Siempre pierde la esperanza.
Marcel Bovis • Scène de nuit, Paris, 1950
Es sábado, llueve, a mares.
Apenas recuerdo el rostro de aquella mujer, sus movimientos lentos, el contorno de sus caderas, su risa.
La amistad es un puente, un noray, un punto de partida, un refugio, un remanso, nunca un consuelo.
El tiempo es limitado, un suspiro, apenas recuerdo que pasó ayer, sé que es sábado, me acerco a la ventana y fuera llueve.
Un gorrión se esconde bajo el alfeizar.
Imagino.
Podría escribir ahora muchas historias, muchas, infantiles, de hadas, guerreros y dragones, de lágrimas o risas, de barcos embarrancados en la marisma, de gitanos en el monte mirando el patio del penal, de vecinos insinuándose en los callejones, de gatos temerarios y gaviotas en el puerto cuando entran los pesqueros repletos de sardinas, de un olvido y tres recuerdos, de amantes acariciándose en una habitación de hotel en Roma, de mujeres desplumando ocas en una cálida cocina, de una niña que suspira entre sábanas frías, del viento agitando las persianas, de un perro solitario rebuscando en las basuras, de un hombre caminando por la playa ajeno al temporal de poniente, de lo que sentía cuando me perdía en los ojos de aquella mujer que apenas recuerdo, cuando apenas podía defenderme de su mirada que me veía entero. Levanto murallas. No contaré nada más, no.
El tiempo es un enemigo que no ceja en la batalla, que no retrocede, que no se rinde, que siempre gana.
Llueve sin cesar.
Imagino.


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