lunes, 14 de enero de 2008

Dilogía (y 3)

Bajo los sauces
yo te llevo en mis brazos y te siento vivir.

Después salimos a la luz y, por primera vez,
tú ves el cielo y lo señalas y lo nombras.

Es verdad; en el extremo de tus manos,
el cielo es grande y azul.

(
Gamoneda)


Son las seis de la mañana, continúo despierto, me he comido el despertador, me doy cuenta que mañana estaré agotado por falta de sueño, me paro, muevo la cabeza, me compadezco de mi mismo con la ansiedad del amanecer y juego con seriedad, sonriendo pero respetando las normas, no pisar la raya, pisarla, borrar la raya, dibujarla, doblarla, llenarla de flores, apretarla entre los dedos y ya, canto mientras decido si clavaré estas elucubraciones en la puerta de madera de la ermita, pero sé que sí porque quiero que mis compañeros del astillero sepan hasta donde puede llegar la marea del corazón y eso que llaman amor que ni siquiera entiendo si es esto o es luz en el agua sucia del pantano, si solo es una locura que dura demasiado tiempo -toda mi vida, toda su indiferencia- y todavía me quedan dos años de contrato para salir de aquí, prisión de la voluntad, de cielos en continuo poniente y esto no dice nada y dice y mis poemas y cuentos pasan con pena, en silencio, avergonzados, mirando al suelo. Esta fragancia dice que si hablo sobre mi próstata o sobre las alteraciones en mi cuenta corriente emocional alguien al otro lado del Río Grande abre su ventana y entona una melodía muda con subtítulos y comentarios como banderolas al viento. Coincidencia o circunstancia, o quizás sea una cuestión de murallas alrededor del yo, de nubes atravesadas y atropelladas por los estorninos de noviembre, o de estepas meciéndose en plácidos atardeceres de revistas de fotografía. Debe ser un mal común, lo que le interesa no me interesa y viceversa y la vida del hombre la mecen con cuentos y León Felipe se sabía todos los cuentos y estamos hasta el gorro (frigio y frígido) de que nos cuenten cuentos. Sin embargo anteayer, ayer, hoy te he contado esta dilogía, mi querida lectora, mi querido lector. Mañana más, algo se me ocurrirá (cada día se me ocurre menos, puede ser el frío).

Fin

Georges Brassens


domingo, 13 de enero de 2008

Dilogía. (2)

No sólo la victoria tiene alas. También las tiene el fracaso. No arde el infierno ni es dulce el amor más que la muerte. No es sabia la vejez y nunca fue inocente la niñez. No importa el honor, no escuchan nunca los dioses, a nada sirven los esfuerzos hermosos. No esperan las flores la llegada de la primavera dormidas al abrigo de esa tierra que hoy a mi imaginación se le antoja extraña. Pero sí que es profundo el mar, y tan frío y cavernoso. El Nuestra Señora de Getxu yace aquejado de vértigo y besando con su ajada panza la única certeza permanente del frío, del ciego movimiento eterno, de la muerte.(Purranki Sandongui)



Nada. Se va, vuelve, revuelve, me deja mensajes grabados en el contestador, dice que teme darme la mano, dice que teme que nos besemos, que nos desnudemos, dice que no, que nunca, que mejor estoy lejos, que soy un peligro para ella (¿?), que cada cosa tiene su tiempo y nosotros nunca lo hemos tenido. Puede decir lo que quiera, en mi interior no puedo sujetar esta avariciosa ternura que me deja ensimismado cuando estamos a solas, estas inmensas ganas de abrazarla y sentir su piel, de dejarme llevar por tanto sentimiento prisionero, soltarlo, llorárselo sin pudor sobre los hombros, decirle que no se puede querer tanto como yo la he querido y quiero, que no se puede sufrir tanto como yo he sufrido y sufro por ella (¿?), saber que ya no importa, que ni siquiera somos los mismos, que nunca hemos sido nada excepto una broma en las comidas de la empresa, cuando se escarba en los pasados no conocidos, en los futuros imposibles. A pesar de todo, arriesgando tanto, me acerco a ella (¿?) sin remedio, de forma inconsciente, sin pudor, sin pensarlo casi, con una repetida sinceridad al contar, al abrir mi corazón, al quedar expuesto a su comprensión, a su compasión, a quién sabe qué sentimiento, seguro que contrario al que quiero buscar. Pero no sé qué quiero buscar, no sé qué fuerza me impide olvidarla, me obstino en escribir poemas sin remedio, sin rima, no sé por qué me empeño en verla, en equivocarme así, en no pensar en lo que es bueno para ella (¿?), ni siquiera sé por que me tolera. Me paro y pienso que ya tengo edad para saber lo que debo y lo que no debo hacer, ya, inútil intento, pienso en ella (¿?) y las normas no existen, los límites siempre están más lejos y leo tantas veces las cartas que me escribe que la letra está borrosa, lo que dice me redime, lo que no dice me llena de tantos sueños que una explosión de imposibles me devuelve a la realidad y la realidad es aplastante, demoledora, está el aquí, el ahora y vivir no es escribir y todo esto no son más que palabras que no llevan a ninguna parte excepto a disturbarnos, a perturbar nuestra tranquilidad reciente, a que me mire como al bicho raro que siempre he sido para ella (¿?) si es que he sido algo. Sigo cautivo. (Saben que estoy escribiéndole, me vigilan, debo disimular, luego sigo)...(sigue)

(Aquí)


sábado, 12 de enero de 2008

Dilogía. (1)

Voy a contarte mi vida entera, esta vida mía que no empieza realmente, hasta el día que te vi por primera vez. (Stefan Zweig)



Sin quererme embozar en el desánimo escucho los pájaros y el viento en la alameda, el camino está cortado por flores, a los lados hay estatuas de mármol en jaulas de colores. Escribo yo y no otro y gozo y temo y el cazador está apostado en el brezo. Llega carta de ella (¿?) y me desbarata, me arma, me desarma. Estaba en un cuadrilátero insoportable de sal y de lágrimas y desde hoy he claudicado, he traspasado el límite, he pasado al otro lado y ya no entiendo nada, además sé que no se puede entender, siempre tengo la idea que es pasajero, pero no, persiste sin que pueda hacer nada por remediarlo. La hierba se quema de lluvias y la vida es como la recordamos, su sonrisa -la de la fotografía en la pared- me mira, alegrándome. Pienso en ella (¿?) sabiendo que no debo hacerlo, me obstino en su sonrisa y el pecho se me llena de catedrales con las piedras ardiendo y menesterosos escondidos en la sombra de las cruces. Escribo lo que no debo y aún así me grabo el óvalo de su cara, la pienso, la describo, su cara feliz, o lo parece, o estar con ella en una esquina puede ser tan mágico que puedo equivocarme y pintar de nostalgia lo que no es sino presente pero sé que no y la niña pertenece al pasado y queda la mujer que me mira, a la que no puedo tocar sin temor a que algo ocurra, a la que hasta su olor me atrae y me evoca recuerdos de los que no tengo constancia pero están ahí, cuando en el mundo no había un nosotros y su mirada y su halo y una alimaña detrás, escondida pero ahí, esperando que desfallezcamos para devorarnos y el cristal, también ahí, separándonos irremediablemente en este territorio de ríos azules, de otoños, de nostalgias heredadas, de arbustos negros, de olas sobrepasando la escollera del ayer, pataleo sobre el ayer, mecagüen en el ayer. (Sigue)

Eduardo Cruz


viernes, 11 de enero de 2008

Perros científicos.

Aguzamos el oído para escuchar tras las ventanas
los pasos que se acercan y que muy pocas veces
se detienen en la cancela. Generalmente siguen, se diluyen lentamente, dejándonos esa tristeza que flota en las estaciones los domingos por la tarde. Cuanto más se alejan —digámoslo sin dramatismo— más nos vamos llenando de palabras.

(Guillermo Pilía).


Sabemos que no hay regreso, una vez que se abandona el barco no hay regreso y en el crepúsculo las olas esparcen lo que era, los peces negros mastican las moléculas de una historia secreta qué, de tan bella, los transforma en musculosos tritones adolescentes nadando hacia lo profundo, ahí abajo, en el estómago del mar, entre tiburones ciegos y ancianas sirenas que lloran y hacen calceta bajo submarinas bombillas parpadeantes. Arriba, en la superficie, a cámara lenta, sigue el naufragio, el estoico y obeso capitán en la proa, las barcas repletas de pasajeros asustados por las hélices que amenazan, atónitos, temblorosos, inútiles señales de petición de socorro, los mensajes en código Morse, un ángel en un tragaluz filmando la catástrofe para los informativos celestiales y ese pájaro con una rama de laurel en su pico volando entre las nubes de la tormenta hasta la mano cerrada de ella, su brazo lleno de gavilanes, su corazón en la punta del iceberg, su mirada cosida con puntadas de modistilla, su antigua pasión cortada en mil pedazos que el viento se va llevando por los muelles del amanecer o más allá, lejos (un chaval pamposado encuentra uno y se lo enseña a su madre qué, ahíta de aburridas tardes de parque y semillas de girasol, le pega en los dedos mientras grita - ¡Niño, no cojas porquerías del suelo!-) y así, así dentro de la sombra quizás haya luz o simplemente este silencio sea la muerte y ella y yo no nos veamos nunca más y aún entonces esperaré el placebo de la resurrección de la carne, si la hubiera, y donde antes tenía una pierna, esa blanca tibia me convence que no, que ya no y un perro muerde mi calavera y se la lleva a roer detrás de la tapia del cementerio cercano a su casa, la quinta, bostgarrena. (No sé como escribiré a partir de ahora ¿Me dejas una mano?)

Kings of Convenience


jueves, 10 de enero de 2008

Escritura emergente

Soneto XXXII


Estoy continuo en lágrimas bañado,
rompiendo el aire siempre con sospiros;
y más me duele el no osar deciros
que he llegado por vos a tal estado;


que viéndome do estoy, y lo que he andado
por el camino estrecho de seguiros,
si me quiero tornar para huiros,
desmayo, viendo atrás lo que he dejado;


y si quiero subir a la alta cumbre,
a cada paso espántanme en la vía,
ejemplos tristes de los que han caído.


sobre todo, me falta ya la lumbre
de la esperanza, con que andar solía
por la oscura región de vuestro olvido.


Garcilaso de la Vega

(Para Montse)

Entre tantos como escribimos en estos blogs es ilusoria la pretensión de, por ejemplo, intentar distinguirme escribiendo sobre lo que duele sin que lo que lo parezca, con textos luminosos sobre lo que sigue en lo oscuro, sobre lo que está al otro lado de la puerta sin haber salido de esta habitación en la que temo apagar la luz. Intentar escribir sobre la no experiencia, sobre lo que no ha ocurrido, transformar la realidad -al menos, mi realidad-, sobre lo que ni tan siquiera tengo idea, reinterpretar las contradicciones, los anhelos moribundos. Y hacerlo, además, con osada intención poética, suplantándome en Otro/otro, llenando los días de signos de interrogación, preguntándome, intentando elevar la raya justo hasta donde, al final, nadie sabe -ni le importa- sobre quién o qué emoción ha comenzado a leer.


Como tú, a veces, hoy, no tengo ni idea sobre qué demonios hacemos aquí.
Pero estamos.

Burial


miércoles, 9 de enero de 2008

Carta del amante doliente.

Sin discurso, anhelamos
que los principios dejen ver su fin
y que los caminos respondan
a la ilusoria claridad de las mañanas.
Sin embargo, equivocamos el paso,
erramos en la visión de lo simple.
Todo, incluso la sonrisa,
se nos presenta
como una pedregosa senda de dilemas.

(Antonio Reseco)

Allí donde da la vuelta el viento, la claridad del crepúsculo se desliza caprichosa sobre las placas de titanio del museo Guggeheim. Al otro lado de la ría, asomada a una ventana, S/G mira el espectáculo mientras le llegan los recuerdos, feroces, como cuchilladas, como luciérnagas, como heridas de luz suspendidas en sus ojos tristes. Asomarse en esos ojos es orillar el precipicio, acercarse al abismo y mirar el fondo con deseo, por fin, abrir los brazos en cruz y lanzarse a lo oscuro. Y así, con mis brazos en cruz sobre la alfombra, veo el rostro de S/G en este rostro que gime sobre mi cuerpo, que me besa y dice mi nombre mientras nuestras ansiedades golpean con un sonido de campana, de barcos llegando al puerto.

Y soplo caracolas marinas y silbos, lanzo piedras y cascabeles contra los muros de su tristeza antigua, agito ramas, imito los sonidos de la flauta de un sátiro, pellizco el extremo de una nube y lo arrastro para inundarnos de un vaho evanescente, para rodearnos de una intimidad que nos es ajena. Dos más uno son silencio o la caricia que dejo en la cabeza plana de ese perro negro y viejo cuando los amantes se reúnen en oscuros cuartos al fondo del pasillo mientras en el patio canta una niña y la luna va y viene entre las nubes.

Quisiera hablarle con el lenguaje del alma. Por si no lo hubiera, le hablaré con las palabras que se atropellan en mi cabeza, en mi boca, pugnan por salir, por buscarle entre mercaderes y gitanos, entre pálidos pacientes esperando su turno, entre la embriaguez del secreto de las playas. -Perdóname, S/G, perdóname, perdóname por ser ciego, insensible, egoísta, estúpido, perdóname por llenar mi boca de te quiero y no ser capaz de leer en tus ojos, de verte tal y como eres.- Eso quiero decirle y estoy mudo, incapaz de separarme de su cuerpo, de la caricia del reencuentro.

La niñez es un territorio que atravesamos tan fugazmente que apenas guardamos recuerdos de sus calles y avenidas, de las piedras redondas de su calzada, de los compañeros de juegos que se perdieron en algún recodo. Y cuando vuelven, ay cuando vuelven, el implacable rastro de la realidad nos llena de espejos partidos, de unicornios de piedra, de letreros con fondo rojo y flechas imposibles.

Ahora, sentados frente a frente, voy recogiendo, arrobado, las renuncias que se acumulan sobre esta incógnita que nos separa. Durante este tiempo de ausencia no es cierto que no la haya recordado, no es cierto. Busco en las esferas transparentes su silueta de aquel verano, sus cartas de papel amarillo, su interrogante pintado de sospechas y quiero saltar esta distancia, llegar hasta el centro de su dolor. Recibo sus confidencias como un regalo magnífico, como un tesoro único, guardo sus sonrisas, su risa de a veces como un instante mágico, pero sigo sin verla. Y no entiendo, bruto, insensible, la escucho sin saber que el tiempo pasó, atrapo en mi pecho cada uno de sus movimientos, pero no sé quién es la mujer desnuda que tengo delante.

Entre las cortinas se cuela una dulce música de cebollas. Y cuando ella llora huyen los pájaros de su mirada y sus lágrimas me abren la puerta de otra realidad. Cae mi máscara ciega y golpearía mi cabeza contra la pared por ser tan primario, tan sordo, tan iluso por ignorar a la persona que late y sufre. Me sube a la garganta una extraña emoción y entiendo, por fin, que espera de mí la dulce placidez del amor cotidiano, sin constantes declaraciones magníficas, sin locuras, solo amor, amor limpio que le lleve de la mano por los días. Pero suenan las diez y ella debe volver a su casa y yo a la mía. Nos vestimos apresurados y salimos, que no nos vean, separados, nos perdemos por calles diferentes.

Como voy a escribir con coherencia si ha pasado el tiempo de los cilicios, si cada día está aquí para abrirlo en canal, para comerse hasta la cáscara, para llegar hasta cada rincón de la medianoche y, si S/G me deja, el resto se lo diré con mis manos, buscándola, recorriéndola, abriendo esa ventana al sótano o al cielo.


Paul Anka


martes, 8 de enero de 2008

Un viaje, viaje uno.

Y de inmediato,
más que en palabras, pienso en ventanas altas:
el cristal en donde cabe el sol y, más allá,
el hondo aire azul, que nada muestra,
y no está en ninguna parte, y es interminable.

(Larkin)


Comenzar el año viajando puede ser una alternativa, una opción, una huida, una aventura, un capítulo. En cualquier caso, una buena manera de abordar el inicio, siempre inquietante, de los doce meses que vienen.

Así que me fui.

Fotografías:

1. Carretera con lluvia y sonrisas.

2. Niebla intensa, como rodar sin tiempo, o dentro del tiempo.

3. Burgos a lo lejos.

4. En el páramo, cielos azules con algunas nubes tipo cine años sesenta.

5. León. Maravilla de catedral. Curas ensotanados. Barrio Húmedo de tapas generosas. Tiendas de las de toda la vida. Locura de compras. Coches. Librerías de viejo. Rincones para una exposición. Librerías con Ken Follet. Chacinerías. Mercerías. Hojalaterías. Frío.

6. Astorga vacía a las tres de la tarde. La Catedral. Gaudí. Silencio. Paz. Sacamos fotos a los charcos.

7. Murias del Rechibaldo. Nostalgia del Camino. Castrillo de los Polvazares. Pueblos desiertos. Cristales empañados. Rapaces en el cielo azul. Camiones rotos en los arcenes.

8. Carretera con mil curvas subiendo a la Cruz de Fierro. En la trescientas empezó lo blanco. Cunetas de armiño. Imposible parar. Sin marcha atrás. Subir y subir. Nieve. Un zorro cruza, sin mirarnos. El coche rompe el hielo. Miedo. Imprudencia sin cadenas. Más nieve. Seguimos subiendo, parece que no llegaremos nunca arriba. Montes gélidos, bellos, imponentes, fin del páramo. Sigue nevando. En Manjarín, entre los árboles, aparece una niña rubia montando un percherón dorado que una mujer con trenzas lleva de las riendas, otro niño sonríe bajo los copos que no cesan. Parecen extranjeros, parecen de otro mundo, los vimos, estaban ahí, en medio de ninguna parte, entre la ventisca. De pronto, en un recodo cesa la nieve, el camino está seco, siguen las curvas. Un rebaño con un pastor que gesticula. Un mastín gigantesco nos ladra, nos impide el paso. El pastor le llama y se va. Seguimos sorteando curvas. Llegamos. Respiramos.


9. Molinaseca. Desierto. Nada que ver con este pueblo en verano. La piscina vacía. Igual que las calles. Nos dan de comer a las 4 y pico. Muy bien por cierto. El comedor está, casualidad, con tres parejas…mixtas, es decir, cincuentones con curva de la felicidad y cara roja y damas bastante más jóvenes que ellos, con cara morena y hablar suave. La globalización empieza por el sexo. Aquí, dentro de dos horas tiene que haber lobos por las calles. Nos vamos.



10. Ponferrada. El Castillo templario. Una ciudad nueva y moderna alrededor de la vieja. Frío, pero en el hotel hace un calor insoportable. Paseamos. Llamo a mis amigos. Nos tomamos unos vinos, del Bierzo, mencía. La bodega de la plaza de arriba, junto a la iglesia. Los bares con generosas raciones de tapas. Las miradas a los forasteros. Cenamos, etc.

11. Al día siguiente seguimos camino. Por carreteras llenas de niebla a Asturias. Maravilla del lago de la Luna. Estribaciones de los Picos de Europa. Oviedo. Comer en Casa Conrado (uff, increíble), Gijón. Mieres. Ribadesella. Llanes (ay, Llaeza), etc, etc.

Leo, dudo mucho que a alguien le interese el detalle de cómo siguió mi viaje. Si es que sí se lo cuento por teléfono. No sigo este relato. Regresamos alborozados.

Fue, mirándolo desde este lunes de agobio de vuelta al trabajo un maravilloso respiro, una excelente manera de comenzar este 2008 qué, insisto, será diferente.

Gracias por vuestra paciencia.

Ennio Morricone - Cinema Paradiso Theme


lunes, 7 de enero de 2008

Este es el 301.

Vivir es un silencio sin memoria.
Lo de alrededor es absurdo.
A pesar del fulgor, de la mentira de las luces.
Calles llenas de aprendices de suicidas que aún respiran.
Nada más.

Dolor del alma no comparable con el hambre,
con un cielo mudo.
Nadie responde.
A pesar de las oraciones de los débiles, de los ilusos.
Guardianes armados con cuchillos de obsidiana.
El miedo oprime la garganta.

Vendrán días de sangre y mártires,
días de peces aturdidos, de piel lejana,
puentes quebrados, campos con sal y huesos,
soledad.

Aún así entre los abedules cantan los pinzones,
el viento trae y lleva historias de enamorados,
de guerreros volviendo por caminos oscuros.

Es agosto en enero y empezamos la historia.

Vivir es una hermosa aventura.


Escribo así y tal parece que el pesimismo me ha mordido una oreja, que los perros furiosos tironean mi alma y mi esperanza. Y no. La imaginación busca cauces en paisajes que suben y bajan como el telón del escenario de un teatro vacío, actores ausentes, sin músicos, sin libreto, sin espectadores.

Hoy es un día como cualquier otro para dar la espantada, para huir sin mirar atrás, vergonzosamente, sin meter ruido, solo polvo removido y soplidos de acreedores de emociones, hombres de negro con maletas vacías, murciélagos en la cueva de no decir, ya.
No puedo pronunciar la palabra despedida, se me atora en la garganta, se me resbala en la lengua, se queda entre los incisivos y los molares. ¿Ves? O, mejor ¿lees? ¿escuchas tambores?

Este era mi post antes de irme, ahora ya no tiene sentido. Puede que sí, quizás fue un presentimiento. En cualquier caso es el 301 en este rincón glup 2.0.



Empieza el año. Este será diferente. Al menos, el mío. Quiero que sea diferente. Me siento lleno de energía y proyectos. Ahí vamos.

Once Upon a time in America


domingo, 6 de enero de 2008

Y de pronto anochece.

Primero de todos los dioses a Eros inventó. (Parménides)

Se me ha escapado la luna, la traía en la mano, abrí los dedos y voló.
¿Qué hago, qué hago?
Se ha apagado la luz, se ha caído el cielo, estoy debajo de una estrella.
¿Cómo escapo, cómo salgo de aquí?
He perdido la risa, la tenía en el alma, abrí los ojos y fuese.
¿Dónde la busco, madre, dónde?

No puede ya intimidarme la cruel lluvia de kamikazes sobre el puente, ni el dios dormido entre astros lejanos. Nadie sabe en qué parte del abismo vivimos, si esperamos el bautismo o la corona de espinas. Al final de la calle un niño lleva de las riendas a un caballo negro, un hombre silba a su perro, caen alrededor cometas, la mujer mira al ejército que llega desde quién sabe. En la ciudad la evasión ha comenzado. Y las emboscadas.

Han huido mis sueños, entorné la puerta y salieron en tropel.
¿Cómo los atrapo? busco una artera red.
Estoy en casa y no identifico nada, no hay espejos.
¿Quién soy, en quién me he convertido?
He ido tan lejos -el horizonte nunca llega-, tan lejos, tanto.
¿Cómo regreso, madre, cómo regreso?


Cada uno está solo sobre el corazón de la tierra
traspasado por un rayo de sol:
y de pronto anochece.

(Salvatore Quasimodo)

Aquí


jueves, 3 de enero de 2008

Queridos Reyes Magos:

La infancia nos es dada como un caos ardiente, y no nos sobra el resto de nuestra vida para intentar poner orden y explicárnoslo. (Michel Tournier)



Como este año he sido bueno, tan bueno que no he sido malo (y no porque no lo sea sino que ser bueno es una consecuencia, sólo, de no haber sido malo, siéndolo, pero bueno al fin por voluntad propia, por pura bondad, o incompetencia, claro, o por miedo a lo oscuro, por rutina del cura en el púlpito y los infiernos y esto ha sido a veces, un infierno, seguir siendo bueno sin remedio, sin vocación, sin opciones, o sí, a ser el malo, el que no, el que huye y carpe diem porque nunca he sido obediente, nunca me he callado –así me ha ido a veces- y ahora tampoco lo haré, elevaré mi voz para deciros, oh Reyes Magos, tan pródigos, prodigio anual, benévolos y sagaces, generosos, que soy feliz en este puente que cruzamos sobre el río agitado de la vida aunque ha cambiado mi mirada, tanto que estoy en disturbio, alterada mi mente, me invaden turbulentas corrientes marinas gélidas o ardientes entre las olas de los días impares, de los pares dentro de la gruta de cada amanecer donde confluyen las mareas, el principio del mundo, del universo, esta mañana también fría en la que os escribo como un niño viejo ensimismado, como un arponero en busca aún de la ballena blanca, como un vigía enroscado en lo alto del palo de mesana, el horizonte acude a las yemas de mis dedos y os escribo con la metonimia de voz chocando imparable contra el portón de vuestra fortaleza de regalos que abrís y rendís cada año, creo en vosotros y no creo, colgado cabeza abajo del tormento de no veros y sí, ahuyentar, alejar los fantasmas, gritarles para que no vuelvan, acunarme a mi mismo entre mis brazos, defendiéndome y así, después, mirarme y verme tan dentro, tan profundamente que sea de cristal, transparente, ángel lujurioso que junte sus alas y ya, el milagro de desear como un demonio, con voz ronca como la de un hombre poseído y fotografías en Roma, recuerdos prendidos con un clip, guirnaldas, pétalos de rosas, querubines tañendo sus laúdes mientras vuelan sobre mi vida, días de navidad chocando como planetas, trompetas, pífanos, un coro de niños del albergue de Sorrento alabando al Señor con música de Bach, canciones que aprendí en Italia mientras paseaba con mi amada por el Trastévere y la fontana de Trevi donde Anita Ekberg se bañaba en la noche de Federico Fellini, en su Dolce Vita o subía a la cúpula de san Pedro con (il bello) Marcello Mastroniani, puestos de venta callejera de libros, de pañuelos, de viento, romanos de piedra o bronce, serios, estatuas de emperadores, de príncipes, de dioses, de físicos que murieron en la hoguera, vírgenes pintadas en las esquinas con flores y velas permanentemente encendidas, piadosas mujeres ensimismadas rezando en la cripta del Vaticano, calle del Babuino, tritones, nereidas, centauros, niños que soplan caracolas, angelotes sin cuerpo de mejillas inflamadas y alas ridículas, Monica Bellini (o quién fuera aquella belleza) en vía Veneto, aviones, trenes, metros, autobuses con conductores locos, paseos, avenidas, callejuelas, plazas, puestos con rojos racimos de pimientos, funiculares al cielo, libélulas locas, túneles a quién sabe donde, mariposas amarillas, homosexuales gentiles, iglesias de techos luminosos, infierno y cielo fundidos en pinturas de genios muertos, vivos que te roban la cartera, mendigos con la mano extendida, niños de cara sucia, rumanos simulando cojeras imposibles, ojos asustados, terrazas como jardines, la mano dentro de la mentira de la boca de la verdad, escritores inspirándose en los templos de la fecundidad, grajos o palomas volando en la noche, volando no nos desviemos, que tantas palabras no oculten que ahí y aquí, en todos los lados hay seres humanos, tantos, tantos que sienten, que buscan, que tienen un corazón que grita y encienden candelas por los rincones del mundo -y no exagero ni un tanto así- que quieren amar y ser amados, que necesitan alguien que les consuele cuando fuera y dentro llueve, cuando se apagan las luces del cielo y parece que todo se acaba, que no amanecerá, que la esperanza ladra con rabia y ruge y esto no era lo que nuestra madre nos cantó en la cuna y ¡mierda! os estoy escribiendo como un escéptico niño llorón, hundido y no, nado como un pez, me deslizo sobre la resaca de invierno y presiento el frío en mi cuerpo en la simbólica ascensión al Gorbea del día 31 después de jugar sobre la arena del fin de año, de la eternidad, Melchor ¿quién puede parar el tiempo? nadando decía sobre este 2007 que se ha ido porque el nuevo 2008 nos avisa en los calendarios que sonríen desde las paredes, carpe diem Baltasar, dije, que escribían los antiguos en sus frontispicios, que repetían los oscuros habitantes medievales, aprovecha el momento, disfruta ahora, navidad casi acabada de los grandes almacenes, navidad de nuestra niñez, los abuelos, la familia reunida, nuestros padres, que rápida pasa la vida, lamentos de un joven anciano que corre para que no se pare el mundo, su mundo, evocación del ayer imposible, añoranzas no permitidas, los que ya se han ido esperándonos ¿dónde? Gaspar ¿qué os importa a vosotros? Reyes Magos insensibles de chimenea en chimenea, de balcón en balcón, sobre camellos glotones de polvorones y vino dulce ¿os ha quedado claro? he sido bueno, por supuesto, que otra cosa podría ser, bueno, por instinto, por que es lo que se espera de mi, por necesidad, porque el malo me mira y tampoco es feliz) quisiera que me trajerais memoria para no olvidar a tantos, tanto como este año he perdido. Y un mapa para saber por dónde regresar.

Gracias, Majestades.

Ah, me voy de viaje, corto, una aventura, sin destino, perderme,volveré.


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