lunes, 22 de noviembre de 2010

Parker y la tristeza.



Falsa Elegía

Compartimos sólo un desastre lento
Me veo morir en ti, en otro, en todo
Y todavía bostezo o me distraigo
Como ante el espectáculo aburrido.
Se destejen los días,
Las noches se consumen antes de darnos cuenta;
Así nos acabamos.
Nada es. Nada está.
Entre el alzarse y el caer del párpado.
Pero si alguno va a nacer (su anuncio,
La posibilidad de su inminencia
Y su peso de sílaba en el aire),
Trastorna lo existente,
Puede más que lo real
Y desaloja el cuerpo de los vivos.

Rosario Castellanos



Pues mire usted, resulta que Parker no tiene cuerpo para almíbar, para comedias ni zarzuelas, su capacidad para imaginar el espectador virtual se ha convertido en un virtuoso, voluntarioso trabajo, sin más, sin obsesión por la comunicación. Hay pájaros negros en el lindero del bosque y coronas de flores.

La poesía no es un arte, es un artefacto de luz y sombras, es el toque desde otro lado, el dedo caprichoso de un dios/Dios que toca la piel del artesano plantado ante el desafío. Viene, acertada, o inoportuna, cuando nadie la ha llamado, no se la esperaba, un brebaje de hierbas amargas, un oscuro bebedizo que descorre cortinas y hiere, un extravío entre rascarse la espalda y mirar por la ventana, zass, buenas tardes, la poesía.

Ahora Parker no está para poesía, está ahí sentado en un tiovivo, por estar, con lo que llueve dónde va a estar mejor, el paisaje cambia, pero no. Simula, aprende a mentir, se distrae de lo que es. Sobre todo ahora que lo que es le sobrepasa, le vence. Aunque debe sonreír, ser el que se supone debe ser, está aburrido de ser quién debe ser. Es sospechoso de tristeza. Lo está. Triste, con la pena trepando con rabia, mordiéndole, enfrentándole con lo que no quiere aceptar, lo irreversible, el final, somos tan, tan insignificantes.

El uso desmedido de palabras las desgasta, resta su sentido, las deja temblando en el frío de no tener repuesto, medios, diccionario, gesto, ojos, sensibilidad. Cómo puede decirlo ahora que no hay nada que decir. Solo llorar. Podría, claro que sí, por supuesto, mirar para otro lado, ponerse un gorro con cascabeles y fingir. No quiere. La realidad ha explotado y minimiza cualquier intento de imaginación. Y es dura, terrible, una trágica realidad, un horror. La muerte enemiga ha pasado a su lado y le ha dejado atónito, desarmado, mudo, roto, indefenso. Hará lo que deba hacer y cuando los días pasen volverá la voz. Pero nada será igual. Ni siquiera se lamenta, no tiene fuerzas para lamentarse. Ser de los últimos es un pesado privilegio.

Mire usted, dele la mano, se lo agradecerá. 


sábado, 20 de noviembre de 2010

Parker y la melancolía de los elefantes.

El reloj
siguió cortando el tiempo
con su pequeña sierra.
Como en un bosque
caen
fragmentos de madera,
mínimas gotas, trozos
de ramajes o nidos,
sin que cambie el silencio,
sin que la fresca oscuridad termine,
así
siguió el reloj cortando
desde tu mano invisible,
tiempo, tiempo,
y cayeron
minutos como hojas,
fibras de tiempo roto,
pequeñas plumas negras.

(Oda a un reloj en la noche. Fragmento)
(Pablo Neruda)

Parker juega a la incertidumbre, esparce sospechas sobre el blanco mantel como manchas de un vino pleno de taninos, apuesta impar y rojo sabiendo del sentido de culpa de los que no entienden sin saber que no hay nada que entender, administra el misterio, dosifica la verdad, juega en el frontón contra los mancos, sabe que los sábados los lectores escriben sus cartas de amor, que buscan el placer lejos de estas páginas descoloridas, él mismo lo busca al otro lado de la luna, donde no alcanza el ojo curioso de los telescopios, a la rueda, rueda, el que no venga no juega, por eso se sorprende al leer cosas como las que siguen, desde el fondo de ti y arrodillado un niño triste como yo nos mira, ay, Neruda, Neruda.


Pablo Neruda y su tiempo. Las furias y las penas (Ril Editores, Santiago de Chile, 2008), de David Schidlowsky, es una de las biografías documentales más amplias y minuciosas que se hayan publicado en lengua española. Esta biografía se compone de dos tomos (que cubren, respectivamente, los períodos de 1904 a 1949 y de 1950 a 1973) y fue, en un principio, la tesis doctoral de Schidlowsky (1954), profesor de literatura nacido en Alemania de familia chileno-israelí…

… Enorme importancia le da el biógrafo al seguimiento del primer matrimonio de Neruda, verificado en Batavia, con la holandesa María Antonieta Hagenaar, alias Maruca, con la cual el poeta tuvo en 1934 una hija enferma de hidrocefalia que murió a los ocho años. A ambas las abandonó Neruda en la Holanda invadida por los nazis, regateándoles la pensión. Uno de los momentos más estremecedores de Pablo Neruda y su tiempo es cuando leemos el horror de Vicente Aleixandre al asomarse a la cuna donde estaba la hija recién nacida de Neruda, quien todavía era o aparentaba ser, un padre feliz…

..Fue uno de los escritores más influyentes del siglo XX y se sirvió voluptuosamente de ese dominio, viviendo, genialmente, de su poesía. Casi todo lo tuvo Neruda (fama, genio, poder, amor) y todo lo aprovechó: su poesía es admirable porque es la obra de un mimado por las musas y por los dioses. Pero al final fue castigado sin clemencia y la historia a cuyas leyes él se había confiado, lo obligó a ser el testigo agonizante del hundimiento. Nunca he releído sin estremecerme la crónica de esos poco más de diez días que Neruda sobrevive al golpe militar contra el régimen de Allende. Y hacerlo, a través de Pablo Neruda y su mundo, no es la excepción. A Neruda, a su manera dueño del mundo, le tocó errar enfermo, sin el cuidado de su médico, tentado por el exilio y tentado por su patria, sin una tumba propia donde yacer, huérfano entre las ruinas de sus casas allanadas y confrontado ante la certeza de que su gente sería torturada y asesinada. Neruda es un Virgilio a quien le toca que el imperio romano se le deshaga entre las manos…

(Leído aquí)

 Yo me voy. Estoy triste: pero siempre estoy triste.
Vengo desde tus brazos. No sé hacia dónde voy.


viernes, 19 de noviembre de 2010

Parker y los incendios.



Ocaso en Poley

Si la tarde no altera la divina hermosura
de tus oscuros ojos fijos en el declive
de la luz que sucumbe. Si no empaña mi alma
la secreta delicia de tus rocas hundidas.
Si nadie nos advierte. Si en nosotros se apaga
toda estéril memoria que amengüe o que diluya
este amor que nos salva más allá de los astros,
no hablemos ya, bien mío. Y arrástrame hacia el hondo
corazón de tus brazos latiendo bajo el cielo.

Vicente Núñez


Parker vive bajo el agua circular de sueños crípticos, su viaje durará mientras dure el secreto, la secuencia diaria de sus secretos. Si algún día se pierde en un cruce de caminos superpuestos seguirá otros derroteros, allí donde cantan gallos negros y enormes máquinas ruedan con estrépito sobre el barro sentimental. Salta sobre los charcos de mercurio sorteando con agilidad los profundos pozos de la dependencia, de la costumbre, de lo que es. Como a un incomprendido personaje japonés, los días huecos, mudos, dejan golpes morados en su alma. Bajo una veleta portátil, sigue el rastro de las arañas ensimismadas, las busca entre los pliegues de su camisa, las encuentra tirando de sus hilos de emoción, las toma entre los dedos, las ahoga con hebras de un pañuelo de seda.

No se debe volver a los lugares donde se fue infeliz, capítulo cerrado, recuerdos a varios metros bajo tierra, compañeros desaparecidos. Pero vuelve. Nada es como era. La fábrica es inmensa. Las grúas están en pie. El edificio sigue siendo gris, inhóspito. Entra, no reconoce el vestíbulo, las escaleras, el laboratorio ya no está, todo ha cambiado, incluso su ojo izquierdo ha cambiado. Devuelve la identificación y se duerme sentado en el coche bajo una tejavana temblorosa.

Sueña con risas de niños, él es uno de ellos, salta sobre sus huellas de mariposas y erizos, pasa a lado de guardabosques con cabeza de alce, carabineros en los fielatos distrayendo a las lecheras que comen manzanas de Larrondo, la mujer de Gautxori les mira desde la ventana, cerca está la presa donde se bañaba en un verano eterno, el perro que una vez le quiso morder, el truquemé al que jugaba con las niñas, la mesa de mármol que rompió al saltar sobre ella desde un árbol, todo está cerca y sin embargo todo está tan, tan lejos, todo menos el incendio de nostalgia que ha prendido en una esquina de esta página y amenaza con el desastre total.

Despierta.
Hasta aquí se ha quemado hoy.
Parker.



jueves, 18 de noviembre de 2010

Parker y los libros.


Cántico 

El que pasa ignorado por los arcos del mundo.
El que extiende en el suelo su clámide de oro.
El que aspira en el bosque el rumor de la lluvia
y olvida su cuidado debajo de los sauces.
El que besa tus brazos y tiembla y se transforma
a pesar del embate de todo y de sí mismo.
El que a tu sombra gime como trémula gema.
El que pasa, el que extiende, el que aspira y olvida.
El que besa, el que tiembla y se transforma. El que gime.

Vicente Núñez

 


eSe tiene seiscientos cuatro libros ordenados alfabéticamente, por temas y colores. Solo lee los domingos y días festivos de diez a once. Jamás podrá leerlos todos. Tampoco le hace falta, sabe. Parker no sabe, mira alrededor, su casa es pura biblioteca, las paredes están ocultas detrás de libros, los lee a todas horas, incluso de noche, no duerme, lee. Como una jaculatoria musita: Coetzee, Cortázar, Salinger, Cervantes, Murakami, Perec, Lorca, DeLillo, Bukowsky, Auster, Zweig, Bolaño, Vargas Llosa, Pavese, García Márquez, Rimbaud, Gamoneda… Un ruido en el comedor le sobresalta, un gato gris mira desafiante desde la alfombra, quiere espantarlo, le tira el Viaje al fin de la noche a la cabeza, el felino esquiva y Celine sale por la ventana. Parker ignora que el gato es un presagio, no un espectador inocente, trae un equipaje de malaventuranzas, su propia historia, mira con odio, entreteje su destino con el suyo de lector, de narrador, de actor sin teatro ni bambalinas, le reta con maullidos entre los tiestos de geranios y aunque Las benévolas está a punto de alcanzarlo, Littell termina deshojado sobre la hierba. En esa lucha entre hombre nervioso y animal tozudo, los proyectiles de las Confesiones de San Agustín, El mundo según Garp de John Irving son solo dos más de los libros que se amontonan en el jardín. La biblioteca va saliendo por el balcón, Rayuela, Cien años de soledad, Guerra y Paz, las paredes se desnudan. Mientras Parker pierde volúmenes, la imaginación y la fuerza, el gato va creciendo y creciendo hasta convertirse en tigre. Cuando el último libro abandona las baldas el tigre se come a Parker. En el jardín, la lluvia disuelve las tapas, las páginas de los libros, las palabras se silabizan, se disgregan en letras, germinan en la tierra, crecen, viene una buena cosecha editorial para la próxima primavera. eSe leerá también los miércoles.




miércoles, 17 de noviembre de 2010

Parker, el regreso.

A Lo Divino 

Dejar de serlo tras de haberlo sido.
Dejar de amar después de haber amado.
Dejarlo todo y no haber dejado
nada que no estuviera ya perdido.

Haber tenido el corazón rendido
como quien se sabía derrotado.
Haberlo puesto todo en el costado
de una llaga sin daga y sin sentido.

Haberle dicho un día y otro día
que era como la flor de la alfaguara.
Haber caído en tan adversa suerte,

yo que lo quise tanto y se reía.
Tener la gloria entre las manos para
abandonarla en brazos de la muerte.

Vicente Núñez


Después de una noche con agujeros, cada mañana le cuesta más meterse en la piel de Parker. Sobre todo en la zona de los talones y los codos, no se ajusta bien, quedan unos pliegues incómodos.

Pero no importa, no importa, no le importa, no es algo a lo que haya optado, es así, incluye lo de la cara, el rostro, la faz, esa mirada que se burla de él. ¿Quién es de los dos?

Anoche soñó que amaba a Marie. Yacían sobre una cama en la habitación de un rascacielos con paredes de cristal, sin cortinas, el sol les inundaba. Gozoso se asoma a la ventana, desde un edificio cercano dos mujeres filman sus movimientos ondulares. A pesar de sus imprecaciones, de los gritos, riendo, siguen enfocándoles con cámaras de lentes gigantes. Baja a la calle y desaparecen el rascacielos, las mujeres y Marie. Aún no ha amanecido, sigue soñando. 

Desde que eSe ya no vive aquí la interpretación de los sueños se ha convertido en un azar, un lenguaje encriptado con sus propias fronteras, aduanas y aduaneros, algo difícil de entender, una bandera, un ejército al que alistarse, la guerra. ¿Qué significa el rugido del viento en la chimenea? ¿Quién era la mujer que suspiraba a su lado? ¿Quién es él? Él se imagina distinto, especial, es oscuro, feliz, una perla en el fondo de un océano en el que todo está pintado, un decorado, efectos especiales pero ¿dónde está la realidad?, ¿en qué momento de la vida empieza la resignación? Los sueños son lo que no es. Marie es a partir de los párpados, él mismo es cuando deja de ser. Así no hay quién pueda y Parker se pierde de nuevo en la noche agujereada. Setecientos ojos, y un tuerto, le contemplan.



martes, 16 de noviembre de 2010

Las dudas de Celia.

Y puesto que era hija suya quería protegerla de ello, tal como siempre había intentado protegerla de tantas cosas. Quería resguardarla del deterioro que inevitablemente se daba en el curso del matrimonio, y de la conclusión que a veces temía que fuese cierta: que toda la empresa de tener una familia, de traer hijos a este mundo, por gratificante que pudiera llegar a ser a veces, era una causa perdida desde el principio. Pero todo eso no era más que especulaciones de un anciano... (Tierra desacostumbrada de Jhumpa Lahiri). 

Eddy Stevens

Habré tenido algún sueño… me levanto pensando en él. Qué tontería… Miro por la ventana y no veo árboles, ni coches, ni edificios, sólo le veo a él. Domingo. Pongo música. La apago. Todas las músicas suenan a canciones que oía con él. Siento sus manos tocándome. No debo pensar en eso, me hace daño. No le olvido, tantos años y no le olvido. Sus dedos rozándome. Seré imbécil. Tiene que haber algún método, no sé, como dejar de fumar, ya lo hice y mira que estaba enganchada. Sus labios recorriéndome la espalda. No, le decía. Aquel miedo absurdo, las advertencias de mi madre, el embarazo de Elisa y sin embargo, en mi interior, todo urgencia, ansiedad, deseo. No le olvido, tantos años y no le olvido. Tal vez le llame, me gustaría hablar con él, pero ¿qué le digo? Domingo. Hace un día precioso, iremos a comer fuera, a Pedro le gusta salir los domingos. Me gustaría oírle de nuevo, reírnos como entonces. Quiero llamarle, decirle algo.

-Celia, ¿estás bien? -Pedro ya se ha levantado y me mira- ¿en qué piensas?

No, le decía, pero en mi interior todo urgencia, ansiedad, deseo. ¡Mierda! ¿Por qué les hice caso? Parece que va a llover. En cuanto Pedro baje a por el periódico, le llamo.

(Versión de Celia.)
(Que es mejor que la mía, claro)
Meredith Frampton, a game of patience, 1937

lunes, 15 de noviembre de 2010

Cuatro horas (y 2)

Ira furor brevis est.



Pasan de las diez y media, es hora de volver a casa, mañana hay que madrugar. Pasamos por una calle de un itinerario no habitual. Aquí también sigue la fiesta pero el ambiente es más áspero, todos están disfrazados de ellos mismos. Un individuo me dice algo cuando pasamos. Me giro y le contesto sonriendo, impregnado todavía del ambiente festivo. El individuo no está de fiesta y me dice algo no agradable. En vez de ignorarlo y seguir mi camino me acerco a él y le miro a los ojos preguntándole qué ha dicho, pidiéndole que se disculpe. El individuo, barbudo, farfulla frases incoherentes. Justo ahora es el momento ideal para irme pero no lo hago y acerco mi cara a escasos centímetros de la suya, sonriendo, queriendo quitar hierro. El individuo no escucha, habla y levanta la voz, le hablo y levanto la voz aún más. Nuestras narices casi se tocan y me doy cuenta que el tipo está mal de la cabeza, ha tomado algo o simplemente está buscando bronca. También me doy cuenta que le saco dos o tres centímetros de altura y que casi le doblo en edad. Me pregunto qué demonios hago metido en una pelea callejera, en un lugar desconocido, enfrentado a un individuo faltón. Constato que he perdido la oportunidad de marcharme y que me expongo a una desagradable, cuando no peligrosa, situación. Pero ya no hay vuelta atrás. El tipo me insulta, una vez, se me cruzan todos los cables y le amenazo con las más duras palabras que se me ocurren, me salen de la boca impetuosas, no tengo tiempo de pensarlas, estoy tenso, con todos los músculos alerta, ¿qué me pasa?, ¿soy este hombre descontrolado y agresivo?, ¿también soy así? le grito, le insulto, vocifero, no veo nada de lo que ocurre alrededor, estoy centrado en los ojos del individuo y su posible reacción, no pienso, solo le grito sin perder de vista sus manos, sus piernas, su cabeza, una posible arma escondida. El tipo se da la vuelta y en silencio se va. Ha sido demasiado. Pasan cuatro jóvenes, me dicen, “no se preocupe, estábamos atentos”. Y con la tensión no entiendo si lo dicen por haberme ayudado o por haberle ayudado a él. Vuelvo a casa, sigue lloviendo.

Las once de la noche. Cuatro horas. Reviso todo lo que he hecho. Me asombro, me avergüenzo, me pregunto, me respondo. No estoy nervioso, no me censuro, no me alegro, lo acepto. Ese ¿era yo? Intento analizarlo pero se me escapa esa reacción, se me escapa el contraste con mi naturaleza pacífica, de concordia. No estoy orgulloso, no estoy arrepentido. Me encojo de hombros, pienso, yo qué sé. Y me duermo. 

La ira es una locura breve.



He nacido en 18..., heredero de una gran fortuna y dotado de excelentes cualidades. Inclinado por naturaleza a la laboriosidad, ambicioso sobre todo por conseguir la estima de los mejores, de los más sabios entre mis semejantes, todo parecía prometerme un futuro brillante y honrado. El peor de mis defectos era una cierta impaciente vivacidad, una inquieta alegría que muchos hubieran sido felices de poseer, pero que yo encontraba difícil de conciliar con mi prepotente deseo de ir siempre con la cabeza bien alta, exhibiendo en público un aspecto de particular seriedad.

Así fue como empecé muy pronto a esconder mis gustos, y que cuando, llegados los años de la reflexión, puesto a considerar mis progresos y mi posición en el mundo; me encontré ya encaminado en una vida de profundo doble. Muchos incluso se habrían vanagloriado de algunas ligerezas, de algunos desarreglos que yo, por la altura y ambición de mis miras, consideraba por el contrario una culpa y escondía con vergüenza casi morbosa. Más que defectos graves, fueron por lo tanto mis aspiraciones excesivas a hacer de mí lo que he sido, y a separar en mí, mas radicalmente que en otros, esas dos zonas del bien y del mal que dividen y componen la doble naturaleza del hombre. Mi caso me ha llevado a reflexionar durante mucho tiempo y a fondo sobre esta dura ley de la vida, que está en el origen de la religión y también, sin duda, entre las mayores fuentes de infelicidad.

Por doble que fuera, no he sido nunca lo que se dice un hipócrita. Los dos lados de mi carácter estaban igualmente afirmados: cuando me abandonaba sin freno a mis placeres vergonzosos, era exactamente el mismo que cuando, a la luz del día, trabajaba por el progreso de la ciencia y el bien del prójimo.

El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde;
Capítulo X.
Robert Louis Stevenson




domingo, 14 de noviembre de 2010

Cuatro horas (1)

 
Siempre hay alguien

Quitaros esa máscara,
la tristeza no es más que una careta,
puede durar tanto como tardes en quitártela tú mismo,
prueba.
Estás provocándote llanto artificial, hermano;
he dicho hermano y debí decir amante.
Nos cogemos las manos y no decimos que se siente nada.
Poco a poco se va mezclando nuestra sangre en los
encuentros.
Un buen día acabaremos por ser la misma cosa.
Libres somos.
Frecuentamos el dolor porque queremos,
como pudiéramos frecuentar el parque.
Hablamos de mutuas soledades,
hablamos de aventuras que tuvimos,
de que todo está lejos,
de que es difícil.
Y nunca hablamos de esto maravilloso que nos va
convirtiendo en ranas.
Quién dijo que la melancolía es elegante?
Quitaros esa máscara de tristeza,
siempre hay motivo para cantar,
para alabar al santísimo misterio,
no seamos cobardes,
corramos a decírselo a quien sea,
siempre hay alguien que amamos y nos ama.

Gloria Fuertes.

Las siete. Está lloviendo muy fuerte, no es cosa de esperar a la intemperie con un paraguas tan pequeño. Entro a la iglesia en el momento en que el sacerdote hace la señal de la cruz: En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Todos se ponen de pie, hay poca gente, no veo a ninguno de mis amigos, tienen la costumbre de esperar fuera en los funerales, un exceso de misas obligatorias en su infancia. Una señora de avanzada edad, aquejada de Alzhéimer en los últimos años. No me pregunto para no tener que responderme.


Ocho menos cuarto. Saludos y condolencias bajo la lluvia. Qué buena era. Las hijas lloran. Aprovechando que no nos hemos muerto, vamos a tomar vinos por ese barrio. Al cuarto hablamos más alto, de temas diversos, incluso alguno cuenta un chiste. Víctor me hace confidencias de su padre, de cuando falleció, de lo que le echa en falta. Juan me habla de su esposa. Carmen despelleja a su novio. Me siento desplazado en ese ambiente y me despido.


Nueve menos cinco. Hay fiesta en el Casco Viejo, la Virgen de Begoña, estamos llenos de vírgenes. Hay un ambiente sano, primitivo, tribal, muchos cantan y bailan, todos bebemos, coros en las bocacalles, txistularis, tamborileros, dantzaris, gráciles señoras saltando jotas, señores con disfraz de aldeanos, jóvenes mimetizados de sus abuelos, tasqueros haciendo el agosto en octubre. Excepto por los sorprendidos turistas que sacan fotos hasta a las papeleras, las imágenes podrían pertenecer a principios del siglo pasado ¿Hemos avanzado algo?, ¿había algo que avanzar?, ¿queremos avanzar? Tramposa nostalgia de una Arcadia tallada en algunos ADN, ceguera de la diversidad, del mestizaje, de lo diferente, todos somos diferentes, todos somos contradictorios, todos somos únicos, todos somos iguales, en este momento la aparente alegría nos iguala. 


sábado, 13 de noviembre de 2010

Diez miradas.











Estas fotografías son de Christopher Anderson.
La mirada y la interpretación son tuyas.
Es sábado, luce un sol espléndido.
La semana ha sido dura.
Con la crisis cuesta llevar el trabajo día a día.
Miro las fotografías.
Salgo a disfrutar del sábado, donde sea.
Soy un afortunado.

Y llegan tiempos en los que la indignación y la vergüenza son tan grandes que sobrepasan a todo cálculo y toda prudencia, y uno debe actuar, es decir, hablar. (J. M. Coetzee. Diario de un mal año -2007-)


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