respuesta -¿estás bien?, pregunto- y nada, desde entonces todo es nada, miro en derredor y aquí ya he estado, eso pensaba cuando la grieta del pecho no cerraba, no crecían flores en sus pezones mínimos, no buscaban mis dedos la húmeda certeza, sus labios entreabiertos, la mirada de niebla, nos amábamos sobre la hierba y en su pubis crecía el paraíso. L´emozione non ha voce cantaba Çelentano y ella se obstinaba, todo o nada, escogí nada y eso fue todo, volver a empezar, cambiar de llaves, la derrota me hizo esclavo, perdí la dignidad, Alcibíades amaba a Sócrates y si aún escribo así, aquí, es que no soy libre y te acompañe tu obsceno doble hasta el fin de los tiempos, amén.(3)Concepto del doble, otro, ser el que eres, espejo, su otro lado, Alicia, fascinado por la nimiedad, viejo intento de escribir una novela –no esto, no esto, por favor- en la que se mezclen un viaje a Lisboa, ráfagas de jazz, fragmentos de una historia que después se bifurcó, aquella ciudad con su estatua ecuestre, saudade, carreteras del Alentejo, Wayne Shorter, la lonja de pescado en Faro, la cama estrecha en la pensión en Alfama, luego la vuelta y ni siquiera habíamos salido. Detrás de los signos, de las metáforas, asoma una teoría de la lucidez, una vez que sabes no hay regreso, nada es igual, ya no se puede olvidar, el conocimiento nos deja en una cima de la que no se puede bajar, aire frío rompiéndose en los diques del alma, sin huella, las cenizas de los últimos años esparcidas por las cordilleras de días que sangran, sábanas huecas, no recinto del sudor después del amor, estampa fijada en el espejo del hotel de la plaza, un caballo pintado en la pared, supe, oh, supe, sé y el oxígeno de la lucidez se ha quedado en mis arterias hasta cegar un futuro indescifrable. Basta, pongamos en orden los misterios. No ocurre aquí nada extraordinario si descartamos que la improbable poiesis contenida encierra un latido, un pacto con las palabras desde el cuarto de atrás, hablo para ser, y viceversa, ella está ahí, leyendo, la escucho cuando se acerca con sus zapatillas de gato y Tobías a su lado. Clavo clavos de oro en la caja que encierra los rosarios, el cuaderno de sumas y restas, el fragmento de una noche, la imposibilidad de reinventar la magia de la mirada que convertía un sueño en la historia más bella después del diluvio de luz, cuando se abrieron las esclusas lunares y su cuerpo pudoroso se bañó al borde del pozo que nos tragó para siempre. El mármol del silencio sella la oscuridad donde yacen los recuerdos.(4) Sigue la palabra como tentación, hablar para salvarnos, quod pro quo, escribirnos, leernos, a veces sentirnos, democracia de los blogs, liberarnos de las voces que nos aprisionan, redimirnos contando nos, justificando la distancia, agitando las fotografías como señuelos, los colores y poco más, poema a poema, historia tras historia, la misma, esto ya lo hemos leído antes y a otros y las Variaciones Goldberg y el dolor de su mutismo, la avidez de los cuerpos y las princesas que jamás leyeron “El astrágalo” de Albertine Sarrazin. B tiene miedo a bañarse en el mar porque de niña le asustó una ola. P guarda los cubiertos bajo servilletas de hilo en un cajón del armario de la cocina cuando hay tormenta, teme a los rayos. F es un misógino. FB tiene miedo a mirar a M de frente porque le intimidan sus amplios senos y sus caderas de paridora. JM dice que le gustan las jóvenes y se ríe. A es moralista y cuando habla te apunta con su dedo índice. C cree que es la mujer menos atractiva del mundo. P pensaba que a un momento de felicidad le seguía uno de dolor, sufría en sus risas. MY lloraba cada noche antes de dormirse porque pensaba que el mundo era injusto con ella. AM está preocupada por el paradero del alma de Hitler, teme que esté en el infierno. X lleva boina por dentro de la cabeza. S es seria y fuma demasiado. L siente marchitarse su lozanía. G es bella y ríe, no sé que hace cuando no. AG es artista. DB juega al fútbol. B es rencoroso. PM es anciano y bebe vino de Rioja. F es alto y pesca bogavantes. R es tasquero. I es asturiana y dulce. Justo antes de mi enfermedad un barco de bandera cubana encalló en la barra en mitad de la bahía, fotografías de un tiempo no demasiado lejano y sin embargo desde entonces ha pasado un mundo. (5) Una vez transcurrido el fulgor de la sílaba gutural queda la fragmentación de lo cotidiano, la mansa adecuación al deterioro físico, el músculo supeditado, Vía Láctea en láminas, frascos numerados, los goznes de lo oscuro girando en lo de después, tinta azul para un tiempo en el que las cunetas se poblaron de olmos de recuerdos, no se precisa un tratado de hermenéutica para interpretar estos difusos trazos de post rasguñados en la altiva garamond, a veces otras hasta aquel viernes en que el cielo estaba gris y las olas rompían con estruendo en las rocas bajo las propiedades del convento. La muchacha protegía su nuca de los hilos de salitre que flotaban en la playa invadida de gaviotas. Caminamos sobre un sendero de algas y a nuestro paso la espuma formaba arcos brillantes y húmedos. Hablábamos y las palabras quedaron prendidas en las zarzas –giré la cabeza y florecían-. Hablábamos y todo estaba dicho. Nos besábamos y el pudor nos envolvió los labios. La conocí, sí, y aún no he empezado, kilómetros de lluvia para un viernes, pensar en ella mientras conduzco, ella al final de una autovía de camiones, cantando en una ventana, mirándome desde una curiosidad que quiero concretar, bailando de puntillas con una música de guitarras, presentida en sus cartas a otros, en sus miradas a otros, en sus palabras a otros, dijo aire y contesté aviones, dijo I y contesté H, nos dijimos tantas cosas y ninguna, no hizo falta. Ella. Al conocerla deseé tenderme a su lado (vestidos, ¿eh?) y abrir los cajones de su cabeza, uno a uno, revisar sus armarios interiores, saber de sus recuerdos, de sus miedos, de sus gozos, de sus luces, de sus cuartos oscuros, quise abrirle las ventanas y dejar que el sol entrase por sus cuartos. Ay, hacía tanto frío en aquella playa. ¿Lo digo?, al conocerla, después, deseé tenderme a su lado (desnudos ¿eh?) y besarla en cada herida, en cada cicatriz, en las grietas que le sorprenden, en los huecos que la bajamar ha dejado en su historia; deseé hacerlo con tal lentitud que nos iban a faltar horas para tantos besos, besos de pájaros, besos tiernos, besos de niños sorprendiéndose el uno al otro en un pajar con luz de luna. Al conocerla comprobé que era real, que respiraba, que miraba tan dentro que sabías, que ataba con un cordel su fantasía y la llevaba como un globo de los que daban los jueves en las zapaterías. Después nos despedimos y el milagro quedó ahí, creciendo, trepando por las ruedas de su autobús, por mi autovía de camiones. Este beso no puedo suplantar al que no nos dimos.(6) Siguió la sospecha, una vez que la llave entró en la cerradura de la puerta principal y encontró las ventanas cerradas, se dedicó a prender el pabilo de cirios amarillos que iluminaron los cuadros con escenas de caza, con retratos de serios señores vestidos de gris, cornucopias y, en mitad del aposento, la cama con una mujer desnuda que se sobresaltó ante aquella presencia inesperada, tapándose los pechos, buscando su combinación de seda, una puerta, un arma, una huida del hombre que se acercaba con gesto amenazante. Por ejemplo, o. La mujer vestida de perfume, buscó su pijama mientras el intruso se acercaba. Detrás de él, fotógrafos, abogados, periodistas. Y ella, la otra, su pérfida rival. Supo que estaba perdida y afrontó el escándalo con una mueca de desprecio, con su cuerpo desnudo indiferente ante los flashes de los reporteros. O también.. El reloj del salón acababa de dar la diez. La mujer despertó a la cuarta campanada. Con ojos aún nublados de sueño, no reconoció aquella espalda, ni los largos brazos del hombre que yacía a su lado. Con un gesto pudoroso se cubrió los pechos y busco a tientas su ropa. No sabía quién era aquel hombre y mucho menos donde estaba. Bajo una jarra con agua en la mesilla de noche, dos billetes arrugados. Esas cosas. Misterios de la palabra escrita, trazos negros con florituras de mariposa, alianzas con la fantasía, rutina de los días con relojes, con horarios inflexibles, con cordones al cuello, con necesidad de creer que hay otras posibilidades, otros caminos, una mirada bajo la alfombra, flagelarse la espalda con escritos llenos de mentiras, de verdades imaginadas, de necesidad de inventar lo que no. Ilusiones. Lluvia de gallinas desbordando la tinaja bajo los agujeros del tejado. Alrededor de la cama caballos invisibles piafan y agitan las crines húmedas por el sudor, cocean a un imaginario caballero, trotan por las nubes formadas en los sueños de una mujer desnuda, dormida, abandonada sobre las sábanas negras. Desde la ventana, un hombre, real, la mira y en sus ojos baila el deseo. Al fondo suena un piano.(7) Metonimia de la sospecha que se transforma en lucidez, lucha de Ceres y Venus, la colección de mascarones de Neruda en la playa Negra, aromas de tabaco verde, percepción de que los relojes atrasan, las seis, las cinco y cuarto, luego las cuatro y media, luego las dos, horas de luto, ansia de larga duración, la idea constante de la mujer en una baño luminoso y vacío, barrera superada de encajes de Bruselas y corchetes, el agua deslizándose por su pelo, por su rostro, por su pecho, acariciando su sexo, ojos en las rendijas, observando, las enredaderas del deseo aprisionando sus piernas detrás de los biombos, las grietas de las paredes filtraban el sonido de un clavicordio, rubor en su oscuridad de mirón, flores rojas de Pascua sobre la mesa, perfumes de lavanda, de vetiver, el vaho de la ducha envolviendo el desconcierto por la piel desnuda, curiosidad adolescente, alivio compulsivo, sensación de culpa, de soledad, búsqueda del abrazo desatado, entrar en esa estancia de amor, miriñaques blancos, cintas de amaranto, largas faldas con botones de damasco en la cintura, flores de terciopelo rojo en los muslos, camisas con encajes, el fulgor de otra mirada, enfrente, alguien más miraba, un rival, un enemigo, quizás un criado, un noble, un hombre emboscado, el pequeño cuchillo imaginado en la mano, celos de niño malcriado, absurda propiedad de nada, código de un honor inexistente, tribunal sin jueces ni testigos, guirigay de sentimientos nuevos, descubrimiento de la dependencia de otro cuerpo, ser guerrero siendo mozo, luchar sin batalla declarada, ser enemigo antes de buscar alianzas, rendirse a la hermosura de una hembra desconocida, besos al mármol del baño, al aire, frustración del regreso a los estudios, a los deberes de muchacho aplicado,-¿qué haces aquí?¿me espías?- y la hermosa mujer pasa a su lado envuelta en toallas blancas, el pelo en un moño, los pies mojando las zapatillas bordadas en falso oro, un mohín de desprecio, orgullosa y cruel deja deslizarse levemente un dedo por el escote, el contoneo de las caderas ocultas por el tejido rizado provoca un incendio en las mejillas del joven que corre ya por los pasillos, avergonzado, vencido, no sabe que la guerra en su cuerpo no ha hecho sino empezar.(8) Desde el extremo de un trampolín arcaico, mirando la piscina, ahí abajo, salto del ángel con doble tirabuzón, miedo al choque con la superficie, con la realidad, vuelo y esta vez no con la imaginación, nadador de travesías por costas asesinas, ola arriba, ola abajo, ahogados en playas concurridas, la muerte no discrimina, está de moda morir, esta vez no era una ilustración de revista surfera, la mano agitándose entre la espuma como en un grabado antiguo, tantas manos pidiendo auxilio, siempre se lanzaba a la resaca, seguridad en sus fuerzas, o inconsciencia, brazadas por la marea, moluscos en las piernas, no había aplausos, soledad húmeda de mercurio, el que estaba en apuros en un extremo del cuadro, él en otro, respiración fatigosa, pesadez en los brazos, acercarse con palabras tranquilizadoras, como ahora, ha pasado demasiado tiempo de todo, todo está lejos, todo es ayer, todo recuerdo, no sé que hago enfrascado en esta absurda colección sin sentido si lo que quiero es estar con Ella, acurrucado entre sus brazos, volver al paraíso del amor, aunque ni siquiera sé quién es Ella, ni siquiera sé quién soy yo, escribiendo esta absurda retahíla en un tiempo de navidad con frío en el pecho, con decir una cosa y lo contrario, ¿sabes?, es un buen momento para hacer balance del año que se va, otro, coleccionar horóscopos, arcángeles disecados, alhajas de sentimiento alrededor del nudo en el corazón, aquí seguimos mirando el horizonte imposible, una línea se apoya en mi pie, el otro se apoya en una liebre que da vueltas en el fondo del ojo de un rey destronado sentado en un meteoro, fiebre de arqueros apuntándose los unos a los otros en una guerra dominical de egos inflados como peces inflados, con burbujas en columnas de a uno, dos pasiones, tres instantes de tedio, cuatro violonchelos encendiendo el miedo a dormir sólo, noche tras noche.(9) Como noche tras noche soñando con su cara tan bella, su voz en mi oído, sus caricias, su dulzura, su mirada, su cuerpo que me turba, sus palabras, su sabiduría, sus errores, su constancia, su lucha, su sentido de la vida, sus recuerdos, su presente, sus proyectos, su trabajo, su distancia, sus lágrimas, su deseo, su pasión, sus labios, su mano en la mía, sus cartas, sus abrazos, sus emociones, sus sentimientos, sus renuncias, su historia, sus silencios que son uno sólo –el silencio-, su determinación, su genio, sus conocimientos, sus posturas, aquella mirada sorprendida al cruzarse con la mía, su paciencia, su resignación, su aceptación, su pecho donde dejé todos mis secretos, su fumar compulsivo, su tos, su cuello, la curva de sus caderas, verla sentada mirando al mar, verla de pie esperándome, verla tumbada, su sudor juntándose a mi sudor, su curiosidad, cómo me pegaba riendo, su paciencia, su calma, su cabeza saliendo entre las sábanas, su manera de caminar sobre las piedras de la playa, sus celos, su seriedad, sus suspiros, sus gemidos, sus miedos, su valentía, sus pómulos de india, su pubis, su nariz, su frente, cuando volvió de Argentina, de Turquía, de Londres –cada vez-, cuando no volvió, cuando se iba, Barcelona, Madrid, Valencia, cuando no estaba preparada, cuando lo estaba, cuando le tocaba y sentía en ella rumores de fuentes, cuando me abrió la puerta de mi mundo oculto, cuando me curó la ceguera, cuando me salvó, cuando me condenó, cuando fui otro, cuando toqué el cielo con los dedos, su pelo largo, su pelo corto, muy corto, blanco, caoba, negro, ella pintándose delante de un espejo, duchándose, orinando, dándose cremas, ella sentada en el suelo esperando que abriesen una corsetería, apoyada en la biblioteca, corriendo desnuda por la playa, en cada momento del tiempo que vivimos juntos, mi amor flotando en lo imposible, en lo inalcanzable, en el limbo de los sueños no conseguidos.(10) Nocturna y solitaria lucha, lengua dolorida en añoranza, los pies en tinieblas de entierro. Brazos en cruz, lluvia de párpados, aúlla la noche que palpa el filo de navajas en celo. Saber decepciona. Viajar al extremo de una estrella, con flores de piedra, ríos infinitos, dioses burlones desgarran anhelos. Tiránica ley de gemidos, luna obstruida de pájaros estancados, perros que muerden sus alas marchitas. Recorrido eléctrico por estancias sucias, dolor de entrañas, lamentos de espinas. Saber es amargo. Esto no es un final, apenas he empezado, esta ha sido la metonimia de la sospecha pero aún no he aclarado gran cosa, algo busco en el centro de mi mismo, algo que explique y justifique, que de sentido, impulse, que acompañe el viaje hacia la nada. Últimos días de un sueño roto, puedo escuchar la risa bajo la tierra de la ausencia. Y los lamentos. Este es un tránsito hacia la lucidez.(11)



Fin.



(Todas las ilustraciones: Anthony Zinonos)


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